CapĂtulo 1: El desayuno que saltĂł de la mesa
Martina tenĂa siete años y la imaginaciĂłn más grande de todo el barrio. Una mañana, mientras intentaba ponerle mantequilla a su tostada, algo extraordinario ocurriĂł: la tostada saltĂł del plato, dio dos volteretas en el aire y gritĂł con voz de ardilla:
—¡No más mantequilla, por favor! ¡Hoy quiero mermelada de arcoĂris!
Martina se quedĂł con la mantequilla chorreando del cuchillo y los ojos tan abiertos como un bĂşho asustado.
—¿Tú… hablas? —preguntó, mirando la tostada como si hubiera visto a una jirafa con patines.
La tostada, muy digna, se acomodĂł junto al vaso de leche, se puso un trocito de servilleta como capa y dijo:
—Hablo, bailo y, si me apuras, ¡hasta canto tangos! Pero lo más importante es que hoy tengo una misión.
Martina soltĂł una risita. ¡Era la primera vez que la comida le pedĂa algo!
—¿Y cuál es tu misión, tostada saltarina?
—¡Quiero que me ayudes a encontrar la mermelada de arcoĂris! Solo asĂ podrĂ© convertirme en la tostada más feliz del universo.
Martina pensĂł que aquello era mucho mejor que ir al colegio. AsĂ que se puso su gorra de exploradora, cogiĂł la tostada bajo el brazo y saliĂł al jardĂn, dispuesta a vivir la aventura más absurda y divertida de su vida.
CapĂtulo 2: El jardĂn de los calcetines parlantes
Nada más salir al jardĂn, Martina tropezĂł con una montaña de calcetines. Pero no eran calcetines normales, no, no. ¡Eran calcetines parlantes y bailarines!
Uno de ellos, de rayas verdes y naranjas, saludĂł muy educadamente:
—¡Bienvenida al jardĂn de los calcetines perdidos! ÂżBuscas algo, pequeña exploradora?
Martina mirĂł a la tostada, que hacĂa reverencias a los calcetines.
—Buscamos la mermelada de arcoĂris —explicĂł ella—. ÂżSabĂ©is dĂłnde está?
Los calcetines comenzaron a reĂr, haciendo olas de colores y saltitos.
—¡Solo el calcetĂn más largo conoce el camino! —gritaron todos a la vez.
De detrás de una maceta saliĂł un calcetĂn larguĂsimo, que casi llegaba al techo del porche.
—Yo puedo llevaros —dijo, estirándose aĂşn más—, pero primero debĂ©is resolver el acertijo del dĂa:
¿Cuántos calcetines hacen falta para cubrir un elefante que baila la macarena?
Martina se rascĂł la cabeza. La tostada se puso a pensar tan fuerte que casi se le cayĂł la servilleta-capa.
—¡Cinco mil! —gritó la tostada, al azar.
El calcetĂn larguĂsimo se partiĂł de risa, tanto que se hizo un nudo en la punta.
—¡Respuesta aceptada! ¡Nadie lo sabe de verdad! Seguidme, valientes.
AsĂ, el calcetĂn larguĂsimo se convirtiĂł en una cuerda para saltar, y Martina y la tostada lo siguieron, saltando y riendo, hacia el siguiente lugar absurdo.
CapĂtulo 3: El bosque de los paraguas al revĂ©s
Después de mucho saltar, llegaron a un bosque lleno de paraguas… ¡pero todos al revés!
De cada paraguas caĂan caramelos, confeti y alguna que otra rana que saltaba y gritaba:
—¡Viva el confeti de chocolate!
Martina y la tostada se adentraron en el bosque. De repente, un paraguas azul con lunares los saludĂł con una inclinaciĂłn elegante.
—¿Buscáis la mermelada de arcoĂris? —preguntĂł con voz de trompeta.
—¡SĂ! —respondieron los dos al unĂsono.
El paraguas azul les lanzĂł una lluvia de caramelos y les dijo:
—La mermelada de arcoĂris la tiene el caracol que corre más rápido que el viento. Pero ojo, solo aparece cuando alguien cuenta un chiste tan absurdo que ni los calcetines lo entienden.
Martina pensĂł y pensĂł.
—¿Qué hace una vaca en un espacio?
La tostada contestĂł:
—¡Leche espacial!
El paraguas azul estallĂł en carcajadas. De entre las hojas apareciĂł un caracol con casco de carreras y zapatillas deportivas.
—¡Me habĂ©is hecho reĂr! —dijo el caracol—. Os llevarĂ© a la cueva de la mermelada de arcoĂris, pero solo si podĂ©is seguir mi ritmo.
Martina subió a lomos del caracol, la tostada se agarró fuerte y salieron disparados tan rápido que las ranas solo vieron una nube de confeti pasar.
CapĂtulo 4: La cueva del desayuno bailongo
La cueva era oscura, pero estaba iluminada por luces de discoteca y una bola de espejos que giraba en el techo. Dentro, todos los desayunos bailaban: huevos fritos haciendo breakdance, croissants girando sobre sĂ mismos, y una jarra de leche haciendo el robot.
En el centro de la pista, sobre una mesa de cristal, habĂa un tarro enorme que brillaba con todos los colores del arcoĂris.
La tostada se acercĂł, emocionada.
—¡Lo hemos conseguido, Martina! ¡La mermelada de arcoĂris!
Pero justo cuando iban a abrir el tarro, una cuchara gigante apareciĂł saltando y diciendo:
—¡Para probar la mermelada, hay que bailar la danza del desayuno loco!
Martina no se lo pensĂł dos veces. Se puso a girar como los croissants, la tostada dio saltos mortales y hasta el caracol hizo la conga. Todos rieron y bailaron tanto que la bola de espejos empezĂł a lanzar rayos de colores por todas partes.
Al final, la cuchara, agotada de tanto bailar, les sirviĂł una buena cucharada de mermelada de arcoĂris a cada uno. Martina la probĂł y supo a todas las cosas buenas del mundo: chocolate, fresas, risas y un poquito de sol.
La tostada, feliz, se puso tan brillante que parecĂa una estrella.
—¡Soy la tostada más feliz del universo! —gritĂł, mientras daba vueltas de alegrĂa.
Martina se despidiĂł de todos los personajes absurdos: los calcetines, los paraguas, las ranas y hasta el caracol corredor.
VolviĂł a casa con la tostada bajo el brazo, todavĂa reluciente, y pensĂł que los dĂas más locos y divertidos empiezan siempre con un desayuno saltarĂn.
Y desde aquel dĂa, cada vez que Martina veĂa una tostada, le guiñaba un ojo, por si acaso querĂa contarle otro secreto absurdo y llevarla a una nueva aventura.