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Cuento divertido sobre los amigos 7/8 años Lectura 11 min.

La gran rebelión de las pegatinas y las chapas de por favor y gracias

Zen y sus amigos organizan un taller de chapas y afrontan un divertido caos de pegatinas rebeldes; con paciencia, educación y trabajo en equipo buscan una solución creativa.

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Una niña de 8 años, tranquila y traviesa, con cara redonda, pecas y dos coletas negras, sonríe y sostiene un gran globo azul con pegatinas brillantes; un niño de ~7 años (Leo) de pelo castaño alborotado, con expresión sorprendida y divertida, tiene una gran pegatina redonda en la frente y ríe junto a la mesa; una niña de ~7 años (Lila) de cabello largo y castaño dibuja un gato astronauta sentada a la izquierda; un niño de ~8 años (Tomás), algo robusto y de pelo corto negro, muestra orgulloso un recorte en forma de patata mientras sujeta tijeras junto a una caja de pegatinas; sala asociativa con mesas de madera clara, carteles coloridos y una caja abierta de pegatinas brillantes desbordando, rollos de cinta y tijeras, luz cálida y suelo a cuadros; escena dinámica con pegatinas flotando hacia una cartulina grande decorada como pista de baile rosa y amarilla, niños riendo, atrapando pegatinas con globos y colocando dibujos para crear chapas, colores vivos y sombras suaves. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La casa de las asociaciones y la idea brillante

Zen tenía 7 años y una calma que parecía pegamento: si algo se caía, ella lo miraba como quien mira una nube y decía “No pasa nada”. Aquella tarde estaba en la casa de las asociaciones, en una sala con mesas largas, carteles de colores y una caja enorme llena de botones redondos para hacer chapas.

Con ella estaban sus amigos: Leo, que hablaba rápido y se emocionaba más rápido todavía; Lila, que llevaba una mochila con rotuladores como si fueran tesoros; y Tomás, que siempre tenía hambre… incluso cuando decía que no.

Zen levantó un botón blanco como si fuera una galleta gigante.

—Hoy haremos chapas del equipo —anunció—. Para que todos sepamos que somos… ¡equipo!

—¡Equipo “Súper Amistad”! —gritó Leo, ya imaginándose una capa.

—¿Y podemos poner un dibujo de un gato astronauta? —preguntó Lila, con los ojos brillando.

Tomás levantó la mano, muy serio.

—¿Y una chapa que diga “por favor” y otra que diga “gracias”? Porque mi abuela dice que eso abre puertas.

Zen sonrió.

—Tu abuela es sabia. Haremos chapas bonitas y educadas.

En la mesa había una máquina de chapas que hacía “clac” al apretar, una bandeja con círculos de papel y una hoja con letras para recortar. Parecía fácil. Parecía. Porque en ese momento entró el conserje, el señor Julián, con una caja más grande que él.

—Buenas tardes, chicos. Por favor, cuidad con esto —dijo, dejando la caja junto a la puerta—. Son pegatinas nuevas.

—¡Gracias, señor Julián! —respondieron todos a la vez, tan fuertes que hasta el reloj pareció asustarse un poquito.

Zen respiró hondo, como una campeona tranquila.

—Vale. Primero diseñamos, luego recortamos, luego… “clac”.

Leo hizo una reverencia exagerada.

—Señora directora de chapas, a sus órdenes.

Y así empezó la misión del equipo.

Capítulo 2: El misterio de los círculos rebeldes

Lila dibujó un gato astronauta con un casco enorme. Leo dibujó un rayo que sonreía. Tomás dibujó una tostada con capa. Zen escribió con letras redondas: “POR FAVOR” y “GRACIAS”, y también “HOLA” para saludar como se debe.

—La educación es como una pegatina que no se despega —dijo Zen, contenta.

—Depende de la pegatina —murmuró Tomás, mirando la caja del señor Julián con mucha curiosidad.

Cuando ya tenían un montón de dibujos, Zen repartió tijeras.

—Recortamos círculos. Despacito, con cuidado, por favor.

—Por favor —repitió Leo, como si la palabra fuera un hechizo.

Al principio todo iba bien, hasta que Leo recortó… un óvalo. Luego Lila recortó… un círculo con un pico. Tomás recortó… una forma que parecía una patata.

—Ups —dijo Leo—. Mis círculos corren.

Zen miró las formas rebeldes y no se enfadó. Solo inclinó la cabeza.

—Son círculos con personalidad.

Lila se rió.

—¡Mi gato astronauta ahora tiene una oreja extra! Es un gato… con antena.

Tomás levantó su “patata”.

—Esto es claramente un planeta nuevo. Se llama Patatón.

La risa creció como una pelota que rebota. Pero la máquina de chapas no iba a reírse con ellos. Zen puso un círculo “con personalidad” dentro, colocó el metal, y apretó.

—Uno, dos y… ¡clac!

La chapa salió… doblada, con el gato astronauta mirando al revés, como si estuviera cayendo del espacio.

Leo abrió mucho la boca.

—¡Oh no! ¡El gato se ha mareado!

Lila puso cara dramática.

—¡Necesita un “por favor” para volver al derecho!

Tomás se acercó a la máquina, muy serio.

—Por favor, máquina, compórtate.

Zen soltó una risita.

—Gracias, Tomás. Pero creo que el problema son nuestros círculos.

En ese momento, se oyó un “criiiiic” suave. Desde la caja del señor Julián, una esquina se abrió, como si alguien la hubiera empujado desde dentro. Y entonces… ¡salieron volando pegatinas! Pegatinas redondas, pegatinas brillantes, pegatinas que se pegaban a todo: a la mesa, a las tijeras, y una se pegó justo en la frente de Leo.

Leo se quedó quieto.

—Estoy… pegatinado.

Lila se tapó la boca para no reír demasiado fuerte.

—Pareces una señal de tráfico: “Atención, Leo”.

Tomás intentó despegar una pegatina del suelo y se le quedó en el dedo.

—Ahora mi dedo es famoso.

Zen levantó las manos, sin perder la calma.

—Vale. Respiremos. Y seamos educados con las pegatinas. Por favor, pegatinas, volved a la caja.

Las pegatinas no obedecieron. No eran malvadas, solo traviesas. Como si tuvieran cosquillas y quisieran jugar.

—¡Tenemos un desafío cómico! —gritó Leo, intentando despegarse la pegatina de la frente, pero solo consiguió que se le pegara también en la nariz.

—La nariz no, por favor —dijo Tomás, riéndose a medias.

Zen pensó rápido, pero con calma.

—Equipo, necesitamos un plan.

Capítulo 3: Operación “Por favor y gracias”

Zen miró alrededor: había una cartulina grande, un rollo de cinta, y una cesta con globos de un taller anterior.

—Haremos una trampa amable —dijo Zen—. Un “parque de pegatinas”. Sin enfadarnos.

Leo se enderezó, con dos pegatinas ya en la cara.

—¡Yo puedo ser el señuelo!

—Por favor, no te pegues más cosas —pidió Lila, entre risas.

—Gracias por preocuparte —respondió Leo muy formal, y al decir “formal” se le pegó una pegatina en el cuello. Se quedó quieto—. Vale. No me muevo.

Tomás cogió la cartulina.

—¿Y si ponemos la cartulina en el suelo y la llenamos de dibujos? A las pegatinas les gustan los sitios bonitos.

Lila sacó rotuladores como si fueran varitas mágicas.

—¡Sí! Les dibujamos una pista de baile.

Zen asintió.

—Perfecto. Y escribimos palabras educadas. Las pegatinas seguro que se portan mejor si ven “por favor” y “gracias”.

Dibujaron una pista con estrellas, una flecha que decía “POR FAVOR, POR AQUÍ”, y un gran corazón con “GRACIAS POR VENIR”. Tomás añadió un dibujo de Patatón, el planeta-patata, saludando con una mano.

—Patatón es muy educado —dijo Tomás—. Siempre dice “hola” antes de girar.

Leo, desde su rincón, hablaba bajito para no atraer pegatinas.

—Yo también soy educado… aunque ahora parezco un álbum.

Zen infló dos globos y los frotó un poco en su jersey.

—Los globos atraen cosas —explicó—. Con cuidado.

Lila abrió los ojos.

—¡Ciencia de asociaciones!

Zen acercó el globo a una pegatina suelta. La pegatina se levantó, curiosa, y se pegó al globo como si fuera una hamaca.

—¡Funcionó! —susurró Tomás—. Gracias, globo.

—De nada —dijo Leo, y todos se rieron porque el globo, por supuesto, no contestó.

Con los globos fueron recogiendo pegatinas y llevándolas a la cartulina-pista. Las pegatinas se iban quedando allí, felices, porque el suelo era bonito y porque, sinceramente, la palabra “GRACIAS” les quedaba muy bien.

—Por favor, pegatina, aquí —decía Zen, suave.

—Gracias, pegatina, buen salto —añadía Lila.

Tomás hacía de guardia educado.

—Por favor, no se peguen en mi sándwich imaginario.

Leo, ya casi libre de pegatinas, levantó una mano.

—¿Puedo decir algo importante?

—Por favor —dijo Zen.

—Gracias —dijo Lila.

Leo respiró hondo.

—Esto es lo más divertido que me ha pasado sin correr una maratón.

Cuando casi todas las pegatinas estaban en la cartulina, apareció el señor Julián en la puerta. Miró la escena: globos con pegatinas, una pista de baile en el suelo, y Leo con una pegatina final en la punta de la oreja.

Zen se adelantó con educación.

—Buenas tardes, señor Julián. Lo sentimos, por favor. La caja se abrió sola y las pegatinas quisieron jugar. Ya las estamos recogiendo. Gracias por esperar.

El señor Julián parpadeó, y luego sonrió.

—Vaya equipo. Gracias por decirlo y por arreglarlo. ¿Necesitáis una caja con tapa mejor?

—¡Por favor! —dijeron todos.

Y el señor Julián les trajo una caja con cierre. Las pegatinas, como si entendieran la palabra “cierre”, se dejaron guardar sin protestar.

Capítulo 4: Chapas derechas y risas suaves

Con el lío resuelto, volvieron a las chapas. Zen propuso una idea sencilla:

—Usaremos una plantilla. Un plato pequeño para dibujar círculos perfectos.

—¡Gracias, plato! —dijo Tomás, y el plato siguió siendo un plato, muy orgulloso en silencio.

Esta vez los círculos salieron redondos de verdad. La máquina hizo “clac” una y otra vez, como si aplaudiera.

—Mira, mi rayo sonriente está derecho —dijo Leo—. Por favor, que no se maree.

Lila colocó su gato astronauta perfecto.

—Ahora sí puede viajar al espacio sin dar vueltas.

Zen hizo dos chapas especiales: una decía “POR FAVOR” y otra “GRACIAS”. También hizo una que decía “PERDÓN”, por si alguna vez hacía falta.

—Las palabras educadas son pequeñas, pero hacen grande el día —dijo Zen, guardándolas con cuidado.

Antes de irse, le dieron al señor Julián una chapa que decía “GRACIAS”.

—Para usted, por ayudarnos —dijo Zen.

El señor Julián se la puso en la camisa.

—Gracias, equipo. Y por favor, volved cuando queráis.

Los cuatro amigos recogieron la sala. Sin prisa. Con calma. Con risitas todavía en los hombros.

Cuando salieron, Leo miró su chapa de “Súper Amistad”.

—Hoy aprendí algo.

—¿Qué? —preguntó Lila.

Leo pensó, y lo dijo despacio, como si saboreara la idea.

—Que decir “por favor” y “gracias” no pega… pero sí une.

Tomás asintió.

—Y que las pegatinas son más felices en una pista de baile que en mi dedo.

Zen caminó entre ellos, tranquila, contenta.

—Y que cuando trabajamos juntos, cualquier lío se vuelve una historia para reír.

Se miraron y, sin decir nada más, soltaron una última carcajada pequeña, de esas que no hacen ruido fuerte, pero dejan el corazón calentito. Luego siguieron su camino, con sus chapas brillando y su amistad todavía más fuerte.

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Lugares donde se juntan personas para hacer actividades juntos.
Conserje
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Bandeja
Objeto plano para poner muchas cosas y llevarlas de un lado a otro.
Pegatinas
Figuras con pegamento atrás que se pegan en papeles o objetos.
Plantilla
Hoja o forma que sirve para dibujar figuras iguales varias veces.
Cierre
Parte que sirve para cerrar algo y que no se abra.
Respiró
Acción de tomar aire y soltarlo por la nariz o la boca.
Reverencia
Movimiento con el cuerpo para mostrar respeto o saludo elegante.
Operación
Actividad o plan organizado para lograr algo concreto.
Pista de baile
Espacio donde las personas pueden bailar juntas.
Cartulina
Papel grueso y resistente que se usa para manualidades.
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Acción de llenar algo con aire para que quede grande.

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