Capítulo 1: La casa de las asociaciones y la lista eterna
Nora, que tenía 9 años y cara de “yo sí he leído el cartel dos veces”, entró en la casa de las asociaciones con una libreta en la mano. Era un sitio con pasillos llenos de pósters, mesas plegables y un armario que siempre olía a témpera, galletas y misterio.
“Hoy toca preparar la merienda solidaria”, anunció Nora, muy seria… pero con una sonrisa escondida.
Sus amigos ya estaban allí: Leo, experto en hacer chistes en el peor momento; Salma, rápida como un rayo y con ideas rarísimas; y Bruno, que siempre llevaba una mochila enorme “por si acaso”.
Nora leyó su lista:
“Servilletas. Vasos. Carteles. Música. Galletas. Agua. Y… globos.”
Leo levantó la mano como si estuviera en clase.
“Pregunta importantísima: ¿los globos son para decorar o para escapar si sale mal?”
“Para decorar”, dijo Nora. “Y si sale mal… hacemos una pausa cuando se nos suba la preocupación. ¿Vale?”
Salma asintió con cara solemne.
“Pausa oficial. Como los héroes, pero sentados.”
Bruno abrió su mochila. De dentro salió… otra mochila.
“Yo traigo de todo. Cinta, tijeras, rotuladores, una linterna, un calcetín de repuesto…”
“¿Un calcetín?”, preguntó Leo.
“Por si se me pierde un pie”, respondió Bruno, tan tranquilo.
Nora respiró hondo. Todo iba bien. Demasiado bien. Y eso, en su experiencia, era sospechoso.
Capítulo 2: El malentendido del “hilo”
En la sala grande, Nora pegaba carteles en una cartulina gigante que decía: “MERIENDA SOLIDARIA: HOY, 18:00”. Leo dibujaba una galleta sonriente con bigote. Salma colocaba vasos en filas perfectas. Bruno buscaba “algo” en su mochila, como si el fondo fuera otro país.
Entonces llegó la señora Puri, la encargada, con un rollo en la mano.
“Nora, ¿me puedes traer el hilo para colgar los globos?”
Nora apuntó en su libreta: “HILO”.
“¡Hilo!”, repitió Salma, ya corriendo. “¡Yo lo traigo!”
Leo la siguió cantando:
“¡Hilo, hilo, hilooooo…!”
Bruno preguntó:
“¿Hilo de coser o hilo de… pensamiento?”
“De… colgar”, dijo Nora, pero ya era tarde. Salma había desaparecido como una pelota en cuesta abajo.
Cinco minutos después volvió… arrastrando una cosa larga, brillante y un poco pegajosa.
“¡Aquí está el hilo!”, anunció orgullosa.
Nora abrió mucho los ojos.
“Salma… eso es… ¿una guirnalda de churros?”
Salma se encogió de hombros.
“En la cocina había ‘hilo de churr-'… bueno, ponía algo parecido. Y olía a merienda.”
Leo se dobló de risa.
“¡Perfecto! Colgamos los globos y si se caen… ¡nos los comemos!”
Bruno, que por fin había encontrado una cuerda normal en su mochila (sí, también tenía), la levantó como si fuera un trofeo.
“Yo tengo el hilo de verdad.”
Nora se llevó una mano a la frente.
“Vale. Pausa oficial.”
Se sentaron en círculo, mirando la guirnalda de churros como si fuera un experimento peligroso.
Nora respiró: “Uno, dos, tres…”
Salma añadió: “Cuatro, cinco… y seis churros.”
Leo susurró:
“Me estoy calmando… pero por hambre.”
Al final, se levantaron, riéndose. Nora dijo:
“Usamos la cuerda de Bruno. Y los churros… para después. Cooperación y merienda. Dos por uno.”
Capítulo 3: El armario de los globos y la música rebelde
Fueron al armario grande donde guardaban decoraciones. La puerta crujió como si el armario estuviera contando un secreto.
“Yo abro”, dijo Bruno, y tiró con cuidado.
La puerta se abrió de golpe y cayó una lluvia de globos desinflados, serpentinas, y una caja que decía “MÚSICA”.
Leo se puso un globo en la cabeza como si fuera un gorro.
“Soy el Rey Globo Primero, y declaro que hoy todos comerán… aire.”
Nora recogió la caja de música.
“Genial. Ponemos una lista alegre y listo.”
Salma pulsó un botón. Sonó una música… rarísima. Era como si una vaca tocara la flauta en una montaña rusa.
“¿Esto es alegre?”, preguntó Nora, con una ceja arriba.
Leo bailó como un robot torcido.
“¡Es alegre si te ríes del susto!”
Bruno leyó una pegatina en la caja:
“‘Ensayo de la Asociación de Imitadores de Animales con Instrumentos'.”
Salma se tapó la boca para no reírse.
“¡Ah! La semana pasada estuvieron aquí.”
Nora intentó cambiar de pista. Empeoró: ahora era un coro de gallinas haciendo “la-la-la” muy serio.
“Pausa oficial”, dijo Nora, rápida, antes de que le subiera la desesperación por las gallinas.
Se sentaron otra vez. Leo, aún con el globo en la cabeza, murmuró:
“Respira, Nora. Son gallinas artísticas.”
Bruno levantó un dedo.
“En mi mochila hay un altavoz pequeño.”
“¿También?”, dijo Salma.
“Por si acaso”, respondió Bruno, como si eso lo explicara todo.
Con el altavoz de Bruno conectaron una lista normal: canciones para saltar, palmas y risas. Nora sonrió.
“Equipo salvamento, activado.”
“¡Y con calcetín de repuesto!”, añadió Leo.
Capítulo 4: La merienda casi vuela
A las seis menos diez, todo estaba preparado. Carteles colgados, globos inflados, mesas listas. En una esquina, los churros “hilo” esperaban su momento, muy dignos.
Entró gente: niños, madres, abuelos y hasta un perro con pañuelo. Todos miraban la decoración y decían “¡Qué bonito!”
Nora se enderezó. Le gustaba que saliera bien. Mucho. Pero cuando vio la mesa de vasos, notó que su preocupación empezaba a subir como un ascensor.
Porque Salma, tan rápida, había puesto los vasos… al revés.
“Salma…”, susurró Nora.
Salma miró la mesa y abrió la boca.
“¡Ay no! Parecen cascos de mini astronauta.”
Leo cogió un vaso al revés y se lo puso en la oreja.
“¿Hola? ¿Planeta Galleta? ¿Me escuchan?”
La gente se rió. Un niño dijo:
“¡Yo quiero un casco!”
Nora sintió que la situación se volvía una bola de nieve… divertida, sí, pero peligrosa para la organización.
“Pausa oficial”, dijo Nora, pero esta vez lo dijo sonriendo.
Se agacharon los cuatro detrás de la mesa, como si fueran espías.
Nora habló bajito:
“Vale. No pasa nada. Lo arreglamos juntos. Uno sostiene, otro gira, otro revisa.”
Bruno dijo:
“Yo sostengo la mesa. Por si se escapa.”
“Las mesas no se escapan”, respondió Salma.
“Esta tiene cara de querer”, dijo Bruno, y todos soltaron una risita.
Trabajaron en cadena: Salma giraba vasos, Leo hacía contar en voz alta para no perder el ritmo (“uno, dos, tres, vaso, vaso”), Bruno los alineaba, Nora comprobaba. En dos minutos, listo.
Nora levantó la cabeza. La merienda seguía allí. Nadie se había ido a Marte. El perro seguía siendo perro.
“Lo logramos”, dijo Nora.
Leo señaló los churros.
“Y ahora, el gran momento del hilo comestible.”
Repartieron churros en platos, como si fueran medallas. La gente aplaudió sin saber por qué, pero aplaudió igual, y eso lo hizo todavía más gracioso.
Capítulo 5: Risas lentas y un final calentito
Cuando la merienda terminó, la sala quedó llena de migas felices y globos cansados. La música sonaba bajita. Ya no había prisas, solo ese cansancio bueno que te deja el día cuando ha sido divertido.
Nora recogía servilletas con calma. Salma doblaba carteles. Bruno guardaba cosas en su mochila, que parecía aún más grande. Leo intentaba desinflar un globo con un “fuuuu” larguísimo, como si fuera un dragón educado.
Nora miró a sus amigos.
“Gracias por ayudar. Y por hacer pausas cuando se nos sube todo.”
Salma le dio un codazo suave.
“Es que tú eres la jefa de las pausas.”
Bruno asintió.
“Y yo soy el jefe del ‘por si acaso'.”
Leo levantó el globo medio desinflado.
“Y yo soy el jefe de… bueno… de no tener jefe.”
Se rieron bajito. Ya no era una risa que explota, sino una que se queda calentita en el pecho.
Nora guardó su libreta. En la última página escribió: “Cuando algo se lía, pedir ayuda. Y respirar.”
Luego, con voz tranquila, dijo:
“Qué camino.”