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Cuento disparatado y absurdo 7/8 años Lectura 7 min. Disponible en audiocuento (1)

La tostada saltarina y la mermelada de arcoĂ­ris

Martina, una niña con mucha imaginación, vive una emocionante aventura junto a una tostada parlante que busca la mermelada de arcoíris, encontrándose con calcetines bailarines y paraguas al revés en el camino. Juntas, tendrán que resolver acertijos y bailar para alcanzar su objetivo en un mundo lleno de locuras.

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Una niña de 8 años, llamada Martina, con cabello castaño rizado y ojos llenos de curiosidad, salta de alegría sosteniendo una tostada sonriente bajo el brazo. Lleva una gorra de explorador y un vestido de flores coloridas, mostrando una gran sonrisa maravillada. Junto a ella, una tostada antropomórfica, con brazos y piernas de pan dorado, lleva una pequeña servilleta como capa y hace una reverencia alegre, con ojos brillantes de emoción. El escenario es un jardín exuberante, lleno de flores vibrantes, calcetines coloridos que bailan a su alrededor, y un cielo azul salpicado de nubes esponjosas. La escena muestra a Martina y la tostada en plena aventura, listas para explorar el jardín mágico en busca de la mermelada de arcoíris, rodeadas de calcetines danzantes y risas brillantes. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 06:57

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CapĂ­tulo 1: El desayuno que saltĂł de la mesa

Martina tenía siete años y la imaginación más grande de todo el barrio. Una mañana, mientras intentaba ponerle mantequilla a su tostada, algo extraordinario ocurrió: la tostada saltó del plato, dio dos volteretas en el aire y gritó con voz de ardilla:

—¡No más mantequilla, por favor! ¡Hoy quiero mermelada de arcoíris!

Martina se quedĂł con la mantequilla chorreando del cuchillo y los ojos tan abiertos como un bĂşho asustado.

—¿Tú… hablas? —preguntó, mirando la tostada como si hubiera visto a una jirafa con patines.

La tostada, muy digna, se acomodĂł junto al vaso de leche, se puso un trocito de servilleta como capa y dijo:

—Hablo, bailo y, si me apuras, ¡hasta canto tangos! Pero lo más importante es que hoy tengo una misión.

Martina soltó una risita. ¡Era la primera vez que la comida le pedía algo!

—¿Y cuál es tu misión, tostada saltarina?

—¡Quiero que me ayudes a encontrar la mermelada de arcoíris! Solo así podré convertirme en la tostada más feliz del universo.

Martina pensó que aquello era mucho mejor que ir al colegio. Así que se puso su gorra de exploradora, cogió la tostada bajo el brazo y salió al jardín, dispuesta a vivir la aventura más absurda y divertida de su vida.

CapĂ­tulo 2: El jardĂ­n de los calcetines parlantes

Nada más salir al jardín, Martina tropezó con una montaña de calcetines. Pero no eran calcetines normales, no, no. ¡Eran calcetines parlantes y bailarines!

Uno de ellos, de rayas verdes y naranjas, saludĂł muy educadamente:

—¡Bienvenida al jardín de los calcetines perdidos! ¿Buscas algo, pequeña exploradora?

Martina mirĂł a la tostada, que hacĂ­a reverencias a los calcetines.

—Buscamos la mermelada de arcoíris —explicó ella—. ¿Sabéis dónde está?

Los calcetines comenzaron a reĂ­r, haciendo olas de colores y saltitos.

—¡Solo el calcetín más largo conoce el camino! —gritaron todos a la vez.

De detrás de una maceta salió un calcetín larguísimo, que casi llegaba al techo del porche.

—Yo puedo llevaros —dijo, estirándose aún más—, pero primero debéis resolver el acertijo del día:

¿Cuántos calcetines hacen falta para cubrir un elefante que baila la macarena?

Martina se rascĂł la cabeza. La tostada se puso a pensar tan fuerte que casi se le cayĂł la servilleta-capa.

—¡Cinco mil! —gritó la tostada, al azar.

El calcetĂ­n larguĂ­simo se partiĂł de risa, tanto que se hizo un nudo en la punta.

—¡Respuesta aceptada! ¡Nadie lo sabe de verdad! Seguidme, valientes.

AsĂ­, el calcetĂ­n larguĂ­simo se convirtiĂł en una cuerda para saltar, y Martina y la tostada lo siguieron, saltando y riendo, hacia el siguiente lugar absurdo.

Capítulo 3: El bosque de los paraguas al revés

Después de mucho saltar, llegaron a un bosque lleno de paraguas… ¡pero todos al revés!

De cada paraguas caĂ­an caramelos, confeti y alguna que otra rana que saltaba y gritaba:

—¡Viva el confeti de chocolate!

Martina y la tostada se adentraron en el bosque. De repente, un paraguas azul con lunares los saludĂł con una inclinaciĂłn elegante.

—¿Buscáis la mermelada de arcoíris? —preguntó con voz de trompeta.

—¡Sí! —respondieron los dos al unísono.

El paraguas azul les lanzĂł una lluvia de caramelos y les dijo:

—La mermelada de arcoíris la tiene el caracol que corre más rápido que el viento. Pero ojo, solo aparece cuando alguien cuenta un chiste tan absurdo que ni los calcetines lo entienden.

Martina pensĂł y pensĂł.

—¿Qué hace una vaca en un espacio?

La tostada contestĂł:

—¡Leche espacial!

El paraguas azul estallĂł en carcajadas. De entre las hojas apareciĂł un caracol con casco de carreras y zapatillas deportivas.

—¡Me habéis hecho reír! —dijo el caracol—. Os llevaré a la cueva de la mermelada de arcoíris, pero solo si podéis seguir mi ritmo.

Martina subió a lomos del caracol, la tostada se agarró fuerte y salieron disparados tan rápido que las ranas solo vieron una nube de confeti pasar.

CapĂ­tulo 4: La cueva del desayuno bailongo

La cueva era oscura, pero estaba iluminada por luces de discoteca y una bola de espejos que giraba en el techo. Dentro, todos los desayunos bailaban: huevos fritos haciendo breakdance, croissants girando sobre sĂ­ mismos, y una jarra de leche haciendo el robot.

En el centro de la pista, sobre una mesa de cristal, habĂ­a un tarro enorme que brillaba con todos los colores del arcoĂ­ris.

La tostada se acercĂł, emocionada.

—¡Lo hemos conseguido, Martina! ¡La mermelada de arcoíris!

Pero justo cuando iban a abrir el tarro, una cuchara gigante apareciĂł saltando y diciendo:

—¡Para probar la mermelada, hay que bailar la danza del desayuno loco!

Martina no se lo pensĂł dos veces. Se puso a girar como los croissants, la tostada dio saltos mortales y hasta el caracol hizo la conga. Todos rieron y bailaron tanto que la bola de espejos empezĂł a lanzar rayos de colores por todas partes.

Al final, la cuchara, agotada de tanto bailar, les sirviĂł una buena cucharada de mermelada de arcoĂ­ris a cada uno. Martina la probĂł y supo a todas las cosas buenas del mundo: chocolate, fresas, risas y un poquito de sol.

La tostada, feliz, se puso tan brillante que parecĂ­a una estrella.

—¡Soy la tostada más feliz del universo! —gritó, mientras daba vueltas de alegría.

Martina se despidiĂł de todos los personajes absurdos: los calcetines, los paraguas, las ranas y hasta el caracol corredor.

Volvió a casa con la tostada bajo el brazo, todavía reluciente, y pensó que los días más locos y divertidos empiezan siempre con un desayuno saltarín.

Y desde aquel día, cada vez que Martina veía una tostada, le guiñaba un ojo, por si acaso quería contarle otro secreto absurdo y llevarla a una nueva aventura.

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