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Cuento de Navidad 3/4 años Lectura 6 min.

La estrella fugaz de papel de Luno

Luno, un lobito en un bosque nevado, quiere crear una estrella fugaz de papel y, con la ayuda de amigos como un conejo, una ardilla y un búho, aprende a ser paciente y a usar palabras amables.

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Un pequeño lobo gris (cachorro) de rostro redondo y ojos grandes sostiene una estrella de papel dorada y azul mientras la ata con un hilo; a su lado un conejo blanco de orejas largas mantiene el papel, una ardilla roja con cola esponjosa aplica resina con una piña nevada, un búho pardo observa desde una rama; un pequeño abeto decorado con piñas y tarros-vela emite luz cálida que ilumina la acogedora guarida de madera con suelo de tablas y paja y la nieve visible en la puerta; la escena muestra la colocación final de la estrella en el árbol, gesto colaborativo, calma festiva y colores pastel con toques de blanco brillante. reportar un problema con esta imagen

Érase una vez, en un bosque vestido de nieve, un lobito pequeño llamado Luno. La nieve caía despacito, como azúcar en un pastel. Y el aire sonaba suave: tin-tin, tin-tin, como campanitas lejanas.

En la madriguera, todo estaba calentito. Había un abeto pequeño adornado con piñas brillantes, y velas en frascos que hacían una luz dorada, como miel. Luno miraba esa luz y suspiraba.

“Quiero hacer una estrella fugaz de papel”, dijo Luno muy bajito, como si se lo contara al viento.

Afuera, el bosque cantaba su refrán de Navidad: “Nieve, campanas, abeto y velas… nieve, campanas, abeto y velas…”. Y Luno se sintió valiente y feliz.

Luno buscó papel. Encontró un trozo blanco, otro azul y uno dorado, guardados en una caja de cartón. También encontró un hilo fino y una ramita lisa para colgar su estrella.

“Por favor, papel bonito, ¿me ayudas?”, susurró Luno, porque era un lobito educado.

El papel crujió: crac-crac, como si respondiera: “Sí, sí”.

Pero Luno no sabía bien cómo hacer una estrella fugaz. Intentó doblar. Doblar y doblar. Sus patitas eran pequeñas. El papel se escapaba como un pez juguetón.

Luno frunció un poco la nariz. No estaba triste, solo confundido. Enseguida miró las velas y se calmó. La luz le decía sin palabras: “Despacio, despacio”.

Entonces Luno salió un momento al bosque, sin alejarse. Solo a la puerta, donde la nieve era una alfombra blanca. Quería mirar el cielo para copiar una estrella fugaz.

Arriba, el cielo era una manta azul oscura. Unas estrellas quietas parpadeaban. Y el abeto grande del bosque movía sus ramas y decía: shhh, shhh, como una canción de cuna.

En una rama baja, un búho redondito estaba muy despierto, pero nada serio, solo curioso.

“Buenas noches”, dijo Luno. “Por favor, ¿has visto una estrella fugaz?”

El búho parpadeó despacio. “Buenas noches, lobito. Sí. Las estrellas fugaces son como deseos que corren. Pero no se atrapan con prisa. Se dibujan con calma.”

“Gracias”, dijo Luno. Y añadió, como había aprendido: “Gracias de verdad”.

Un conejito blanco asomó la cabeza detrás de un montoncito de nieve.

“Hola”, dijo el conejito. “¿Qué haces?”

“Quiero hacer una estrella fugaz de papel”, explicó Luno. “Por favor, ¿me ayudas?”

“Sí”, dijo el conejito. “Yo puedo sostener el papel. Mis patitas son rápidas.”

Una ardillita con cola de pincel saltó cerca, llevando una piña como si fuera un regalo.

“Y yo puedo traer pegamento de resina”, dijo la ardilla. “Huele a árbol, huele a hogar.”

“Por favor y gracias”, repitió Luno, y su voz sonó como una campanita.

Volvieron a la madriguera. Dentro, el refrán seguía suave: “Nieve, campanas, abeto y velas…”. La luz de las velas parecía sonreír. El abeto pequeño parecía escuchar.

El conejito sostuvo el papel blanco bien quieto. Luno dobló una punta, luego otra. La ardilla puso una gotita de resina pegajosa, con mucho cuidado.

“Despacio”, dijo el búho desde la entrada, sin entrar del todo. “Una estrella no nace de un salto, nace de muchos pasitos.”

Luno probó otra vez. Dobló. Apretó suave. Alisó con la patita. El papel ya no se escapaba. Ahora era como un amigo que quería jugar a quedarse quieto.

Cuando la forma empezó a parecerse a una estrella, Luno hizo una cola larga con el papel dorado.

“¡Mira!”, dijo el conejito. “Ya parece una estrella que corre.”

Luno sonrió. “Sí… pero le falta brillo.”

La ardilla sacó una piña pequeña con polvito de nieve pegado. Lo rozó suavemente sobre el papel azul, como si pintara con invierno. Quedaron puntitos claros, como chispas.

“Es nieve de piña”, dijo la ardilla. “No asusta. Solo brilla.”

Luno acarició su estrella fugaz con cuidado. “Gracias”, dijo. “Gracias por ayudarme.”

Luego miró el hilo. Quería colgarla del abeto pequeño. Pero el nudo se le hizo difícil. Luno tiró, y el hilo se enredó como un gusanito travieso.

Luno respiró hondo, como le gustaba hacer antes de dormir. Uno… dos… tres. Y habló con voz amable.

“Por favor, hilo, ¿puedes estar quieto?”

El conejito rió bajito. “Yo te lo sujeto.”

La ardilla sostuvo la ramita. Y Luno, con calma, hizo el nudo. Un nudo simple, un nudo amable. ¡Listo!

Colgaron la estrella fugaz en el abeto pequeño. La estrella se movía un poquito, como si quisiera volar, pero sin irse. Las velas la iluminaban, y parecía que llevaba un pedacito de cielo en la cola.

Afuera, la nieve seguía cayendo despacito. Tin-tin, decían las campanas del viento. Shhh, decía el abeto grande. Y dentro, el abeto pequeño parecía decir: “Bienvenida”.

Luno miró su estrella y susurró: “Buenas noches, estrellita. Gracias por quedarte.”

El búho asintió. “¿Ves? Con palabras bonitas, con ‘por favor' y ‘gracias', el corazón se vuelve suave. Y cuando el corazón es suave, las cosas salen mejor.”

Luno se acurrucó en su cama de hojas secas. El conejito y la ardilla se despidieron.

“Buenas noches”, dijo Luno.

“Buenas noches”, respondieron ellos.

Y el refrán volvió, lento, como un canto: “Nieve, campanas, abeto y velas… nieve, campanas, abeto y velas…”.

La estrella fugaz de papel brilló tranquila, colgada en el abeto, como un deseo que aprendió a ser paciente. Luno cerró los ojos, calentito y contento, y en la madriguera quedó una paz dulce, como una manta de Navidad.

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Madriguera
Casa pequeña en el suelo donde vive un animal, como un refugio cálido.
Abeto
Árbol alto con hojas en forma de agujas, típico en bosques fríos.
Piñas
Frutos secos que salen del abeto; a veces parecen regalo pequeño.
Frascos
Recipientes de vidrio para poner luz o cosas pequeñas dentro.
Susurró
Habló muy bajito, casi sin hacer ruido, como un secreto.
Crujió
Hizo un sonido seco al romperse o moverse algo, como papel viejo.
Ramita
Pieza delgada y pequeña que sale de un árbol o arbusto.
Estrella fugaz
Luz que parece correr en el cielo por un momento.
Resina
Sustancia pegajosa que sale de los árboles y sirve como pegamento natural.
Acurrucó
Se puso muy cerca y en posición de dormir, como abrazándose para tener calor.

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