Lobito Lino se despertó cuando el sol hizo cosquillas en la ventana. Era un día nuevo. Un día especial. Empezaba la escuela del bosque.
En su cama tenía su mochila verde. También tenía un lápiz gordito, una libreta y una servilleta con galletas de avena. Lino se sentó y respiró despacio.
“Mmm… yo me siento… rarito”, dijo en voz baja.
Mamá Loba entró con una sonrisa tranquila y una taza de leche tibia. “Buenos días, mi Lino. ¿Cómo te sientes?”
Lino miró su cola, que se movía muy despacito. “Yo me siento… nervioso.”
Mamá Loba asintió. “Gracias por decirlo. Decir ‘yo me siento…' ayuda mucho. Los nervios son como mariposas en la barriga. No hacen daño. Solo vuelan.”
Lino se puso la camiseta azul y los calcetines con rayas. Luego se colgó la mochila. La mochila parecía normal… pero cuando Lino la tocó, hizo un sonido suave: “pum, pum”, como un corazón pequeñito.
Lino abrió los ojos. “¿Mochila?”
La mochila, muy bajito, como un secreto, susurró: “Hoy te acompaño. Cuando digas ‘yo me siento…', yo brillo un poquito.”
Lino se rió con una risa pequeña. “Vale. Pero no muy fuerte, ¿eh?”
Caminaron por el sendero. Las hojas bailaban. Los pájaros cantaban. Lino miraba la escuela del bosque desde lejos: un edificio de madera clara, con flores en la entrada y un cartel pintado con bellotas.
En la puerta estaban otros animalitos: una ardilla con lazos, un conejo con orejas altas, un erizo con mochila redonda. Nadie parecía malo. Solo parecían… ocupados en su primer día.
Aun así, el corazón de Lino hizo “toc-toc”.
Lino tocó su mochila y dijo: “Yo me siento… tímido.”
La mochila brilló un poquito, como luciérnaga de día. Nadie se asustó. Nadie lo miró raro. Lino se sintió un pelín mejor.
Dentro olía a lápices y a madera. En el suelo había una alfombra grande con dibujos de hojas. Había mesas pequeñas y una estantería con cuentos.
La maestra era una lechuza. Tenía gafas redondas y voz suave. “Bienvenidos, pequeños. Soy la Lechuza Oliva. Hoy vamos despacio. En la escuela, vamos paso a paso.”
Lino se sentó en una mesa. Sus patas quedaron quietas, muy quietas. La ardilla se sentó cerca.
La lechuza dijo: “Primero, hacemos una fila para colgar las mochilas. Una fila tranquila. Con paciencia.”
Lino vio la fila. Era larga. Muy larga para un lobito tan pequeño. Esperar no le gustaba mucho.
“Yo me siento… impaciente”, susurró Lino.
La mochila brilló un poquito más. Y de repente, en el bolsillo delantero apareció algo: un relojito de cartón con una aguja dibujada. La aguja se movía despacito, despacito, como diciendo: “Calma”.
Lino lo sostuvo entre sus patas. “Es un reloj de paciencia”, dijo, sorprendido.
La ardilla lo oyó. “¿Puedo verlo?” preguntó.
“Sí”, dijo Lino. “Yo me siento impaciente, pero puedo esperar.”
La ardilla sonrió. “Yo me siento… emocionada. ¡Y también un poco nerviosa!”
Lino le enseñó a decirlo: “Di: ‘yo me siento…'”.
La ardilla repitió: “Yo me siento nerviosa.” Y se rió bajito.
Llegó el turno de Lino para colgar su mochila. La colgó en un gancho con su nombre, escrito con letras grandes: LINO. La lechuza le guiñó un ojo.
Después hicieron un círculo en la alfombra. Oliva dijo: “Vamos a presentarnos. Solo una frase: ‘Yo me llamo… y yo me siento…'”.
Cuando llegó el turno de Lino, notó otra vez las mariposas. Tragó saliva.
“Yo me llamo Lino… y yo me siento… nervioso y curioso.”
La mochila, desde el gancho, brilló como una estrellita. La lechuza asintió. “Muy bien dicho. Gracias por compartir.”
Luego fue hora de pintar. Había pinturas de colores: verde hoja, marrón tronco, amarillo sol. Lino pintó un árbol con una puerta. Un árbol-casa.
El erizo miró su dibujo y dijo: “Yo me siento… confundido. No sé qué pintar.”
Lino pensó un momento. La paciencia, otra vez. No correr. No decir “rápido”. Solo ayudar.
“Podemos empezar con un círculo”, dijo Lino. “Yo me siento… tranquilo cuando voy despacio.”
El erizo hizo un círculo. Luego otro. “¡Una manzana!” dijo contento. “Yo me siento… orgulloso.”
En el recreo comieron en un banco. Lino sacó sus galletas. El conejo olió el aire. “Huele rico”, dijo.
Lino partió una galleta en dos. “Toma. Yo me siento… amable cuando comparto.”
El conejo mordió y se manchó el hocico de migas. Lino soltó una risita. El conejo también. Era un humor suave, como cuando una hoja cae en tu cabeza y no duele.
Al final del día, Oliva dijo: “Hoy han sido muy valientes. Y muy pacientes. Mañana haremos lo mismo: despacio y juntos.”
Lino recogió su mochila. La mochila ya no hablaba, pero estaba calentita. En el camino de vuelta, el sol bajaba y el bosque se volvía dorado.
Mamá Loba esperaba en casa con una manta suave. “¿Cómo fue?” preguntó.
Lino se sentó a su lado. Pensó en la fila, en el círculo, en la galleta, en el relojito.
“Yo me siento… cansado,” dijo primero. Luego sonrió. “Y yo me siento… contento. Mañana puedo ir otra vez. Con paciencia.”
Mamá Loba lo abrazó. “Eso es. Paso a paso.”
Por la noche, Lino se metió en la cama. Puso la mochila cerca, como una amiga silenciosa. Cerró los ojos.
“Yo me siento… seguro,” susurró.
Y en la oscuridad tranquila, la mochila brilló un último poquito, como una luciérnaga que dice: “Buenas noches”. Lino respiró despacio y se durmió, con mariposas ya dormidas también.