La noche brillante
Era una tarde de luces y de olor a galletas. En la casa había risas suaves. Dos niños, Nico y Dani, jugaban junto al árbol. Tenían cuatro años cada uno. Nico tenía ojos grandes como botones. Dani tenía manos pequeñas y rápidas.
"¡Mira, una estrella!" dijo Nico señalando la punta del árbol. "¡La puse yo!" dijo Dani, orgulloso. Se reían y se abrazaban. La abuela tejía cerca y sonreía. Afuera caían copos de nieve como plumas.
En la esquina del salón, escondido entre una caja de adornos y un calcetín, vivía el Lutin Farceur de Noël. Era pequeñito, con gorro rojo y botas brillantes. Le encantaban las travesuras dulces. Tenía los ojos chispeantes y la risa como campanitas.
Esa noche el Lutin vio un papel arrugado junto al árbol. "¡Perfecto!" susurró. Tomó el papel y lo hizo bola. La bola rodó entre las ramas. Rodó otra vez y besó una rama. "¡Vamos a jugar!" dijo el Lutin con voz cantarina.
La bola que rueda
La bola de papel empezó a rodar por el suelo. Rodó bajo una mesa, tocó un pie de silla y pasó por delante de los niños. Nico la vio primero.
"¡Mira, Dani! Una pelota mágica," dijo Nico. Dani corrió con las manos abiertas.
La bola rodó hacia la sala de juguetes. Los dos niños la empujaron con el pie y la rieron. "Es de nieve," dijo Dani. "Es de luna," dijo Nico. El Lutin se escondía detrás de una caja y aplaudía en silencio. Le gustaba ver cómo jugaban.
La bola, traviesa, se fue a la cocina. Tocó la punta del zapato de la abuela. "¡Oh!" dijo la abuela, sonriendo. "¿Quién dejó la bola aquí?" La abuela la recogió y la dejó en el cesto. Pero el Lutin, con cuidado, la empujó suavemente de nuevo. La bola salió y rodó por la alfombra.
"¡Otra vez!" gritaron los niños contentos. Empujaron la bola uno hacia el otro. Rodaba y sonaba como un pequeño tambor. El Lutin la guiaba con su risita; era una farola de alegría que los unía.
La bola llegó a la habitación de los niños. Había montones de bloques y un osito de peluche. La bola chocó con el osito y el osito cayó abrazado a los bloques. "Ups, lo siento," dijo Dani, con voz preocupada. Nico miró al osito, luego al otro, y sonrió.
"Compartimos al osito," dijo Nico. "Los dos pueden abrazarlo." Dani abrazó, Nico abrazó. Se sentaron juntos. La bola quedó entre ellos como un pequeño tesoro. El Lutin les miraba y el corazón le daba calor.
La bola aún tenía energía. Rodó hacia la ventana y dejó una estela de papel sobre el alféizar. Afuera, un gato blanco miró curioso. La bola volvió y pasó por debajo de la mesa del comedor. Los niños la siguieron gateando y riendo. A cada rodar, una risita brotaba en la casa.
"¿Quién la hizo rodar?" preguntó la abuela, con ojos bondadosos. "No lo sabemos," dijo Nico. "¡Fue la Bola Mágica!" dijo Dani. Y el Lutin, desde su escondite, soltó una risita que sonó como un cascabel perdido.
Compartir la sorpresa
Al final la bola quedó en el centro del salón. Allí se sentaron todos: los dos niños, la abuela, el osito y hasta el gato se acurrucó a sus pies. El Lutin salió de su escondite con sigilo. Se subió a una silla y se mostró. "¡Buu!" dijo con voz alegre.
Los niños aplaudieron. "¡Un lutin!" dijo Dani. "¡Hola, amigo travieso!" dijo Nico. La abuela miró al pequeño duende y comprendió. "¿Has venido a jugar?" preguntó con dulzura. El Lutin hizo una reverencia y sacó un pequeño paquetito. Dentro había más papel doblado en forma de bolitas. "Para compartir," dijo con voz de campanita.
Los ojos de Nico y Dani brillaron. Compartieron las bolitas de papel entre ellos y con la abuela. Hicieron una carrera suave con las bolitas por la alfombra. Cada bolita era una risa. Cada vez que una bolita caía, todos se reían.
"Compartir es bonito," dijo la abuela. "Más risas, más amigos." El Lutin miró a los niños y su corazón saltó. Le gustaba ver cómo juntos cuidaban del osito, de la bola y de la abuela. No era solo una travesura; era una manera de unir.
La noche siguió con canciones suaves. La abuela puso una mantita sobre los niños. El gato ronroneó como tambor. El Lutin, contento, puso la última bolita de papel en la mano de cada niño como regalo.
"Gracias," dijeron los niños al unísono. "Por jugar." El Lutin hizo una pequeña reverencia y desapareció silencioso detrás del árbol, dejando una estrellita de papel en la punta de una rama.
Antes de dormir, Nico susurró a Dani: "Hoy compartimos todo." Dani respondió con voz dulce: "Y la bola nos trajo risas." La abuela besó sus frentes. Afuera, la nieve seguía cayendo, y la casa brillaba con una luz amable.
El Lutin observó desde la ventana. Sonrió con ternura. Sus travesuras habían hecho algo bonito: acercar corazones. Se fue a dormir con la risa guardada como una canción. En la casa, todos dormían tranquilos y felices, y la estrellita de papel parecía brillar más que antes.