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Cuento sobre la primavera 9/10 años Lectura 11 min.

La luz de abril y el jardín del claustro

Leo y Nora descubren la primavera en el estanque y, junto al señor Julián, colaboran en el claustro-jardín, aprendiendo sobre plantas, luz y trabajo en equipo.

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Un niño de 10 años, rostro redondo con pecas y pelo castaño corto y despeinado, con expresión alegre y concentrada, arrodillado plantando una etiqueta de madera en tierra suelta con las manos algo sucias; una niña de 10 años, Nora, pelo castaño sujeto con una pinza verde y sonrisa traviesa, de pie junto a él sosteniendo una pequeña etiqueta y ofreciéndole una regadera colorida; un hombre mayor, señor Julián, unos 60 años, piel bronceada, sombrero de paja y gafas redondas, de postura amable a unos pasos junto a una columna observando y guiando mientras sostiene una caja de etiquetas; lugar: pequeño claustro-jardín con columnas de piedra clara, suelo de grava fina, muretes con hiedra, parterres con menta, lavanda y caléndula y un pequeño estanque circular de agua clara bordeado de piedras lisas; luz: sol primaveral suave y amarillo, sombras largas azuladas y destellos en el agua; situación: momento tranquilo y cooperativo, niños plantando etiquetas y regando suavemente junto al estanque con pequeñas gotas en el aire; estilo gráfico: trazos manga suaves, colores pastel luminosos, texturas de piedra y tierra detalladas y expresiones tiernas y exageradas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El estanque despierta

Leo, un niño de nueve años, caminó despacio hasta el estanque del parque. Le gustaba llegar temprano, cuando la mañana todavía parecía estar estirándose como un gato perezoso. Se sentó en su banco favorito, el de madera algo rugosa, y apoyó las manos en las rodillas.

El agua estaba tranquila, con pequeños círculos que se abrían y se cerraban, como si el estanque respirara. Los peces aparecieron en silencio: uno naranja, otro gris con una mancha negra, y varios pequeñitos que brillaban como monedas.

“Hola”, susurró Leo, como si no quisiera asustar ni a una sola burbuja.

El aire olía a hierba húmeda y a tierra mojada. Leo cerró los ojos un segundo y escuchó: un gorjeo aquí, una rama crujiendo allá, y el suave “plop” de un pez que subía a la superficie.

Entonces miró la luz. Era clara y tibia, y parecía caer en el agua como una manta ligera.

“En invierno era distinto”, se dijo. “La luz era pálida, como si tuviera frío.”

Recordó las mañanas grises, el sol escondido, las manos heladas dentro de los bolsillos. Ahora, en cambio, la luz parecía reírse un poco, como si estuviera contenta de volver.

Una voz lo sacó de sus pensamientos.

“¿También vienes a mirar peces?” preguntó Nora, una compañera de clase que llevaba una chaqueta abierta y el pelo recogido con una pinza verde.

“Sí. Me calma”, respondió Leo.

“¡A mí me hipnotiza!” dijo Nora. “Mira ese, parece que lleva un pijama de rayas.”

Leo soltó una risa bajita. El pez gris, en efecto, tenía líneas que se movían como si fueran tela.

Capítulo 2: La luz del invierno y la del abril

Nora se sentó a su lado, dejando una mochila en el suelo con cuidado, como si guardara un secreto frágil.

“Mi abuela dice que en primavera el sol aprende a quedarse más rato”, comentó.

Leo asintió. “Y que por eso todo se anima.”

Los dos miraron cómo una hoja pequeña flotaba en el agua, empujada por una brisa suave. Leo notó el cosquilleo del viento en la nariz y el calor en la frente.

“¿Te acuerdas de enero?” preguntó Nora. “El estanque parecía dormido. Ni un solo salto.”

“Sí”, dijo Leo. “Yo venía igual. Pero el agua olía… más vacía. Como a frío.”

Nora frunció la nariz, exagerando. “¡Puaj! Frío con olor.”

Leo se rió otra vez. Le gustaba ese humor simple, como una piedra lisa que cabe en la mano.

Un pato pasó nadando, dejando una estela brillante. Los peces se apartaron con calma, sin prisa.

“Hoy la luz se ve amarilla”, dijo Leo, intentando explicar lo que sentía. “En invierno era… azul, o gris. Como una lámpara cansada.”

“Una lámpara que necesita una siesta”, dijo Nora, y bostezó a propósito, tan fuerte que los dos terminaron riéndose.

En ese momento apareció el señor Julián, el cuidador del parque, con un sombrero de paja que parecía recién despertado también.

“Buenos días, exploradores”, saludó. “¿Os apetece ayudar en el claustro-jardín? Vamos a preparar el rincón de primavera.”

Leo parpadeó. “¿El claustro? ¿El de la biblioteca vieja?”

“Ese mismo”, dijo el señor Julián. “Antes era un claustro silencioso. Ahora es un jardín con bancos, macetas y un estanquito pequeño. Necesitamos manos tranquilas y ojos atentos.”

Leo miró a Nora. Ella levantó las cejas como diciendo: “¡Aventura sin correr!”

“Vamos”, dijo Leo, y se puso de pie con una calma feliz.

Capítulo 3: El claustro convertido en jardín

El claustro estaba cerca, detrás de una pared de piedra cubierta de hiedra. Al entrar, a Leo le llegó un olor a flores recién abiertas y a hojas verdes, como si alguien hubiera lavado el aire.

Las columnas formaban un cuadrado alrededor del jardín. En el centro había un camino de grava que crujía bajo los zapatos. Se oía una fuente pequeñita: “tic-tic-tic”, como un reloj de agua.

“Qué bonito”, susurró Leo.

“Parece un lugar para que las plantas estudien”, bromeó Nora. “Aquí aprenden a crecer.”

El señor Julián les dio tareas sencillas. “Leo, tú y Nora podéis colocar los carteles de las macetas: ‘menta', ‘caléndula', ‘lavanda'. Y si veis hojas secas, al cubo.”

Leo tomó un cartel y lo olió sin querer. La madera olía a sol.

“Cooperamos, ¿vale?” dijo Nora, y chocó suavemente su codo con el de Leo.

“Vale”, respondió Leo.

Trabajaron en equipo: Nora sostenía las etiquetas y Leo las clavaba con cuidado en la tierra blanda. A veces cambiaban. Cuando a Leo se le escapó una etiqueta y cayó de lado, Nora la rescató como si fuera un pez saltarín.

“¡La etiqueta se ha escapado del estanque de tierra!” anunció, riéndose.

Leo se agachó y notó la humedad fresca en la yema de los dedos. Se le quedó un poco de barro bajo la uña, y eso le pareció una prueba de que el día era real y bonito.

Un grupo de niños más pequeños llegó con una maestra. Traían regaderas de colores.

“¿Nos ayudáis a regar?” preguntó la maestra.

“Sí”, dijo Leo, y miró a Nora. Ella ya estaba repartiendo regaderas como si fueran tesoros.

Regaron despacio, sin ahogar las plantas. El agua olía a hierro y a piedra, y al caer hacía un sonido suave: “shhh”.

“Así”, explicó Leo a un niño pequeño. “Un poquito alrededor, no encima del tallo, para que no se doble.”

El niño lo imitó muy serio. “Soy un regador profesional”, dijo.

“Yo soy su ayudante”, respondió Nora con voz de presentadora. “¡Equipo de riego, en marcha!”

Todos rieron, y el claustro pareció más cálido, como si las risas también fueran semillas.

Capítulo 4: Pequeños descubrimientos de primavera

Cuando terminaron, el señor Julián los llevó a un rincón donde había un estanque pequeño, redondo, con piedras lisas alrededor. En el agua se movían dos peces diminutos.

Leo se quedó quieto, como al principio en el parque. La tranquilidad volvió a su pecho, suave y redonda.

“Se parecen a los del parque, pero en miniatura”, dijo Nora.

“Sí”, contestó Leo. “Como si la primavera hubiera hecho una maqueta.

Se inclinaron. En una hoja flotaba un insecto verde, brillante. Leo lo observó respirar, tan pequeño que casi daba risa que tuviera tanta vida.

“En invierno no veríamos esto”, dijo Leo.

“En invierno yo solo veía mi aliento”, respondió Nora, y sopló una nube imaginaria. “Ahora huele a… ¿a qué huele para ti?”

Leo pensó. “A pan tostado en una casa que abre las ventanas.”

Nora sonrió. “A mí me huele a ropa tendida.”

Se quedaron un rato escuchando: el agua, los pájaros, una abeja que zumbó como un motorcito amable. Leo notó el sol en las mejillas y la sombra fresca bajo las columnas.

Una niña del grupo pequeño se acercó con una duda. “¿Dónde pongo esta maceta?”

Nora miró a Leo. “¿La ponemos cerca de la lavanda? Así las abejas tienen más sitio.”

Leo asintió. “Y hacemos una fila, para que quede ordenado.”

Los tres, con cuidado, colocaron la maceta. La niña aplaudió bajito, orgullosa.

“Cooperar es como hacer un dibujo entre varios”, dijo Leo sin pensarlo mucho. “Cada uno pone una parte.”

“Y queda más grande”, añadió Nora.

El señor Julián los escuchó y les guiñó un ojo. “Exacto. La primavera también coopera: el sol, el agua, la tierra y el aire. Si falta uno, las plantas se enfadan.”

“¿Las plantas se enfadan?” preguntó Nora, muy seria.

“Se ponen mustias, que es su forma elegante de quejarse”, explicó él.

Nora hizo una cara dramática. “¡Oh, no! ¡Que nadie ofenda a las plantas!”

Leo se rió por lo bajo. La risa le sonó como una campanita dentro.

Capítulo 5: Un calendario en la pared

Antes de irse, el señor Julián les pidió ayuda para una última cosa: en la pared del claustro, junto a la puerta, había un tablón de corcho.

“Vamos a colgar el calendario de primavera”, dijo. “Para que todos sepan lo que haremos: sembrar, regar, observar, cuidar.”

El calendario tenía dibujos sencillos: una nube con gotas para los días de riego, una flor para los días de plantar, una lupa para los días de observar insectos y hojas.

Leo sostuvo una esquina mientras Nora sujetaba la otra. El señor Julián puso las chinchetas con cuidado.

“Listo”, anunció.

Leo leyó en voz alta un poco, moviendo el dedo. “Lunes: revisar el estanque. Miércoles: plantar semillas. Viernes: paseo de observación.”

Nora señaló un cuadro con una estrella. “¿Y esto?”

“Día de cooperación”, dijo el señor Julián. “Cada uno trae una idea para mejorar el jardín, y la hacemos entre todos.”

Leo miró el calendario colgado en la pared. Le gustó ver los días ordenados, como pasos suaves hacia adelante. La primavera no corría: caminaba.

Salieron del claustro. Afuera, el sol seguía brillante. Leo respiró hondo y se imaginó el estanque del parque, los peces, la luz amarilla, las hojas nuevas.

“¿Volvemos mañana?” preguntó Nora.

“Sí”, dijo Leo. “Y podemos traer a más amigos. Así cooperamos más.”

Nora asintió. “Trato hecho. El equipo de riego vuelve.”

Leo caminó a casa con calma, como si llevara un pedacito de jardín en el bolsillo. Y en su cabeza, como en una pared invisible, quedó colgado el calendario de primavera, recordándole que los días pueden ser suaves, luminosos y compartidos.

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Estanque
Un pequeño lugar con agua donde nadan peces y viven plantas acuáticas.
Rugosa
Que tiene una superficie áspera y no es lisa al tacto.
Gorjeo
Sonido alegre y corto que hacen los pájaros cuando cantan.
Hipnotiza
Cuando algo atrae mucho tu atención y te deja muy quieto.
Claustro
Espacio cerrado con columnas alrededor y un jardín dentro.
Hiedra
Planta con hojas verdes que trepa por las paredes y piedras.
Grava
Piedras pequeñas y sueltas que crujen al caminar sobre ellas.
Maqueta
Modelo pequeño que imita cómo sería algo más grande.
Mustias
Estado de las plantas cuando están tristes y no tienen fuerza.
Chinchetas
Pequeñas piezas con punta para sujetar papeles en un corcho.

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