Érase una vez, en una noche de Navidad, un niño muy pequeño llamado Tomás. Tenía tres años. Sus manos eran calientes como pan recién hecho. En sus manos llevaba una campanita dorada. La campanita parecía un corazón pequeño.
La plaza esperaba el árbol grande. El árbol esperaba la campana. Las velas dormían, listas para brillar. La nieve caía suave, suave, como azúcar. Ding, ding, ding, cantaban otras campanas lejos. Árbol y velas, nieve y campanas. Todo en calma, todo en paz.
Tomás dijo: “¿Puedo llevar la campana, por favor?” Mamá sonrió. “Sí, mi amor. Yo voy contigo.” Tomás apretó la mano de mamá. “Gracias”, dijo él, muy cortés.
Caminaron despacio. La luna era una moneda de plata. El viento susurró como un gatito. “Buenas noches, viento”, dijo Tomás. “Por favor, sopla despacito.” El viento bajó su voz. “Gracias”, dijo el viento, muy contento.
Nieva y nieva, suave, suave. Ding, ding, ding, suenan las campanas. El arbolito y las velas nos esperan.
En la esquina, el panadero barría copitos. “Buenas noches”, dijo Tomás. “¿Puedo pasar, por favor?” “Claro que sí”, dijo el panadero. “Gracias, pequeño caballero.” Y le dio un olor a pan que abrigó la nariz.
La campanita resbaló un poquito y cayó en la nieve blandita. Tomás se asustó un segundo. Mamá le guiñó un ojo. “Todo está bien.” Tomás dijo: “Por favor, nieve, ¿me la devuelves?” La nieve brilló como azúcar y dejó ver la campana. “Gracias”, dijo Tomás, feliz.
Ding, ding, ding, suena la campanita. Nieva y nieva, todo brilla.
En la plaza, el árbol estaba alto y amable. Las velas eran como estrellitas quietas. “Aquí estoy”, dijo Tomás. “Traigo tu corazón.” Mamá lo alzó con cuidado. Tomás colgó la campana. “Gracias, árbol”, susurró.
Entonces, la campana habló con su voz clara. Ding, ding, ding. Su sonido era una luz dorada. Las velas despertaron. El árbol sonrió con mil puntitos. La gente dijo: “Gracias, Tomás.” Él respondió: “De nada.” Su voz era suave, como leche tibia.
Nieva y nieva. Ding, ding, ding. Árbol y velas, nieve y campanas. Todo en calma, todo en paz.
Volvieron a casa de la mano. Tomás bebió un sorbito de leche. “Cuando decimos por favor y gracias, el mundo canta mejor”, dijo mamá. Tomás asintió. Cerró los ojos. La campanita siguió cantando bajito en su sueño. Ding, ding, ding. Paz.