Cargando...
Cuento sobre el acoso 9/10 años Lectura 13 min. (1)

La valentía que no hacía ruido

Bruno, un niño tímido, acompaña a su compañero Nico mientras enfrentan el acoso escolar y buscan la ayuda de los adultos del colegio; juntos descubren que hablar y apoyarse puede marcar la diferencia.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Bruno, niño de 10 años de rostro dulce y mejillas sonrojadas, arrodillado en una gran alfombra azul sostiene una galleta y apoya la otra mano junto a un cojín verde en señal de apoyo; junto a él, Nico, también de 10 años, tímido y aliviado con ojos húmedos y una leve sonrisa, sentado en el cojín con un libro cerrado sobre las piernas; a distancia, Iván, de 13 años, de postura rígida y mirada burlona, observa con las manos en los bolsillos cerca de la entrada del rincón de lectura, y Santi, también de 13, con expresión arrogante y brazos cruzados apoyado en una estantería; la escena ocurre en un rincón de lectura escolar luminoso con una gran ventana que deja entrar un rayo de sol, estanterías bajas y cojines dispersos, mostrando a Bruno consolando a Nico tras una intimidación, con los agresores en la distancia para crear un claro contraste visual. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El niño que casi no hacía ruido

A Bruno, con diez años recién cumplidos, le gustaba pasar desapercibido. No era que le diera vergüenza existir, simplemente se sentía mejor cuando el mundo iba un poquito más lento. En clase se sentaba cerca de la ventana, donde el sol dibujaba cuadrados en el suelo y las hojas de los árboles parecían saludar.

Aquel martes, la profesora Elisa anunció:

—Hoy, después del recreo, iremos al rincón de lectura. Quiero veros elegir un libro que os haga compañía.

El rincón de lectura era un lugar tranquilo, con una alfombra azul, cojines blandos y estanterías que olían a papel nuevo y a historias viejas. A Bruno le encantaba.

En el recreo, Bruno estaba junto al muro del patio, mirando cómo una hormiga cargaba una miguita enorme. En eso oyó unas risas demasiado altas, como si quisieran llenar todo el aire.

—¡Eh, Nico! ¿Vas a hablar o te has tragado la lengua? —dijo una voz.

Bruno giró la cabeza despacio. Nico, un compañero de su clase, estaba junto a la fuente. Era un niño de sonrisa pequeña, de esas que aparecen un segundo y luego se esconden. Dos chicos mayores, Iván y Santi, se inclinaban hacia él, ocupándole el espacio como si fueran una puerta cerrándose.

—Déjame pasar —murmuró Nico.

—¿Pasar? ¿A dónde? —se burló Santi—. Si no se te oye, a lo mejor es que eres invisible.

Nico apretó los puños, pero no levantó la voz. Bruno sintió un nudo en la barriga, como cuando se te cae un lápiz por una rendija y no puedes recuperarlo.

La campana sonó. Iván y Santi se alejaron riendo. Nico se quedó quieto un instante, como si necesitara recordar cómo se camina.

Bruno pensó: “Eso no ha sido un juego. Los juegos acaban con sonrisas de verdad”.

Capítulo 2: Un secreto en la alfombra azul

Después del recreo, el aula se volvió más silenciosa. La profesora Elisa los llevó al rincón de lectura. Allí, las voces se hacían suaves sin que nadie lo pidiera, como si los libros tuvieran un mando secreto.

Bruno eligió uno de aventuras, pero apenas pasó la primera página. Vio a Nico sentado en un cojín verde, con un libro cerrado sobre las rodillas. Miraba las letras de la portada como si fueran una pared.

Bruno se acercó despacio, con su forma de caminar sin hacer ruido.

—Hola —dijo, bajito—. ¿Te gusta ese?

Nico se encogió de hombros.

—No sé. No he empezado.

Bruno se sentó a una distancia amable, ni pegado ni lejos.

—A mí a veces me cuesta empezar. Como cuando la piscina está fría.

Nico soltó una risa pequeña, casi un soplo.

—Sí… algo así.

Hubo un silencio cómodo, de esos que no pesan. Bruno pasó una página para no parecer un detective. Luego preguntó, como quien deja una linterna encendida:

—En el recreo… ¿estabas bien?

Nico bajó la mirada. Sus dedos arrugaron una esquina del cojín.

—No quiero problemas.

Bruno recordó algo que su madre le había dicho cuando él no quería contarle por qué estaba triste: “Contar no es causar problemas. Contar es pedir ayuda”.

—No es lo mismo buscar problemas que pedir ayuda —dijo Bruno, con cuidado, como si colocara una taza caliente—. Lo que han hecho Iván y Santi… no ha sido divertido.

Nico tragó saliva.

—Se ríen de mí. Me llaman “mudo”. Me empujan a veces. Y dicen que si lo cuento, será peor.

Bruno sintió que el nudo de su barriga se apretaba, pero también sintió algo nuevo: una chispa de valentía, pequeñita, como una cerilla.

—Eso tiene un nombre —dijo—. Es acoso. Cuando alguien molesta una y otra vez para hacerte sentir pequeño.

Nico lo miró por primera vez a los ojos.

—¿Y si soy yo el que exagera?

—No —respondió Bruno—. Si te hace daño por dentro, importa. Y si se repite, importa más.

Nico respiró hondo, como si el aire fuera un libro difícil.

—No quiero estar solo.

Bruno apoyó su mano sobre el suelo, cerca de la de Nico, sin tocarla, pero dejando claro que estaba allí.

—No estás solo. Podemos hablar con un adulto. Con la profe Elisa. O con la orientadora. Yo voy contigo.

Nico dudó un momento, y luego asintió muy despacio.

—Vale… pero me da miedo.

—A mí también —admitió Bruno—. Podemos tener miedo y hacerlo igual.

Capítulo 3: La puerta que se abre al hablar

Cuando terminó el tiempo de lectura, la clase volvió al aula. Bruno notaba el corazón rápido, como si hubiera corrido sin moverse. Miró a Nico; iba con la mochila bien agarrada, como si fuera un escudo.

En el pasillo, Iván y Santi pasaron cerca. Iván susurró:

—Mira, el “mudo” con su guardaespaldas.

Bruno sintió que se le calentaban las orejas, pero no respondió. Pensó: “Ahora lo importante es llegar”.

Al entrar en clase, la profesora Elisa estaba ordenando unos cuadernos. Bruno levantó la mano, aunque casi nunca lo hacía.

—Profe… ¿podemos hablar con usted un momento?

La profesora los miró con calma, con esa mirada que parece una manta.

—Claro. ¿Queréis que salgamos al pasillo o preferís aquí?

Nico apretó la mochila. Bruno habló primero, porque a veces ser discreto también significa saber cuándo usar la voz.

—Es sobre el recreo. Y no solo hoy.

La profesora Elisa dejó los cuadernos y se agachó un poco para estar a su altura.

—Gracias por venir. Contadme.

Nico respiró hondo. Sus palabras salieron despacio, pero salieron.

—Iván y Santi… me llaman cosas. Me empujan. Me da miedo que siga.

La profesora no se sorprendió ni se enfadó de golpe. Se puso seria, sí, pero con una seriedad tranquila.

—Nico, has hecho muy bien en contarlo. Y tú también, Bruno, por acompañarlo. Esto no es tu culpa, Nico. Y no tienes que aguantarlo.

Nico parpadeó rápido.

—Pero dijeron que si lo decía…

—A veces quien hace daño intenta que la otra persona se calle —explicó la profesora—. Eso es una señal muy clara de que necesitan que intervenga un adulto. Yo me voy a encargar.

Bruno notó que el nudo de su barriga aflojaba un poquito.

—Vamos a hacer varias cosas —continuó la profesora—: hablaré con la jefatura de estudios y con la orientadora, y también con vuestros tutores del recreo. Habrá más vigilancia. Y hablaremos con Iván y Santi con firmeza. Además, Nico, quiero que tengas un lugar seguro al que ir si te sientes incómodo.

—¿Como… la biblioteca? —preguntó Nico.

La profesora sonrió.

—Exacto. Y el rincón de lectura también. Los libros son buenos, pero los adultos también.

Bruno casi se ríe, porque sonó como una frase de libro, pero le gustó.

—Y vosotros —añadió—, si pasa algo, venid. Ser testigo y pedir ayuda es valiente.

Nico se secó los ojos con la manga, rápido, como si no quisiera que nadie los viera.

—Gracias.

Bruno miró a Nico y dijo, con una voz más firme de la que se esperaba:

—No tienes que cargarlo solo.

Capítulo 4: Un recreo diferente

Al día siguiente, Bruno caminó al patio con una sensación extraña: todavía había nervios, pero también había un plan. Vio a Nico cerca de la puerta, como dudando si salir del todo.

—¿Te vienes conmigo? —preguntó Bruno.

—Sí —dijo Nico, y esta vez la palabra sonó más clara.

En el patio, la profesora Elisa habló con el profesor de guardia. Bruno notó que ambos miraban a diferentes zonas, atentos, sin parecer policías, pero siendo cuidadosos.

Iván y Santi estaban cerca del tobogán. Al ver a Nico, Iván abrió la boca, pero se quedó a medias. La presencia del profesor de guardia era como una luz encendida: no quita los problemas mágicamente, pero hace que se vean.

Nico susurró:

—Me están mirando.

—Mirar no es lo mismo que hacer daño —respondió Bruno—. Y si hacen algo, lo decimos.

Dieron un paseo hasta una esquina del patio donde había un banco bajo un árbol. Bruno sacó de su mochila un paquete de galletas.

—Mi madre siempre mete demasiadas. Eso debería ser un delito delicioso.

Nico soltó una risa más grande.

—Mi padre mete fruta. Siempre.

—La fruta es buena —dijo Bruno, fingiendo ser muy serio—, pero las galletas también tienen sentimientos.

Nico se rió otra vez, y Bruno pensó que esa risa sonaba a ventana abierta.

A media mañana, en clase, la orientadora visitó su aula. Habló de forma sencilla:

—Si alguien os molesta repetidamente, si os humilla o os hace sentir miedo, eso es acoso. No es un “drama” ni una “broma”. Y pedir ayuda no es chivarse: es protegerse y proteger a otros.

Bruno miró alrededor. Algunos compañeros asentían. Otros parecían sorprendidos, como si acabaran de poner nombre a algo.

Al final del día, la profesora Elisa se acercó a Bruno y Nico.

—Quería deciros que ya he hablado con Iván y Santi, y también con sus familias. Habrá consecuencias y seguimiento. Y lo más importante: no vais a estar solos en esto.

Nico respiró como si se quitara una mochila invisible.

—Gracias, profe.

Bruno notó orgullo, no el que hace que uno presuma, sino el que calienta por dentro.

Capítulo 5: La noche más tranquila

Esa tarde, Bruno volvió a casa. El cielo tenía un color de naranja suave, como una manta de atardecer. En su habitación, ordenó su escritorio, no porque fuera necesario, sino porque le ayudaba a pensar.

Durante la cena, su madre le preguntó:

—¿Qué tal el día?

Bruno dudó un segundo. Antes, él guardaba muchas cosas para sí, como si su pecho fuera una caja fuerte. Pero recordó a Nico en el rincón de lectura, y recordó a la profesora Elisa diciendo “gracias por venir”.

—Hoy ayudé a un compañero —dijo Bruno—. Estaba pasando algo feo en el cole. Lo contamos a un adulto.

Su padre dejó el vaso despacio.

—Eso es importante. ¿Estás bien tú?

Bruno asintió.

—Sí. Tenía miedo, pero… fue como encender una luz.

Su madre le rozó el pelo.

—A veces la valentía hace poco ruido. Pero cambia cosas.

Antes de dormir, Bruno se metió en la cama con su libro de aventuras. Leyó unas páginas, pero esta vez pensó que las mejores aventuras no siempre tienen dragones: a veces tienen pasillos de colegio, un rincón de lectura y dos niños que deciden no callarse.

En su móvil, con permiso, escribió un mensaje corto a Nico en el grupo de clase:

“Si mañana quieres, vamos juntos al cole.”

La respuesta llegó pronto:

“Sí. Gracias, Bruno.”

Bruno apagó la luz. En la oscuridad, su habitación parecía más grande y más segura. Cerró los ojos y respiró despacio.

Sabía que los problemas no se arreglan en un solo día, pero también sabía algo nuevo: cuando se habla, cuando se pide ayuda y cuando alguien te acompaña, el miedo deja de mandar.

Y esa noche, por fin, el sueño le llegó como una ola suave, tranquila y cálida.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

Calificación actual: 5 sobre 5 (1 opiniones)

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Desapercibido
Que pasa sin que otros lo noten, quedarse sin llamar la atención.
Recreo
Tiempo en la escuela para jugar, descansar y comer fuera de clase.
Murmuró
Hablar en voz muy baja, casi susurrar para que pocos oigan.
Orientadora
Persona en la escuela que ayuda con problemas y da consejos.
Acoso
Cuando alguien molesta o hace daño a otra persona repetidamente.
Vigilancia
Acción de mirar y cuidar un lugar para que haya seguridad.
Jefatura de estudios
El grupo de adultos de la escuela que organiza las clases.
Tutores
Profesores responsables de un grupo de alumnos en la escuela.
Valentía
Fuerza para hacer lo correcto aunque tengas miedo.
Testigo
Persona que ve algo pasar y puede contarlo a otros.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Temas relacionados con este cuento :

amistad valentía solidaridad escuela compañero

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos sobre el acoso para 9/10 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.