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Cuento de ciudad futurista 9/10 años Lectura 15 min. Disponible en audiocuento (2)

La campana de vidrio que aprendió a brillar sin gritar

Nilo y Lía descubren que una campana solar de la ciudad se apaga por un atasco de basura y, con ingenio y balizas vibrantes, se adentran en la torre para arreglarlo y calmar la ciudad sin revelar cómo termina su misión.

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Un niño de 10 años, rostro redondo con pecas, expresión concentrada y amable, pelo corto castaño bajo un gorro viejo, sostiene una caja de cartón reciclado y estira la mano para sacar papeles de colores atrapados en una gran rueda luminosa; está agachado en el centro. Una niña de unos 10 años, pelo negro con clips de colores, mirada preocupada pero valiente, sostiene una pequeña baliza vibrante verde que emite un suave resplandor; está de pie ligeramente detrás a la izquierda del niño. A la derecha hay un robot limpiador pequeño y amistoso, metálico plateado con ojos azules, observando y listo para ayudar. Escena en una sala circular bajo una cúpula de vidrio, paredes con tubos translúcidos de luz líquida, metal pulido, puerta metálica entreabierta y ventana circular que muestra una plaza urbana futurista. Los niños sacan envoltorios de una rueda mecánica que captura la luz solar; la rueda gira levemente, con cables y paneles solares estilizados, tonos dorado, turquesa y gris; composición clara, siluetas nítidas y formas geométricas de estilo póster infantil. reportar un problema con esta imagen

La versión de audio está disponible de forma gratuita para este cuento:

Duración del audiocuento: 16:02

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Capítulo 1: Los campanarios que beben luz

En la Gran Ciudad de los Campanarios Solares, las torres no tocaban el cielo: lo saludaban. Eran altas y delgadas, con ventanitas redondas como ojos, y arriba tenían campanas de vidrio que brillaban con el sol. Cuando el viento pasaba, sonaban suave, como si la ciudad respirara música.

En una de las calles más estrechas —donde el suelo era una cinta de luz azul y las paredes tenían jardines colgantes— vivía Nilo, un niño de diez años. No tenía patín volador ni mochila con mil botones. Tenía una bicicleta sencilla, un gorro viejo y una costumbre: mirar con cuidado antes de gastar nada.

Su madre decía:

—La ciudad inventa de todo, pero el corazón inventa lo importante: cómo usarlo sin derrochar.

Esa tarde, Nilo entregaba panecillos en una caja de cartón reciclado. Los robots repartidores pasaban zumbando, pero él iba tranquilo, con su bicicleta, saludando a la gente.

Al llegar a la Plaza de los Campanarios, vio algo raro: una de las campanas de vidrio estaba apagada. No era que no brillara… era como si el sol se hubiera olvidado de ella.

Y entonces oyó una voz detrás de él:

—¿Tú también lo viste?

Era Lía, su amiga del edificio de al lado. Tenía el pelo lleno de clips de colores y la mirada inquieta.

—Sí —dijo Nilo—. Ese campanario siempre parece una limonada. Hoy parece… agua.

Lía señaló hacia el cielo, donde volaban pequeñas nubes artificiales que daban sombra a los parques.

—Mi abuelo dice que cuando una campana se apaga, la ciudad se pone nerviosa. Y cuando la ciudad se pone nerviosa… todo se acelera.

Nilo miró alrededor. En efecto, los anuncios luminosos parpadeaban un poquito más rápido. Un autobús magnético pasó haciendo un “¡bip!” impaciente.

—Vamos a ver de cerca —dijo Nilo, y su voz sonó tranquila, como una piedra en un río.

Capítulo 2: Las balizas vibrantes

Para llegar al campanario apagado había que cruzar el Barrio de los Puentes Transparentes, donde el suelo era cristal resistente y, abajo, se veía el agua circulando en canales limpios.

Lía se adelantó.

—¡Vamos! Tengo una idea. Mi abuelo me dejó esto.

Sacó de su bolsillo una pequeña baliza del tamaño de una galleta. Era redonda, con una línea luminosa en el borde. Cuando Lía la apretó, vibró con un “brrr” suave y emitió una luz verde.

—¿Una baliza vibrante? —preguntó Nilo, curioso.

—Sí. Sirve para guiar a alguien cuando hay mucha niebla o cuando los mapas se vuelven locos. Se pegan en las paredes, y la siguiente vibra si estás cerca.

Nilo sonrió.

—Es como hacer migas de pan… pero de luz.

—¡Exacto! —Lía rió—. Y sin ensuciar.

Nilo tomó otra baliza del bolsillo de Lía con cuidado, como si fuera algo frágil.

—Solo usemos las necesarias —dijo—. Si llenamos todo de luces, luego nadie verá las estrellas.

Lía lo miró, sorprendida.

—Eres raro, Nilo.

—Raro y ahorrador —respondió él, guiñando un ojo.

Pusieron la primera baliza en un poste y siguieron. La ciudad, tan luminosa, parecía todavía más brillante al acercarse al campanario apagado: como si los demás campanarios intentaran compensar la falta, trabajando de más.

En la base de la torre, una puerta de metal claro estaba entreabierta. Un cartel decía: “Mantenimiento. No entrar.” Y debajo, alguien había dibujado una carita triste.

—No deberíamos —murmuró Lía, pero sus pies ya estaban dentro.

Nilo respiró hondo.

—Entramos, miramos, y si hay peligro, salimos. Sin heroicidades tontas.

—Trato —dijo Lía.

Colocaron una baliza vibrante junto a la puerta. “Brrr”, hizo, como un pequeño corazón.

Dentro, el aire olía a polvo caliente y a limón. Subieron una escalera en espiral. Las paredes estaban llenas de tubos transparentes por donde corría luz líquida, como si el sol hubiera sido convertido en un río.

A mitad de camino, las luces del pasillo titilaron y se apagaron un segundo. Lía apretó la manga de Nilo.

—¿Lo sentiste?

—Sí —dijo él—. Como un estornudo de la ciudad.

Entonces, desde arriba, llegó un sonido: “clonc… clonc… clonc”, como una campana cansada.

Capítulo 3: La campana que no quería gritar

Llegaron a una sala redonda, justo debajo de la campana de vidrio. En el centro había un dispositivo sencillo: una rueda con paneles finos, que recogía la luz y la enviaba por los tubos de la ciudad. No era un monstruo complicado. Era, más bien, una máquina paciente.

Pero algo estaba mal.

Un montón de papeles brillantes —envoltorios, cintas, trozos de anuncios— se había metido por una rejilla y se había quedado atascado en la rueda. La rueda intentaba girar, pero se frenaba. De ahí venía el “clonc”.

Lía se llevó las manos a la cabeza.

—¡Basura! ¡Basura del cielo!

Nilo frunció el ceño.

—La ciudad es tan luminosa que a veces la gente cree que lo que cae se desaparece solo.

Se acercó despacio. La rueda giró un poco y luego se detuvo con un quejido.

—No debemos meter la mano si se mueve —dijo Nilo—. Primero hay que calmarla.

Buscó alrededor y encontró una palanca con un dibujo simple: un sol y una luna. La bajó hacia la luna. El zumbido se apagó. La rueda quedó quieta.

—Bien —susurró Lía—. Eres como un domador… pero de ruedas.

Nilo se encogió de hombros.

—Solo le pedí que descansara.

Entre los dos empezaron a sacar los papeles. Algunos tenían colores tan brillantes que parecían gritones. Otros eran suaves y viejos, como si hubieran viajado mucho antes de llegar ahí.

—¿Por qué hay tantos? —preguntó Lía.

—Porque usamos demasiado —respondió Nilo—. Si un anuncio cambia cada día, al final alguien lo tira. Y el viento no sabe dónde guardarlo.

Lía se quedó callada un momento, como si esa idea le hubiera caído dentro.

—Mi padre imprime pegatinas nuevas cada semana para su tienda… Dice que así la gente mira.

Nilo sacó el último envoltorio y lo dobló.

—La gente mira igual si le hablas con verdad. Y si no, no pasa nada. No hace falta gritar con luces.

Cuando terminaron, la rejilla quedó limpia. Nilo volvió a mover la palanca hacia el sol. La rueda giró con un “fuuu” satisfecho. Los tubos se iluminaron otra vez, y desde arriba la campana de vidrio empezó a brillar despacio, como un amanecer.

Entonces algo vibró en el bolsillo de Lía.

—¡La baliza! —dijo ella.

La baliza vibrante no estaba avisando de cercanía. Vibraba rápido, como una alarma pequeña.

Y en ese instante, el suelo tembló, apenas un temblor. Las luces del techo parpadearon. La rueda se aceleró sin querer.

Nilo se dio cuenta de algo: al despejar el atasco, la máquina estaba enviando mucha energía de golpe, como quien abre un grifo cerrado durante horas.

—¡Tenemos que regularlo! —gritó Nilo—. Si no, la ciudad se va a empachar de sol.

—¿Se puede empachar una ciudad? —Lía abrió los ojos.

—Esta sí —dijo Nilo—. Mira cómo tiembla.

Capítulo 4: Un plan simple para una ciudad inmensa

Nilo miró los tubos de luz líquida. Había una válvula con marcas: “bajo”, “medio”, “alto”. Estaba en “alto”, probablemente porque alguien había intentado compensar la falta de brillo forzándola.

—Si la bajamos de golpe, se apagará otra vez —pensó en voz alta—. Hay que hacerlo poco a poco.

Lía apretó otra baliza vibrante y la pegó en la pared.

—¿Para qué? Aquí no hay niebla.

—Para que no nos perdamos si las luces fallan —dijo Nilo—. Y para que, si viene alguien, encuentre el camino.

Lía sonrió.

—Hoy sí que piensas en todo.

—No —dijo Nilo—. Pienso en lo que falta.

Empezó a girar la válvula, un poquito, hasta “medio”. La rueda redujo su velocidad. El temblor bajó como un suspiro.

Pero aún quedaba un problema: la ciudad, allá afuera, seguía intentando “ayudar”. Los demás campanarios estaban dando más luz de la necesaria. Desde la ventana redonda se veía la plaza demasiado blanca, como si hubiera dos soles.

—¿Y si los otros campanarios no paran? —preguntó Lía—. ¿Y si compiten?

Nilo miró su caja de cartón reciclado, donde antes había panecillos. Ahora estaba vacía. La levantó.

—Podemos mandar un mensaje sencillo.

—¿Con eso?

—En esta ciudad, cualquier cosa puede hablar si la usas bien.

Sacó un rotulador de su mochila y escribió en la caja: “Campanario 7 recuperado. Bajen a modo tranquilo.” Luego dibujó un sol pequeño durmiendo con un gorro de noche.

Lía soltó una risa.

—Ese sol parece mi abuelo cuando se queda dormido viendo noticias.

En la pared había un tubo neumático de mensajes, como una boca circular. Nilo metió la caja, cerró la tapa, y el tubo hizo “¡shup!” llevándose el mensaje como un caramelo por un tobogán.

—¿Crees que alguien lo leerá? —preguntó Lía.

—Los encargados leen lo que es claro —dijo Nilo—. Y lo que es claro no necesita mil palabras.

Pasaron unos segundos. La luz de la plaza, vista desde la ventana, empezó a suavizarse. Uno a uno, los campanarios vecinos bajaron su brillo. El blanco se volvió dorado. El dorado se volvió normal.

La baliza del bolsillo de Lía dejó de vibrar.

—Funcionó —susurró ella, como si temiera asustar a la calma.

Nilo apoyó la mano en la pared, sintiendo el pulso leve de la torre.

—La ciudad no quería gritar —dijo—. Solo quería que la escucharan.

—¿Y ahora? —preguntó Lía.

Nilo miró el montón de papeles que habían sacado. Los apiló con cuidado.

—Ahora no los soltamos al viento otra vez. Los llevamos al centro de reciclaje. Y… —miró a Lía— quizá convenzamos a tu padre de hacer menos pegatinas.

Lía se puso seria.

—Se lo diré. Y si no me hace caso… le pego una baliza vibrante en la frente.

—Eso es un poquito exagerado —dijo Nilo, riendo—. Pero me gusta el espíritu.

Capítulo 5: La noche vuelve a caber en la ciudad

Salieron del campanario cuando el sol ya se inclinaba. La plaza estaba tranquila. La campana de vidrio brillaba lo justo, como una luciérnaga gigante que no quiere molestar.

Las balizas vibrantes marcaban el camino de regreso: una vibraba suave, luego la siguiente, como si les hicieran cosquillas a los pasos. Nilo las fue recogiendo una por una.

—¿Por qué las quitas? —preguntó Lía—. Podríamos dejarlas. Es bonito.

—Bonito un rato —respondió Nilo—. Pero si todo es señal, nada guía. Además, gastan energía.

Lía asintió, esta vez sin protestar.

—Me gusta cuando haces que las cosas sean… más simples.

—A mí me gusta cuando tú haces que las cosas se muevan —dijo Nilo—. Si no, yo estaría mirando la campana desde abajo y pensando “qué raro”.

Al pasar por el canal, vieron su reflejo en el cristal del puente: dos niños con una bolsa de papeles para reciclar, una bicicleta vieja, y el brillo de una ciudad enorme detrás, como un juguete caro que, por suerte, podía usarse con cuidado.

De camino, un robot limpiador se acercó y pitó:

—OBJETO RECICLABLE DETECTADO. ¿AYUDA?

Lía le mostró la bolsa.

—Vamos al centro de reciclaje. ¿Nos acompañas?

El robot giró feliz, haciendo un “pi-pi” alegre, y los siguió como un perro metálico educado.

Cuando llegaron al centro, una señora con chaleco plateado les abrió la puerta.

—Vaya —dijo—. ¿De dónde sale todo esto?

Nilo señaló el campanario, sin presumir.

—Del lugar donde no debería estar.

La señora los miró con atención, como si midiera algo invisible.

—Han hecho un buen trabajo. La ciudad se mantiene limpia gracias a manos pequeñas que piensan grande.

Nilo se puso rojo.

—Solo… lo vimos.

Lía añadió:

—Y usamos pocas balizas. Bueno, casi pocas.

Al salir, el cielo ya estaba más oscuro. Por primera vez en semanas, se veían algunas estrellas entre los edificios. No muchas, pero suficientes para recordar que arriba había un lugar sin anuncios.

En la Plaza de los Campanarios, las luces bajaron un poquito más, como si la ciudad entendiera el mensaje: no hacía falta estar siempre despierta.

Nilo y Lía se sentaron en un banco tibio, calentado por el sol del día guardado en piedras especiales. El robot limpiador se quedó quieto, como guardián, mirando el cielo.

—¿Crees que mañana se acordarán de no tirar cosas al viento? —preguntó Lía.

Nilo pensó en la campana apagada, en la rueda cansada, en la caja de cartón viajando por el tubo.

—Algunos sí, otros no. Pero cada vez que alguien lo recuerde, será como encender una luz pequeña… que no molesta.

Lía suspiró, contenta.

—Me gusta esa clase de luz.

La brisa pasó y, arriba, las campanas de vidrio sonaron muy despacio. No era un “¡miren!”. Era un “todo está bien”.

Y la Gran Ciudad del Futuro, con sus inventos brillantes y sus campanarios solares, volvió a caber en la noche, en silencio, en calma.

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Campanarios
Torres o estructuras altas con campanas que suenan y dan luz o señal en la ciudad.
Campanas de vidrio
Campanas hechas de vidrio que brillan con la luz y suenan suavemente.
Robots repartidores
Máquinas que se mueven solas para llevar y traer cosas por la ciudad.
Caja de cartón reciclado
Caja hecha de cartón usado que se reutiliza para guardar o llevar objetos.
Baliza vibrante
Pequeño aparato que vibra y da luz para guiar o avisar en el camino.
Luz líquida
Luz que parece moverse y fluir por tubos, como si fuera un líquido brillante.
Rejilla
Rejilla metálica con huecos que permite pasar aire o que se pueda atascar basura.
Válvula
Pieza que se gira para abrir o cerrar el paso de energía o líquido dentro de una máquina.
Tubo neumático de mensajes
Tubo que envía mensajes o paquetes por presión de aire, como un tobogán cerrado.
Reciclaje
Proceso de volver a usar materiales viejos para convertirlos en cosas nuevas.
Zumbido
Ruido continuo y suave, como el que hacen máquinas o insectos cuando funcionan.
Temblor
Movimiento corto y pequeño del suelo o de cosas cuando algo se sacude.

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