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Cuento sobre la igualdad de géneros 9/10 años Lectura 16 min. (1)

La ruta de las misiones: un recreo sin etiquetas

Leo y sus amigos crean “La Ruta de las Misiones”, un juego inclusivo para el recreo que les ayuda a cuestionar etiquetas, cuidar a los demás y enfrentar prejuicios.

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Un niño de 10 años, rostro dulce y ojos brillantes, expresión decidida y tranquilizadora, pelo castaño despeinado, camiseta verde claro y vaqueros, sostiene una pequeña carta de misión y levanta la otra mano indicando "nos detenemos si alguien se hiere"; una niña de 10 años (Nora), pelo castaño recogido en coleta alta, sonrisa serena, con una bolsita de bicicleta dibujada, muestra un pequeño plano del juego sobre un banco, de pie junto al niño; un niño de 10 años (Dani), pelo corto, mirada orgullosa pero algo dubitativa, con gorra, sostiene un viejo despertador como "guardian del tiempo", ligeramente atrás listo para ayudar; un niño de 10 años (Sam), uñas pintadas de azul, sudadera con capucha amplia y sonrisa contenida, agita un paquete de cartas coloridas junto a la fuente; alrededor, otros niños de 6 a 12 años forman un pequeño círculo, algunos sentados en el banco, otros agachados cerca de la fuente, rostros curiosos y cálidos; escenario: patio de la escuela por la mañana con suelo empedrado claro, banco de madera, pequeña fuente redonda con chorros suaves, árboles jóvenes con hojas coloreadas y un portal azul al fondo; presentación del juego La Ruta de las Misiones: cartas coloridas, pequeño plano en papel, gestos de escucha y benevolencia, ambiente luminoso, colores pastel, formas sencillas y redondeadas, sensación colectiva de ayuda e inclusión. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El portal y las etiquetas

Leo tenía diez años y una manía que su hermana decía que era “de detective”: se fijaba mucho en cómo hablaba la gente. No solo en lo que decía, sino en esas frases rápidas que se sueltan sin pensar, como cuando uno se pone la mochila y ya está pensando en el recreo.

Aquella mañana, el aire olía a pan tostado de la cafetería de la esquina. Frente al portal del colegio, los grupos empezaban a formarse como siempre: los que se juntaban para hablar de videojuegos, los que comparaban cromos, los que se reían contando chistes malos. Leo se quedó un momento mirando, con el boca arriba de la mochila colgando de un hombro.

—Mira, ahí vienen las niñas —dijo Dani, señalando a tres compañeras—. Seguro que se ponen a hablar de ropa.

Leo parpadeó. No porque la frase fuera un trueno, sino porque era de esas cosas que caen como migas y luego nadie las recoge.

—¿Por qué “seguro”? —preguntó Leo, intentando que su voz sonara tranquila.

Dani se encogió de hombros, como si se lo hubiera inventado el aire.

—Porque… siempre.

Justo entonces apareció Nora, su compañera de clase, con el pelo recogido en una coleta alta y una bolsa de tela con un dibujo de una bicicleta. Nora caminaba rápido, como si su cabeza tuviera ya la lista de cosas por hacer.

—Buenos días —saludó Nora.

—Hola —dijo Leo. Y notó que Dani la miraba de arriba abajo, como cuando uno mira un objeto y decide dónde guardarlo.

—Hoy hay fútbol en el recreo —anunció Dani—. Pero es de chicos, ¿eh?

Nora se detuvo, sin enfadarse, pero con esa cara que pone cuando algo no encaja.

—No me gusta que me pongan en una caja —dijo, despacio—. A veces quiero jugar al fútbol y a veces quiero dibujar. Y a veces quiero estar sola. No soy “una niña” como si eso viniera con instrucciones.

Leo sintió un cosquilleo en la barriga. No era vergüenza, era como cuando entiendes una cosa importante y te entra prisa por hacerla bien.

—Tiene razón —dijo Leo, mirando a Dani—. Y además, yo también dibujo. ¿Eso me hace… qué? ¿Un “chico raro”?

Dani abrió la boca, la cerró, y al final soltó una risa corta.

—No, hombre.

—Pues entonces —dijo Leo—, mejor hablamos sin cajas.

Nora le dedicó una sonrisa pequeña, de esas que no hacen ruido pero se quedan.

En ese momento sonó el timbre. El portal se tragó a todos como un río. Leo entró pensando en una cosa: si las palabras podían meter a alguien en una caja, él quería aprender a abrirla.

Capítulo 2: Un equipo que no se parece a un equipo

En clase de Lengua, la profe Clara escribió en la pizarra: “Proyecto: Juego nuevo para el recreo”. Debajo puso: “Reglas claras, respeto y responsabilidad”.

—En grupos de cuatro —explicó—. Quiero que inventéis un juego que pueda jugar cualquiera. Y que, si alguien se cae o se enfada, sepáis qué hacer. Eso también es parte del juego.

Leo sintió que su cabeza hacía “clic”. Era como si el tema del portal hubiera entrado en el aula sin pedir permiso.

La profe fue diciendo nombres. A Leo le tocó con Nora, Dani y Sam. Sam era une compañere de clase que a veces llevaba uñas pintadas de azul y a veces iba con sudadera enorme, y siempre contestaba con humor, como si tuviera un bolsillo lleno de bromas.

—Vale, equipo —dijo Sam, frotándose las manos—. ¿Qué inventamos? ¿Una carrera de caracoles? Yo puedo conseguir caracoles… de mentira.

Nora se rió.

—Yo quiero que sea algo con pistas —dijo—. Como una mini-aventura.

Dani miró a Leo.

—Pero que tenga acción, ¿no? No solo… hablar.

Leo respiró hondo. Quería decirlo bien, sin sonar como un profesor.

—Puede tener acción y pistas —propuso—. Y que no sea “de chicos” o “de niñas”. Que sea… de personas.

Sam levantó un pulgar.

—Me gusta. “De personas” suena a planeta.

Se inclinaron sobre una hoja. Nora dibujó un mapa sencillo del patio: el banco grande, la fuente, la pista, la zona de árboles. Leo escribió un título provisional: “La Ruta de las Misiones”.

—Cada equipo tiene misiones —explicó—. Pero no misiones de “corre más” solamente. También de pensar, ayudar, observar.

Dani frunció el ceño, pero no de enfado. Más bien de esfuerzo.

—¿Y si alguien no quiere correr?

—Entonces puede hacer otra misión —dijo Nora—. Como encontrar tres hojas diferentes o inventar una rima.

Sam añadió:

—Y una misión de “cuidar”: si alguien se tropieza, el equipo para y pregunta si está bien. Si alguien se queda fuera, lo llamamos.

Leo miró a los tres y sintió algo raro y bueno: que estaban construyendo un juego y, sin darse cuenta, también estaban construyendo un modo de tratarse.

Antes de acabar la clase, la profe Clara pasó por su mesa.

—¿Cómo vais?

Leo le enseñó el mapa.

—Queremos que sea para cualquiera —dijo—. Sin etiquetas.

La profe asintió, como si esa fuera una palabra importante.

—Eso es responsabilidad también —dijo—. Responsabilidad con las palabras.

Leo apuntó esa frase en su cuaderno, rodeada con un círculo.

Capítulo 3: El recreo y el primer tropiezo

Al día siguiente, Leo llegó temprano y volvió a quedarse cerca del portal. Los grupos se formaban igual que siempre, pero él los miraba con otros ojos, como si fueran piezas que podían encajar de otra manera.

Nora llegó con su bolsa de tela y Sam con una gorra puesta al revés.

—Hoy lo probamos —dijo Sam—. Si sale mal, siempre podemos decir que era arte moderno.

Dani apareció masticando un bocadillo.

—Vale, vale —dijo—. Pero yo no voy a hacer rimas.

—No pasa nada —respondió Leo—. Tú puedes ser el “guardián del tiempo”. Controlas que nadie se quede atrás.

Dani pareció gustarle ese papel. Se enderezó un poco, como si le hubieran dado una misión secreta de verdad.

En el patio, reunieron a algunos compañeros. Llegaron dos niños de tercero, Alba de su clase y un chico alto llamado Iván. También se acercó Marta, que llevaba una camiseta con un dinosaurio y cara de estar siempre lista para discutir con el mundo.

Leo explicó el juego con voz clara:

—Hay seis tarjetas de misión. Cada equipo elige una. Si la cumple, consigue una pegatina. Pero lo más importante: si alguien se siente mal o se queda fuera, paramos. Eso vale más que las pegatinas.

—¿Y si alguien hace trampas? —preguntó Marta.

—Entonces lo hablamos —dijo Nora—. Porque si ganas haciendo trampas, en realidad pierdes amigos.

Marta se quedó pensativa, como si esa frase le hubiera dado un pequeño golpe en la cabeza.

Empezaron. Una misión era encontrar “algo rojo que no sea una pelota”. Sam encontró una hoja rojiza cerca del árbol. Otra era “hacer una pregunta a alguien que no sueles saludar”. Leo se acercó a Iván, que estaba al borde, y le dijo:

—Hola. ¿Qué es lo que más te gusta del recreo?

Iván se sorprendió, pero contestó:

—Que nadie me manda. Bueno… casi nadie.

Leo se rió.

La misión de Dani era “contar hasta diez y comprobar que todos están”. Dani lo hizo con seriedad, señalando con el dedo como si fuera un entrenador.

Entonces ocurrió el primer tropiezo. Uno de los niños de tercero, corriendo, chocó con Alba y Alba cayó sentada. No lloró, pero se le quedó la cara arrugada, como cuando te aguantas el llanto por orgullo.

Por un segundo, todos se quedaron quietos, como si el juego hubiera perdido el sonido.

Leo fue el primero en moverse.

—Paramos —dijo, levantando la mano—. ¿Estás bien, Alba?

Nora se agachó a su lado.

—¿Te duele algo?

Alba se frotó la rodilla.

—Solo me ha dado rabia —murmuró.

El niño de tercero miró al suelo, rojo como un tomate.

—Lo siento —dijo—. Iba rápido.

Sam habló suave, sin bromas esta vez.

—Gracias por decirlo. ¿Quieres traer agua de la fuente? Así ayudas.

El niño asintió y salió corriendo, pero esta vez despacio.

Dani miró alrededor, como si buscara la respuesta correcta en el aire.

—Yo… yo puedo ir a avisar a la profe si hace falta —dijo.

—De momento no —dijo Alba, respirando mejor—. Pero… gracias.

Cuando Alba se levantó, Leo notó que el juego había cambiado. Ahora no era solo divertido; era seguro. Y eso lo hacía más importante.

—¿Seguimos? —preguntó Nora.

Alba sonrió un poco.

—Seguimos.

Capítulo 4: Decirlo en voz alta

Esa tarde, en casa, Leo contaba lo del recreo mientras ayudaba a poner la mesa. Su madre le pasó los cubiertos y él los colocó, intentando que quedaran alineados. Le gustaba que las cosas tuvieran orden. Pero cada vez entendía más que las personas no eran cubiertos.

—Hoy paramos un juego porque Alba se cayó —dijo—. Y funcionó. Nadie se rió.

—Eso es cuidar —dijo su madre—. Y también es valiente.

Leo se quedó pensando en la palabra “valiente”. A veces uno cree que ser valiente es trepar más alto o no tener miedo. Pero ese día había sido otra cosa: levantar la mano y decir “paramos”.

Al día siguiente, cerca del portal, escuchó de nuevo una frase de esas que se sueltan sin pensar.

—Sam siempre va con cosas de chicas —dijo un niño de otra clase, medio riéndose.

Leo sintió un calor en la cara. Miró a Sam, que fingía no oírlo, pero sus dedos apretaban la correa de la mochila.

Leo dio un paso al frente. Le temblaron las piernas, un poco, como si fueran gelatina.

—Eso no es “de chicas” ni “de chicos” —dijo Leo—. Son cosas de Sam. Y ya.

El niño lo miró, sorprendido, como si nadie le hubiera contestado nunca.

—Solo bromeaba —murmuró.

—Las bromas también pueden pinchar —dijo Nora, que había llegado justo a tiempo—. Mejor bromas que hagan reír a todos.

Sam soltó el aire y sonrió, agradecide.

—Gracias —dijo, y luego añadió—: Y para que conste, mis uñas azules son para correr más rápido.

Dani soltó una carcajada.

—¡Ah! Entonces me las pinto yo también.

Sam lo miró con ojos muy abiertos.

—Si te atreves, yo te presto el esmalte.

Dani hizo un gesto dramático, como si estuviera pensando en escalar una montaña.

—Lo pensaré —dijo—. Pero solo si me deja mi madre.

Leo notó que el grupo, sin darse cuenta, se había ampliado. No solo estaban ellos cuatro. Había más gente escuchando, y algunas caras parecían menos duras, más curiosas.

Se dirigieron al patio con la sensación de haber movido algo pequeño pero importante, como cuando cambias un mueble y de pronto la habitación respira mejor.

Capítulo 5: La invitación

El viernes, la profe Clara les dio cinco minutos al final de la mañana.

—Vuestro juego ha corrido por el patio —dijo—. He visto a niños de otros cursos haciendo misiones. Así que quiero que hoy lo presentéis oficialmente.

Leo tragó saliva. Hablar delante de la clase no era su deporte favorito. Pero miró a Nora, a Dani y a Sam, y se sintió acompañado.

Salieron al frente. Nora sostuvo el mapa, Sam las tarjetas de misión y Dani un reloj de pulsera viejo que había traído “para ser guardián del tiempo”.

Leo habló primero.

—Se llama “La Ruta de las Misiones” —dijo—. Es un juego para quien quiera, sin importar si te gusta correr, pensar, dibujar o inventar chistes malos.

Sam levantó una tarjeta.

—Hay misiones de buscar, de ayudar y de preguntar. Y hay una regla muy importante: si alguien se cae, se enfada o se queda fuera, paramos y lo resolvemos. Eso también cuenta como misión.

Dani añadió, serio como un juez:

—Y si alguien se queda atrás, no se le deja. Porque un equipo no es un equipo si falta alguien.

Al terminar, hubo un pequeño aplauso. No de esos gigantes de teatro, pero sí de esos que hacen cosquillas en el pecho.

En el recreo, Leo volvió a estar cerca del portal, como el primer día. Pero esta vez no esperaba solo mirar. Llevaba en el bolsillo varias tarjetas nuevas que habían preparado: “Invita a alguien”, “Comparte el turno”, “Pregunta cómo se llama”.

Vio a una niña de primero mirando desde lejos, con la mochila casi más grande que ella. También vio a Iván, que solía quedarse en la esquina, y a un chico nuevo que no conocía a nadie.

Leo se acercó despacio, sin asustar.

—Hola —dijo—. Vamos a jugar a un juego de misiones. Puedes elegir una tarjeta. No hay que ser el mejor, solo hay que participar.

La niña de primero lo miró con desconfianza… y luego con curiosidad.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces aprendemos —dijo Leo—. Aquí nadie se ríe de eso.

Iván se acercó también.

—Yo quiero —dijo—. Pero no me gustan los juegos de gritos.

—Este no va de gritar —aseguró Nora—. Va de explorar.

Sam agitó las tarjetas como si fueran cartas mágicas.

—Elige tu aventura —dijo.

El chico nuevo tomó una tarjeta y leyó en voz baja: “Pregunta a alguien qué le gusta hacer”. Miró a Leo.

—¿Qué te gusta hacer? —preguntó.

Leo sonrió.

—Me gusta escuchar —respondió—. Y me gusta decir cuando algo no es justo. Aunque me dé un poco de miedo.

El chico nuevo asintió, como si hubiera entendido algo sin necesidad de muchas palabras.

Dani miró el reloj y anunció:

—¡Equipo, empieza la Ruta!

Y así, entre la fuente y los árboles, entre risas suaves y pasos que se esperaban unos a otros, el patio se llenó de pequeños gestos responsables: turnos compartidos, disculpas sinceras, preguntas amables.

Cuando sonó el timbre del final del recreo, Leo pensó que no se había ganado una copa ni un premio de oro. Pero había algo mejor: un grupo donde cada cual podía ser como era.

Antes de entrar, Leo miró a quienes aún dudaban cerca del portal y dijo, con voz clara y sencilla:

—Si quieres, ven con nosotros mañana. Siempre hay sitio para una persona más.

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Portal
Entrada principal de un edificio o de una casa grande.
Recreo
Tiempo en la escuela para jugar, descansar y hablar con amigos.
Encogió de hombros
Movimiento de los hombros que muestra duda o indiferencia.
Coleta
Peinado donde se recoge el pelo hacia atrás con una goma.
Responsabilidad
Deber de cuidar algo o a alguien y hacer las cosas bien.
Misiones
Tareas o pruebas que hay que cumplir en un juego o actividad.
Pegatina
Etiqueta o dibujo con adhesivo que se pega en cosas.
Guardián del tiempo
Persona que controla el tiempo o los turnos en una actividad.
Tropiezo
Accidente al chocar o tropezar, que puede causar una caída.

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