En la casa olía a galletas y a canela. Las luces del árbol parpadeaban: una, dos, una, dos. Cuatro niños casi de tres años jugaban en la alfombra. Eran Luna y Sara, y también Bruno y Tomás. Tenían pijamas suaves y calcetines con renos.
En una repisa, el Duende Travieso de Navidad los miraba con ojos brillantes. Se llamaba Pipo. Pipo era pequeño, con gorro rojo y una risa silenciosa. Le gustaba hacer travesuras… pero travesuras amables.
“Hoy haré un lío de los buenos, pero sin enfadar a nadie”, pensó Pipo.
Cuando los niños fueron a beber un poquito de leche, Pipo saltó. ¡Pum! Cayó en la mesa con la bandeja de galletas. Con mucho cuidado, cambió las galletas de lugar: las estrellas con las lunas, las lunas con los árboles. Luego puso un lazo verde en la jarra de leche. Todo seguía limpio, solo… un poco raro.
Los niños volvieron.
“¿Quién hizo esto?”, dijo Bruno, abriendo los ojos.
“Las galletas están jugando”, dijo Sara, riendo.
Luna olió una galleta. “Huele igual. Está bien.”
Tomás señaló algo nuevo: un cartel de cartón en el suelo, al lado del árbol. Decía, con letras grandes: “POR AQUÍ”. Y una flecha, muy larga, apuntaba hacia el pasillo.
“¿Por aquí a dónde?”, preguntó Tomás.
Pipo, escondido detrás de una bola dorada, quiso reír en voz alta, pero solo hizo “ji, ji” muy bajito.
Los cuatro siguieron la flecha. Pasaron despacito, como si fueran exploradores. En el pasillo había otro cartel: “POR AQUÍ”. Y otra flecha.
“Es una pista”, dijo Luna.
“Es un juego”, dijo Bruno.
“Yo quiero más flechas”, dijo Sara.
Tomás aplaudió. “¡Por aquí, por aquí!”
Las flechas los llevaron hasta la cocina. Allí, sobre una silla, había otro cartel: “POR AQUÍ”. La flecha apuntaba hacia arriba, hacia un estante.
“Yo no llego”, dijo Sara, con voz suave.
“No pasa nada”, dijo Luna. “Pedimos ayuda.”
Mamá apareció con una sonrisa. “¿Qué buscan, mis duendecitos?”
“Un ‘por aquí'”, dijo Bruno, señalando.
Mamá levantó a Tomás un poquito y él vio una cajita roja. Dentro había cuatro pegatinas: un copo de nieve, una campana, un muñeco de jengibre y un trineo. También había una nota con letra pequeñita: “Compartir es magia”.
Los niños se miraron.
“Una para cada uno”, dijo Luna.
“Sí, sí, una para cada uno”, repitió Sara, feliz.
Bruno puso la campana en su pijama. Tomás pegó el trineo en su calcetín. Sara eligió el copo. Luna eligió el muñeco de jengibre.
Entonces, Pipo hizo su última travesura. Desde la repisa, dejó caer suavemente un poquito de confeti de papel, como nieve de colores. Caía lento, lento, sin ensuciar mucho.
“¡Nieve!”, gritó Tomás.
Mamá rió bajito. “Qué casa tan navideña.”
Los niños volvieron al salón. En el árbol, apareció un nuevo cartel, muy pequeño, colgado como adorno: “POR AQUÍ… hacia un abrazo”. Y una flechita apuntando al sofá.
Los cuatro se acurrucaron juntos. Mamá los tapó con una manta. Pipo, contento, se quedó quieto. Sus travesuras ya habían sembrado risas y cariño.
Las luces parpadearon otra vez: una, dos, una, dos. Y la casa, calentita, siguió oliendo a canela y a Navidad.