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Cuento de ciudad futurista 9/10 años Lectura 14 min. (1)

La misión de las semillas en Nueva Aurora

Lía, una niña de Nueva Aurora, recorre los escalones-jardín llevando un paquete y, junto a un robot repartidor y un chico con patinete, aprende la importancia de seguir las normas de circulación mientras ayudan a un dron perdido.

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Niña de 10 años, rostro redondo y ojos grandes color avellana, expresión serena y valiente, pelo castaño claro en cola de caballo, sostiene un pequeño paquete marrón y guía un dron pequeño con una correa ligera; niño de 10 años, pelo negro despeinado, algo avergonzado pero sonriente, empuja un patinete al lado y ofrece una mini-batería, de pie detrás; robot tamaño perro (Robo-Teo) con carcasa plateada y ojos LED azules camina junto a ellos llevando un cable y un anillo tecnológico; dron mensajero pequeño con alas translúcidas y luz intermitente naranja-verde vuela bajo y está sujeto por una correa fina al robot; lugar: puente transparente entre dos terrazas-jardín con suelo de vidrio sobre un parque, tres bandas pintadas (peatones blanco, bicicletas verde, patinetes azul) y bordes floridos con pequeñas cascadas y lámparas solares; situación: los niños y el robot cruzan el puente despacio para proteger el dron, pasa un patinete distraído por su carril, luz dorada solar de tarde, ambiente futurista, limpio y vegetal. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La ciudad de los escalones-jardín

Lía tenía nueve años y una costumbre: contar escalones cuando estaba nerviosa. Uno, dos, tres… En su ciudad, eso era fácil, porque casi todo eran escalones… pero no escalones normales.

Nueva Aurora —así se llamaba la gran ciudad del futuro— estaba hecha de terrazas verdes que subían como una montaña tranquila. Cada nivel era un jardín: con árboles frutales, bancos de madera tibia al sol y canales de agua limpia que canturreaban bajito. Entre un escalón-jardín y otro, se movían pasarelas suaves para bicis, patinetes y pequeños buses silenciosos que parecían flotar.

No había humo, ni bocinas enfadadas. La energía venía de techos que brillaban con luz azul, y de molinos altos que giraban como enormes flores.

—¡Lía! —llamó su mamá desde la cocina—. ¿Lista para llevar el paquete al Centro de Semillas?

Lía se asomó a la ventana. Abajo, una cinta transportadora para peatones subía lenta, como una lengua de luz. Más allá, un cruce con señales luminosas dibujaba flechas en el aire.

—Lista —dijo, metiendo el paquete en su mochila—. ¿Puedo ir sola?

Su mamá la miró con esa cara que era mitad pregunta y mitad abrazo invisible.

—Puedes… si recuerdas las reglas de circulación.

Lía hizo un saludo serio, como si fuera guardiana de la ciudad.

—Mirar a ambos lados, cruzar por la franja blanca, y usar la campanita si voy en patinete.

—Y nunca adelantar por la derecha en la rampa —añadió su mamá.

—¡Eso! —Lía sonrió—. Lo tengo.

En la puerta, su vecino Robo-Teo, un robot de reparto del tamaño de un perro grande, esperaba con su caja metálica y ojos redondos que parpadeaban.

—Buenos días, Lía. ¿Entrega compartida? Mis ruedas están… emocionadas —dijo con voz alegre.

Lía rió.

—¿Ruedas emocionadas?

—Giran un poquito más rápido. Es casi lo mismo.

Y así, con el paquete a la espalda y Robo-Teo a su lado, Lía bajó al primer escalón-jardín, donde olía a menta y a pan recién hecho.

Capítulo 2: El cruce de las luces danzantes

El camino al Centro de Semillas pasaba por el Cruce de las Luces Danzantes. Era famoso porque las señales no eran postes, sino pequeñas figuras de luz: un peatón verde que caminaba en el aire, una bici amarilla que parpadeaba, una mano roja que decía “ALTO” con una palmada silenciosa.

Lía llegó justo cuando mucha gente salía de la escuela vecina. Había niñas con cascos brillantes, niños con patinetes plegables, y una abuela en una silla con ruedas que se movía sola, despacito, como si flotara sobre el suelo.

Robo-Teo pitó suavemente.

—Atención. Flujo denso de humanos pequeños.

—Eso significa… ¿muchos niños? —preguntó Lía.

—Correcto. También significa “no correr como si una galleta te persiguiera”.

Lía estaba a punto de reír cuando escuchó un zumbido rápido: un patinete se acercaba demasiado deprisa por la rampa.

—¡Eh! —dijo Lía, levantando la mano.

El patinete frenó tarde. El niño que lo manejaba, con el cabello como un arbusto despeinado, abrió los ojos.

—¡Uy! Lo siento. Mi patinete va en modo turbo sin querer.

La luz roja de la mano “ALTO” brillaba fuerte. Lía respiró hondo, como le había enseñado su mamá.

—Primero, paramos. Segundo, miramos a ambos lados —dijo ella, señalando con calma—. Y tercero, cruzamos cuando el peatón verde camine.

El niño bajó la cabeza.

—Soy Nilo. Y sí… lo sé, pero… se me olvida cuando tengo prisa.

Robo-Teo giró un poco, como si estuviera pensándolo.

—Recomendación de robot: si tienes prisa, no la conviertas en problema de los demás.

Nilo se puso rojo.

—Vale. Lo haré bien.

La figura verde apareció y empezó a caminar en el aire. Lía cruzó por la franja blanca que se iluminó bajo sus pies como una cebra feliz. Nilo cruzó al lado, empujando el patinete a mano.

—Gracias —murmuró él—. A veces mi cabeza corre más que mis ruedas.

—La mía cuenta escalones —confesó Lía—. Cada quien con su cosa.

Nilo soltó una risita. Ya no parecía un torbellino, sino un chico normal con un patinete demasiado entusiasmado.

Cuando llegaron al otro lado, la abuela de la silla flotante les guiñó un ojo.

—Así se hace, peques. En una ciudad suave, los gestos también deben ser suaves.

Capítulo 3: El dron que perdió el camino

Más arriba, el aire olía a jazmín y a tierra húmeda. Los escalones-jardín tenían pequeñas cascadas que refrescaban el ambiente. En una esquina, un árbol tenía frutas redondas que parecían faroles.

Robo-Teo y Lía pasaron junto a una estación de “bicis-nube”, bicicletas ligeras que se guardaban en casilleros y se alquilaban con una sonrisa y un “por favor”. En el suelo, líneas verdes mostraban el carril para bicis; líneas azules, el carril para patinetes; y un camino de piedritas claras marcaba la zona de peatones.

—¿Ves? —dijo Lía, orgullosa—. Es como un dibujo. Si lo sigues, todo funciona.

—Confirmado —dijo Robo-Teo—. Los humanos con dibujos se portan mejor.

Entonces, algo cayó del cielo con un “plop” suave, como una pelota mojada. Rodó hasta chocar con una maceta.

Era un dron pequeño, con alas transparentes y una luz naranja titilando, como si estuviera mareado.

—¡Ay! —exclamó Lía, agachándose—. ¿Estás bien?

El dron emitió un pitido triste.

—Sistema… confundido. Ruta… perdida. Batería… baja —dijo con voz finita, como un mosquito educado.

Robo-Teo acercó su nariz-sensor.

—Es un dron mensajero escolar. Debe llevar algo importante.

En su pancita había una etiqueta: “CENTRO DE SEMILLAS — ENTREGA URGENTE”.

—¡Eso es donde vamos! —dijo Lía—. Podemos ayudarlo.

Nilo apareció de repente, subiendo por la rampa, esta vez despacio y por su carril.

—¡Eh, Lía! Me quedé pensando y… —vio el dron— ¿Qué pasó?

—Se perdió —explicó Lía—. Y su batería está baja.

Nilo se rascó la cabeza.

—Mi patinete tiene una mini batería extra… para la luz. Podría prestársela un rato.

Robo-Teo levantó una ceja de luz.

—Acción amable detectada.

Nilo conectó un cable pequeño al dron. La luz naranja se volvió amarilla, luego verde.

—¡Gracias! —pitó el dron—. Pero… necesito una ruta segura. Los vientos entre escalones confunden mis sensores.

Lía miró el camino. Había un atajo: una rampa estrecha junto a un canal, pero tenía un letrero claro: “SOLO PEATONES. DESPACIO”.

—Podemos ir por aquí —dijo ella—, caminando. Si el dron vuela bajo y nos sigue, no se perderá.

—¿Y si alguien viene en bici? —preguntó Nilo.

Lía señaló las líneas del suelo.

—No hay carril de bicis aquí. Es zona de peatones. Igual, miramos antes de cruzar cualquier carril y no nos metemos donde no toca.

Robo-Teo asintió.

—Además, si escuchan campanita, se apartan a la derecha. Con calma.

Avanzaron por la rampa peatonal. El canal corría a su lado, limpio como vidrio. El dron volaba bajo, como un pájaro cansado que por fin tenía compañía.

En un punto, la rampa cruzaba un carril de bicis. Antes de poner un pie, Lía se detuvo.

—Alto —dijo.

Nilo se detuvo también, sin quejarse. Robo-Teo frenó con un “clic”.

Miraron a la izquierda. Luego a la derecha. Una bicicleta-nube pasó suave, su conductora levantó la mano y sonrió.

—Gracias por esperar —dijo ella, sin parar del todo.

—De nada —respondió Lía, sorprendida de lo bien que se sentía hacer las cosas correctamente.

El dron emitió un pitido contento.

—Cruce seguro registrado. Ustedes son… buenos humanos.

Nilo se rio.

—¡Por fin algo que hago bien!

Capítulo 4: La prueba del puente transparente

Llegaron a un puente transparente que unía dos escalones-jardín altos. Debajo se veía un parque entero, con niños jugando y árboles moviéndose como si aplaudieran con hojas.

El puente tenía tres franjas: una para peatones, una para bicis y otra para patinetes. En el inicio, una pantalla mostraba una frase: “EN EL PUENTE, TODOS SOMOS VIENTO: SUAVE Y ORDENADO”.

—Me gusta —dijo Lía—. Suena a poema.

—Yo soy más bien torbellino —confesó Nilo—, pero puedo intentarlo.

El dron tembló un poco.

—El viento aquí… me empuja.

Robo-Teo abrió un compartimento en su lomo y sacó una especie de aro flexible, como una bufanda tecnológica.

—Cinturón de seguimiento. Se usa para paquetes asustados. También funciona con drones nerviosos.

Con cuidado, Lía lo colocó alrededor del dron sin apretarlo. El dron quedó unido a Robo-Teo con una cinta ligera.

—Así no te pierdes —dijo Lía—. Vamos despacio.

Empezaron a cruzar. El puente era tan claro que Lía sintió cosquillas en el estómago al mirar abajo. El viento sopló, pero no era frío: olía a hierba y a limonada.

De pronto, un grupo de patinetes apareció por el carril correcto, con cascos y luces, pero uno de ellos se salió un poquito, distraído mirando un anuncio flotante de helados de mango.

—¡Campanita! —sonó el timbre del patinete, tarde.

Lía reaccionó como le habían enseñado: no saltó, no corrió sin mirar. Simplemente dio un paso firme hacia su derecha, dentro de la franja peatonal, y levantó la mano para que la vieran.

—¡Aquí! —dijo.

Nilo imitó el gesto y se puso detrás de ella. Robo-Teo giró para quedar pegado al borde peatonal, protegiendo al dron.

El patinete pasó y su dueña frenó un poco, avergonzada.

—Perdón… me distraje.

—No pasa nada —respondió Lía, con voz tranquila—. Solo… mejor mira el camino. Los helados no se van a escapar.

La chica soltó una carcajada y se acomodó en su carril.

—Tienes razón. Gracias.

Nilo miró a Lía con respeto, como si acabara de descubrir que ella tenía superpoderes.

—No gritaste —susurró—. Yo habría gritado.

—Mi mamá dice que gritar es como tirar canicas al suelo: todo el mundo resbala —dijo Lía.

Robo-Teo agregó:

—Metáfora aprobada.

Terminaron el puente sin más sobresaltos. El dron pitó feliz, y su luz verde brilló como un semáforo que aplaude.

Capítulo 5: El Centro de Semillas y el abrazo final

El Centro de Semillas estaba en la terraza más luminosa: un edificio redondo con paredes de vidrio que cambiaban de color según el sol. Dentro, había cajones llenos de semillas, desde las más pequeñas como polvo hasta otras grandes como botones. Un aroma a tierra buena lo llenaba todo.

Una mujer con bata verde —no de doctor, sino de jardinera experta— los recibió en la entrada.

—¡Lía! —dijo, y luego vio al dron—. ¡Y también a ti, Pequeño Mensajero! Te estábamos buscando.

El dron hizo una pirueta corta.

—Entrega urgente… completada. Con ayuda humana amable.

Lía sacó el paquete de su mochila y lo entregó con cuidado.

—Aquí está. Y también… encontramos el dron perdido.

La jardinera abrió el paquete: dentro había semillas especiales para los nuevos escalones-jardín que estaban construyendo más arriba, donde aún no crecía nada. Semillas de flores que atraían mariposas, y de árboles que daban sombra redonda.

—Esto ayudará a que la ciudad siga siendo fresca y verde —dijo ella—. Gracias por traerlo y por cuidar el camino.

Nilo se balanceó sobre sus pies.

—Yo… casi me equivoco en el cruce antes. Pero Lía me recordó cómo hacerlo.

—Y tú ayudaste con tu batería —señaló Lía—. Eso fue genial.

Robo-Teo añadió:

—La amabilidad es energía limpia. No hace humo.

La jardinera sonrió tanto que sus ojos se volvieron dos medias lunas.

—¿Ven? En Nueva Aurora, los transportes son suaves… y la gente también puede serlo.

Al salir, el sol bajaba un poco y pintaba los escalones-jardín de naranja y dorado. Las luces de los carriles se encendían, marcando caminos como ríos de colores.

Nilo tomó su patinete y se colocó el casco bien.

—Voy a ir por mi carril y sin turbo —prometió—. Y si tengo prisa… respirar primero.

—Yo contaré escalones solo por diversión —dijo Lía—. No por nervios.

Caminando de regreso, Lía sintió algo cálido en el pecho, como si llevara una pequeña lámpara encendida. Al llegar a casa, su mamá abrió la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó, mirando la cara de Lía, luego a Robo-Teo, luego al dron que ya se alejaba hacia su base.

—Todo bien —dijo Lía—. Aprendí que las reglas de circulación no son para mandar… son para cuidar.

Su mamá no dijo nada más. Solo abrió los brazos.

Lía dejó la mochila en el suelo y se metió en ese abrazo sincero que olía a hogar y a jardín. Afuera, la ciudad del futuro seguía moviéndose en silencio, suave, como si también abrazara a todos con sus escalones verdes.

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Terrazas verdes
Niveles de la ciudad con plantas y jardines donde crecen flores y árboles.
Pasarelas suaves
Caminos elevados para peatones o bicicletas, con superficie cómoda y sin baches.
Canales de agua limpia
Canales por donde corre agua clara que ayuda a regar las plantas.
Molinos altos
Grandes ruedas que giran para producir energía con el viento.
Cinta transportadora
Una banda que se mueve y ayuda a subir o bajar personas o cosas.
Señales luminosas
Luces que muestran reglas o direcciones para quienes caminan o van en bici.
Franja blanca
Una línea pintada en el suelo que indica dónde deben cruzar las personas.
Patinete
Vehículo pequeño con dos ruedas que se maneja apoyando un pie y empujando con el otro.
Dron
Aparato volador pequeño que se controla desde lejos para llevar objetos o mirar lugares.
Batería
Parte que guarda energía para que funcionen aparatos como el dron o una luz.
Cascadas
Corrientes de agua que caen en forma de pequeños saltos entre niveles o rocas.
Bicis-nube
Bicicletas ligeras que se alquilan y parecen flotar, usadas en la ciudad.

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