Capítulo 1
Había una vez una niña llamada Luna. Luna tenía tres años. Tenía ojos curiosos y manos pequeñas. Le gustaba tocar hojas y escuchar pájaros. Un día, su abuela le contó un secreto con voz suave. "En el jardín hay una losa que se mueve", dijo la abuela. "La losa guarda un tesoro. Pero sólo quien es honesto y valiente lo encontrará."
Luna sonrió. El jardín olía a tierra húmeda y flores dulces. El sol calentaba su cara. Ella caminó descalza sobre el césped. Sentía cosquillas en los dedos de los pies. Escuchó el zumbido de las abejas y el crujir de las hojas. Todo sonaba como una canción.
"Voy a buscar la losa", dijo Luna. Su perro pequeño, Timo, la siguió. Timo movía la cola y olía todo. Luna llevaba una linterna de juguete y un pañuelo rojo. Su corazón latía con emoción. No tenía miedo. Tenía ganas de descubrir.
Capítulo 2
Luna miró alrededor. Miró debajo de la mesa del jardín. Miró junto al árbol grande. Tocó piedras suaves. Nada se movía. Entonces, vio una piedra plana y gris cerca del rosal. La piedra parecía una losa. Luna la tocó. Estaba fría como la luna. "¿Será esta?" preguntó. Timo ladró suavemente.
Luna empujó la losa con las dos manos. La losa crujió y se movió un poquito. Debajo había una tablita. Luna la levantó con cuidado. Un olor a madera vieja y a caramelo salió. "¡Oh!" exclamó Luna. Dentro de la cavidad había un mapa pequeño y una pluma azul. El mapa tenía dibujos de flores, una mariposa y un corazón. En el mapa había un rastro de puntitos que llevaba a una estrella dibujada.
Luna sonrió y leyó el mapa con voz muy bajita. "Sigue las flores. Cuenta las piedras. Sé sincera y comparte." Las palabras eran simples. Luna las entendió. Ella se ató el pañuelo en la muñeca y guardó la pluma en el bolsillo. "Vamos, Timo", dijo. "La aventura continúa."
Caminó por un sendero de tierra blanda. Las flores olían a miel. Luna iba contando las flores: una, dos, tres. Timo olfateaba cada color. Encontraron una fuente pequeña. El agua hacía un sonido como campanillas. Luna se inclinó y bebió un poco. El agua estaba fresca y sabía a lluvia.
En el camino, una niña de jardín lloraba. Se había caído y tenía tierra en las manos. Luna se acercó. "¿Estás bien?" preguntó. La niña negó con la cabeza. "Me duele la rodilla", dijo. Luna sonrió y le ofreció su pañuelo rojo. "Te limpio", dijo Luna. Con movimientos suaves, limpió la rodilla. La niña dejó de llorar y sonrió. "Gracias", dijo. "Eres muy amable."
Luna recordó las palabras del mapa: "Sé sincera y comparte." Sintió que su corazón se hacía grande. "¿Te vienes a buscar el tesoro conmigo?" preguntó. La niña asintió. Juntas siguieron el sendero.
Encontraron un puente pequeño sobre un arroyo que cantaba. Las piedras del puente estaban frías y lisas. Contaron las piedras: una, dos, tres, cuatro, cinco. El mapa señalaba cinco piedras. Al final del puente había un árbol con hojas como manos. En la base del árbol había una segunda losa, más pequeña. Luna la tocó. Era rugosa y tenía musgo suave. "Cuidado", dijo la niña. "Puede ser pesada." Luna empujó con cuidado y la losa se deslizó un poquito. Debajo había una cajita de madera. La cajita olía a galletas y a chocolate.
Dentro de la cajita no había monedas ni juguetes grandes. Había un papel doblado y una semilla brillante. En el papel estaba escrito: "El tesoro más grande es ser honesto y ayudar." Luna sonrió. La semilla brillaba como una estrella diminuta. "¿La plantamos?" preguntó Timo con sus ojos brillantes. "Sí", dijo Luna.
Capítulo 3
Las niñas encontraron un hueco en la tierra donde la semilla podía crecer. La tierra estaba blanda y húmeda. Luna puso la semilla en la tierra con cuidado. La cubrió con palma suave. Luego susurró, "Crece y sonríe." Regaron la semilla con un poco de agua de la fuente. El agua hacía sonido de campana.
Mientras esperaban, la abuela apareció con una cesta de frutas. "¿Qué hicieron?" preguntó con voz cariñosa. Las niñas contaron la aventura. La abuela escuchó y luego dijo, "El verdadero tesoro es la honestidad y la amistad." Abrazó a Luna y a la otra niña. Todo olía a naranja y miel.
La noche empezó a llegar con luz dorada. El cielo se volvió suave. Las luciérnagas aparecieron como pequeñas linternas. Luna miró la losa que había movido. La tocó una vez más. Estaba tibia. Sintió una paz grande y feliz. "Encontramos el tesoro", dijo Luna. "Era más bonito de lo que pensé."
La abuela sonrió y les contó una rima: "Compartir es luz, la verdad es flor." Luna repitió la rima una y otra vez. Se sintió feliz y tranquila. Timo se acurrucó cerca. La otra niña tomó la mano de Luna. Juntas miraron la semilla que ahora parecía brillar un poquito en la tierra.
Esa noche, Luna volvió a casa con las manos limpias y el corazón lleno. Contó la historia a su mamá antes de dormir. "Fui valiente", dijo Luna, bostezando. "Ayudé a una amiga y fui honesta." Su mamá la besó la frente. "Eres muy buena", dijo.
En su camita, Luna soñó con el jardín. Soñó con hojas que aplaudían y con una estrella que sonreía. En el sueño, la semilla crecía y daba una flor que olía a caramelo. Cuando despertó, el sol estaba suave. Corrió al jardín y vio que una plantita pequeña asomaba. La plantita tenía una hoja en forma de corazón. Luna la tocó con cuidado. "Hola", susurró.
Y así Luna aprendió que buscar tesoros puede ser una aventura llena de olores, sonidos y amigos. Y que el tesoro más brillante es decir la verdad, ayudar a los demás y compartir. Cada vez que la plantita crecía, Luna recordaba ese día con alegría y ternura. Y vivieron todos tranquilos y contentos. Fin.