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Ciencia-ficción 11/12 años Lectura 26 min.

El cruce cuántico: señales, runas y la firma de la amistad

Tres amigos descubren un cruce cuántico donde las decisiones cobran vida y, para evitar que mundos se mezclen, deben aprender a escuchar, cooperar y armonizar señales, runas e intenciones.

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Hay tres niños de 11 años: uno moreno de pelo corto, arrodillado en primer plano con ropa práctica (chaqueta kaki y vaqueros), concentrado, sosteniendo en la palma izquierda una piedra brillante que proyecta una runa luminosa; uno rubio de cabello despeinado, de pie a la izquierda con camiseta colorida y mochila, sonriente y marcando el ritmo con los dedos; y uno de pelo negro rizado, algo más bajo, con pantalón cargo y una gruesa cuerda al hombro, a la derecha sosteniendo un gran imán metálico junto al borde de un cubo flotante. Escena en una cámara subterránea esférica: suelo espejo que refleja redes de rutas luminosas, paredes de piedra con cables de cobre y runas grabadas, luz azul‑violeta con toques dorados y pequeñas plantas luminiscentes, ambiente science‑fantasy. Los niños sincronizan sus gestos ante un núcleo cúbico transparente agrietado que flota en el centro y chispea en píxeles; sus brazaletes vibran y un hilo de luz une sus manos, tensión heroica pero serena; composición centrada con contrastes cálidos en las manos y la runa frente a tonos fríos del entorno. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El cruce donde las decisiones brillan

El día que Damián cumplió once años, el cielo de su barrio se partió como una pantalla con grietas de luz. No se oyó un trueno. Fue un zumbido finísimo, como el de un cable cuando lo tocas sin querer. La farola de la esquina parpadeó tres veces, y en el asfalto apareció un dibujo que no había estado allí: un círculo de líneas entrelazadas, mitad circuito, mitad runa.

—¿Lo ves? —susurró Damián, sin atreverse a pisarlo.

A su lado, Nico, que era un poco más alto y siempre iba con el flequillo rebelde, se agachó. Sacó del bolsillo una lupa de juguete que insistía en llamar “equipo científico”.

—Veo… que alguien ha tatuado la calle —dijo—. O la calle se ha tatuado sola. Eso sería peor.

El tercero, Iker, que tenía once también y una risa contagiosa, llegó corriendo con una mochila repleta de cosas inútiles y necesarias a la vez: cuerda, galletas, un imán enorme y un cuaderno con pegatinas.

—¿Qué pasa? ¿Es una pista? ¿Es un portal? ¿Es una oferta de pizza? —preguntó, sin respirar.

Damián no respondió enseguida. Él era paciente. Cuando algo raro sucedía, no lo atacaba con prisa: lo miraba, lo escuchaba, lo dejaba explicarse. Había aprendido a esperar a que los patrones se ordenaran, como cuando sintonizaba una radio vieja de su abuelo y, entre la estática, aparecía una canción.

Se arrodilló y acercó la oreja al círculo. El zumbido subió de volumen, pero no molestaba: parecía un idioma.

—Son señales —murmuró—. Y también… runas.

Nico soltó una carcajada corta.

—Señales y runas. Suena a clase de mates con dragones.

Damián extendió los dedos sobre el dibujo sin tocarlo del todo. Notó un calor suave, como si la calle respirara. En su mente apareció una sensación extraña: dos caminos a la vez, como si el mundo estuviera a punto de elegir.

En el centro del círculo, una chispa azul dibujó una palabra que no estaba hecha de letras: era un conjunto de líneas que se acomodaban para ser entendidas. Y, aun así, Damián lo entendió.

CRUCE CUÁNTICO.

—¿Cruce de qué? —Iker abrió mucho los ojos—. ¿De bicicletas invisibles?

La chispa creció, y el aire se curvó. Detrás del círculo, el callejón que llevaba al parque se estiró como un chicle, y de pronto ya no era un callejón: era un pasillo inmenso de metal oscuro y piedra antigua. Columnas con números grabados se mezclaban con relieves de animales imposibles. A lo lejos, flotaban faroles que no usaban fuego, sino pequeñas esferas de luz que parecían obedecer a una programación secreta.

Nico tragó saliva.

—Vale. Esto no es una oferta de pizza.

Damián respiró hondo.

—Si entramos… —empezó.

—…no sabemos si se puede salir —terminó Nico, por primera vez sin bromear.

Iker levantó la mano como en clase.

—Propongo votar. Pero, eh, que conste: yo voto sí. Dos veces.

Damián miró el cruce. Sentía que no le empujaba, solo le invitaba. Como un libro abierto en una mesa.

—Vamos juntos —dijo—. Y despacio.

Dieron un paso. Y el barrio quedó atrás con un “clic” suave, como cuando encajas una pieza de un puzzle.

Capítulo 2: El Guardián de las Dos Lenguas

El pasillo desembocó en una plaza gigantesca bajo un techo que parecía cielo: una bóveda negra salpicada de constelaciones que se movían, como si alguien las reordenara con un dedo. En el suelo, miles de líneas cruzaban en todas direcciones. Algunas eran de cobre y brillaban con pulsos rojos. Otras eran surcos tallados con runas blancas.

En medio, una estructura en forma de estrella giraba lentamente. Cada punta señalaba una salida distinta: túneles, escaleras, puertas que no llevaban a paredes, sino a niebla, a agua suspendida o a un bosque al revés.

—Bienvenidos al Carrefour Cuántico —dijo una voz, pronunciando “carrefour” con un acento raro, como si le hiciera gracia.

De entre dos columnas surgió una figura alta con capa de placas metálicas y bordados dorados. Su cara era una máscara mitad cristal, mitad madera. En un hombro llevaba posado un pájaro mecánico, y en el otro, una luciérnaga enorme que parecía hecha de magia líquida.

—Soy Lúcido, Guardián de las Dos Lenguas: la de las señales y la de las runas —continuó.

Iker dio un paso adelante.

—Hola, soy Iker, Guardián de las Galletas. —Y sacó una del bolsillo para ofrecerla.

El pájaro mecánico inclinó la cabeza, hizo un “pip” y aceptó la galleta con el pico como si fuera un robot educado.

Nico se cruzó de brazos.

—¿Esto es un sueño? Porque si lo es, quiero pedir un dragón con wifi.

Lúcido rió. Su risa sonó como campanillas y como un modem antiguo a la vez.

—No es sueño, pero sí es elección. Este lugar existe donde las rutas se multiplican. Aquí, cada decisión se firma. Si firmas sin entender, el cruce te elige a ti.

Damián se adelantó con cuidado.

—Yo… siento los pulsos. Como una radio. Puedo… armonizarlos.

La luciérnaga del hombro de Lúcido se encendió un poco más.

—Entonces eres uno de los Armonizadores. Los que escuchan sin romper. Los que ajustan sin forzar —dijo—. Necesitamos uno.

Nico levantó una ceja.

—¿“Necesitamos”? ¿Para qué? ¿Para arreglar el tráfico interdimensional?

—Para evitar el Desbalance —respondió Lúcido, y la palabra cayó como una piedra en agua quieta—. Un virus de señales y un hechizo torcido se han mezclado. Está desincronizando las salidas. Si el cruce pierde equilibrio, los mundos se mezclan al azar. Un océano podría caer sobre una ciudad. Un desierto podría entrar en una biblioteca. Un dragón con wifi… podría acabar en el baño de tu casa.

Iker se llevó las manos a la cabeza.

—¡Mi pobre baño!

Lúcido alzó una mano, y en el aire apareció un mapa hecho de luz. Era una red de caminos que se cruzaban. En varios puntos, parpadeaban manchas oscuras.

—Estas son las Fisuras. Para sellarlas, hay que alinear tres cosas: el pulso correcto, la runa correcta y la intención correcta. Y eso se hace mejor en equipo.

Damián miró a Nico e Iker. El lugar imponía, sí, pero también vibraba con una promesa.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó.

—Elegir sin prisa —dijo Lúcido—. Y firmar juntos.

Capítulo 3: La primera fisura y el ritmo que falta

La estrella del centro giró y se detuvo señalando un túnel lleno de vapor azul. Lúcido les dio tres brazaletes: parecían pulseras normales, pero al mover la muñeca se dibujaban símbolos.

—Estos registran la firma de su decisión —explicó—. Si uno se separa, el cruce lo notará. Y el cruce… tiene sentido del humor.

—Genial —dijo Nico—. Un lugar con sentido del humor. Eso nunca acaba mal.

Avanzaron por el túnel. El vapor olía a lluvia y a batería nueva. Al final, llegaron a una sala circular con un lago en el centro. El agua flotaba en forma de esfera, girando lentamente. A su alrededor, cables gruesos se enroscaban como serpientes, conectados a piedras con runas talladas.

En el techo, una fisura: una grieta negra que absorbía la luz como si fuera hambre.

—Esa es —susurró Damián.

Cuando dio un paso, el suelo vibró. Un sonido de interferencia llenó la sala. Las runas se encendieron sin orden, como si alguien hubiera tocado todas las teclas a la vez.

Iker se tapó los oídos.

—¡Esto suena como cuando mi primo intenta tocar la guitarra!

Nico señaló los cables.

—Mira: los pulsos van a lo loco. Si esto fuera música, estaría tocando a patadas.

Damián cerró los ojos. Inspiró despacio. En su mente, el ruido comenzó a separarse en capas: un “tic” repetido, un “hum” grave, chispazos agudos. Buscó el patrón escondido, como quien busca una constelación en un cielo nublado.

—Hay un ritmo base —dijo—. Pero está roto. Falta un compás.

—¿Y cómo se pone un compás? —preguntó Iker—. ¿Con una regla?

Damián abrió los ojos y vio las piedras rúnicas.

—Las runas son instrucciones —murmuró—. Como código… pero con poesía.

Se acercó a una piedra. La runa parecía un río con tres bifurcaciones.

Nico se agachó junto a él.

—Yo sé de código… un poco. Mi madre me enseñó a hacer un juego con bloques. —Tosió, como si eso le diera vergüenza—. ¿Qué necesitas?

Damián sonrió.

—Que mires los cables. Dime cuál late más lento.

Nico se levantó y fue siguiendo los cables con la vista y la mano, contando pulsos con los dedos como si fueran latidos. Iker, mientras, sacó su imán enorme.

—¿Sirve para algo? —preguntó.

—No lo sé —dijo Nico—. Pero aquí todo sirve hasta que no sirve.

Iker se acercó a una piedra con runas. Al pasar el imán cerca, una chispa saltó y la runa cambió de color: de blanco a verde.

—¡Eh! ¡He hecho algo! —gritó.

La interferencia bajó un poco, como si el lugar hubiera dejado de gritar para escuchar.

—Iker, mantén el imán ahí —dijo Damián—. Nico, ¿el cable lento?

—Ese —señaló Nico—. Late como tortuga cansada.

Damián colocó su mano sobre la runa del “río” y, con la otra, tocó el cable lento. Sintió un tirón suave, como si dos canciones quisieran mezclarse. Entonces habló en voz baja, no en español, sino en un murmullo que le salió solo, hecho de sílabas cortas y claras. No era un hechizo aprendido: era una armonía.

El cable ajustó su pulso. La runa brilló. El lago-esfera giró más estable. La fisura del techo tembló, se encogió… pero no se cerró del todo. Quedó como una cicatriz.

—Falta intención —dijo Damián, jadeando—. No basta con arreglar los pulsos.

Nico lo miró.

—¿Intención como… “quiero que se cierre” y ya?

Damián negó.

—Intención como… estar de acuerdo. Los tres.

Iker apretó el imán con fuerza.

—Yo quiero que se cierre para que mi baño esté a salvo.

Nico bufó, pero sonrió.

—Yo quiero que se cierre porque… si los mundos se mezclan, nadie va a tener un lugar tranquilo para vivir.

Damián tragó saliva.

—Yo quiero que se cierre porque el equilibrio… es lo que permite elegir sin destruir.

Los brazaletes vibraron al mismo tiempo. Una línea de luz los unió como un hilo. La cicatriz del techo se cerró con un “pop” suave, y la sala respiró.

—Uno —dijo Nico.

—Dos —añadió Iker.

Damián, cansado pero contento, completó:

—Quedan más.

Capítulo 4: La biblioteca que se defendía sola

La siguiente salida los llevó a una biblioteca inmensa construida dentro de un asteroide hueco. Los libros flotaban en estanterías circulares que giraban despacio, como satélites. Entre los pasillos, pequeñas criaturas de tinta —manchas con ojos— corrían cargando páginas como si fueran mantas.

En el centro, otra fisura: no era en el techo, sino en un libro gigante abierto sobre un atril. De sus páginas salía una neblina oscura, y las letras escapaban y se desordenaban en el aire como moscas.

—Esto es… triste —susurró Iker, mirando una palabra que se deshacía.

Nico tocó una letra que flotaba.

—Si se rompen las palabras, se rompen las ideas. Y si se rompen las ideas, la gente se pelea por tonterías.

Damián observó el libro. Había runas en el margen, pero algunas estaban tachadas con una línea de señal digital, como si alguien hubiera pasado un “error” por encima.

—El Desbalance está mezclando magia y tecnología mal —dijo—. Como si uniera dos idiomas sin traducir.

Las criaturas de tinta se acercaron a ellos con desconfianza. Una, con forma de punto y coma, se plantó frente a Nico.

—¿Qué quieres? —preguntó Nico, intentando sonar serio.

La criatura hizo un ruido como papel arrugado y señaló el libro, luego la fisura, luego a los tres. Era un “ayuda” sin palabras.

Damián se arrodilló frente al atril. Las páginas temblaban.

—Necesitamos cooperar con la biblioteca —dijo—. No imponer.

Iker abrió su cuaderno de pegatinas.

—Puedo hacer algo —dijo—. Si las letras se escapan… hay que atraerlas.

Arrancó una pegatina brillante con forma de estrella y la pegó en la esquina del atril. Al instante, varias letras se acercaron curiosas, como si esa luz les recordara su sitio.

Nico, por su parte, empezó a ordenar letras en el aire, como si fueran piezas de un juego.

—Si consigo que formen palabras, quizá vuelvan —murmuró—. A ver… “equilibrio”. “equipo”. “escuchar”.

Damián cerró los ojos otra vez y buscó el pulso de la biblioteca. Lo encontró en un sonido leve: el pasar de páginas, el giro de estanterías, el latido de un lugar que guarda historias.

—Hay una runa principal —dijo, señalando una marca en el margen—. Está incompleta.

Iker miró.

—Parece un puente.

—Porque lo es —respondió Damián—. Une señales y runas. Pero le falta la piedra central.

Nico levantó una letra flotante: una “O”.

—¿Y si…? —la acercó al hueco de la runa, como si fuera una pieza faltante.

La “O” se encajó y se convirtió en un círculo de luz. La runa puente se completó. Las letras dejaron de huir y, como pájaros regresando al nido, volvieron al libro.

La neblina oscura chilló en silencio y se plegó hacia adentro. La fisura se cerró, y el libro gigante se calmó. En la página apareció una frase nueva, escrita sola:

“Cuando tres voces se ponen de acuerdo, el mundo se ordena.”

Iker la leyó en voz alta y se puso rojo.

—Vale, eso ha sonado épico.

Nico sonrió.

—No te acostumbres. Aún queda lo peor.

Las criaturas de tinta hicieron una pequeña reverencia, y una les dejó caer algo en la mano a Damián: una piedra lisa con una runa y, al lado, un pequeño chip metálico incrustado.

—Un… regalo —dijo Damián.

La piedra-chip vibró en su palma, como si dijera: “Aún no hemos terminado”.

Capítulo 5: El Desbalance muestra los dientes

Regresaron al Carrefour Cuántico y lo encontraron distinto. La estrella giraba más rápido, como nerviosa. Algunas salidas parpadeaban, y el suelo de líneas se había manchado con sombras que no seguían la lógica de la luz.

Lúcido los esperaba, pero su capa metálica tenía arañazos recientes, y la luciérnaga de su hombro parpadeaba débil.

—Han hecho bien —dijo—. Pero el Desbalance ha aprendido. Ya no solo rompe fisuras: intenta convencer.

—¿Convencer? —repitió Nico.

Una voz suave se deslizó por la plaza, como miel envenenada.

—¿Por qué esforzarse tanto? —susurró la voz—. Separados, elegiréis más rápido. Uno decide, los otros siguen. Es más eficiente.

Iker miró alrededor.

—¿Quién ha dicho eso? ¡Que se presente!

Del suelo, las sombras se levantaron y tomaron forma: una figura hecha de humo con destellos pixelados. Tenía ojos como iconos rotos.

—Soy el Atajo —dijo—. La opción fácil. La prisa. La victoria sin trabajo.

Nico apretó los puños.

—O sea, eres el típico anuncio que no se puede saltar.

El Atajo rió, y su risa borró durante un segundo una línea del suelo.

—Damián, Armonizador —dijo—. Tú podrías arreglar esto solo. Eres el que entiende. ¿Para qué cargar con los otros dos?

Damián sintió el golpe de la duda, como un viento frío. Sí, él escuchaba los pulsos. Sí, a veces sentía que Nico bromeaba demasiado y que Iker se distraía. Sería más rápido solo…

Pero recordó el libro, la sala del lago, el hilo de luz que los unió.

—Porque el equilibrio no es velocidad —dijo, con calma—. Es estabilidad.

El Atajo cambió de objetivo.

—Nico. Tú eres listo. Podrías mandar. Ser el líder. ¿No estás cansado de esperar?

Nico abrió la boca, pero Damián le tocó el brazo. Iker, sin decir nada, se puso al otro lado. Los tres quedaron juntos, hombro con hombro.

Nico respiró hondo.

—Mira, Atajo —dijo—. Me encanta mandar. Pero prefiero un plan que funcione a un plan que me haga parecer guay dos minutos.

El Atajo siseó.

—Y tú, Iker. ¿No quieres ser el héroe? Podrías correr a la salida más brillante y salvarlo todo.

Iker tragó saliva. Luego sacó una galleta, la miró y encogió los hombros.

—Ser héroe solo suena… aburrido —dijo—. Además, si me pasa algo, ¿quién va a recordar traer snacks?

Por primera vez, el Atajo pareció confundido. Lúcido alzó su bastón —un objeto que era a la vez antena y vara— y golpeó el suelo. Las líneas de cobre se iluminaron.

—El Desbalance no puede imponerse si ustedes no lo firman —dijo Lúcido—. Pero queda la fisura final. Está en el Núcleo de Firmas, donde el cruce decide qué decisiones se vuelven destino.

Damián apretó la piedra-chip que le habían dado.

—Entonces ahí iremos —dijo—. Juntos.

Capítulo 6: El Núcleo de Firmas y la elección verdadera

Bajaron por una escalera que parecía tallada en un meteorito y soldada con cables finos. Cada peldaño emitía un tono distinto, como si la escalera fuera un instrumento. Damián caminó despacio para escucharla. Nico e Iker se adaptaron a su ritmo, sin quejarse.

Llegaron a una cámara enorme con un espejo en el suelo. No reflejaba sus caras, sino rutas: millones de caminos posibles, como venas de luz. En el centro, flotaba un cubo transparente lleno de símbolos que chocaban entre sí: números, runas, letras, chispas.

La fisura final atravesaba el cubo como una grieta en un cristal.

El Atajo apareció al borde del espejo.

—Aquí termina el juego —dijo—. Si se rompe el Núcleo, el cruce elegirá al azar. Y el azar… es divertido.

—Para ti —murmuró Nico.

Lúcido no los acompañó dentro; se quedó en la entrada, como si no pudiera cruzar.

—El Núcleo responde a quienes aún están aprendiendo —dijo—. A quienes pueden cambiar.

Damián levantó la piedra-chip. Vibró con fuerza y proyectó una runa en el aire: un círculo abierto, esperando ser cerrado.

—Esto es una llave —dijo.

El cubo pulsó, y las señales dentro se desordenaron más. El Atajo extendió sus brazos de humo, intentando tocar el espejo del suelo. Allí donde sus dedos se acercaban, los caminos se volvían borrosos.

—¡Rápido! —gritó Iker, sorprendentemente serio—. ¡Haz lo tuyo, Damián!

Damián se arrodilló. En el espejo, vio tres rutas brillando con intensidad: una para cada uno. Era tentador elegir una y ya. Era tentador correr.

—No —dijo, y su voz sonó firme—. No se trata de que yo lo haga. Se trata de que lo firmemos.

Nico se inclinó.

—Dime qué hago.

Iker abrió su mochila y sacó la cuerda.

—Y yo. Aunque sea atar algo. Puedo atar el universo si hace falta.

Damián señaló el cubo.

—Nico, necesitas estabilizar el patrón de señales. Cuenta los pulsos. Busca el ritmo base.

Nico asintió y empezó a marcar con los dedos sobre su muñeca, como si fuera un metrónomo humano. Sus ojos se movían rápido, pero su cuerpo se quedó quieto, concentrado.

—Uno-dos… uno-dos-tres… —murmuró—. Hay un salto. Cada siete, falta uno.

—Bien —dijo Damián—. Iker, tu imán. Pero no en la runa: en el borde del cubo. Hay magia ahí, y tu imán la “despierta”.

Iker sacó el imán, lo sostuvo con las dos manos y lo acercó con cuidado. El cubo vibró y se escuchó un “clac”, como si una puerta interior se hubiera desatascado.

El Atajo chilló.

—¡No! ¡No lo entienden! ¡Más rápido, más fácil!

—Más rápido no siempre es mejor —dijo Iker, sudando—. También lo dice mi profe cuando copio… digo, cuando casi copio.

Nico soltó una risa nerviosa sin dejar de contar.

Damián colocó la piedra-chip frente a la grieta. La runa círculo abierto empezó a cerrarse, pero se resistía.

—Falta… intención final —dijo—. No solo “cerrar la fisura”. El cruce necesita una decisión que equilibre.

Miró a sus amigos. Vio en ellos algo más que ayuda: vio contrapeso. Nico, con su mente rápida, evitaba que Damián se perdiera en lo místico. Iker, con su corazón grande, evitaba que se volviera frío. Y Damián, con su paciencia, evitaba que se rompieran por prisa.

—La intención —dijo Damián— es que ninguna forma de poder mande sola. Ni la magia sin control, ni la tecnología sin alma. Que se escuchen.

Nico tragó saliva.

—Que se turnen —dijo—. Como cuando jugamos y nadie acapara el mando.

Iker apretó el imán y añadió:

—Y si alguien se equivoca, no se le deja tirado. Se le ayuda a volver al ritmo.

Los brazaletes brillaron. El hilo de luz volvió a unirlos, más fuerte que antes. La piedra-chip encajó en la grieta del cubo como una pieza perfecta. La fisura se cerró con un destello blanco.

El Atajo se deshizo en humo, pero antes de desaparecer susurró:

—Volveré cuando tengan prisa.

El espejo del suelo dejó de mostrar millones de rutas caóticas y se ordenó en una red clara, flexible, viva. El Carrefour Cuántico respiró con un sonido profundo, como un planeta acomodándose.

Capítulo 7: Regreso con los bolsillos llenos de futuro

Cuando subieron de vuelta, Lúcido los esperaba con la luciérnaga ya estable y el pájaro mecánico cantando una melodía breve.

—El cruce está equilibrado —dijo—. No perfecto. Nada lo está. Pero estable.

Nico se sentó en el suelo, agotado.

—¿Eso significa que podemos volver a casa sin que un océano caiga en mi cocina?

—Significa que el cruce volverá a dar opciones sin romperlas —respondió Lúcido—. Y que ustedes han dejado una firma: cooperación.

Iker levantó su mochila.

—¿Nos podemos quedar el imán? Le he cogido cariño.

Lúcido inclinó la cabeza.

—Todo lo que trajeron, vuelve con ustedes. Pero algo de aquí también irá. —Señaló la piedra-chip, ahora colgada del brazalete de Damián como un colgante—. Un recordatorio de que escuchar es una forma de valentía.

Caminaron hacia la salida por la que habían entrado. La plaza se iluminó con constelaciones que parecían guiñarles.

—Oye —dijo Nico en voz baja, mientras avanzaban—. Gracias por no… ir por tu cuenta.

Damián lo miró.

—Gracias por contar el ritmo cuando yo solo oía ruido.

Iker se metió entre los dos, empujándolos con los hombros.

—Y gracias por dejarme ser Guardián de las Galletas. Es un cargo con mucha responsabilidad.

La salida se abrió como una cortina de aire. Dieron un paso… y el asfalto de su calle volvió bajo sus zapatillas. La farola ya no parpadeaba. El dibujo del círculo se había borrado, como si nunca hubiera estado.

Solo quedaba un zumbido lejano, amable, como una radio que no molesta.

Nico miró al cielo normal, sin grietas de luz.

—¿Y si nadie nos cree?

Iker se encogió de hombros.

—Mejor. Así no nos piden que arreglemos el universo cada martes.

Damián apretó el colgante. Sentía, muy dentro, que el Carrefour Cuántico seguía ahí, esperando, no como una trampa, sino como un cruce de posibilidades.

—No importa si nos creen —dijo—. Lo importante es que nosotros sabemos cómo firmar una decisión.

Se alejaron caminando juntos. Y, aunque no lo dijeron en voz alta, los tres sintieron lo mismo: que, a partir de ese día, cada vez que discutieran, cada vez que tuvieran prisa, escucharían en algún rincón de su mente el ritmo base del equilibrio.

Uno-dos… uno-dos-tres…

Y elegirían, otra vez, sin romperse.

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CRUCE CUÁNTICO
Un lugar mágico del cuento donde las rutas se multiplican y se eligen destinos.
Carrefour Cuántico
Una plaza dentro del cruce donde diferentes salidas y caminos se juntan.
Guardián de las Dos Lenguas
Persona que cuida y entiende dos maneras de comunicarse del cruce.
Armonizadores
Personas que escuchan y juntan señales para que todo funcione bien.
Núcleo de Firmas
El centro donde se confirma una decisión y se convierte en camino real.
Atajo
Una opción rápida que promete resultados sin esfuerzo y puede ser peligrosa.
Desbalance
Un problema que mezcla mal magia y tecnología, rompiendo el orden.
Fisuras
Grietas o roturas en el mundo del cuento que causan problemas.
Runas
Símbolos antiguos tallados en piedra que contienen instrucciones o magia.
Interferencia
Ruido o confusión que rompe el orden de señales y sonidos.
Constelaciones
Grupos de luces en el techo que parecen estrellas y se mueven.
Bóveda
Un techo grande y curvo que cubre la plaza, como el cielo falso.
Antena
Objeto que recibe o manda señales, como una rama que capta radio.
Intención
La razón o el deseo con que alguien hace una acción o decisión.

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