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Ciencia-ficción 11/12 años Lectura 18 min.

La grieta de luz y los hornos de cristal de Brisalia

Lucía y Nadia deben desplegar la vela solar para proteger su hameau flotante cuando aparece una misteriosa grieta que conecta con una cocina cósmica, obligándolas a aprender a usar la paciencia y la cooperación frente a lo desconocido.

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Hay dos personajes principales: una niña de unos 12 años, cabello castaño en trenzas despeinadas, ojos vivos, mono ligero grisazulado con manchas de grasa y pequeñas runas en la muñeca; está en el centro, sentada en la pequeña barca espacial con las manos en el timón, mirando concentrada hacia adelante. La segunda niña, también de unos 12 años, pelo negro corto, mono de trabajo ocre algo grande, con una bolsa de herramientas y un carrete de cuerda luminosa enroscado a sus pies; está atrás en la barca sosteniendo el carrete brillante y mirando a la piloto con una sonrisa nerviosa. Lugar: un mirador abierto al vacío, plataforma metálica transparente flotando sobre un globo planeta azulverdoso; a lo lejos se ve Brisalia como un pequeño pueblo de cúpulas y anillos luminosos con jardines de algas y hornos de cristal que emiten luces rojas y azules. Situación: la barca tiene su gran vela solar dorada parcialmente desplegada, tensada por la luz; delante se abre una fisura geométrica verdosa en el espacio como una puerta, bordeada de motivos cristalinos luminosos; la cuerda brillante conecta la barca al mirador cuyos hilos emiten runas luminosas. Atmósfera: tensión suave, vientos de luz, reflejos dorados en el metal, salpicaduras que sugieren chispas y polvo cósmico. Estilo: acuarela suave, colores ricos pero translúcidos, trazos finos para rostros expresivos y salpicaduras controladas para la magia técnica. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El hameau que flotaba sobre la noche

El hameau orbital de Brisalia no tenía calles: tenía pasillos transparentes. Bajo sus suelas, el espacio se estiraba como un océano negro con chispas, y las nubes del planeta giraban muy abajo, lentas, como si también ellas aprendieran paciencia.

Lucía apoyó la frente contra el vidrio del corredor y vio su propio reflejo: trenzas deshechas, ojos despiertos y una sonrisa que aparecía cuando pensaba en travesías imposibles.

—Hoy sí —dijo, como si el universo la estuviera escuchando—. Hoy despliego la vela solar.

A su lado, Nadia, con un mono de trabajo demasiado grande y un destornillador detrás de la oreja, bufó.

—Hoy también es el día en que tú te acuerdas de comer antes de “salvar el cosmos”, ¿no?

Lucía se echó a reír. Era una risa breve, como un chasquido de luz.

—Vale, capitana de la barriga. A la cocina.

La cocina de Brisalia era famosa por una razón: los hornos no ardían con leña ni resistencias, sino con cristales. Cristales rojos y azules, tallados con símbolos antiguos, encajados en un círculo metálico que zumbaba como un insecto gigante. Cuando el cocinero activaba el panel, los cristales brillaban y el calor aparecía de golpe, limpio, sin humo, como magia domesticada.

—¡Niñas! —saludó el cocinero Arbel, con su gorro flotando un poco por la gravedad ligera—. Hoy hay pan de cometa y sopa de alga dulce.

Nadia aspiró.

—Huele a victoria.

Lucía miró los cristales del horno. Había oído que algunos venían de minas que nadie se atrevía a explorar, donde la roca cantaba. En Brisalia, la tecnología los medía, los pulía, los conectaba. La magia… se quedaba como un rumor, vibrando por dentro.

Arbel bajó la voz.

—Por cierto, Lucía. Vinieron a buscarte del Mirador de Viento.

Lucía dejó la cuchara a medias.

—¿Del Mirador? ¿Ahora?

Nadia arqueó una ceja.

—O sea que el universo sí te escucha.

Capítulo 2: El despliegue de la vela solar

El Mirador de Viento era una plataforma abierta al vacío, protegida solo por un campo transparente que hacía cosquillas en la piel, como una brisa eléctrica. Allí descansaba la barca espacial de Lucía: pequeña, ágil, con un mástil plegable y una vela solar enrollada como un ala dormida.

El Maestro Varo, encargado de las rutas y de los protocolos, los esperaba con una tableta en una mano y un amuleto en la otra. Nadie sabía por qué llevaba ese amuleto; decía que era “para que las matemáticas no se pongan nerviosas”.

—Lucía —dijo, serio—. La malla de reflectores del hameau está perdiendo sincronía. Hay una sombra de polvo estelar acercándose. Si la vela solar no se despliega y redirige la presión de luz, Brisalia tendrá un buen golpe… y no hablo de un abrazo.

Nadia chistó.

—Genial. Una nube con ganas de empujar.

Lucía tragó saliva, y por un segundo sintió el peso de todo el hameau: las cúpulas, los jardines de algas, los hornos de cristales, la gente que hablaba, reía y discutía como si la gravedad fuera solo una sugerencia.

—Puedo hacerlo —dijo—. Pero necesito a Nadia.

Varo parpadeó.

—Esto es un trabajo de piloto.

—Y de alguien que no confunda el cable de freno con el del calefactor —replicó Nadia, mirando a Lucía con cariño—. Sí, voy.

Varo suspiró como quien se rinde ante un destino escrito con rotulador.

Minutos después, las dos niñas estaban dentro de la barca. Los controles brillaban, mezclando pantallas y runas grabadas en el metal. En Brisalia nadie lo decía en voz alta, pero las runas ayudaban a que los sistemas no “olvidaran” su forma.

Lucía abrió el canal.

—Brisalia, aquí Lucía. Iniciando despliegue.

—Procura no peinar al satélite —respondió una voz desde control.

Nadia soltó una carcajada.

—Si lo peinamos, que sea con estilo.

Lucía apretó los dedos en el mando. No bastaba con tirar de una palanca. Había que esperar el momento exacto en que la luz del sol, filtrada por los anillos del planeta, golpeara en el ángulo perfecto. Paciencia, pensó. Como cuando Arbel decía que el pan no se puede apurar con gritos.

—Ahora —susurró.

El mástil se extendió con un “clac” firme. La vela solar se abrió: una lámina finísima, dorada, enorme para una barca tan pequeña. La luz la tocó, y la barca tembló como si hubiera inhalado.

—Estamos navegando la luz —dijo Nadia, sin poder evitar el asombro.

Lucía sonrió, pero su pantalla parpadeó. Algo no encajaba: la sincronía no caía solo por el polvo. Era como si una mano invisible tirara del hameau hacia otro lugar.

—¿Ves eso? —preguntó, señalando un remolino oscuro entre reflejos.

Nadia se inclinó.

—Eso no es polvo. Eso es… una grieta.

Y la grieta, como un ojo que despierta, comenzó a abrirse.

Capítulo 3: La grieta de las dos ciencias

La grieta no era un agujero común. Tenía bordes geométricos, como si alguien hubiera cortado el espacio con una regla de cristal. Por dentro, en vez de negro, había un brillo verdoso, y se escuchaba un murmullo parecido al sonido de los hornos cuando los cristales entran en calor.

Control gritó por el canal.

—¡Regresen! ¡Eso no está en los mapas!

Lucía no respondió. Miró la vela solar, tensada, perfecta. Si daba la vuelta sin redirigir el empuje, la nube empujaría a Brisalia. Pero si se acercaba a la grieta…

Nadia le tocó el hombro.

—Eh. Respira. Piensa lento, aunque todo vaya rápido.

Lucía cerró los ojos un instante. Paciencia. No era quedarse quieta; era escoger el paso correcto.

—Si esto tira de la malla, tenemos que saber qué es —dijo—. Pero no vamos a lanzarnos como piedras. Vamos juntas, y con línea de retorno.

Nadia ya había sacado un carrete de hilo de anclaje, del que salía una cuerda brillante.

—Solidaridad de manual —bromeó—. Tú pilotas, yo ato el mundo a nuestra espalda.

Anclaron la cuerda al Mirador mediante un dron de sujeción. Luego avanzaron, despacio, usando la vela para deslizarse en una curva suave, como una hoja que evita caer en una corriente.

Cuanto más cerca estaban, más cambiaban los instrumentos: los números se volvían símbolos, y los símbolos… parecían mirarlas.

—No me gusta que las ecuaciones tengan ojos —murmuró Nadia.

Lucía tragó saliva.

—A mí tampoco. Pero… escucha.

En el murmullo había palabras, como si el espacio intentara hablar un idioma antiguo.

“Horno… canto… cristal…” —leyó Nadia, sorprendida—. Eso es del dialecto de los talladores.

La grieta pulsó, y una ráfaga de luz verde rozó la vela solar. En el metal apareció una marca nueva: una runa en espiral que no estaba antes.

—Eso no lo hiciste tú, ¿verdad? —preguntó Nadia.

—Si yo hiciera runas, haría una que ordene que no haya deberes —dijo Lucía, intentando sonar tranquila.

La cuerda se tensó, como si algo al otro lado tirara.

—Nos está invitando —susurró Nadia.

—O nos está pescando.

Lucía apretó el mando, y con una paciencia casi dolorosa soltó un poco de vela, dejando que la barca se acercara lo justo para ver dentro.

Del otro lado había… una cocina enorme. Pero no una cocina cualquiera. Era una sala del tamaño de una catedral, con hornos de cristal gigantes que flotaban como planetas pequeños. Entre ellos caminaban figuras con capas, y en el aire danzaban chispas de código, como luciérnagas cuadradas.

Nadia abrió la boca.

—Vale. Esto supera cualquier excursión escolar.

Entonces una de las figuras levantó la mano, y la grieta se cerró de golpe.

La cuerda quedó tirante como una cuerda de guitarra. La barca dio un tirón, y el espacio alrededor se curvó.

—¡Lucía! —gritó Nadia—. ¡Si se corta…!

—No se corta —respondió Lucía, tensa—. Aguanta. Juntas.

Pero el tirón fue tan fuerte que la barca giró, y la vela solar se plegó a medias, como un ala golpeada. La presión de luz cambió, y Brisalia, allá lejos, se desplazó unos metros… justo hacia la sombra de polvo.

Lucía sintió un frío en la boca del estómago.

—La malla… —dijo—. La estamos perdiendo.

Capítulo 4: La cocina que encendía estrellas

La cuerda no se cortó. En lugar de eso, empezó a arder con un brillo suave, y las runas de su superficie se encendieron una tras otra, como si alguien las estuviera leyendo con los dedos.

—Esto no es nuestro hilo —murmuró Nadia—. Se está… transformando.

En el panel, un mensaje apareció solo, en letras que mezclaban español con símbolos:

“NO TIRÉIS. APRENDED A TENSAR.

Lucía se quedó quieta. Por primera vez desde que todo empezó, alguien—algo—les estaba respondiendo.

—¿Quién eres? —preguntó al aire, sintiéndose un poco ridícula.

La respuesta llegó como un calor que subía por los brazos.

“LOS HORNOS SOSTIENEN ESTE LADO. VUESTROS REFLECTORES SOSTIENEN EL VUESTRO. LA GRIETA NACIÓ POR IMPACIENCIA.”

Nadia hizo un gesto como si quisiera darle un empujón a la palabra “impaciencia”.

—Eso suena a regaño cósmico.

Lucía pensó en Brisalia: en las prisas, en arreglar cosas “para ayer”, en forzar los cristales del horno para que calentaran más rápido cuando había mucha gente.

—¿La grieta se abrió porque alguien apuró los hornos? —preguntó.

La cuerda brilló otra vez.

“ALGUIEN EXIGIÓ MÁS CALOR DEL QUE LOS CRISTALES PODÍAN DAR. LOS CRISTALES CANTARON. EL ESPACIO ESCUCHÓ.”

Nadia soltó un silbido.

—Genial. Nuestro hameau hizo una canción y el universo se la tomó en serio.

La barca tembló: la sombra de polvo estelar ya estaba cerca. Se veía como una neblina con brillo metálico.

Lucía volvió al trabajo: desplegó la vela solar con cuidado, no de golpe. Milímetro a milímetro. La luz la tensó como una promesa.

—Necesitamos redirigir el empuje y, a la vez, cerrar la grieta —dijo—. Una sola no puede con todo.

Nadia la miró, con esa expresión que decía “ya lo sé, pero dímelo igual”.

—¿Plan?

Lucía señaló la cuerda brillante.

—Si la cuerda se convirtió en un puente… quizá podamos usarla como guía para sincronizar la malla. Pero necesito que tú mantengas el carrete estable y comuniques a control cómo ajustar los reflectores.

Nadia tragó saliva.

—O sea, que yo hago de traductora entre un regaño cósmico y un grupo de adultos nerviosos.

—Exacto.

Nadia abrió el canal.

—Control, escuchad. La cuerda está emitiendo patrones. Copiadlos en la malla de reflectores. Sí, ya sé que suena raro. No, no es una broma. O quizá sí, pero funciona.

En control se oyeron discusiones, teclas, voces superpuestas. Luego, la voz del Maestro Varo:

—Nadia, repite despacio. Esto requiere… paciencia.

Nadia sonrió, sorprendida de oír esa palabra donde casi nunca aparecía.

—Con gusto, Maestro. Despacio. Juntos.

Lucía, mientras tanto, alineó la vela solar con la neblina de polvo. En la pantalla, la presión de luz se dibujó como flechas doradas. Si lograba un ángulo preciso, podría empujar la nube hacia un lado sin golpear Brisalia.

El problema era que la grieta seguía tirando, como un niño caprichoso agarrado a la manga.

—No vamos a romper nada —susurró Lucía—. Vamos a enseñarle a esperar.

Tensó la vela, respiró, y ajustó el rumbo en pequeñas correcciones. Cada corrección parecía insignificante, pero juntas formaban una curva elegante.

La nube empezó a desviarse, lentamente.

Nadia, con las manos firmes en el carrete, canturreó sin querer una melodía sencilla, como la que Arbel tarareaba al amasar.

—¿Qué haces? —preguntó Lucía, sin apartar la vista.

—Si los cristales cantaron… igual cantar ayuda —dijo Nadia—. Además, me calma. Y no quiero que me tiemble el pulso como gelatina espacial.

La cuerda respondió con un brillo más suave, como si aprobara.

Capítulo 5: La paciencia que cierra puertas

Los reflectores del hameau comenzaron a parpadear en sincronía. Desde la distancia, Brisalia parecía un collar de luz ajustándose al cuello del vacío. La grieta, en cambio, empezó a encoger, como una pupila que se vuelve pequeña ante el sol.

“BIEN”, apareció en el panel.

Lucía sintió que se le aflojaban los hombros, pero no se permitió celebrar todavía. La nube aún rozaba la zona de riesgo.

—Nadia, ¿cuánto falta para que la malla esté completa? —preguntó.

—Control dice que… —Nadia escuchó el auricular— …que van al 70%. Y que alguien está discutiendo con Arbel porque “no se puede apagar el horno en mitad del pan”.

Lucía soltó una risa corta.

—Arbel es más peligroso que la nube.

La cuerda tembló. Una última sacudida, como el tirón final de la grieta.

Nadia apretó los dientes.

—No tires, no tires… —murmuró, más para sí misma que para el universo.

Lucía lo entendió: si respondían al tirón con fuerza, alimentarían la grieta. Era como discutir a gritos con alguien que ya está furioso: el ruido solo crece.

—Aflojamos —dijo Lucía—. Un poco.

—¿Aflojar? —Nadia la miró—. ¿En el peor momento?

—En el momento más importante.

Lucía soltó un poco de tensión de la vela solar, lo justo para que la barca no luchara contra la cuerda. Nadia dejó correr un centímetro del hilo por el carrete. Fue tan poco que parecía inútil, pero el tirón se convirtió en un empuje suave.

La grieta se encogió aún más.

“ESPERAR NO ES RENDIRSE”, apareció.

Nadia alzó la mano, como si quisiera chocar esos cinco con el mensaje.

—Me lo tatuaría, pero mi madre no me deja ni pintarme las uñas.

Control gritó:

—¡Malla al 95%! ¡Lucía, la nube se está desviando!

Lucía vio cómo la neblina metálica se deslizaba hacia un corredor seguro, apartándose de Brisalia como una ola que decide romper lejos de la orilla.

—Vamos… —susurró.

En la cocina del hameau, alguien debió bajar la potencia de los cristales. Tal vez Arbel lo hizo refunfuñando, pero lo hizo. Porque la solidaridad a veces se ve así: en una mano que cede aunque no quiera.

La cuerda dejó de brillar con tanta intensidad. La grieta, ya casi cerrada, mostró un último destello: la enorme cocina del otro lado, los hornos flotantes, las figuras con capas. Una de ellas se llevó la mano al pecho, y Lucía tuvo la sensación de que estaba agradeciendo.

Luego, la grieta se cerró como un libro.

El silencio que quedó era tan grande que incluso Nadia dejó de cantar.

—¿Seguimos vivas? —preguntó Nadia, mirando sus manos.

Lucía exhaló por fin.

—Sí. Y Brisalia también.

Capítulo 6: Pan de cometa y promesas de luz

De vuelta en el hameau, el Mirador de Viento estaba lleno de gente. No aplaudían como en las películas; en Brisalia la gente aplaudía con cuidado, porque con poca gravedad los aplausos te pueden mandar flotando hacia atrás. Pero las miradas lo decían todo.

El Maestro Varo se acercó con su amuleto y su tableta, y por primera vez pareció menos maestro y más persona.

—Habéis hecho lo correcto —dijo—. Y lo habéis hecho juntas.

Nadia levantó el carrete. La cuerda había vuelto a ser normal, salvo por una pequeña runa en espiral que quedó grabada cerca del gancho.

—¿Ves? —dijo Nadia—. Un souvenir del universo.

Lucía tocó la runa. Estaba tibia.

—No lo olvidaremos —susurró.

En la cocina, Arbel los esperaba con cara de tormenta y un pan humeante.

—Casi me arruináis la hornada —gruñó—. Pero… —les cortó una rebanada a cada una— …si no fuera por vosotras, no habría horno ni hameau. Así que comed. Y masticad despacio. La paciencia también se practica con los dientes.

Nadia dio un mordisco enorme, se llenó la boca, y habló igual.

—¡Mmpf! ¡Delicioso! Practico paciencia… a partir del segundo trozo.

Lucía rió, y en esa risa se le fue el miedo que había guardado como una piedra en el bolsillo.

Más tarde, en el corredor transparente, las dos miraron el planeta abajo. Brisalia flotaba estable, sus reflectores respirando en calma.

—¿Crees que volverá a abrirse? —preguntó Nadia.

Lucía pensó en la grieta, en la cocina del otro lado, en el mensaje: “NO TIRÉIS. APRENDED A TENSAR.”

—Quizá —dijo—. Pero si vuelve, no estaremos solas. Ni nosotras ni los demás. Porque ya sabemos algo: la luz empuja, sí… pero también enseña. Y cuando esperas con otros, el universo deja de parecer tan enorme.

Nadia se apoyó en el vidrio.

—Entonces, mañana, ¿otra aventura?

Lucía miró su barca, la vela solar plegada, esperando como un ala paciente.

—Mañana —respondió—. Despacio. Y juntas.

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