Capítulo 1: Una lista con olor a mandarinas
Ariana tenía once años y una costumbre: cuando algo le daba vueltas en la cabeza, lo escribía. Decía que las ideas, si no las cazabas a tiempo, se escapaban como globos.
La tarde del 31 de diciembre, su casa olía a mandarinas, canela y a ese perfume especial de “hoy pasa algo”. En la mesa del comedor, su madre colocaba platos, su padre peleaba con una guirnalda que insistía en enredarse como serpiente de colores, y su abuela Inez vigilaba la cocina como si fuera un castillo.
Ariana se sentó en el suelo, junto a la ventana, con un cuaderno de tapas azules. Afuera, el cielo estaba gris claro, como una hoja antes de dibujar.
En la primera página escribió, con letras grandes:
“LISTA DE COSAS PARA PROBAR ESTE AÑO”.
Luego masticó el capuchón del bolígrafo.
—A ver… —murmuró—. Una: aprender a silbar fuerte sin meter los dedos.
—Eso es ambicioso —dijo su hermano Leo, de nueve, asomando la cabeza por encima del sofá—. Yo llevo años y solo me sale como un ratón triste.
—Pues yo lo voy a lograr —respondió Ariana, seria como si estuviera anunciando una misión espacial.
Siguió escribiendo:
Dos: hacer panqueques sin quemar el primero.
Tres: pedir perdón más rápido.
Cuatro: plantar algo y que no muera.
—Esa es la mejor —opinó la abuela Inez, desde la puerta de la cocina—. Las plantas te enseñan respeto. Si las ignoras, se ponen mustias. Como la gente.
Ariana levantó la vista.
—¿El respeto es como regar?
—Más o menos —dijo la abuela—. A veces no cuesta nada, y sin embargo cambia todo.
Ariana apuntó, en letra más pequeña:
Cinco: escuchar sin interrumpir (aunque tenga una idea brillante).
Leo se rió.
—Eso sí que es imposible.
Ariana le sacó la lengua, pero con cariño.
En la televisión se oía música de fiesta. En la cocina chisporroteaban cosas. Y, en algún sitio entre las luces y el olor a mandarina, Ariana sintió un cosquilleo, como si el aire estuviera llenándose de pequeñas chispas invisibles, preparándose para saltar a medianoche.
Capítulo 2: El mercado de las uvas y las promesas
—Ariana, ven conmigo al mercado —dijo su madre—. Nos faltan uvas.
—¡Las uvas! —Ariana cerró el cuaderno—. Si no hay uvas, el año no arranca bien.
Leo se coló detrás, saltando como un resorte.
La calle estaba llena de gente cargando bolsas, bandejas y ramos de flores. En el mercado, las voces se mezclaban: “¡Dos por uno!”, “¡Última hora!”, “¡Que no se te olviden las lentejas!”. Había guirnaldas de papel colgando y una radio que sonaba demasiado alto.
En el puesto de frutas, un señor con bigote les ofreció una caja brillante.
—Estas uvas son de la suerte —aseguró—. Dulces como chistes buenos.
—¿Los chistes buenos existen? —preguntó Leo, serio.
El frutero soltó una carcajada.
Ariana eligió racimos con cuidado, como si fueran gemas. Mientras tanto, observó a una niña de su edad que esperaba detrás, con una lista arrugada en la mano. La niña miraba el suelo, nerviosa, como si su lista pesara.
Ariana se fijó en que tenía una muleta apoyada en la pierna.
La niña levantó la vista y la sorprendió mirando. Ariana sintió un calor en las mejillas.
—Perdón —dijo rápidamente—. Es que… yo también hago listas.
La niña parpadeó, luego sonrió.
—¿De propósitos?
—De “a probar” —aclaró Ariana—. Suena menos como examen.
—Me llamo Nora —dijo la niña—. Y mi lista es… rara.
—Las listas raras son las mejores —aseguró Ariana.
Nora dudó, y finalmente mostró un renglón: “Bailar sin pensar en mi pierna”.
Ariana tragó saliva. No sabía qué decir sin meter la pata.
—Mi abuela dice que el respeto es como regar —soltó, porque su cerebro, cuando se pone nervioso, dispara frases sueltas—. O sea… que no quiero decir una tontería.
Nora soltó una risita.
—Eso no fue una tontería. Fue… diferente.
En ese momento, un chico empujó el carrito y casi golpeó la muleta de Nora.
—¡Eh! —dijo Ariana, con una firmeza que la sorprendió—. Cuidado.
El chico se giró, se encogió de hombros.
—No la vi.
—Pues mírala —añadió Leo, cruzándose de brazos—. Está en 3D, no es invisible.
El chico se fue murmurando. Nora los miró como si le hubieran regalado una capa de superhéroe.
—Gracias —dijo bajito.
Ariana sintió que su lista tenía que crecer.
Cuando llegaron a casa, en el margen del cuaderno escribió:
Seis: defender a otros sin hacerme la valiente de película.
Y, por si acaso, añadió:
Siete: invitar a Nora a algo.
Capítulo 3: La cocina, el confeti y un plan secreto
La casa se transformó en un pequeño planeta de fiesta. Había música, vasos de colores, una bandeja de turrón que parecía una tabla de tesoros, y una ensalada que Leo miraba como si fuera un castigo.
—Son hojas —se quejó—. Para eso me como el cuaderno de Ariana.
—Ni se te ocurra —dijo Ariana, protegiendo su lista con el cuerpo.
La abuela Inez apareció con una olla humeante.
—El caldo está listo. Y quiero ver modales en la mesa, ¿eh? Este año, más respeto. Menos “yo primero” y más “¿te sirvo?”.
Leo suspiró como si le hubieran puesto a escalar una montaña.
Ariana, en cambio, pensó en Nora y en el carrito del mercado. El respeto era una palabra pequeña, pero cuando la usabas bien, parecía agrandar el mundo.
Después de cenar, su padre propuso un ritual familiar:
—A las once y media, escribimos un deseo en un papel, lo guardamos en un sobre y lo abrimos dentro de un año.
—¿Y si el deseo es “que no se me olvide abrir el sobre”? —preguntó Leo.
—Entonces necesitas otro deseo —dijo la madre, riendo.
Ariana fue a su habitación a por su cuaderno. Encima de la cama, una luz de las guirnaldas parpadeó dos veces, como si alguien estuviera guiñándole un ojo. Ariana se acercó a la ventana: en la calle, algunas personas ensayaban ya el “¡Feliz año!” con risas nerviosas.
Volvió al cuaderno y leyó su lista. Le gustaban sus planes, pero le faltaba uno: algo que no fuera solo “para mí”. Lo pensó con el bolígrafo en la boca.
Entonces oyó, desde la sala, la voz de su madre:
—¡Ariana! ¿Puedes ayudarme con las servilletas?
Ariana salió corriendo. Doblaron servilletas en forma de abanico y las colocaron como si fueran pequeñas coronas. La madre la miró de reojo.
—Te noto en las nubes.
—Estoy… haciendo mapas —dijo Ariana.
—¿Mapas?
—De cosas que quiero intentar. Para no quedarme quieta.
Su madre le apretó la mano.
—Solo recuerda mirar alrededor mientras caminas. A veces, los mapas se comparten.
Ariana sintió que ese era el empujón que necesitaba. Se le ocurrió un plan secreto, sencillo y un poco atrevido: enviar un mensaje a Nora a medianoche. No un “feliz año” cualquiera, sino algo que sonara a compañía.
Buscó el número de Nora en el papel del puesto del mercado (Nora se lo había escrito con letra pequeña cuando se despidieron: “por si quieres hablar de listas raras”). Ariana lo guardaba en el bolsillo como si fuera una pepita de oro.
Leo se acercó con un sombrero brillante en la cabeza.
—¿Estás tramando algo?
—Tal vez —dijo Ariana.
—Si explota, avísame. Yo quiero verlo.
—No va a explotar.
—Todo explota un poco en Año Nuevo —sentenció Leo, y salió corriendo.
Ariana respiró hondo. Su plan no necesitaba explosiones. Solo necesitaba valor suave, del que no hace ruido.
Capítulo 4: Las doce uvas y la campanada traviesa
A las once cincuenta y nueve, la familia se reunió frente al reloj y la televisión. La mesa parecía una fiesta en miniatura: platos con doce uvas por persona, copas con bebida burbujeante (la de Leo era de manzana), serpentinas y un bol con confeti esperando su momento.
La abuela Inez repartió las uvas como si fueran medicinas mágicas.
—Se mastican con ganas —ordenó—. Y sin empujar.
—¿Y si me atraganto con la suerte? —preguntó Leo.
—Entonces te doy agua y te regaño —dijo la abuela, sin perder la sonrisa.
Ariana sostuvo su plato. Las uvas brillaban como ojos verdes. Su corazón también brillaba, pero por dentro, porque tenía el móvil en el bolsillo y un mensaje a medio nacer.
La pantalla de la televisión mostró la cuenta atrás. Diez… nueve… ocho…
—¡Esperad! —dijo el padre—. Antes de las uvas, una cosa: cada uno dice en voz alta algo por lo que está agradecido de este año.
Leo abrió la boca para protestar, pero la abuela lo miró con ceja levantada y cambió de idea.
—Yo… —dijo Leo—. Estoy agradecido por la vez que Ariana me devolvió mi cómic aunque lo había escondido bajo su cama.
—¡Fue un préstamo! —protestó Ariana, pero se rió.
La madre agradeció por los momentos tranquilos. El padre, por las risas. La abuela, por la salud.
Cuando tocó el turno de Ariana, sintió un nudo dulce.
—Estoy agradecida… —dijo— por haber conocido a alguien hoy. Y por haber aprendido que mirar de verdad es importante.
La abuela asintió, como si entendiera más de lo que Ariana había dicho.
Y entonces: ¡pam! La primera campanada.
Ariana metió la primera uva en la boca. Segunda. Tercera. El ritmo fue rápido, casi divertido, hasta que en la quinta campanada Leo estornudó.
—¡ACHÍS!
Leo soltó dos uvas que rodaron por la mesa como canicas.
—¡Mis deseos! —gritó, intentando atraparlas.
La abuela le dio una servilleta.
—Respira, campeón. Los deseos no se pierden por una uva fugitiva.
Ariana se rió tanto que casi se atraganta con la octava uva. Terminó la doce con los ojos llorosos de risa.
—¡Feliz año! —gritaron todos.
Confeti al aire. Abrazos. El padre hizo sonar una bocina. La madre besó a la abuela. Leo intentó lanzar el confeti como si fuera una tormenta.
Ariana, en medio del ruido, sintió que el tiempo se abría como una puerta: un año entero, nuevecito, esperando.
Metió la mano en el bolsillo, notó el móvil, y supo que su plan secreto era ahora.
Capítulo 5: Un pequeño milagro entre las luces
Se escabulló al pasillo, donde las luces de la guirnalda parpadeaban con calma, como luciérnagas domesticadas. Se apoyó en la pared y abrió el chat con Nora. El cursor titilaba, impaciente.
Ariana pensó en su lista. En las uvas. En el carrito del mercado. En la manera en que Nora había sonreído, como si un “gracias” pudiera hacerle cosquillas en la cara.
Escribió, borró, volvió a escribir.
En la sala, Leo gritó:
—¡Ariana! ¡Ven! ¡Estoy intentando hacer un volcán de confeti!
—¡Ahora voy! —contestó, pero siguió tecleando.
La guirnalda parpadeó tres veces seguidas. Ariana miró la bombillita más cercana. Juraría que una chispa minúscula había saltado, como un puntito de estrella, y había caído al suelo sin quemar nada.
—Vale —susurró—. Señal aceptada.
Sus dedos se movieron más seguros. No quería sonar como un discurso adulto, ni como una tarjeta de felicitación aburrida. Quería sonar como ella: soñadora, un poco torpe, pero sincera.
En la sala, la abuela cantaba una canción antigua, y su voz parecía envolver la casa como una manta. Ariana respiró hondo y escribió el mensaje final, con cuidado, como quien coloca una vela en un pastel.
Antes de enviarlo, se quedó un segundo mirando la pantalla. A veces, enviar un mensaje era más valiente que saltar desde una roca al agua: no se veía el fondo.
Ariana apretó “enviar”.
Capítulo 6: El mensaje que abre el año
“Feliz Año, Nora. Hice una lista de cosas ‘a probar' y hoy añadí una nueva: mirar mejor a los demás y defender con respeto cuando haga falta. Si te apetece, este año podríamos tachar algún punto juntas (sin prisa). Yo llevo uvas extra por si alguna se escapa. Ariana.”