Capítulo 1: El comandante y el mapa de luz
El comandante Iker Salvatierra despertó antes de que sonara el zumbador suave del puente. No era por nervios: era costumbre. En el espacio, la costumbre era una cuerda firme.
La nave, la Brújula de Lumen, flotaba en silencio a dos horas de impulso del Domo de Acordia, una estructura transparente y enorme donde se reunían embajadores de mundos distintos. Aker—perdón, Iker—siempre se corregía a sí mismo en voz baja cuando el cansancio le cambiaba las letras. “Precisión”, repetía, como si la palabra fuera un cinturón de seguridad.
En el puente, las pantallas mostraban un río de puntos: estrellas, boyas de navegación, y, en el centro, el Domo. Parecía una gota de agua detenida en mitad del negro.
—Buenos días, comandante —dijo Sira, la oficial de sensores, sin apartar la vista del panel. Tenía el pelo recogido con una pinza que flotaba un poco por la baja gravedad.
—Buenos días. ¿Estado del corredor? —preguntó Iker mientras se ajustaba la chaqueta con el parche de su nave: una brújula dibujada sobre un halo.
—Limpio. Pero hay actividad rara en la banda infrarroja cerca del cinturón de chatarra de Vesta-9. Podría ser un reflejo, o… —Sira frunció el ceño— o alguien jugando a esconderse.
—Nadie juega cerca de una reunión diplomática —dijo Iker, y luego añadió con calma—: O al menos no debería.
Tomares, el ingeniero, apareció con una taza de infusión que olía a menta y metal caliente.
—Te he traído algo para que tu prudencia no se quede sin combustible —bromeó.
Iker aceptó la taza.
—La prudencia funciona con agua y sueño. La menta es un lujo.
—Entonces hoy estamos de lujo —repuso Tomares, y se sentó.
Iker miró el plan de carga en la tableta: contenedores con filtros de aire, cápsulas médicas, baterías de emergencia y regalos protocolarios: semillas de plantas terrestres, pequeñas esculturas impresas, y un lote de microdrones para reparación rápida. Todo debía llegar en perfecto orden al Domo, donde cada delegación esperaba su parte para los talleres de cooperación.
Y allí estaba el problema: la Brújula de Lumen no solo llevaba cosas. Llevaba confianza.
—Revisión de carga útil —ordenó Iker—. Quiero el inventario y el reparto previsto. Si hay que reorganizar, lo hacemos ahora, no cuando estemos pegados al Domo como una pegatina.
Tomares levantó un pulgar.
—A la bodega, capitán.
Sira giró su silla.
—¿Y esa actividad rara?
Iker se quedó un segundo mirando el Domo. A esa distancia, era solo una luz pálida.
—La vigilamos. Sin pánico, con atención. Como cuando cruzas una calle con el semáforo en verde: no corres, pero miras.
Sira sonrió.
—Esa frase la deberías imprimir en tu casco.
—No me des ideas —dijo Iker, y su voz tenía un humor tranquilo—. Ya bastante tengo con que la gente pegue pegatinas en mi taquilla.
Mientras Tomares bajaba a la bodega, Iker activó el canal interno.
—Tripulación, en una hora iniciamos aproximación al Domo de Acordia. Revisión de seguridad, protocolos de acoplamiento y… —hizo una pausa— ojos abiertos. Que nadie se confíe.
Hubo respuestas cortas, firmes. La Brújula de Lumen era una nave pequeña, pero su equipo sabía moverse como un mecanismo bien aceitado.
Iker dio un sorbo a la menta. En su mente, el futuro se dibujaba como un mapa de luz: líneas posibles, algunas brillantes, otras peligrosas. Su trabajo era elegir la ruta que llegara sin romper nada.
Capítulo 2: La bodega que respiraba
La bodega olía a plástico limpio, a espuma amortiguadora y a ese frío suave de los sistemas de conservación. Las cajas estaban sujetas por redes tensas. Cada contenedor tenía un código, un destino y una historia.
Tomares trabajaba con una calma casi musical. Sus dedos iban de una abrazadera a un lector, de un lector a una etiqueta.
Iker lo observó desde la compuerta.
—Parece que estás afinando un instrumento.
—La bodega es un instrumento —dijo el ingeniero—. Si una caja se mueve cuando no debe, suena mal. Y a veces… explota.
Iker se acercó al módulo de “Regalos protocolarios”. Había una caja con una advertencia: FRÁGIL – NO INVERTIR. Dentro, una esfera de vidrio con microalgas luminiscentes, un símbolo de cooperación: “la vida compartida”.
—¿Todo en su sitio? —preguntó.
Tomares hizo una mueca.
—Casi. Mira esto.
Le mostró el plano de reparto. Los filtros de aire y las baterías de emergencia iban destinados a tres delegaciones diferentes, pero el peso total estaba concentrado en el lado de babor. Para un acoplamiento suave, la nave debía equilibrarse como una bicicleta sin manos.
—Si acoplamos así, el sistema de giros tendrá que corregir demasiado —dijo Tomares—. No es que sea imposible, pero cerca del Domo yo prefiero no forzar nada.
Iker asintió.
—Repartimos. ¿Qué propones?
Tomares señaló dos contenedores.
—Movemos las baterías al módulo central, y las cápsulas médicas al compartimento de popa. Compensamos el centro de masas. Y… —bajó la voz— reviso esos microdrones. Uno de los precintos está raro.
Iker se inclinó.
—¿Raro cómo?
—Como si lo hubieran tocado. No está roto, pero… no me gusta.
La prudencia de Iker se encendió como una luz discreta.
—Hazlo. Yo vigilo el canal de sensores desde aquí.
Activó una pantalla portátil. Sira hablaba desde el puente:
—Comandante, la firma infrarroja se ha desplazado. Se mueve hacia nuestra ruta de aproximación, lento.
—¿Una roca? —preguntó Iker.
—No. Tiene pulsos regulares. Como… respiración.
Iker miró a Tomares. El ingeniero levantó una ceja.
—¿Respiración? Eso suena a nave pequeña con motor térmico —murmuró.
Iker respiró hondo.
—Sira, mantén distancia y marca el objeto. No cambiamos de ruta aún. Primero, confirmación visual.
—Recibido.
En la bodega, Tomares abrió el compartimento de los microdrones. Había una fila de cápsulas del tamaño de una mano, cada una con su espuma protectora.
—Uno pesa más —dijo.
—¿Podría ser un error de fabricación?
—Podría. También podría ser… una sorpresa.
Iker se agachó. Sus guantes rozaron la cápsula sospechosa. Notó una vibración mínima, como un insecto atrapado.
—No la abras aquí —ordenó—. Aislarla. Caja de cuarentena.
Tomares ya estaba sacando una caja metálica con cierre hermético.
—Sabes, comandante —dijo mientras trabajaba—, la gente cree que ser prudente es ser aburrido. Pero yo creo que es como tener linterna en una cueva.
—Y baterías de repuesto —añadió Iker.
Cerraron la caja de cuarentena. La cápsula quedó dentro, silenciosa.
—Informe al Domo —dijo Iker—. No podemos llegar con un “regalo” que no sepamos qué es.
Tomares soltó una risita.
—Imagínate la cara de los embajadores. “Traemos paz, cooperación y un misterio que vibra”.
Iker no sonrió, pero su mirada se suavizó.
—Primero, seguridad. Luego, humor.
En el puente, una alarma suave sonó: proximidad de objeto no identificado.
La cueva se estaba oscureciendo un poco. Por suerte, ellos llevaban linterna.
Capítulo 3: El visitante de chatarra
El objeto apareció en la pantalla principal como un triángulo irregular, hecho de piezas distintas. Parecía construido con restos: placas dobladas, antenas torcidas, un motor que brillaba como una brasa.
—Eso no es una roca —dijo Sira.
Iker se colocó frente a los mandos. Su voz fue clara, sin subir el volumen.
—Canal abierto. Mensaje estándar de seguridad.
Sira activó la transmisión.
—“Nave no identificada, está entrando en un corredor de aproximación diplomática. Reduzca velocidad y declare intención. Este es el comandante Iker Salvatierra de la Brújula de Lumen.”
Un silencio. Luego, un chasquido y una voz joven, algo nerviosa.
—Eh… hola. No soy un peligro. O sea, intento no serlo. Mi nombre es Naru. Mi nave… bueno, es una nave prestada por la chatarra.
Tomares, que había vuelto al puente, murmuró:
—Una nave prestada por la chatarra. Eso suena a que la chatarra no dio permiso.
Iker mantuvo el tono sereno.
—Naru, está en una zona controlada. ¿Por qué se acerca al Domo?
—Porque… —la voz vaciló— porque yo también llevo un “paquete”. Me dijeron que lo entregara. Pero el mapa que me dieron estaba mal. Y ahora… creo que me está siguiendo alguien.
Sira amplió la imagen. Detrás del triángulo de chatarra, en el borde del sensor, apareció una sombra más fina: una nave pequeña, oscura, sin luces de identificación.
—Comandante —susurró Sira—, tenemos compañía.
Iker sintió un pinchazo de tensión. No era miedo. Era responsabilidad.
—Naru, reduzca velocidad y alinéese con nuestro vector. Le daremos cobertura. No haga maniobras bruscas.
—¡Sí! Sí, entendido. Gracias. De verdad.
Iker habló con su tripulación.
—Plan: no nos acercamos demasiado al Domo. Prioridad: mantener el corredor limpio. Sira, registra a esa segunda nave. Tomares, prepara el escudo de proximidad y bloquea acceso a nuestra red. Nada de señales raras.
Tomares tecleó rápido.
—Hecho. Y… comandante, la cápsula en cuarentena acaba de emitir un pulso. No fuerte, pero… está intentando comunicarse.
Iker apretó la mandíbula.
—Perfecto. Lo que nos faltaba: un paquete con ganas de hablar.
Sira siguió con el seguimiento.
—La nave oscura no responde al canal. Se acerca al joven… a Naru.
Iker tomó una decisión.
—Maniobra de pantalla. Nos colocamos entre ambos. Sin agresión. Solo presencia.
La Brújula de Lumen giró con suavidad. El espacio, fuera de las ventanillas, parecía una sábana negra con agujeros de luz. El Domo de Acordia brillaba a lo lejos, como un ojo paciente que observaba.
—Naru, manténgase pegado a nuestra sombra —ordenó Iker.
—Estoy… estoy intentando. Mi motor suena como si estuviera tosiendo.
—No lo fuerce —dijo Iker—. En el espacio, forzar es romper.
La nave oscura quedó frente a ellos. Su forma era limpia, casi demasiado: líneas perfectas, sin marcas. Eso lo hizo desconfiar a Iker. Lo perfecto, a veces, escondía cosas.
—Última llamada —dijo Iker por el canal—. Identifíquese y deténgase.
Nada.
Entonces, la nave oscura emitió un haz de luz fina hacia Naru, como una mano señalándolo. No era un arma. Era un escáner.
—Está buscando algo —dijo Sira.
Tomares chasqueó la lengua.
—O a alguien.
Iker notó cómo la tensión quería subirle por el pecho como una ola. La detuvo con una respiración lenta.
—Procedimiento de prudencia —dijo en voz alta—: primero, entender. Segundo, proteger. Tercero, actuar.
Activó un emisor de interferencia suave, permitido en zona de tránsito: una “niebla” de señales que dificultaba un escaneo directo sin dañar nada.
—Naru, ¿qué llevas? —preguntó Iker.
La respuesta tardó.
—No lo sé. Me dieron una cápsula. Me dijeron: “llévala al Domo, no la abras”. Y… me pagaron con comida. Yo… no tengo mucho.
Iker miró a Tomares. Tomares levantó la tableta de bodega con la cápsula en cuarentena marcada.
—Esto se está uniendo —susurró el ingeniero.
Sira añadió:
—Comandante, el Domo nos está llamando. Preguntan por qué hemos frenado.
Iker abrió el canal con el control del Domo.
—Aquí Brújula de Lumen. Tenemos un objeto no identificado interfiriendo con el corredor y una nave civil en riesgo. Solicito ventana de retención y autorización para intervención mínima.
La respuesta llegó enseguida, firme y educada:
—Autorizado. Mantenga distancia del Domo. Un equipo de seguridad orbital está en camino.
Iker exhaló. No estaban solos.
La nave oscura, como si notara la interferencia, se apartó un poco y empezó a rodearlos. Un depredador probando el borde de una valla.
—No disparará —dijo Sira—. Aquí, con el Domo cerca, sería una locura.
—La gente hace locuras cuando tiene prisa —respondió Iker.
Y la nave oscura, entonces, soltó algo: un pequeño cilindro que giró hacia ellos.
—¿Eso qué es? —preguntó Tomares.
—Una baliza… o un ancla —dijo Sira, alarmada—. Si se pega, podría arrastrarnos.
Iker reaccionó.
—Propulsores laterales. Evitar contacto. Suave.
La Brújula de Lumen se deslizó como un patinador. El cilindro pasó rozando, tan cerca que el casco vibró.
Naru gritó por el canal:
—¡Se me viene encima!
Iker miró el mapa. Si Naru intentaba esquivar fuerte, su nave de chatarra podía desarmarse.
—Naru, no gires brusco —dijo Iker—. Corta motor un segundo. Déjate caer detrás de nosotros.
—¿Cortar motor? ¡Pero…!
—Confía. Te cubro.
Hubo un instante en el que el espacio pareció contener el aire. Naru cortó motor. Su nave, sin empuje, siguió inercia y se deslizó justo donde Iker quería: detrás de la Brújula de Lumen.
El cilindro de la nave oscura pasó de largo.
Sira soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Funciona.
Iker habló con calma.
—La prudencia a veces parece lenta, pero es exacta.
La nave oscura se detuvo, como si reconsiderara. A lo lejos, una luz azul se acercaba: seguridad orbital del Domo.
Iker no celebró. Aún había dos cápsulas misteriosas y una pregunta enorme: ¿qué buscaba esa nave perfecta?
Capítulo 4: Repartir para salvar
Con la seguridad orbital en camino, Iker estableció un plan rápido.
—Tomares, prepara un paquete de ayuda para Naru: batería auxiliar, kit de sellado y una línea de remolque ligera. Sira, mantén el ojo en la nave oscura. Si intenta otro truco, lo veremos venir.
Tomares frunció el ceño.
—Si saco una batería de nuestra carga útil, una delegación se quedará corta.
Iker asintió, mirando el listado. Era la parte que menos le gustaba: cuando la solución era un reparto nuevo.
—Repartimos de nuevo. La delegación de Marea-K, según el informe, tiene reserva propia. Les entregaremos menos y lo explicaremos con transparencia. No voy a dejar a un chico varado por cumplir un número en una tabla.
Sira sonrió de lado.
—Diplomacia práctica.
—Humanidad —corrigió Iker—. La diplomacia viene después.
Bajaron a la bodega a toda prisa, pero sin correr. En la nave, correr era golpearte con una esquina.
Tomares soltó una batería compacta del contenedor asignado y la aseguró en un maletín con correas.
—¿Línea de remolque? —preguntó.
Iker señaló un carrete.
—Y el kit de sellado.
Mientras trabajaban, la caja de cuarentena vibró otra vez. Esta vez, un sonido casi musical salió de su interior: tres notas, repetidas, como un saludo.
Tomares se quedó quieto.
—Eso… eso no es un fallo. Está intentando ser entendido.
Iker miró la caja.
—No la abrimos. Pero la llevamos al Domo como evidencia. Allí hay laboratorios y protocolos.
La voz de Sira llegó por el intercom.
—Comandante, la nave oscura está retrocediendo. Seguridad orbital le está cerrando el paso.
—Bien —dijo Iker—. Que se vaya con preguntas en la cabeza.
Volvieron al puente. Iker activó el canal con Naru.
—Naru, te vamos a enviar un paquete por dron de entrega. No lo rechaces. Agárralo con calma.
—De acuerdo —respondió Naru, con un suspiro que sonó como alivio—. Gracias… de verdad. Yo… pensé que nadie se pararía.
—Nos paramos porque es lo prudente —dijo Iker—. Y porque es lo correcto.
Lanzaron el dron. Un pequeño aparato con luces suaves salió disparado, llevando el maletín. La distancia era corta. En pantalla, Naru lo atrapó torpemente, como alguien intentando coger una pelota bajo el agua.
—Lo tengo —dijo, y se oyó una risa nerviosa—. Está más pesado de lo que parece.
—La ayuda siempre pesa un poco —murmuró Tomares.
Iker lo oyó y lo anotó mentalmente como una frase para el carnet de misión.
La seguridad orbital del Domo se acercó a la nave oscura, la rodeó, y le envió órdenes. Esta vez, la nave oscura respondió con un paquete de datos y se retiró lentamente. No hubo explosiones ni persecuciones de película. Solo tensión controlada, como un nudo que se afloja sin romper la cuerda.
—Comandante —dijo Sira—, el Domo autoriza nuestra aproximación final. Y… quieren que llevemos también a Naru a un punto de control.
Iker asintió.
—Naru, alinea tu nave para remolque suave. No aceleres. Te guiaremos.
—Vale. Oye… —Naru dudó— ¿puedo preguntarte algo?
—Pregunta.
—¿Siempre eres así de… tranquilo?
Iker miró el Domo, ya más grande, con sus paneles como escamas de cristal.
—No siempre. Pero aprendí que en el espacio, si tu cabeza corre, tu nave tropieza.
Naru soltó una carcajada pequeña.
—Mi cabeza es un cometa.
—Entonces hoy la convertimos en satélite —dijo Iker—. En órbita estable.
Tomares levantó el pulgar.
—Bonito.
Iker no se distrajo. Ajustó la aproximación. La Brújula de Lumen llevaba su carga útil reorganizada: una batería menos aquí, un kit de sellado menos allá, y un plan claro de explicación. Habían repartido para salvar, no para lucirse.
Cuando el Domo de Acordia llenó la vista, Iker sintió algo parecido a estar entrando en una ciudad hecha de luz. Miles de ventanillas, corredores, puentes. Y, en su centro, un anillo dorado: la sala de reuniones diplomáticas.
—Acoplamiento en tres minutos —anunció Sira.
Iker apoyó las manos en los mandos, firme.
—Procedimiento completo. Sin atajos.
El humor estaba bien, pero el acoplamiento era una promesa.
Capítulo 5: Dentro del Domo de Acordia
El acoplamiento fue tan suave que casi pareció que la nave y el Domo se estaban dando la mano. Un clic, un suspiro de aire igualándose, y la compuerta se abrió con un olor distinto: limpio, cálido, con un toque a plantas.
Iker salió primero. El pasillo del Domo tenía paredes transparentes; detrás, el espacio brillaba como un mar oscuro. Algunas personas de distintas especies caminaban con calma. No había gritos ni carreras. Era un lugar construido para hablar.
Una oficial de seguridad del Domo, alta y con uniforme azul oscuro, se acercó.
—Comandante Salvatierra. Soy Lian Dors, seguridad orbital. Gracias por mantener el corredor estable.
—Gracias por responder rápido —dijo Iker—. Traigo carga útil para tres delegaciones y… dos cápsulas no registradas. Una venía en nuestros microdrones. La otra la trae un civil llamado Naru, ahora en punto de control.
Lian levantó una ceja.
—Dos cápsulas. Interesante. ¿Las ha abierto?
—No. Cuarentena. Protocolos.
La oficial asintió con aprobación.
—Bien. La prudencia evita funerales y disculpas.
Tomares, detrás, susurró:
—Apúntalo, comandante.
Iker escondió una sonrisa.
Fueron guiados a una sala de inspección. Allí, bajo una luz blanca, colocaron la caja de cuarentena sobre una mesa. La cápsula de Naru llegó después en un contenedor similar, escoltada.
Naru entró con pasos pequeños, mirando todo con ojos enormes.
—Ese lugar parece… —buscó una palabra— un acuario al revés.
—Buena comparación —dijo Iker—. Nosotros somos los peces.
Lian llamó a una científica del Domo, la doctora Eme Hara, que llevaba guantes finos y una tablet con diagramas.
—Vamos a escanear sin abrir —anunció Eme—. Si alguna de estas cosas intenta comunicarse, lo registraremos.
El escáner emitió una luz azul. La cápsula de la Brújula de Lumen respondió con las tres notas musicales. La cápsula de Naru contestó con las mismas tres notas… y añadió una cuarta, más grave, como un “aquí”.
Naru tragó saliva.
—¿Ves? ¡Yo te dije que… respiraba!
—No respira —aclaró Eme—. Emite patrones. Es un lenguaje, o una clave.
En la pantalla apareció un mapa interno: dentro de cada cápsula había un conjunto de cristales y un chip muy simple, casi antiguo. No era una bomba. No era un virus informático. Era… un mensaje físico.
—Un mensajero analógico —murmuró Tomares—. Como mandar una carta para evitar que te intercepten el correo.
Lian cruzó los brazos.
—¿Y quién manda cartas en cápsulas escondidas?
Eme amplió la imagen y se quedó en silencio un segundo.
—Esto parece un dispositivo de “reparto de confianza”. Dos piezas que solo funcionan juntas. Si separas una, no sirve.
Iker entendió de golpe.
—La nave oscura buscaba una de las cápsulas. Quería impedir que se juntaran.
Eme asintió.
—Probable. Si juntamos las dos aquí, activarán el mensaje.
Lian miró a Iker.
—¿Riesgo?
Iker pensó en el corredor, en Naru, en la carga, en el Domo lleno de gente. La prudencia no era decir “no” a todo. Era decir “sí” con condiciones.
—Activación en cámara aislada —dijo Iker—. Con corte de red. Y con un plan de apagado manual.
Eme sonrió, breve.
—Me gusta cómo piensa.
Pasaron a una cámara con paredes gruesas y una ventana pequeña. Colocaron las dos cápsulas juntas. Las luces se atenuaron. El aire pareció volverse más serio.
Eme presionó un botón.
Las cápsulas emitieron las tres notas, luego la cuarta, y se abrió una proyección pequeña: un holograma de una figura alienígena, de piel brillante como piedra mojada. No hablaba con voz; aparecían subtítulos traducidos.
“SI ESTÁS VIENDO ESTO, ES QUE NO NOS SILENCIARON.
EN EL BORDE DEL CINTURÓN DE VESTA-9 HAY UNA NUBE DE MICRODESECHOS EN MOVIMIENTO.
PARECE NATURAL, PERO NO LO ES.
SE ACERCA AL DOMO.
NO ENTREN EN PÁNICO.
CAMBIEN EL CORREDOR DE APROXIMACIÓN.
SEAN PRUDENTES.
FIRMADO: TRÍADA DE KIR.”
El holograma se apagó.
El silencio que siguió no fue de miedo, sino de cálculo.
Lian fue la primera en hablar.
—¿Microdesechos en movimiento? Eso puede perforar un casco.
Sira, que estaba presente como enlace, se inclinó.
—Yo vi actividad infrarroja. Pensé que era una nave. Tal vez era la nube… calentándose con el sol.
Iker miró el mapa en su tablet. El corredor actual pasaba cerca del cinturón de chatarra.
—Si el Domo mantiene este corredor, tarde o temprano algo golpeará —dijo—. Y en una reunión diplomática, un golpe puede convertirse en desastre.
Naru levantó la mano, como en clase.
—¿Y la nave oscura? ¿Eran los malos?
Lian lo miró con un gesto serio, pero no duro.
—Puede que fueran quienes provocaron la nube. O quienes querían aprovecharla. Lo sabremos. Lo importante es lo que hacemos ahora.
Iker se enderezó.
—Avisamos al control del Domo. Cambiamos el corredor. Y revisamos nuestras cargas: lo que llevamos puede servir para reparar impactos si algo pasa.
Tomares añadió:
—Y tenemos microdrones… los que no vibran raro.
Naru soltó una risa corta, aliviado de que el peligro tuviera forma y no fuera solo un susto.
Eme guardó los datos del mensaje.
—La Tríada de Kir nos ha dado un regalo mejor que semillas: tiempo.
Iker asintió.
—El tiempo es lo que la prudencia intenta comprar.
Capítulo 6: Carnet de misiones
El Domo de Acordia cambió el corredor de aproximación esa misma tarde. No hubo anuncios dramáticos. Solo una actualización de ruta y un aumento de patrullas. La nube de microdesechos fue detectada con precisión; los drones del Domo comenzaron a desviarla con campos magnéticos suaves, como pastores guiando un rebaño brillante.
La reunión diplomática no se interrumpió. Las delegaciones recibieron la carga útil, con el reparto ajustado y una explicación clara. La delegación de Marea-K aceptó la batería menos con un gesto tranquilo y una frase que Iker guardó como una piedra en el bolsillo: “Compartir es también seguridad”.
Naru, después de firmar su declaración, se sentó en la cafetería del Domo con una taza de caldo caliente. Iker se le unió un minuto.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó el comandante.
Naru encogió los hombros.
—Arreglar mi nave, supongo. Y… aprender a no aceptar encargos de gente que paga con comida sin hacer preguntas.
—Haz preguntas —dijo Iker—. Y si algo vibra cuando no debería, aléjate.
Naru sonrió.
—Anotado.
Esa noche, de vuelta en la Brújula de Lumen, el puente estaba en penumbra. Solo las estrellas y los paneles iluminaban los rostros cansados.
Iker abrió su carnet de misiones. No era un cuaderno de papel, pero él lo llamaba así porque le recordaba que los viajes no eran solo números. Eran decisiones.
Escribió:
“CARNET DE MISIONES — BRÚJULA DE LUMEN
Entrada 77: Aproximación a Domo de Acordia.
— Objetivo: Entrega de carga útil diplomática. Cumplido con ajuste.
— Incidencia: Objeto no identificado y nave civil en corredor. Intervención mínima.
— Acción prudente clave: No abrir cápsulas. Aislar, informar y escanear con protocolos.
— Reparto de carga: Rebalanceo para acoplamiento seguro. Reasignación de una batería a ayuda civil. Transparencia con delegaciones.
— Resultado: Mensaje preventivo activado. Corredor modificado. Riesgo de microdesechos mitigado.
— Lección: La prisa quiere atajos; la prudencia construye puentes.
— Nota humana: Naru necesitaba más que un remolque: necesitaba que alguien se detuviera.
Firmado: Comandante Iker Salvatierra.”
Cerró el carnet. Miró por la ventanilla: el Domo brillaba, intacto, como una ciudad de vidrio que respiraba calma.
Sira apareció en el puente.
—Comandante, la seguridad del Domo envía agradecimientos. Y… Tomares quiere saber si puede, por una vez, poner una pegatina nueva en tu taquilla. Dice que es una brújula con una linterna.
Iker soltó un suspiro que era casi una risa.
—Dile que sí. Pero que la pegue recta.
—Eso es imposible —dijo Sira, divertida—. Él pega todo torcido a propósito.
—Entonces que lo intente con prudencia —respondió Iker.
Las estrellas seguían ahí, antiguas y silenciosas. La nave también. Y entre ambas, un hombre que no necesitaba correr para llegar lejos.