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Cuento sobre la Pascua 9/10 años Lectura 16 min. (1)

La flecha del viento y el móvil de Pascua

Cuatro amigas siguen un móvil de Pascua guiado por una flecha dorada que las conduce a pistas misteriosas y a pintar un huevo gigante, descubriendo en el camino el valor de la esperanza, la amistad y la ayuda comunitaria.

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Cuatro niñas: Clara (9 años, cabello castaño claro medio, jersey verde menta) sostiene en el centro un móvil de Pascua de cartón; Nora (9, pelo castaño en coleta, chaqueta roja) inclina hacia Clara una bolsita de caramelos de limón; Inés (9, pelo negro corto, cárdigan amarillo, gafas) agacha a la derecha abriendo una caja con tijeras y pegatinas; Vega (9, trenzas rubias, abrigo azul claro) cuelga una cinta lila en el móvil desde atrás a la derecha. Lugar: parque de barrio en primavera con árboles en brote, banco de madera con pintura desconchada, pequeña caseta de madera con puerta entreabierta y caja marcada PASCUA, césped con flores amarillas, guirnaldas, fuente redonda al fondo y sendero de tierra y adoquines. Situación: las cuatro acaban de colgar el móvil de Pascua en una rama baja cuya flecha dorada apunta hacia la caseta; escena luminosa y de colores vivos, texturas de papel visibles, ligero desenfoque de rotación del móvil y un pequeño cascabel con ondas sonoras dibujadas; atmósfera alegre y curiosa, composición centrada en las niñas y perspectiva baja a su altura. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El móvil que quería bailar

A Clara le gustaba el silencio de las mañanas de sábado, cuando la casa aún olía a pan tostado y a jabón. Era una niña tranquila, de esas que parecen llevar un bolsillo secreto lleno de calma. Por eso, cuando sus tres amigas llegaron a su cuarto como si fueran un desfile de tambores, Clara solo sonrió.

—¡Pascua, Pascua, Pascua! —canturreó Nora, dejando su mochila en el suelo.

—Traigo pegatinas con conejos— anunció Inés, sacando una hoja brillante.

—Y yo… hilo verde y cascabeles —dijo Vega, muy orgullosa, como si el hilo fuese un tesoro.

Las cuatro tenían casi diez años. Casi. Eso era importante porque “casi” les daba permiso para sentirse mayores… pero todavía les encantaba mancharse de chocolate.

Clara extendió sobre la mesa cartón, tijeras, cuerda y un montón de recortes de papel de colores: amarillos como yemas, rosados como algodones de azúcar, azules como cielos recién lavados.

—Vamos a hacer un móvil de Pascua —explicó—. Uno que se mueva con el viento.

—¿Un móvil normal? —preguntó Nora, guiñando un ojo—. Porque yo quiero uno especial. Que haga “¡tachán!” y nos convierta en conejas.

—No prometo orejas —se rió Clara—, pero sí prometo que será bonito.

Recortaron huevos, flores, lunas pequeñitas y una zanahoria con cara de sorpresa. Vega insistió en poner un cascabel en el centro.

—Para que el viento tenga música —dijo.

Inés colocó pegatinas de conejos por todas partes, incluso en la tijera. Nora pegó un bigote a un huevo de cartón.

—Ahora este huevo parece mi tío cuando se afeita mal —sentenció, y todas soltaron una carcajada.

Clara, con cuidado, ató las figuras a una cruz de ramitas finas. En el centro colgó una flecha de cartón, ligera y alargada, pintada de dorado.

—¿Una flecha? —preguntó Vega.

—Para que parezca que señala algo —respondió Clara, tranquila—. Como si el aire pudiera decirnos: “por aquí”.

Cuando lo terminaron, lo colgaron cerca de la ventana. El móvil giró despacio, como si estuviera despertándose. El cascabel sonó: tin, tin.

Y entonces pasó algo que no estaba en ningún manual de manualidades: la flecha dorada se quedó quieta, muy quieta, apuntando hacia el parque del barrio.

Las cuatro se miraron.

—O el viento es muy educado… o el móvil tiene ideas —susurró Nora.

Clara sintió un cosquilleo en el estómago, pero no de miedo. De esperanza, como cuando enciendes una luz y confías en que habrá algo bonito al otro lado de la oscuridad.

—Vamos a ver qué nos quiere contar —dijo, y su voz sonó suave, pero decidida.

Capítulo 2: Un viento con prisa

Salieron con chaquetas finas porque el sol parecía contento, aunque todavía soplaba un aire fresco que olía a hierba húmeda. Clara llevó el móvil con cuidado, sujetándolo dentro de una caja para que no se doblaran los huevos de cartón. Vega llevaba los cascabeles “por si el viento pedía más música”. Inés guardó sus pegatinas “por si había que decorar una pista”. Nora, como siempre, llevó lo más importante: una bolsita de caramelos de limón.

—Para pensar mejor —explicó, metiéndose uno en la boca.

En el parque, los árboles tenían brotes nuevos, como puntitos verdes que asomaban con timidez. Cerca de los columpios, un grupo de niños pintaba huevos con sus familias. Había risas, pinceles, y manos manchadas de azul.

Clara abrió la caja y levantó el móvil. El viento lo atrapó enseguida, feliz de tener algo que empujar. Las figuras giraron, el cascabel cantó y la flecha dorada se alineó de nuevo.

Esta vez apuntó hacia el seto grande, el que parecía una muralla de hojas.

—¡Aventura en el seto! —anunció Nora, como si presentara una película.

Se acercaron. Inés apartó unas ramas y encontró algo brillante: una cinta de color lila, atada como un lazo.

—Esto no estaba aquí ayer —dijo.

Vega tocó el lazo y el cascabel de su mano sonó al mismo tiempo, como si se saludaran.

Detrás del lazo había una pequeña abertura en el seto, justo lo bastante grande para colarse agachadas. Clara tragó saliva. No era un lugar peligroso, solo… secreto.

—Si esto termina en un charco, yo no me hago responsable de mis calcetines —murmuró Nora.

—Tengo calcetines de repuesto —dijo Inés, muy práctica.

Clara respiró hondo. A veces la esperanza era eso: dar un paso aunque no veas el camino completo.

Se metieron. Las hojas les rozaron el pelo. Al otro lado, descubrieron un rincón escondido del parque que casi nadie visitaba: una parte con arbustos, una vieja caseta de herramientas y un banco de madera con la pintura saltada.

En el banco había un plato cubierto con un pañuelo amarillo.

Nora levantó el pañuelo con cuidado, como si destapara un tesoro.

Debajo había cuatro huevos de chocolate, envueltos en papel brillante. Cada uno tenía un dibujo diferente: una estrella, una pluma, una espiral y… una flecha dorada igual que la del móvil.

—¡Chocolate! —susurró Vega, con reverencia.

Clara notó algo más: junto a los huevos, había una nota doblada, escrita con letra pequeña.

Inés la abrió y leyó en voz alta:

“Si el viento te ha traído hasta aquí, es que sabes escuchar. La Pascua es un camino de colores: sigue la flecha cuando te pierdas. Hay más por descubrir.”

—¿Quién escribe notas tan misteriosas en un parque? —preguntó Nora—. ¿Un conejo con bolígrafo?

El móvil, en manos de Clara, tintineó otra vez. La flecha se movió lentamente y apuntó hacia la caseta de herramientas.

—Pues el conejo… quiere que vayamos por allí —dijo Clara, y le tembló un poco la risa.

Capítulo 3: La caseta y la pintura imposible

La caseta era pequeña, con una puerta de madera vieja y una ventanita sucia. Vega empujó despacio. Para sorpresa de todas, se abrió con un quejido suave, como si estuviera acostumbrada a guardar secretos.

Dentro olía a tierra y a pintura seca. Había escobas, macetas apiladas, una regadera y una caja de cartón con la palabra “PASCUA” escrita en rotulador.

—Esto ya empieza a parecer una invitación —dijo Inés.

Clara dejó el móvil apoyado en una pared. La flecha seguía apuntando hacia la caja. Nora la abrió como si fuera un cofre pirata.

Dentro encontraron botes pequeños de pintura, pinceles nuevos y… un huevo enorme de madera, liso, esperando.

—¿Un huevo gigante? —Vega se acercó—. ¡Podemos pintarlo!

—Pero no tenemos permiso… —empezó a decir Inés.

—Podemos pedirlo después —respondió Nora, muy seria—. Eso se llama “organización”.

Clara, que solía pensar antes de actuar, tocó el huevo. Estaba tibio, como si hubiera estado al sol, aunque no había ventana abierta. Y entonces ocurrió la cosa más rara: en la superficie apareció, como por arte de magia, una frase escrita con letras finitas, como hechas de luz.

“Pinta lo que te da esperanza.”

Las cuatro se quedaron en silencio, no un silencio incómodo, sino uno redondo, como cuando escuchas algo importante.

—A mí me da esperanza que mi abuela se mejore —dijo Vega bajito—. Siempre dice que la primavera ayuda.

—A mí me da esperanza cuando encuentro a alguien sentado solo y se ríe conmigo —dijo Nora, jugando con un pincel.

—A mí me da esperanza aprender cosas nuevas sin que me dé vergüenza equivocarme —dijo Inés, y se encogió de hombros como si fuera una confesión.

Clara pensó un segundo.

—A mí… me da esperanza ver que las cosas pueden cambiar, aunque sean pequeñas —dijo—. Como una semilla.

Pintaron el huevo gigante con cuidado y emoción. Inés dibujó un libro abierto del que salían flores. Nora pintó una cara sonriente con orejas de conejo y un corazón enorme “por si acaso”. Vega pintó una ventana con el sol entrando. Clara pintó una semilla en la tierra y, arriba, un brote verde.

Cuando terminaron, el huevo brilló un poco, apenas. No como una lámpara, sino como cuando el papel brillante del chocolate atrapa la luz y te guiña.

El móvil tintineó de nuevo. La flecha dorada giró despacio y señaló hacia afuera, hacia el sendero que llevaba a la plaza del barrio.

—Parece que el viento nos tiene en una excursión organizada —dijo Nora—. ¿Hay merienda en esta excursión?

—Hay huevos de chocolate —recordó Vega, tocándose el bolsillo.

—¡Entonces sí hay merienda! —celebró Nora.

Clara miró el huevo gigante pintado, tan lleno de colores como una promesa. Sintió que, aunque no entendiera del todo lo que pasaba, algo bueno estaba naciendo, como la primavera.

Capítulo 4: La flecha apunta al lugar correcto

En la plaza había puestos con guirnaldas, cestas con huevos decorados y música suave saliendo de un altavoz. Las familias paseaban, algunos niños buscaban pistas en un juego de “caza de huevos”. El aire olía a churros y a chocolate caliente.

Clara sostenía el móvil en alto. Las figuras se movían felices, como si saludaran al sol. La flecha dorada se alineó y apuntó directo hacia una mesa larga, cerca de la fuente, donde una mujer del centro cultural repartía pinceles y sonreía a todos.

—¡Ahí! —dijo Inés—. Quizá es parte de la actividad.

Se acercaron. La mujer las miró con curiosidad y luego con una sonrisa más grande.

—¿De dónde habéis sacado ese móvil tan bonito? —preguntó.

Clara se puso un poco roja.

—Lo hicimos en casa… y luego… el viento lo alineó y nos trajo aquí.

Nora añadió:

—El viento es nuestro jefe. Un jefe muy soplón.

La mujer rió.

—Hoy estamos haciendo una exposición sorpresa de Pascua. Queremos colgar móviles y decoraciones en los árboles de la plaza para que todo se vea más alegre. Pero nos faltaban ideas… y manos.

Vega levantó el móvil con orgullo.

—Manos tenemos cuatro. Y casi diez años cada una.

Inés, siempre cuidadosa, preguntó:

—¿Y… el huevo gigante pintado en la caseta?

La mujer abrió los ojos.

—¡Así que lo habéis encontrado! —dijo, sin enfadarse—. Esa caseta es del parque, y la usamos para guardar materiales. El huevo era para que alguien lo pintara en grupo. Me encanta que lo hayáis hecho. ¿Le pusisteis algo especial?

Clara recordó la frase de luz. Dudó un segundo, pero decidió decir la verdad, porque la Pascua se sentía como un día para creer.

—Apareció una frase… “Pinta lo que te da esperanza”.

La mujer se quedó quieta un instante y luego asintió, como si esa frase fuera una vieja amiga.

—Entonces ha salido perfecto —dijo—. La esperanza es justo lo que queremos repartir hoy.

Colgaron el móvil en una rama baja de un árbol, donde el viento podía jugar con él. Las figuras giraron, el cascabel sonó, y la flecha dorada apuntó hacia la mesa de actividades, como diciendo: “Aquí, aquí”.

Las cuatro ayudaron a otros niños a recortar huevos de papel, a pegar plumas de colores y a colgar cintas. Nora inventó un “saludo oficial” de Pascua: tocarse la nariz y decir “¡buenos bigotes!”. Extrañamente, funcionó.

Vega repartió cascabeles como si fueran medallas.

Inés ordenó los rotuladores por colores y se sintió feliz de que su manía sirviera para algo.

Clara, mirando la plaza llena de guirnaldas, pensó que la esperanza era contagiosa. No hacía ruido, pero se extendía.

Al final, la mujer les dio una cesta pequeña.

—Para vosotras —dijo—. Por ayudar. Y por escuchar al viento.

Dentro había huevos de chocolate y una servilleta con otra nota:

“Cuando termines la aventura, vuelve a casa. La magia también necesita una mesa limpia.”

Nora levantó la servilleta como si fuera un pergamino real.

—La magia es muy exigente con la limpieza —anunció—. ¡Lo dice el papel!

Clara se rió. El móvil giró una última vez en el árbol, como despidiéndose.

Y la flecha dorada, por primera vez, apuntó hacia el camino de vuelta.

Capítulo 5: La mesa limpia y el último tintineo

Regresaron a casa con la cesta y con las manos manchadas de pegamento y de colores. El sol de la tarde entraba por la ventana, dorado como la flecha del móvil. Clara colgó la chaqueta, dejó los zapatos en su sitio y miró la mesa del cuarto: estaba llena de recortes, hilos y restos de papel, como si una fiesta hubiera explotado en miniatura.

—La nota lo dijo —recordó Inés—. Mesa limpia.

Nora suspiró dramáticamente.

—Adiós, vida de artista desordenada.

Vega se arremangó.

—¡Yo barro los confetis de papel! —y empezó a juntar recortes como si cazara mariposas.

Clara recogió las tijeras y enrolló los hilos. Inés apiló el cartón que sobró. Nora, para sorpresa de todas, lavó los pinceles en el baño sin convertir el lavabo en una piscina de colores.

Trabajaron juntas, hablando a la vez: de los huevos de chocolate, del huevo gigante pintado, del “jefe viento”, del saludo de “buenos bigotes”. Poco a poco, la mesa volvió a ser una mesa: limpia, lisa, lista para la merienda.

Clara puso cuatro platos y repartió los huevos de chocolate. Antes de comer, se quedaron un segundo mirando el móvil de Pascua, ahora colgado en la ventana, moviéndose con una brisa suave. La flecha no señalaba ningún misterio. Solo bailaba.

—¿Crees que la magia ya terminó? —preguntó Vega.

Clara miró a sus amigas: sus risas, sus manos inquietas, su alegría brillante.

—Creo que la magia… se queda donde la cuidamos —dijo—. Como cuando limpiamos la mesa para que haya sitio para lo bueno.

Nora mordió su huevo de chocolate y habló con la boca casi llena, porque la esperanza también sabe a cacao.

—Entonces cuidémosla mucho. Y mañana… ¿hacemos otro móvil? Uno que apunte a una pastelería.

Inés soltó una risa.

—Con que apunte a un lugar bonito, me vale.

El cascabel del móvil sonó: tin, tin, como si estuviera de acuerdo.

Y así, con la mesa limpia, el chocolate repartido y la tarde llena de luz, las cuatro amigas sintieron que la Pascua no era solo una búsqueda de huevos: era una manera de mirar el mundo, esperando siempre encontrar algo alegre detrás de la próxima brisa.

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Bolsillo secreto
Un espacio oculto en la ropa donde guardas cosas pequeñas y privadas.
Cascabeles
Pequeños objetos metálicos que suenan cuando se mueven.
Cartón
Material resistente hecho de capas de papel, usado para cajas y manualidades.
Ramitas
Ramas muy pequeñas de los árboles o arbustos.
Flecha dorada
Una flecha pintada de color oro que señala una dirección.
Seto
Zona de arbustos plantados en fila que suele hacer una pared verde.
Caseta
Una construcción pequeña, como una casita para guardar herramientas.
Regadera
Recipiente con pico para echar agua a las plantas.
Rotulador
Bolígrafo de tinta gruesa que sirve para colorear o escribir grande.
Superficie
La parte exterior o superior de algo, donde puedes tocar o pintar.
Brote
La parte nueva y pequeña que sale de una planta cuando empieza a crecer.
Guirnaldas
Decoraciones largas hechas de papel o flores para colgar.
Servilleta
Pedazo de tela o papel para limpiarse las manos o la boca.
Confetis
Pequeños trozos de papel de colores que se lanzan en fiestas.

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