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Cuento sobre la Pascua 9/10 años Lectura 16 min.

La guirnalda de Pascua y la magia de compartir

Inés descubre notas escondidas en su guirnalda de primavera que la llevan, junto a su familia y el vecino Don Julián, a una aventura llena de pistas, chocolate y gestos de bondad para compartir en Pascua.

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Una niña de 10 años, feliz y asombrada, con trenzas castaño claro, camiseta amarilla y falda de flores, sostiene un regalo blanco con lunares y una cucharita plateada en el porche de madera; detrás, su madre (unos 35 años) sonriente con moño y delantal con manchas de cacao lleva una bandeja de vasitos de chocolate caliente; a la izquierda, Don Julián (unos 70) de rostro arrugado pero amable, pelo cano corto y chaqueta de lana marrón, está sentado en un banco con un huevo de chocolate; el porche está decorado con una guirnalda de flores, lazos amarillos, macetas, un bebedero de pájaros y una valla blanca; escena cálida y tranquila de primavera con luz suave de fin de mañana, la familia y el vecino se reúnen para compartir chocolate y tarjetas de Pascua. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Una guirnalda que huele a primavera

A Inés, que tenía diez años y una energía que parecía hecha de confeti, le encantaba preparar la Pascua como si fuera una fiesta de colores. Aquella mañana, el sol entraba por la ventana de la cocina y hacía brillar los tarros de chocolate como si fueran pequeños tesoros.

—Hoy la casa necesita alegría —anunció Inés, poniendo las manos en la cintura.

Su madre se rió mientras batía chocolate caliente.

—¿Y cuál es tu plan, señora Alegría?

—¡Una guirnalda de primavera! Con flores, cintas y… lo que encuentre —dijo Inés, ya corriendo hacia el jardín.

El jardín olía a hierba recién despertada. Había margaritas, flores moradas pequeñitas y unas ramas de sauce que parecían peines para nubes. Inés fue recogiendo con cuidado algunas flores caídas y hojas bonitas, porque su abuela siempre decía: “La primavera no se arranca, se invita”.

En el porche, extendió todo en una mesa: hilo, pinzas de madera, cinta amarilla, papel de colores y unas tijeras que tenían un mango verde fosforito.

—Necesito ayuda, guirnalda —murmuró como si la guirnalda ya existiera y pudiera escucharla.

Empezó a atar cintas y a sujetar flores con pinzas. Canturreaba una canción inventada: “Primavera, primavera, ven y pon tu cara nueva”. Cada vez que terminaba un tramo, lo levantaba y lo movía como una serpiente alegre.

Entonces, al colocar dos flores rosadas una al lado de la otra, notó algo raro: un bultito, como si una de las flores tuviera secreto.

—¿Qué es esto? —susurró.

Entre los pétalos, escondido como un ratón tímido, había un papelito doblado. Inés lo sacó con dedos cuidadosos y lo abrió. Era una nota pequeña, escrita con tinta dorada que brillaba cuando le daba la luz.

Decía: “Sigue el rastro de los colores. La primera pista está donde el chocolate se ríe”.

Inés se quedó muy quieta, con el corazón haciendo saltitos.

—¿Mamá? —llamó—. ¿El chocolate… se ríe?

Su madre asomó la cabeza por la puerta, con una cucharilla en la mano.

—Si lo pruebas, seguro —respondió guiñando un ojo.

Inés apretó el papelito como si fuera un billete para una aventura.

—Creo que la Pascua me ha dejado una pista —dijo, y su sonrisa era tan grande como una luna de caramelo.

Capítulo 2: Donde el chocolate se ríe

Inés entró en la cocina con la guirnalda a medio hacer colgando de su brazo como una bufanda de flores. El chocolate caliente burbujeaba en una olla y hacía un sonido parecido a una risita: “plop, plop”.

—¡Ajá! —dijo Inés, señalando la olla—. Aquí te ríes.

Su madre levantó una ceja.

—¿Estás hablando con el chocolate?

—Solo estoy… investigando —respondió Inés con seriedad de detective.

Miró alrededor: la mesa tenía moldes de huevos de Pascua, una bandeja con conejitos de chocolate y un cuenco lleno de papelitos de colores para envolver. Todo parecía normal… pero la nota decía “sigue el rastro de los colores”.

En la nevera había un imán con forma de zanahoria. Enés lo tocó y, por un segundo, juraría que la zanahoria le hizo cosquillas en el dedo.

—¡Uy! —dijo, y miró a su madre—. ¿Ese imán siempre… cosquillea?

—A veces la cocina se pone juguetona —contestó su madre, como si fuera lo más normal del mundo.

Inés se subió a una silla para mirar encima del armario. Nada. Miró detrás de la caja de harina. Nada. Se agachó para ver debajo de la mesa y se dio un golpe suave en la frente con una pata de la silla.

—La aventura ya me está atacando —gruñó, frotándose la frente.

En ese momento, escuchó un sonido: “tic-tic”. Venía del tarro grande de caramelos de colores, el que parecía un semáforo dulce. Inés lo acercó a la luz y vio que, entre los caramelos, había algo que no era caramelo: un huevito diminuto envuelto en papel verde brillante.

Lo sacó. El papel tenía dibujado un conejo con gafas.

—¡Un huevo secreto! —dijo.

Lo abrió con cuidado. Dentro no había chocolate, sino otro papelito, aún más pequeño, enrollado.

Lo desenrolló y leyó: “La segunda pista te espera donde las flores miran al cielo. Lleva contigo un lazo amarillo”.

Inés miró su guirnalda. Justo allí, la cinta amarilla más larga colgaba como una cola de cometa.

—Perfecto —dijo—. Ya tengo el lazo.

Su madre se inclinó hacia ella y habló en voz baja, como si fueran cómplices.

—Inés, recuerda: si encuentras magia, compártela. La magia solitaria se pone triste.

Inés asintió, con los ojos brillantes.

—Prometido.

Y salió al jardín con la guirnalda en una mano y el lazo amarillo en la otra, como si fueran herramientas importantísimas para salvar el mundo… o al menos para salvar la Pascua.

Capítulo 3: Las flores que miran al cielo

En el jardín, las flores parecían estar de puntillas, mirando al cielo azul. Había un rincón junto a la valla donde crecían tulipanes rojos y una campanilla azul que siempre se movía aunque no hubiera viento.

Inés se acercó despacio.

—Hola, flores —saludó—. ¿Tenéis una pista o solo estáis siendo preciosas?

La campanilla azul se balanceó como si respondiera: “¿Por qué no las dos?”

Inés ató el lazo amarillo a un palo de madera para que quedara como una banderita. Según la nota, debía llevarlo consigo. Pero ¿para qué?

Miró la guirnalda: flores, cintas, pinzas… y el papel inicial que había encontrado entre dos flores. Se le ocurrió algo: quizá la guirnalda no era solo decoración. Quizá era… un mapa.

Colgó la guirnalda entre dos ramas bajas. El sol pasó por los pétalos y se formaron sombras de colores en el suelo, como pequeñas ventanas.

—¡Guau! —susurró—. Es como una alfombra de luz.

Las sombras se movieron y, de pronto, una de ellas señaló el viejo bebedero de pájaros, ese que tenía una piedrita blanca en el borde, como un diente de leche.

Inés se acercó al bebedero. El agua estaba tranquila, y en el fondo había hojas y… algo brillante.

Metió la mano con cuidado. El agua estaba fría, pero no tanto como para asustar. Sacó un objeto: una cucharita plateada con una cinta atada. Y esa cinta era… amarilla.

—¡Pero si yo ya tengo lazo amarillo! —dijo, confundida.

Entonces, la cucharita tintineó sola, como si aplaudiera. En el mango había grabadas dos palabras: “Para compartir”.

Inés sintió un cosquilleo en la barriga, como cuando estás a punto de contar un secreto bonito.

—Para compartir… —repitió.

En el borde del bebedero, junto a la piedrita blanca, descubrió un tercer papelito, pegado con una gota de cera como si fuera un sello.

Lo despegó y leyó: “La tercera pista está donde alguien espera una sonrisa. Lleva un huevo de chocolate y no olvides la cucharita”.

Inés miró hacia la calle. En la casa de al lado vivía Don Julián, un señor mayor que siempre regaba las plantas con una paciencia que parecía música lenta. Desde hacía unos días, Inés lo había visto sentado en su banco mirando el jardín, como si le faltara algo.

—Creo que ya sé dónde espera una sonrisa —dijo Inés.

Volvió corriendo a la cocina, mojando el suelo con unas gotitas de sus dedos. Su madre la miró y solo preguntó:

—¿Aventura?

—Aventura —respondió Inés, y cogió un huevo de chocolate de la bandeja—. Y esta vez, con misión.

Capítulo 4: La sonrisa que abre puertas

Inés caminó hacia la casa de Don Julián con el huevo de chocolate en una mano y la cucharita “Para compartir” en la otra. El lazo amarillo colgaba de su muñeca como un sol pequeño.

Don Julián estaba en el banco, mirando cómo una hormiga cruzaba la tierra como si fuera una carretera muy importante.

—Buenos días, Don Julián —saludó Inés.

Él levantó la vista y su cara se iluminó un poquito, como una bombilla tímida.

—Buenos días, Inés. ¿Qué traes ahí? ¿Un tesoro?

—Uno de chocolate —dijo ella, y le ofreció el huevo—. Es Pascua. Y… creo que hoy toca compartir.

Don Julián tomó el huevo con cuidado, como si sostuviera un pajarito.

—Hace años que nadie me regala un huevo de Pascua —dijo, y su voz sonó suave—. Gracias, pequeña.

Inés sacó la cucharita.

—Y esto también —añadió—. No sé para qué sirve, pero dice “Para compartir”.

Don Julián rió, y su risa sí que parecía chocolate.

—Ah, esa cucharita… —murmuró—. Me recuerda a mi nieta. Cuando era pequeña, siempre decía que el chocolate sabe mejor si se reparte.

Inés sintió algo cálido en el pecho.

—¿Tiene usted nieta?

—Sí, vive lejos. A veces la extraño —confesó Don Julián, mirando sus manos—. Pero hoy… hoy me has traído un poquito de ella.

En ese instante, ocurrió algo extraño y bonito: el lazo amarillo en la muñeca de Inés se estiró solo, como si quisiera tocar el aire. Formó un círculo y, por un segundo, brilló como una luciérnaga de día.

Don Julián parpadeó.

—¿Has visto eso?

—Creo que sí —dijo Inés, con una mezcla de sorpresa y risa—. La Pascua está… un poco mágica.

La cucharita tintineó otra vez. Don Julián la sostuvo y, al tocarla, un papel doblado apareció debajo del huevo de chocolate, como si hubiera estado escondido allí desde siempre.

—¡Mira! —dijo Don Julián, asombrado—. ¡Una nota!

Inés la abrió. Decía: “Última pista: vuelve a tu guirnalda. Allí encontrarás el regalo que une a todos. Prepárate para envolverlo con cariño”.

Inés levantó la vista.

—Don Julián, ¿le gustaría venir a ver mi guirnalda? Está… medio viva, creo.

Don Julián se levantó despacio, pero con una sonrisa de verdad, de esas que se quedan.

—Me encantaría. Y traeré el huevo… si no me lo como por el camino —bromeó.

—Si se lo come, no pasa nada —respondió Inés—. La magia no se enfada con las tripas.

Caminaron juntos hacia el jardín de Inés. Y, mientras iban, Inés notó que el aire parecía más brillante, como si la primavera estuviera aplaudiendo con hojas.

Capítulo 5: Un papel de regalo bien doblado

En el porche, la guirnalda colgaba entre las ramas, y las sombras de colores seguían bailando en el suelo. Cuando Don Julián se acercó, las flores parecieron inclinarse un poquito, como saludando.

—Es preciosa —dijo él—. Parece una fiesta colgada del aire.

Inés se ruborizó, pero solo un poco. No quería perder tiempo: la nota decía que el regalo estaba allí.

Miró cada tramo de la guirnalda. Tocó las pinzas. Ajustó una flor. Y entonces lo vio: entre dos flores amarillas, había un paquetito pequeño envuelto en papel transparente. Dentro se veía una etiqueta que decía: “Para todos”.

—¡Aquí! —exclamó Inés.

Lo sacó y lo abrió. No era un objeto caro ni brillante. Era una cajita de cartón sencilla, y dentro había varias tiras de papel de colores, pegatinas de conejos, y una tarjeta en blanco que decía: “Escribe un mensaje amable. Hazlo viajar”.

Inés miró a Don Julián.

—Creo que es para… enviar cariño.

—Eso suena a la mejor clase de magia —dijo Don Julián, y se sentó en una silla del porche—. ¿A quién se lo enviarías?

Inés pensó en su clase, en su amiga Lidia que se enfadaba rápido, en Marcos que a veces se quedaba solo en el recreo, en su profesora que siempre olía a tiza y paciencia. Pensó también en la nieta de Don Julián, lejos.

—Podemos escribir varios —decidió—. Y repartirlos. Como el chocolate.

Su madre salió al porche con una bandeja de vasitos de chocolate caliente.

—Veo caras de conspiración —dijo.

—Es una conspiración de amabilidad —respondió Inés—. ¿Nos ayuda?

Su madre dejó la bandeja y tomó una tarjeta.

—Con gusto.

Inés escribió una tarjeta para Don Julián: “Gracias por compartir tu risa. Tu banco hoy parece más soleado”. Don Julián, con manos cuidadosas, escribió otra para su nieta: “Hoy una niña me regaló Pascua. Te mando un abrazo doblado”.

Luego Inés hizo tarjetas para su clase: mensajes cortos, sinceros, con dibujitos simples. Su madre escribió una para el cartero. Don Julián escribió otra para la vecina que siempre le prestaba azúcar.

Cuando terminaron, quedaba lo más importante: envolver ese “regalo que une a todos”.

Inés sacó un papel de regalo de la cocina, blanco con puntitos de colores. Lo extendió en la mesa.

—Hay que doblarlo bien —dijo—. Como si el papel también fuera un abrazo.

Colocaron dentro las tarjetas y las tiras de colores. Inés dobló el papel con cuidado: un pliegue, otro pliegue, las esquinas hacia dentro. Don Julián sostuvo los bordes para que no se escaparan.

—Así —dijo él—. Sin prisas. Lo bueno se dobla despacio.

Inés ató el paquete con el lazo amarillo. La cucharita “Para compartir” quedó encima, como un pequeño guardián brillante.

En el momento en que el último nudo se cerró, la guirnalda tembló suavemente y una lluvia de luz, muy fina, cayó sobre el porche. No mojaba: cosquilleaba, como si el aire se riera.

—¿Lo has visto? —susurró Inés.

—Lo he sentido —corrigió Don Julián, llevándose la mano al pecho.

Su madre sonrió.

—Eso pasa cuando alguien hace algo bonito sin esperar nada.

Inés miró el paquete, el papel de regalo plegado con esmero, el lazo amarillo, la cucharita, y a las personas a su lado. El jardín parecía más verde, el cielo más alto, y el chocolate caliente olía a fiesta.

—Mañana lo repartimos —dijo Inés—. Huevos, tarjetas y sonrisas.

Don Julián alzó el huevo de chocolate como si brindara.

—Por la Pascua —dijo—. Y por la amabilidad que no se acaba.

Inés brindó con su vasito de chocolate.

—Y por las guirnaldas que esconden aventuras.

El papel de regalo, bien doblado, descansó en la mesa como un secreto feliz, listo para viajar. Y la primavera, sin decir palabra, siguió colgando colores en el aire.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Guirnalda
Adorno largo hecho con flores, cintas o papel para colgar.
Confeti
Pequeños trozos de papel que se tiran en fiestas para celebrar.
Pascua
Fiesta que celebra la llegada de la primavera y tradiciones con huevos.
Porche
Espacio cubierto junto a la entrada de una casa para sentarse.
Pétalos
Cada una de las partes suaves y de colores que forman una flor.
Tinta dorada
Tinta de color amarillo brillante que parece metal en el papel.
Imán
Objeto que atrae metales y sirve para pegar cosas en la nevera.
Caramelos
Dulces pequeños y pegajosos que se comen como premio.
Huevito
Huevo pequeño; en la historia es un huevo de chocolate diminuto.
Cucharita
Cuchara pequeña que se usa para comer postres o medir chocolate.
Cosquillas
Sensación divertida en la piel que hace que quieras reír.
Bebedero
Lugar donde los pájaros beben agua, a veces un cuenco en el jardín.
Pliegue
Doblado de papel o tela que crea una línea marcada.
Esquinas
Puntas donde se encuentran dos lados de un papel, caja o objeto.
Envolverlo
Cubrir algo con papel u otro material para proteger o regalar.
Ruborizó
Ponerse la cara roja, por vergüenza o timidez.

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