Capítulo 1: La bolsa que no era
Clara llegó a la sala de escalada con su casco rosa, la cara llena de ganas y una lista en el bolsillo: cuerda, arnés, chocolate (por si acaso). Sus amigos ya estaban allí: Mateo, que hablaba con las manos como si dirigiera una orquesta; Lía, que llevaba gafas gigantes y un cuaderno para dibujar presas; y Tomás, que siempre tenía un chiste preparado en la punta de la lengua.
—¡Gracias por venir! —dijo Clara con sonrisa amplia—. Ah, y... merci d'être venu —añadió de broma, porque le gustaba mezclar palabras como si fueran piezas de Lego.
Todos rieron. Clara colocó su bolsa en un banco y, sin mirar bien, tomó lo que creyó que era su arnés. Al principio no se dio cuenta de que era una bolsa de merienda decorada con escenas de pulpos escaladores. Mateo abrió la bolsa para sacar una barra energética y encontró... ¡un sandwich con mermelada y una nota: “Para el que suba hasta la luz”!
—¿Subir hasta la luz? —preguntó Lía, intrigada.
—Apuesto a que es una broma de Tomás —dijo Mateo, con cara de detective—. ¿O es una misión secreta?
Todos se miraron y, claro, decidieron investigar. La sala olía a magnesio y risas. Era la clase perfecta para convertir un error en aventura.
Capítulo 2: El mapa de presas y el sandwich volador
Clara, ya con su arnés real puesto, sugirió que el sandwich fuera el premio para quien encontrara la presa "luz". Empezaron a escalar en equipos de a dos. Lía dibujó un mapa con flechas torpes y estrellas brillantes que, según ella, señalaban la "ruta luminosa".
Tomás subió primero y, cuando alcanzó una repisa, dejó escapar un "¡Eureka!" que se oyó hasta la recepción. Pero lo que encontró no fue una luz: era un foco con cinta de colores y una nota que decía: "Ilumina a tus amigos". Tomás, que siempre exageraba, pensó que debía sujetar el foco con el pie hasta que alguien lo alcanzara y... se enredó con la cuerda. Resultado: un Tomás girando como si fuera una piñata lenta.
—¡Socorro! —gritó, entre risas y un poquito de vértigo.
Mateo, desde abajo, le aseguró la cuerda con la calma de un bombero de dibujos animados. Clara le indicó a Lía que le pasara el casco de pato (era un casco naranja con una pegatina de pato) para que la caída fuera "más elegante". Todo eso produjo una coreografía de manos, cuerdas y chistes malos que hicieron que la gente de la sala aplaudiera sin querer.
El sandwich, entretanto, fue cayendo en una pequeña lluvia de migas hasta que aterrizó sobre la cabeza del monitor, que había bajado a curiosear. El monitor, sin perder el humor, se lo comió con disfrute teatral y les dio un punto extra por creatividad. Los amigos rieron tanto que Clara tuvo que secarse los ojos.
Capítulo 3: El concurso de voces y el gran quiproquó
Después del incidente del sandwich, organizaron un juego: "El Eco Misterioso". Consistía en que uno gritaba una palabra desde la cuerda y los demás debían repetirla con distintas voces. El primero fue Mateo, que dijo "banana" en voz de robot. Lía respondió en voz de abuela, y Tomás en voz de superhéroe. Fue un festival de risas.
Clara decidió impresionar con una palabra en francés que había aprendido en internet: "bonjour". Pero su pronunciación quedó medio rarita y, para empeorar la confusión, el intercomunicador de la sala replicó la palabra con eco y reverberación. La sala entera terminó oyendo algo que sonó como "bon-churrr" y pensó que alguien había traído un hurón.
—¿Hay un hurón en la sala? —preguntó una señora desde la entrada, mirando hacia las bolsas.
Tomás, que ya tenía la imaginación al máximo, creyó oír "furón" y empezó a buscar entre los bolsos. Fue un quiproquó tras otro: Mateo pensó que alguien había dicho "tiburón" y puso cara de terror; Lía, que había dibujado tiburones la semana pasada, exclamó que estaban fuera de temporada; Clara, que solo quería decir gracias otra vez, interrumpió con un "merci d'être venu" que, por alguna ley de la comedia, hizo que todos se callaran y después rieran más fuerte.
Al final no había hurones, ni tiburones, ni furones. Solo amigos con la risa pegada y una complicidad nueva que burbujeaba como soda. Decidieron que el ganador del juego sería el que más hiciera reír sin caer de la pared. Empató todo el mundo.
Capítulo 4: La cuerda del secreto y las zapas desatadas
Cerca del final de la tarde, el monitor propuso una última prueba colectiva: "La Cuerda del Secreto". Era una actividad en la que cada uno subía un poco y dejaba un pequeño objeto en una caja en lo alto, para compartirlo con el grupo. Clara puso una pulsera de la amistad que había hecho con cuentas; Mateo dejó una pegatina de un cohete; Lía depositó un lápiz con nariz de payaso; Tomás dejó una nota con un chiste que decía: "¿Qué hace una escalera? ¡Escala!"
Cuando la caja quedó llena de pequeños tesoros, ella propuso que se bajaran los objetos en equipo, cogidos entre todos. Fue un momento de confianza: había que pasar la caja de mano en mano, sin soltarla, mientras uno bajaba y otro subía. Al principio todos tensos, respiraciones cortas, manos pegadas al talud de la cuerda. Luego, un movimiento coordinado. Respirar. Tirar. Sostener.
Era como una canción con ritmo: subir-unir, bajar-pasarlo, reír. Se necesitaban unos a otros. Mateo resbaló un pelín y Lía lo agarró en el acto. Tomás, que pretendía ser valiente, dejó escapar un gritito cómico que provocó carcajadas y relajó a todos. Clara miró a sus amigos y sintió una cosa cálida en la garganta: confianza compartida, como cuando se comparte un paraguas y no se moja nadie.
Al terminar, mientras acomodaban las cuerdas y las colchonetas, Clara notó que sus zapatillas estaban desatadas. Quiso agacharse pero su pelito se enredó con la cuerda—otra mini-aventura. Sus amigos, sin pensarlo, se agacharon juntos: manos sobre cordones, risas contenidas, instrucciones cómicas y un poco serias. Tomás dijo: "Uno, dos, tres... ¡tug!" y los cordones obedecieron.
Se quedaron sentados en la última colchoneta, quietos por primera vez en la tarde. La sala se fue calmando. El murmullo de voces bajó, las risas se hicieron suaves como una canción de cuna. Clara miró a cada uno: ojos brillantes, caras con restos de magnesio, pelo despeinado, manos marcadas por pequeñas heridas de escalada. Se sintió feliz y cansada, contenta y tranquila.
—Gracias por venir —murmuró, esta vez en español, con voz dulce—. Y merci d'être venu —añadió otra vez, como si fuera su amuleto de risas.
Los amigos se sonrieron. Se ataron las zapatillas, esta vez con la calma de quien sabe que la aventura puede esperar un rato. Tomás, para cerrar la tarde, soltó su chiste final: "¿Qué le dijo una bota a otra bota? —¡Vamos a dar una vuelta!" Rieron suave, ya sin ganas de exagerar.
Entonces, uno por uno, desatendiendo la prisa, soltaron un suspiro y desataron sus zapatos. Zapatos desatados, pies libres, corazones llenos. La luz de la sala quedó tenue, como si también quisiera descansar.
Se despidieron con abrazos torpes y promesas de volver. La confianza compartida se había quedado allí, en las cuerdas, en el foco de colores, en la caja de secretos y en las risas que aún vibraban en las paredes. Y mientras salían, cada cual con sus zapatos un poco flojos, Clara pensó que no hay mejor alegría que la de estar juntos, cómplices, listos para la próxima broma.