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Cuento sobre la fiesta de Año Nuevo 11/12 años Lectura 26 min.

El reloj que apagó la luz para escuchar el Año Nuevo

Cuatro niños organizan un teatro de sombras la noche de fin de año y, entre pilas que fallan y un reloj antiguo que parece influir en la luz, deben ingeniárselas para que su función conecte con la comunidad y el respeto.

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Hay cuatro niños: niño de 11 años, cabello corto castaño, chaqueta roja, a la izquierda detrás de la gran sábana blanca, habla como narrador y sostiene una silueta de cartón en forma de "Año Viejo"; niño de 11 años, cabello rubio despeinado, sudadera verde, agachado centro-izquierda, manipula hilos para animar un dragón de cartón y sopla confeti hacia la sábana; niño de 11 años, cabello negro y gafas redondas, camiseta azul, a la derecha, sostiene una lámpara sobre un pequeño pie y vigila un cable en el suelo; niño de 11 años, cabello castaño largo, chaqueta mostaza, centro-derecha, sostiene una caja de siluetas de cartón y coloca un gran reloj de cartón frente a la sábana. Lugar: patio de un edificio antiguo de noche con paredes de ladrillo claro, guirnaldas y sillas plegables; se ve una puerta abierta con un alambique y un viejo reloj en el rellano. Situación: espectáculo de sombras proyectadas en una sábana iluminada desde atrás por una lámpara intensa, sombras nítidas de las figuras de cartón, confeti suspendido y rostros asombrados; ambiente de Nochevieja con vasos de plástico, un cartel de “Cuidado: serpiente de luz” y un cable fijado al suelo; momento clave: breve apagón voluntario seguido de la reapertura de la luz y una ovación general. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Uvas, confeti y un plan travieso

En el edificio de la calle Mirador olía a cosas importantes: a chocolate caliente, a cáscaras de mandarina y a esa mezcla rara de colonia y purpurina que aparece cuando los adultos se ponen elegantes. Era 31 de diciembre y, en el patio interior, los vecinos colgaban guirnaldas que brillaban como si hubieran atrapado pedacitos de luna.

Bruno, Leo, Dani y Iker tenían once años y una idea que les zumbaba en la cabeza como un mosquito de emoción.

—Este año lo hacemos en serio —dijo Bruno, que siempre hablaba como si estuviera anunciando un truco de magia.

—En serio… pero sin quemar nada —añadió Leo, mirando de reojo los petardos que un vecino guardaba en una bolsa sospechosa.

Dani llevaba una caja de zapatos llena de recortes de cartón: siluetas de un dragón, un astronauta, una bicicleta, una abuela con moño y un gato con bigotes exagerados. Iker, el más observador, sostenía una linterna potente que había “prestado” de su padre con la promesa de devolverla antes de medianoche.

—Será un espectáculo de sombras para la fiesta —anunció Dani, inflando el pecho—. Con historia y todo. Una historia que empiece en el año viejo y termine en el nuevo.

—Y con humor —dijo Bruno—. Si no se ríen, me desmayo dramáticamente.

—No te desmayes, que luego te toca explicar por qué —contestó Iker.

Habían convencido a los mayores de que, antes de las doce uvas, habría “un momento cultural” para que los niños no se aburrieran. La señora Amelia, la vecina del tercero, les había prestado una sábana blanca para hacer de pantalla. La colgaron entre dos macetas gigantes, tensándola con pinzas de la ropa. En el suelo, un montón de confeti esperaba como nieve de colores.

—Nos falta ensayar —dijo Leo—. Y que la luz no falle.

Bruno guiñó un ojo.

—La luz no fallará. La luz nos obedecerá.

En ese instante, como si la luz hubiera escuchado y se hubiera ofendido, la linterna parpadeó una vez. Luego se apagó.

Los cuatro se quedaron quietos, como si alguien hubiera puesto pausa al mundo. En el patio, una risa adulta explotó. Una radio empezó a tocar villancicos tardíos.

—No… no… no —murmuró Iker, apretando el botón—. No puede ser.

Bruno se inclinó hacia la linterna como si fuera una mascota enferma.

—Te lo dije. Se ha puesto nerviosa.

—Se ha quedado sin pilas —diagnosticó Leo, práctico como un manual de instrucciones.

Dani miró la sábana blanca, tan lista para recibir sombras, y tragó saliva.

—Faltan… ¿cuánto? —preguntó.

Iker miró el reloj del móvil con una cara de tragedia silenciosa.

—Cincuenta y cinco minutos.

Y el espectáculo estaba anunciado en cuarenta.

Capítulo 2: La caza de la luz perdida

Se movieron rápido, pero sin empujarse. En la casa de Bruno, su madre pegaba pegatinas doradas en vasos de plástico.

—Mamá, ¿tenemos pilas? —preguntó Bruno, poniendo voz de niño responsable, que era su voz más falsa.

—En el cajón de los trastos —respondió ella sin mirar—. Pero coged solo lo que necesitéis, ¿eh? Y nada de desordenar.

Bruno abrió el cajón como quien abre un cofre pirata. Había cables que parecían serpientes dormidas, una cinta métrica, llaves sin cerradura, y un mando a distancia que nadie recordaba. Encontró pilas, sí, pero de un tamaño distinto.

—Estas son AAA… —dijo Leo, frunciendo el ceño—. La linterna usa AA.

—Las pilas son como los calcetines —filosofó Dani—. Siempre desaparece justo la que necesitas.

Iker cerró el cajón con cuidado, dejando todo más o menos como estaba. Eso a Bruno le parecía un superpoder.

—Vamos al kiosco de la esquina —propuso Iker—. A veces venden pilas.

Bajaron las escaleras de dos en dos, aunque Bruno resbaló un pelín y fingió que era un paso de baile. En la calle, el aire era frío y olía a castañas. Las luces navideñas de la avenida parpadeaban como si también ensayaran para medianoche.

En el kiosco, el señor Julián los miró por encima de sus gafas.

—¿Pilas? Se me han acabado esta mañana —dijo, y señaló una estantería vacía—. Hoy todo el mundo quiere que la vida funcione a pilas.

—¿Y una lámpara? ¿Un foco? ¿Una luciérnaga entrenada? —soltó Bruno.

El señor Julián soltó una risa.

—Luciérnagas no, pero mirad: tengo una lámpara pequeña de camping. Está usada, pero enciende. Si la devolvéis mañana…

Iker abrió la boca para preguntar el precio, pero el señor Julián ya había levantado un dedo.

—Con una condición: me prometéis que en el espectáculo no os burláis de nadie. Ni de los mayores, ni de los pequeños.

Los cuatro se miraron. Dani asintió primero.

—Prometido. Podemos hacer bromas, pero con respeto —dijo, como si lo hubiera ensayado.

Bruno se llevó dos dedos a la frente como un saludo militar.

—Respeto absoluto. Solo nos burlaremos del Año Viejo, que ya se va.

—Eso sí se permite —concedió el señor Julián, entregándoles la lámpara.

Salieron con la lámpara envuelta en una bolsa de papel. Pero, al llegar al portal, la lámpara hizo un clic… y se apagó.

—No me lo creo —susurró Leo.

Iker intentó encenderla de nuevo. Nada.

—Está… descargada —dijo Dani, con voz apagada.

Bruno miró al cielo como si negociara con alguna estrella.

—La luz nos está haciendo una broma.

Una brisa recorrió la calle y, por un segundo, la guirnalda del portal brilló un poco más fuerte. Iker la miró, pensativo.

—Si no tenemos pilas… necesitamos otra fuente de luz. Una que no dependa de una batería caprichosa.

—¿Velas? —dijo Leo.

—Mis padres no nos dejarán —respondió Dani—. Y además, si se quema la sábana, la señora Amelia nos convierte en sombras de verdad.

Bruno chasqueó los dedos.

—¡La luz del pasillo! La del patio. Si ponemos la sábana cerca…

—Esa luz es amarilla y floja —objetó Iker—. Las sombras saldrán como fantasmas cansados.

Se quedaron unos segundos en silencio, escuchando la ciudad prepararse. En algún balcón alguien practicaba un “¡Feliz año!” demasiado pronto.

—Tiene que haber algo —dijo Leo—. Algo que encienda fuerte y estable.

Iker levantó la vista hacia la ventana del portal: arriba, en el rellano, el reloj antiguo del edificio marcaba las once y cinco. Era un reloj enorme, de madera oscura, con un péndulo dentro que se veía a través de un cristal.

—El reloj… —murmuró Iker—. Mi abuelo decía que algunos relojes guardan trucos.

—¿Trucos? —Bruno se animó—. ¿Como qué? ¿Escupen luz?

—No sé. Pero sé que en el cuarto de contadores hay una lámpara fija. De esas de emergencia. Y si alguien tiene un enchufe estable, es el edificio.

Dani apretó la caja de siluetas contra el pecho.

—Entonces vamos al cuarto de contadores. Con permiso.

—Con permiso —repitió Leo, como si la palabra fuera una llave.

Subieron.

Capítulo 3: El cuarto de contadores y la promesa de la sombra

El cuarto de contadores estaba al final del pasillo, detrás de una puerta gris que siempre parecía enfadada. Iker llamó primero a la puerta del portero, el señor Fede, que era pequeño pero mandaba como si tuviera un megáfono invisible.

—¿Qué queréis? —preguntó Fede al abrir, con una servilleta en la mano. En la tele de su casa sonaba un programa de fin de año.

Iker explicó el problema sin adornos, como si presentara un informe importante.

—Necesitamos una luz para el teatro de sombras. La linterna se ha quedado sin pilas y la lámpara de camping también. Queremos usar la lámpara del cuarto de contadores… si nos deja.

Fede los miró de arriba abajo. Luego vio la caja de cartones de Dani y la sábana doblada que llevaba Leo en el brazo.

—¿Un teatro? —sus ojos se suavizaron—. Hace años que no veo uno.

Bruno se adelantó, con su sonrisa más convincente.

—Prometemos hacerlo rápido y sin tocar nada peligroso. Y con respeto. Lo juramos.

Fede dudó un segundo, como si pesara en una balanza invisible el riesgo y la ilusión.

—Vale —dijo al fin—. Pero yo abro y yo cierro. Y ni un dedo donde no toca.

—Ni un dedo —confirmaron los cuatro a coro.

En el cuarto, el aire olía a metal y a polvo viejo. Había filas de contadores como ojos redondos y quietos. En una esquina, colgada del techo, una lámpara blanca protegida por una rejilla.

Fede pulsó un interruptor. La lámpara encendió con una claridad firme, como si no conociera el miedo a apagarse.

—¡Sí! —susurró Dani, y se mordió la lengua para no gritar.

Iker miró alrededor.

—¿Podemos traer la sábana aquí? —preguntó—. O poner la lámpara cerca del patio, con un alargador.

—Aquí no —dijo Fede, rápido—. Esto no es escenario. Pero puedo dejaros un alargador y un enchufe del cuarto de limpieza, que está más cerca del patio. Eso sí: cuidado con el cable. Que nadie tropiece.

Leo sonrió.

—Gracias, señor Fede.

Bruno añadió:

—Usted será nuestro… director eléctrico.

Fede bufó, pero se le escapó una sonrisa.

—Anda, anda. Id preparando y no me hagáis arrepentirme.

Con el alargador en mano, bajaron al patio como si llevaran una serpiente domesticada. Iker iba delante, marcando el camino para que el cable no se enganchara. Dani iba repitiendo mentalmente la historia del espectáculo: el Año Viejo, representado por un señor con sombrero arrugado, se encontraba con el Año Nuevo, un niño con una bufanda brillante. Había un dragón que escupía confeti (en versión sombra, claro), y un gato que robaba una uva por accidente.

Colocaron la lámpara del cuarto de limpieza detrás de la sábana. La luz atravesó la tela y la convirtió en una luna rectangular.

—¡Mira qué nítido! —dijo Leo, emocionado.

—Ahora sí —dijo Iker—. Pero tenemos un problema nuevo.

Señaló el cable, que cruzaba una parte del patio.

—Si alguien lo pisa… adiós luz.

Bruno levantó una mano.

—Tengo una idea. Una idea respetuosa, pero traviesa.

Con cinta adhesiva de la señora Amelia —que apareció como por arte de magia cuando la necesitaban— pegaron el cable al suelo y lo cubrieron con una alfombra vieja. Además, pusieron dos sillas como barrera y un cartel hecho a mano: “CUIDADO: SERPIENTE DE LUZ (NO MOLESTAR)”.

Los adultos se rieron al leerlo. Los niños más pequeños se acercaron con los ojos como platos.

—¿De verdad hay una serpiente? —preguntó una niña.

Bruno se agachó y susurró:

—Solo si no respetas el cartel.

La niña dio un salto hacia atrás, pero luego se rió.

El patio empezaba a llenarse. Las conversaciones eran como burbujas: “¿Trajiste las uvas?”, “¿Dónde está el corcho del cava?”, “Este año sí que sí…”. Al fondo, alguien probaba un altavoz con música de fiesta. La sábana blanca, estirada, parecía contener un secreto.

—Nos toca —dijo Dani, mirando el reloj—. Veinte minutos.

Iker apretó el interruptor de la lámpara. La luz se mantuvo firme.

—Que no se atreva a fallar —murmuró, como si la lámpara pudiera oírlo.

Y, por un instante, a Bruno le pareció que la luz parpadeaba… como un guiño.

Capítulo 4: El espectáculo empieza… y el misterio se cuela

Cuando el señor Fede anunció con voz fuerte: “¡Atención, vecinos! ¡Ahora, teatro de sombras!”, el patio se calló lo justo: lo suficiente para que el silencio pareciera una manta recién sacudida.

Detrás de la sábana, los cuatro chicos se colocaron: Dani con las siluetas, Bruno listo para poner voces, Leo encargado de los efectos de confeti (sin pasarse), e Iker vigilando la luz y el cable como un guardián.

Bruno carraspeó y dijo, con voz de narrador:

—En un rincón del calendario, el Año Viejo se sacudía el polvo de los bolsillos…

En la sábana apareció la sombra del Año Viejo: un señor encorvado, con sombrero y bastón. La gente rió cuando el bastón se dobló un poco, porque Dani lo había hecho de cartón blando.

—¡Ay, mis días! —hizo Bruno con voz temblorosa—. Se me han caído los lunes por el camino…

Los adultos soltaron carcajadas suaves. Un niño pequeño preguntó en voz alta:

—¿Los lunes pesan?

—¡Mucho! —respondió Bruno desde detrás, y el patio se rió más fuerte.

El Año Nuevo entró como una sombra más recta, con bufanda larga. Leo sopló un poco de confeti por un lado, y la sombra pareció caminar entre nieve de colores.

—Hola, Año Viejo —dijo Bruno con voz joven—. ¿Me dejas pasar?

—Te dejo… si prometes respetar a todos los días —contestó el Año Viejo—. Incluso a los lunes.

—Prometido —dijo el Año Nuevo—. Y tú, descansa.

Entonces apareció el dragón, enorme, con alas que Dani movía con hilo. El dragón no daba miedo: tenía una barriga redonda y una sonrisa tonta.

—¡Soy el dragón del “¡Sorpresa!”! —rugió Bruno—. Escupo… ¡confeti!

Leo lanzó un puñado exacto de confeti, como si fuera un cocinero de precisión. El público aplaudió.

Y justo en ese aplauso, la luz hizo algo raro: no se apagó, pero se volvió más tenue, como si estuviera recordando un sueño.

Iker se tensó.

—No ahora —susurró.

Miró el cable: seguía pegado. Miró el enchufe: firme. Tocó el interruptor: estaba bien. Sin embargo, la sábana ya no era luna blanca; era luna con resaca.

Bruno siguió narrando, pero bajó un poco el volumen.

Dani, concentrado, puso la silueta del gato. El gato se acercó a un racimo de uvas (otra silueta) y, con un movimiento rápido, robó una.

—¡Ey! —gritó un niño del público—. ¡Las uvas son sagradas!

Bruno respondió en voz de gato:

—Miau… yo solo cuento hasta doce en maullidos.

La risa volvió, pero Iker no se reía. Había notado algo más: desde el rellano, el reloj antiguo del edificio estaba callado. Normalmente, a esa hora, se escuchaba un tic-tac suave, como un corazón educado. Esa noche, nada.

Y, cuando el reloj se quedó en silencio, la luz se debilitó un poquito más.

—¿Os dais cuenta? —murmuró Iker a sus amigos, sin que el público lo oyera—. Cada vez que el reloj… no suena, la luz baja.

—¿El reloj influye? —susurró Leo—. Eso suena a cuento.

—Estamos en un cuento —susurró Dani, moviendo al dragón con cuidado—. Pero rápido, Iker.

Bruno improvisó:

—Y entonces, el Año Viejo dijo: “Si el tiempo se queda callado, las sombras se vuelven tímidas”.

Iker abrió mucho los ojos.

—Eso es exactamente lo que pasa.

El público seguía atento, pero algunos ya entrecerraban los ojos para ver mejor. La magia se estaba volviendo borrosa.

Iker tomó una decisión sin anunciarla. Le hizo una señal a Fede, que estaba entre los vecinos, y señaló hacia el reloj del rellano.

Fede frunció el ceño, entendió el gesto y se acercó.

—¿Qué ocurre? —susurró.

—El reloj está en silencio —dijo Iker—. Y la luz baja. No sé por qué, pero creo que está conectado.

Fede miró el reloj como si fuera un viejo amigo que de pronto se había quedado dormido.

—Ese reloj… —murmuró—. Lleva aquí más años que yo.

Bruno siguió narrando, pero su voz ya tenía un punto de prisa alegre, como un tren que no quiere perder la estación.

—¡Y el dragón del “¡Sorpresa!” dijo: “Para que el Año Nuevo entre, hace falta una luz valiente”!

Aplausos. Sombras moviéndose. Y la luz, cada vez más tímida.

Quedaban diez minutos para las uvas.

Capítulo 5: Ajustar el tiempo sin romper el respeto

Fede llevó a Iker y Leo al rellano, dejando a Bruno y Dani sosteniendo la historia como podían detrás de la sábana.

El reloj antiguo estaba allí, grande y serio, con el péndulo quieto. No hacía ni un suspiro.

—¿Se ha parado? —preguntó Leo.

Fede abrió la puerta de madera con cuidado, como si despertara a alguien.

Dentro, el péndulo colgaba inmóvil, y las manecillas parecían clavadas en el once y treinta y ocho. Iker sintió un escalofrío, pero no de miedo: de ese asombro que te entra cuando algo cotidiano decide comportarse como un misterio.

—No lo toquéis —advirtió Fede—. Este reloj es de todos. Hay que respetarlo.

—Solo mirar —dijo Iker—. Prometido.

Leo señaló una pieza pequeña, en el fondo, donde una cadenita estaba ligeramente torcida.

—¿Eso debería estar así?

Fede se agachó. Su cara cambió a la de alguien que recuerda.

—Hace años, si el edificio temblaba por los petardos, el reloj se quedaba mudo. Y luego… —levantó una ceja— luego la gente decía que el año entraba sin avisar.

Iker miró hacia el patio. La sábana se veía desde el hueco de la escalera como un rectángulo pálido. La luz parecía cansada.

—¿Podemos enderezar la cadena? —preguntó Iker—. Con cuidado. Sin forzar.

Fede dudó. Luego asintió.

—Yo lo hago. Vosotros me decís qué veis.

Iker se concentró como si estuviera desactivando una bomba de película, pero era solo un reloj viejo y orgulloso. Fede tocó la cadena con dedos firmes y suaves. La enderezó un poquito, apenas lo necesario.

El péndulo tembló. No se movió del todo. Solo hizo un gesto, como un “hola”.

—Vamos —susurró Leo—. Vamos, reloj.

Fede ajustó otra mínima parte. Y entonces, el péndulo arrancó con un movimiento lento y elegante.

Tic… tac.

El sonido fue tan pequeño que parecía una gota cayendo en una taza. Pero se extendió por el rellano como una música antigua.

Al instante, desde el patio, la luz detrás de la sábana recuperó fuerza, como si se hubiera acordado de su trabajo.

Iker soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¡Funcionó! —dijo Leo.

—No cantéis victoria —advirtió Fede—. El reloj ha vuelto a latir, pero quizá se calle otra vez con el jaleo.

Iker bajó las escaleras de inmediato. La historia seguía: Dani movía al Año Nuevo hacia una puerta dibujada, Bruno hacía de dragón y de gato a la vez con un talento absurdo, y el público estaba enganchado otra vez gracias a la luz más clara.

Iker se colocó en su puesto, vigilando el cable y el interruptor. Cuando Bruno dijo:

—Y el Año Viejo, con respeto, se quitó el sombrero…

En la sábana, la sombra del Año Viejo hizo una reverencia. Fue un gesto simple, pero a Iker le pareció importante. La gente aplaudió como si esa reverencia fuera para ellos.

—Gracias por no olvidarme —dijo Bruno en voz de Año Viejo—. No tiréis mis días a la basura. Aprended de ellos.

Dani añadió, sin hablar, una silueta pequeña: una libreta. El Año Nuevo la recogía.

Leo susurró:

—Eso está bien. Sin moralina, pero se entiende.

Bruno remató:

—Y ahora… ¡a celebrar!

El dragón escupió confeti otra vez, esta vez formando una lluvia suave. El público estalló en aplausos. Los adultos gritaban “¡Bravo!” y algunos niños pedían “¡Otra!”.

Pero el reloj del rellano, por alguna razón, volvió a callarse en ese mismo momento.

Tic… tac… silencio.

Iker sintió que la luz se debilitaba un poco, como un último suspiro de complicidad.

Miró hacia arriba, hacia el reloj. Y comprendió que quizá el final del espectáculo no dependía de vencer al silencio, sino de escucharlo.

Capítulo 6: La medianoche y la horquilla del silencio

Quedaban tres minutos para medianoche. Los vecinos empezaron a moverse, a buscar copas, a contar uvas, a llamar a familiares por videollamada. El patio era un remolino alegre.

Bruno se acercó a sus amigos detrás de la sábana.

—Podemos hacer un final rápido —dijo—. Algo que deje a todos con la boca abierta.

Dani miró sus siluetas. Quedaba una que no habían usado: una gran esfera, como un reloj sin números. La había recortado por capricho.

—Podemos terminar con esto —propuso Dani—. Un reloj de sombras.

Iker, que había vivido el misterio del reloj real, asintió.

—Sí. Pero con una idea: el reloj se queda en silencio al final. Un silencio bonito. Como el segundo antes de gritar “¡Feliz año!”.

Leo sonrió.

—Un silencio que no asuste. Un silencio que respete.

Volvieron al escenario. La luz aún aguantaba, aunque más suave. El reloj del rellano estaba mudo. Y, sin embargo, el patio brillaba con mil luces pequeñas: móviles, bengalas eléctricas, ojos atentos.

Bruno levantó la voz:

—Y justo cuando el Año Nuevo iba a entrar… el Tiempo hizo algo raro.

Dani colocó la gran esfera del reloj en la sábana. Iker, con dos palitos, simuló manecillas. Las movió despacio, acercándolas a las doce.

—El Tiempo dejó de hacer “tic-tac” —dijo Bruno—. No por enfado. No por romperse. Sino para escuchar.

En el patio, como si todos lo entendieran sin que nadie lo ordenara, las voces bajaron un poco. Incluso los niños pequeños se callaron un instante, hipnotizados por el reloj de sombra.

Leo dejó caer un confeti, solo uno, que bajó despacio. Pareció un copo solitario.

—¿Qué escucha el Tiempo? —preguntó Bruno en voz de Año Nuevo.

Dani puso la silueta del Año Viejo al lado del reloj.

—Escucha si nos tratamos bien —respondió Bruno en voz de Año Viejo—. Si respetamos lo que fuimos… y lo que serán los demás.

Bruno cambió a su voz normal, más suave:

—Porque no hay fiesta que brille si alguien se queda en la oscuridad por culpa de una burla.

Hubo un murmullo de acuerdo. La señora Amelia se limpió una lágrima traicionera con la manga, como si no quisiera admitir que una sábana le estaba ganando el corazón.

Iker acercó las manecillas de sombra a las doce. En ese momento, desde algún piso, una televisión empezó la cuenta atrás. La gente la siguió:

—¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!

Los cuatro chicos se miraron detrás de la sábana. Dani apretó el cartón con fuerza. Leo se mordió la sonrisa. Bruno respiró hondo. Iker sintió el peso de la luz y del silencio en el mismo lugar, como si fueran dos manos en sus hombros.

—¡Tres! ¡Dos! ¡Uno!

En la sábana, Iker colocó las manecillas exactamente arriba.

Y entonces, ellos hicieron lo que habían planeado: apagaron la lámpara un segundo.

Todo quedó oscuro.

No fue un apagón feo. Fue un silencio de luz. Un parpadeo del mundo para cambiar de página.

En ese segundo, el reloj del rellano no hizo “tic-tac”. Se quedó completamente callado, como si también guardara la respiración.

Y justo después, Leo encendió la lámpara.

La sábana volvió a ser luna. La esfera del reloj de sombra desapareció y, en su lugar, Dani levantó al dragón con una corona ridícula.

Bruno gritó, con alegría limpia:

—¡Feliz Año Nuevo!

El patio explotó: abrazos, risas, uvas a medio masticar, “¡próspero!”, “¡salud!”, confeti volando como un enjambre amable. Alguien descorchó una botella y el “pop” sonó como un aplauso extra.

Los cuatro chicos salieron de detrás de la sábana, deslumbrados por la felicidad de los demás. Varios vecinos los rodearon:

—¡Qué bonito!

—¡Qué original!

—¡Ese dragón es un artista!

Bruno hizo una reverencia exagerada y casi se cae. Se salvó agarrándose del hombro de Iker.

—Respeto ante todo —dijo, riéndose.

Iker miró hacia el rellano. El reloj antiguo seguía allí. Su péndulo, quién sabe por qué, había vuelto a moverse un poco, pero el sonido no llegaba. Como si se hubiera guardado el tic-tac para sí.

Una horquilla de silencio en medio de la fiesta.

Y, extrañamente, a Iker le pareció el mejor sonido del mundo. Porque significaba que el edificio, por un instante, escuchaba a su gente celebrando sin olvidarse de nadie.

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Guirnaldas
Decoraciones largas y colgantes que se usan en fiestas para adornar.
Purpurina
Polvo o pequeñas motas brillantes que se pegan para decorar cosas.
Petardos
Pequeños explosivos que hacen ruido en celebraciones, usados con cuidado.
Sábana
Tela grande que se usa para cubrir o, aquí, como pantalla para sombras.
Confeti
Trozos pequeños de papel de colores que se lanzan en fiestas.
Linterna
Aparato que da luz portátil, funciona con pilas o baterías.
Rejilla
Estructura de barrotes que protege o cubre algo, como una lámpara.
Péndulo
Objeto que cuelga y se mueve de un lado a otro en un reloj.
Contadores
Aparatos que miden el consumo de luz o agua en una casa.
Alargador
Cable con enchufe que sirve para llevar la electricidad más lejos.
Enchufe
Parte que conecta un aparato a la electricidad para que funcione.

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