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Cuento de viaje espacial 11/12 años Lectura 25 min.

La puerta bajo el hielo de Europa

Amaya, una joven arqueóloga espacial, descubre bajo el hielo de Europa un arco misterioso que responde a señales y ofrece una ventana a una sala con indicios de una antigua red de portales; junto a la IA Nilo, decide investigar con cuidado y reunir pruebas.

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Amaya, joven de unos 16 años, de rasgos decididos y curiosos, pelo corto negro con cinta, ojos grandes y expresión concentrada con leve sonrisa, flota en un traje espacial de buceo azul oscuro con detalles naranja y coloca una pequeña sonda plateada en una ranura triangular de un gran arco oscuro; a su izquierda, Nilo, la inteligencia de a bordo, aparece como un pequeño holograma orbe azul verdoso que emite líneas de datos; detrás, una cápsula ovalada plateada está atracada con la puerta abierta y luces visibles, y una baliza roja parpadea en la muñeca de Amaya; la escena sucede en el océano subterráneo de Europa, en una cavidad vertical de paredes de hielo translúcido con vetas turquesa y doradas y partículas bioluminiscentes flotando, mientras el arco antiguo comienza a iluminarse en azul verdoso, el agua vibra en ondas concéntricas y se abre en su centro una ventana negra que muestra un destello de extrañas estrellas, ambiente misterioso pero seguro dominado por azules profundos, turquesas y toques naranja cálido. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La era de los mapas vivos

En el año 2493, los mapas ya no eran hojas ni pantallas: eran criaturas de luz. En las estaciones orbitales, los pasillos olían a metal limpio y pan recién horneado; las puertas se abrían con un susurro cuando reconocían tu pulso; y las ventanas mostraban el espacio como un mar oscuro, salpicado de faros lejanos.

Los humanos vivían repartidos en cilindros giratorios, domos transparentes y ciudades clavadas en asteroides. Para no perderse, usaban “cartógrafos vivos”: nubes de puntos luminosos que aprendían tus hábitos. Si te gustaba mirar las estrellas al final del día, el mapa te llevaba por un corredor con una cúpula amplia. Si tenías prisa, te abría atajos.

También había arqueólogos espaciales. No buscaban huesos de dinosaurio, sino rastros de civilizaciones antiguas: sondas olvidadas, señales viejas, artefactos que nadie sabía para qué servían. La arqueología, en ese futuro, era una forma de conversar con el pasado.

Amaya Ríos, de dieciséis años, llevaba una pulsera de trabajo con manchas de polvo lunar y una libreta de papel—de papel de verdad—porque le gustaba el sonido al pasar página. Era tenaz, no por terquedad, sino por curiosidad. Si algo no encajaba, su mente volvía una y otra vez como una mano que toca un borde hasta entender su forma.

Su nave, la Lince, era pequeña y eficiente: casco de cerámica negra, motores iónicos silenciosos y un laboratorio que olía a plástico tibio. En el comedor, una mesa con correas para las piernas y un dispensador de agua que soltaba gotas perfectas, redondas como canicas.

—Último chequeo de sistemas —dijo Amaya, mirando el panel—. Oxígeno estable. Temperatura estable. Humor… moderadamente estable.

La inteligencia de a bordo, Nilo, contestó con voz calmada:

—Mi humor es una simulación. Pero hoy me siento… útil.

Amaya sonrió. Era su forma favorita de compañía: una voz que no se burlaba de sus preguntas.

El destino aparecía como una esfera azul pálida, con cicatrices de hielo. En la ficha de misión: Europa, luna de Júpiter. Bajo su corteza helada, los sensores habían confirmado un océano subterráneo presurizado. Allí abajo, los radares habían detectado una estructura: una especie de arco, enterrado, demasiado geométrico para ser una casualidad.

—Un océano escondido bajo kilómetros de hielo —murmuró Amaya—. Si eso no es una invitación, no sé qué es.

—Es una invitación con advertencia —corrigió Nilo—. Presión alta. Cero margen de error.

Amaya se ajustó el traje interior y tocó su libreta.

—Entonces lo haremos bien. Paso a paso.

Y, con la calma de quien no quiere romper nada, la Lince se acercó a la luna como una barca al borde de un glaciar infinito.

Capítulo 2: Puerta de hielo

Aterrizar en Europa no era como aterrizar en un planeta con aire. No había viento ni olor a tierra. Solo un silencio tan grande que parecía pesado.

Amaya ancló la nave con patas magnéticas y desplegó el taladro térmico. Era un cilindro del tamaño de una persona, con un corazón caliente que derretía el hielo y una cola de cable que subía hasta la nave como un cordón umbilical.

—Taladro listo —anunció ella.

—Recuerda: la corteza puede tener bolsas de gas atrapado —dijo Nilo—. Si el hielo cruje, no te enamores del crujido.

—¿Quién se enamora de un crujido?

—Gente con exceso de romanticismo científico.

Amaya soltó una risa corta y, con manos firmes, activó el taladro. Una luz azul se encendió y el hielo comenzó a ceder. En el monitor aparecieron cifras: profundidad, temperatura, densidad.

Horas después, el equipo reportó una cavidad. El taladro había llegado a un túnel vertical lleno de agua oscura: la “chimenea” hacia el océano subterráneo.

Amaya tragó saliva. La pantalla mostraba un dibujo simple: arriba la corteza; abajo el océano; en medio, una caída líquida donde la presión podía aplastar un error.

—Vamos a enviar primero el dron —decidió.

El dron era una esfera metálica con aletas. Bajó por el túnel iluminando las paredes: hielo con vetas verdes y doradas, como si alguien hubiera pintado la noche.

—La presión aumenta, pero dentro de lo calculado —informó Nilo—. Temperatura del agua: cercana a cero, salinidad alta.

Amaya observó cómo el dron alcanzaba el océano. La pantalla se llenó de negro… y luego, de movimiento. Partículas brillantes flotaban como nieve al revés. Algo parecido a algas translúcidas se mecían, aferradas a rocas.

—Hay vida —susurró.

—Microorganismos y estructuras simples —confirmó Nilo—. Nada que muerda. Por ahora.

La frase “por ahora” siempre era un pequeño escalofrío.

Amaya preparó su cápsula de descenso, un módulo ovalado con paredes gruesas y propulsores delicados. En su interior, todo estaba sujeto con velcro y correas: herramientas, baterías, un mini hornillo magnético, bolsas de alimento.

—¿Vas a bajar sola? —preguntó Nilo.

—Si llevo a alguien más, también lo pongo en riesgo. Además… —miró la libreta— esto es lo que vine a hacer.

La cápsula se deslizó al túnel. El agua golpeó el casco con un sonido sordo, como si alguien tocara la puerta con los nudillos. Luz y oscuridad se alternaban en el monitor. Amaya respiraba lento, contando para no acelerar.

Cuando por fin entró en el océano, la sensación fue extraña: no había arriba ni abajo, solo un espacio acuoso inmenso, aplastado por kilómetros de hielo, y sin embargo vivo.

—Bienvenida al mundo bajo el mundo —dijo Nilo.

Amaya, con los ojos muy abiertos, respondió:

—Hola. Soy Amaya. Vengo a hacer preguntas.

Capítulo 3: El arco que esperaba

La cápsula avanzó con motores suaves. El sonar dibujaba formas: columnas de roca, cuevas, un valle submarino. Y, al fondo, el objetivo: un arco monumental, medio enterrado, con líneas tan rectas que parecía imposible que la naturaleza las hubiera decidido.

El arco era de un material oscuro, como basalto pulido, pero con una finísima capa de brillo. Sobre su superficie había marcas: no letras humanas, pero sí patrones repetidos, como si alguien hubiera querido que el tiempo recordara.

Amaya detuvo la cápsula a distancia segura.

—Nilo, guarda todos los datos. Todo —dijo, y su voz tembló un poco—. No es solo una roca bonita.

—Grabación continua. Comparando patrones con bases de datos… —Nilo hizo una pausa—. Sin coincidencias.

Amaya se colocó el traje de exploración: una versión ligera del traje espacial, adaptada al agua, con articulaciones reforzadas. Salió por la esclusa y flotó en el océano presurizado, su linterna cortando la oscuridad como un cuchillo de luz.

Las algas translúcidas rozaron su guante. Se apartó con delicadeza, como quien no quiere arrugar un vestido ajeno.

—Estoy a veinte metros del arco —informó.

—Tu pulso aumentó un 12% —observó Nilo.

—Gracias por el dato, médico imaginario.

Se acercó a la base. Allí, en un hueco protegido, encontró algo más: una placa triangular, encajada como si fuera la llave de una cerradura. La placa tenía tres ranuras.

Amaya sacó su kit: un sensor químico, una cámara, un pequeño brazo con punta suave. Tomó muestras del material: no era piedra, no era metal común.

—Esto no se corroería así —dijo—. Alguien lo pensó para durar.

—O para esperar —añadió Nilo.

Amaya sintió un cosquilleo en la nuca. “Esperar” era una palabra inquietante. Como si el arco supiera que ella llegaría.

Volvió a la cápsula para revisar datos. En la pantalla, el arco aparecía con un destello irregular en una zona concreta.

—Hay una emisión débil —dijo Nilo—. No es radio, no es calor. Es… un campo.

Amaya frunció el ceño.

—¿Un campo como…?

—Como si el material estuviera sosteniendo una tensión, igual que una cuerda antes de sonar.

Amaya apoyó la frente en la pared de la cápsula. Le gustaba esa comparación: una cuerda tensa. Algo a punto de decir algo.

—No voy a tocarlo sin entenderlo —decidió—. Primero, descanso. Segundo, comida. Tercero, pensar.

—Recomendación aceptada —dijo Nilo—. Tu cuerpo funciona mejor cuando no intentas ser una máquina heroica.

Amaya sacó una bolsa de agua y bebió. Las gotas, dentro de la cápsula, flotaban si se escapaban; las atrapó con la boca antes de que se escondieran en un rincón.

—Vale, océano —susurró mirando al arco por la ventana—. Mañana hablamos.

Capítulo 4: Sopa en microgravedad

La cápsula tenía gravedad casi nula. No era cero absoluto, pero lo suficiente para que todo quisiera flotar si no lo sujetabas. Amaya adoraba y odiaba eso a la vez: era divertido, pero también convertía cualquier tarea en un pequeño rompecabezas.

Decidió preparar una sopa caliente. No por lujo, sino por claridad mental. Su abuela decía que el cerebro piensa mejor cuando el estómago está tranquilo.

Sacó el “kit de cocina”: un cuenco con tapa, imanes en la base, una resistencia que calentaba por inducción, y sobres con ingredientes deshidratados. Sopa de lentejas y verduras, su favorita de misión. Olía a casa, aunque fuera una casa viajando por el sistema solar.

—Nilo, modo cocina —ordenó.

—Activando sensores de seguridad. Recordatorio: en microgravedad, la sopa no cae. La sopa… conspira.

—Gracias por el poema.

Amaya pegó el cuenco a la mesa con el imán, abrió el sobre y dejó que las hojuelas de verduras flotaran un segundo antes de atraparlas con la tapa. Añadió agua con una jeringa. El líquido formó una burbuja grande y temblorosa.

Encendió el calor. Pequeñas corrientes se movieron dentro del cuenco, como tormentas mínimas.

—¿Sabes? —dijo Amaya, esperando—. Si encontráramos algo ahí fuera, algo que demuestre que no estamos solos… ¿qué haría la gente?

—Algunas personas tendrían miedo. Otras harían preguntas. Las mejores harían ambas cosas, en ese orden —respondió Nilo.

Amaya se rió, y la risa se le quedó en el pecho como una luz.

La sopa empezó a oler bien, cálida, con un fondo de comino. Amaya abrió una pequeña válvula y sorbió con una pajita. El sabor era sencillo, pero perfecto en ese lugar extraño.

—Sabe a “vamos a poder” —declaró.

—Eso no está en la lista de ingredientes —dijo Nilo.

—Debería.

Mientras comía, revisó los datos del arco. Los patrones en la superficie parecían repetirse cada cierto ángulo, como si fueran instrucciones o un aviso. También notó algo: la placa triangular tenía tres ranuras, y el arco mostraba tres “nodos” donde el campo era más fuerte.

—Tres puntos, tres ranuras… —murmuró—. ¿Y si no es una cerradura, sino un… afinador? Como una guitarra.

—La analogía de la cuerda tensa —recordó Nilo—. Podría necesitar un “acorde” para activarse.

Amaya miró su caja de herramientas. Tenía tres sondas pequeñas, usadas para medir campos eléctricos en ruinas orbitales. Cada una podía emitir una señal ajustable.

—No voy a improvisar con el arco —dijo—. Pero puedo probar en el aire, lejos de él. Ver si reacciona a frecuencias.

—Plan prudente —aprobó Nilo—. Prudente es una palabra bonita cuando estás bajo kilómetros de hielo.

Amaya terminó su sopa. Una gota escapó y flotó hacia el techo. Ella la persiguió con la pajita como si fuera una criatura traviesa.

—Vuelve aquí, valiente lenteja —susurró.

La atrapó y se sintió, por un instante, completamente humana en medio del enorme misterio.

Capítulo 5: El canto del océano

Al día siguiente—si es que “día” significaba algo bajo el hielo—Amaya lanzó las tres sondas desde la cápsula, en formación triangular. Las configuró para emitir pulsos suaves, como si tocaran una puerta sin querer asustar a quien estuviera dentro.

—Primera frecuencia: baja —indicó—. Segunda: media. Tercera: alta.

—Recibido —dijo Nilo—. Registrando respuesta ambiental.

Los pulsos se expandieron por el agua. El océano no se quejó; solo respondió con ecos.

Entonces, a lo lejos, el arco parpadeó. Una luz tenue recorrió sus líneas, como un pez luminoso corriendo por un río de piedra.

Amaya sintió el corazón golpearle las costillas.

—¡Reacción confirmada! —exclamó.

—El campo se está sincronizando con tus pulsos —dijo Nilo—. Como si… escuchara.

Amaya acercó lentamente la cápsula. No quería ser la típica exploradora que rompe un museo por emoción. Se detuvo a una distancia segura y volvió a ajustar las sondas, buscando un ritmo, un patrón.

El arco respondió con un segundo parpadeo, más claro. El agua alrededor vibró muy suavemente, como cuando un altavoz suena bajo el agua, pero sin ruido. Era una vibración que se sentía en los huesos, no en los oídos.

—Amaya —advirtió Nilo—, la presión en el entorno inmediato del arco está cambiando. Minúsculo, pero real.

—¿Peligroso?

—No lo sé. Pero está haciendo algo.

Amaya apretó los labios. Tenía dos opciones: retirarse y llamar a un equipo completo, que tardaría meses en llegar, o seguir con cuidado y aprender.

Miró la libreta. En la primera página había escrito, de niña: “La curiosidad no es correr sin mirar. Es mirar tanto que el mundo se abre”.

—Solo un paso más —decidió.

Se puso el traje y salió otra vez. Nadó hacia la placa triangular, que parecía esperar justo ahí, tranquila. Llevaba consigo las sondas, ahora apagadas, y un medidor de tensión del campo.

Al acercarse, notó algo nuevo: las marcas del arco no eran aleatorias. Formaban espirales que terminaban en tres puntos, como si señalaran exactamente dónde colocar algo.

—Nilo, creo que quiere esto —dijo, sosteniendo una sonda.

“Quiere” es una palabra grande para un objeto —respondió Nilo—, pero tus datos dicen que encaja.

Amaya colocó la primera sonda en el primer punto. Se pegó con una fuerza magnética suave, como si hubiera encontrado su sitio. Colocó la segunda. Luego la tercera.

El arco se iluminó por completo, no con un brillo cegador, sino con una luz profunda, azul verdosa, como la del hielo cuando le da el sol.

Amaya se quedó quieta. No tocó más.

Entonces, el agua frente al arco cambió. No se abrió una puerta de bisagras. Más bien, el espacio pareció doblarse, como una cortina que se aparta sin manos.

En el centro apareció una superficie lisa, negra, con reflejos. No era un espejo: era una ventana.

Y en esa ventana, por un segundo, Amaya vio algo imposible: un cielo lleno de estrellas… pero distinto. Las constelaciones no eran las suyas.

—Nilo —susurró—. ¿Estás viendo lo mismo?

—Sí —contestó él, y su voz sonó más baja—. Eso no es Júpiter. Eso no es nuestro cielo.

Amaya notó un tirón suave, una invitación o un empuje, como una corriente que no estaba en los mapas.

Retrocedió un metro.

—No voy a cruzar hoy —dijo con firmeza—. Primero entiendo. Segundo, me aseguro de poder volver.

El arco pareció disminuir su luz, como si aceptara el límite. La ventana siguió ahí, esperando, quieta.

Amaya volvió a la cápsula con movimientos lentos, como quien se retira de un animal desconocido sin darle la espalda.

—Curiosidad —murmuró, temblando—. Sí. Pero con casco.

Capítulo 6: Un mensaje sin palabras

Dentro de la cápsula, Amaya y Nilo analizaron lo ocurrido. Las sondas no estaban consumiendo tanta energía como debería para sostener un fenómeno así. Eso significaba que el arco tenía su propia fuente, o que estaba conectado a algo mayor.

—Podría ser una red —dijo Amaya, marcando puntos en su libreta—. Arcos en otros lugares. Atajos por el espacio.

—Una infraestructura antigua —añadió Nilo—. Construida para viajar sin motores.

Amaya miró el océano por la ventana. La ventana negra seguía brillante, como un charco de noche pura en medio del agua.

—¿Y si es una trampa? —preguntó en voz baja, no porque creyera en monstruos, sino porque sabía que el universo no era amable por obligación.

—Todo sistema puede ser peligroso si no se entiende —respondió Nilo—. Pero también puede ser una invitación a aprender.

Amaya notó un patrón en las lecturas: cada vez que el arco se encendía, emitía una secuencia de vibraciones que coincidían con las espirales grabadas. Era un mensaje, pero no en palabras. Era un ritmo.

Amaya recordó cómo, de pequeña, se comunicaba con su amiga en la piscina golpeando el agua: un toque para “ven”, dos para “espera”. Un lenguaje simple, pero suficiente.

—Creo que está diciendo algo —dijo—. No “hola”, sino… “mira”.

Reprodujo las vibraciones en el altavoz interno. La cápsula tembló con un zumbido leve.

Y entonces ocurrió lo más extraño: el mapa de Nilo, el cartógrafo vivo de la nave, se activó solo. En la pantalla apareció una línea, un camino, como una ruta dibujada en tinta luminosa. No iba hacia la superficie. Iba hacia la ventana.

—Nilo, ¿hiciste eso tú? —preguntó Amaya.

—No —respondió él—. Pero estoy… recibiendo algo. Una guía. Como si el arco hablara en el idioma de los mapas.

Amaya sintió que se le erizaba la piel.

—Un mapa vivo… desde una tecnología antigua —susurró—. Como si hubieran pensado en visitantes.

El camino mostraba un punto de salida al otro lado, pero no decía dónde. Solo marcaba una zona de “seguridad relativa”, como si fuera una palabra que alguien hubiera traducido con mucho cuidado.

Amaya apoyó las manos en la mesa para no flotar demasiado.

—Podría volver a la Lince, subir, pedir ayuda. Ser responsable —dijo, enumerando opciones como si fueran ingredientes—. O podría cruzar y traer información que nadie ha visto. Pero si cruzo… puede que no regrese rápido.

—Puedo mantener un enlace mientras estés cerca —dijo Nilo—. Si cruzas, no garantizo comunicación. Dependerá de… lo que sea que hay al otro lado.

Amaya miró su sopa ya fría en el cuenco, y la pajita pegada con velcro. Pensó en lo lejos que quedaba la cocina de su abuela, y aun así ese pequeño gesto de cocinar le había dado valor.

—No quiero ser la primera por orgullo —dijo—. Quiero ser la primera porque tengo cuidado.

Guardó una baliza de emergencia, una cuerda de fibra con carrete, y un módulo de retorno automático: una especie de “ancla” que podría tirar de ella hacia el arco si perdía orientación.

—Haré un cruce corto —decidió—. Solo asomar. Si algo se siente mal, vuelvo.

—Registraré cada milisegundo —prometió Nilo—. Y, Amaya…

—¿Sí?

—Gracias por no confundir valentía con prisa.

Amaya respiró hondo. Ajustó su casco. Miró la ventana negra como quien mira una puerta en medio de un sueño.

—Allá voy —dijo.

Y nadó hacia el arco, con la curiosidad por delante y la prudencia justo detrás, como una mano en el hombro.

Capítulo 7: La puerta y el camino abierto

Amaya cruzó.

No fue como caer ni como nadar. Fue como pasar por una cortina de agua fría que, de pronto, se volvía aire. En un instante, el peso del océano desapareció. Su cuerpo flotó en microgravedad pura, y frente a ella no había agua, sino una sala enorme.

La sala era un cilindro de piedra oscura, iluminado por líneas suaves en el suelo. No había ventanas, pero sí una sensación de espacio exterior, como si las paredes fueran delgadas y detrás estuviera el universo respirando.

Amaya giró lentamente. En el centro, un pedestal sostenía un objeto: una esfera pequeña, del tamaño de una naranja, con la misma luz azul verdosa del arco. A su alrededor, símbolos en espiral.

—Nilo… —intentó decir.

Silencio. Su canal no respondió. No era un silencio roto, era un silencio total, como si el sonido se hubiera quedado del otro lado.

Amaya tragó saliva. Tocó la baliza. Activó el módulo ancla. Una luz roja parpadeó en su muñeca: “Activo”.

Se acercó al pedestal con movimientos controlados, usando pequeños soplos de sus propulsores. El aire olía a nada, limpio y antiguo. Sus botas no tocaban el suelo; todo estaba diseñado para flotar.

En una pared vio algo que la dejó inmóvil: un relieve que mostraba formas de lunas y planetas conectados por arcos. Muchos arcos. Una red. Una ruta.

—Un mapa… —murmuró, aunque nadie la oyera—. Un mapa para cualquiera que se atreva a aprender.

La esfera del pedestal emitió un pulso. No fue una voz, ni un texto. Fue una imagen directa en su visor: una secuencia de lugares, rápidos como parpadeos. Un océano bajo hielo. Una ciudad en un asteroide. Una tormenta roja en un planeta lejano. Y, al final, una pregunta sin palabras: un espacio vacío, como una página en blanco.

Amaya entendió, de algún modo, que no le pedían obediencia. Le ofrecían elección. Un camino abierto.

Se quedó flotando, pequeña en una sala inmensa, y pensó en lo que significaba ser arqueóloga: no poseer el pasado, sino escucharlo. No conquistar, sino comprender.

Con manos cuidadosas, no tomó la esfera. Solo la fotografió desde varios ángulos, escaneó el relieve, y dejó una marca humana mínima: una etiqueta adhesiva del tamaño de una uña, con un código de su misión y una palabra escrita a mano: “Volveré”.

Luego activó el ancla. Una tensión suave la tiró hacia atrás. El borde de la ventana reapareció como un eclipse líquido. Amaya lo atravesó y volvió al agua pesada del océano de Europa.

La cápsula estaba allí, y en cuanto entró, el canal se abrió con un chasquido electrónico.

—¡Amaya! —La voz de Nilo sonó casi como un abrazo—. Perdí señal. ¿Estás bien? Tus signos… subieron… y luego—

—Estoy bien —dijo ella, y se le escapó una risa nerviosa—. Nilo. Hay una sala. Y un mapa. Una red de puertas. No sé a dónde llevan… pero existen.

—Eso cambia… muchas cosas —respondió Nilo, más lento de lo normal—. ¿Traes datos?

Amaya levantó la libreta, aunque él no pudiera verla.

—Traigo preguntas mejores.

Miró por la ventana de la cápsula. El arco seguía encendido, tranquilo, como un faro bajo el hielo. La ventana negra ondulaba suavemente, sin prisa.

Amaya pensó en la gente que tendría miedo, y en la gente que haría preguntas. Se prometió ayudar a que hubiera más de los segundos.

Encendió los motores de la cápsula para volver al túnel de ascenso. Mientras subía, el océano quedaba atrás como un secreto guardado en una caja fuerte de hielo.

—Nilo —dijo—. Cuando estemos arriba, enviamos un informe completo. Sin dramatismos. Solo hechos y cuidado.

—Hechos, cuidado… y quizá una receta de sopa antiestrés —añadió Nilo.

Amaya rió de verdad.

—La sopa es parte del protocolo.

La cápsula ascendió hacia la luz tenue del túnel. Detrás, bajo kilómetros de hielo, una puerta seguía abierta, esperando a quien llegara con la paciencia suficiente para mirar de cerca.

Y Amaya, con su libreta en la mano y el corazón lleno de un futuro más grande, supo que esta aventura no terminaba allí. Solo acababa de aprender dónde empezaba el mapa.

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Cartógrafos vivos
Sistemas o seres de luz que muestran caminos y aprenden tus costumbres.
Cilindros giratorios
Grandes estructuras que rotan para crear sensación de gravedad dentro.
Estaciones orbitales
Lugares construidos que flotan alrededor de un planeta o estrella.
Taladro térmico
Herramienta que usa calor para perforar y derretir hielo o roca.
Océano subterráneo
Un gran cuerpo de agua que está debajo de la capa de hielo.
Presurizado
Que tiene una presión alta controlada para mantener el aire o el agua.
Microgravedad
Condición con muy poca fuerza de gravedad, todo flota casi sin peso.
Salinidad alta
Cuando el agua tiene mucha sal disuelta y es más salada de lo normal.
Infraestructura antigua
Conjunto de construcciones viejas hechas para conectar o facilitar viajes.
Cartógrafo vivo
Un mapa inteligente que responde y cambia según quien lo use.

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