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Pequeños aventureros 9/10 años Lectura 13 min.

La contraseña perdida y la aventura de las pistas en casa

Luna y su amigo Tomás siguen pistas por la casa para encontrar la contraseña del móvil de su mamá, viviendo una pequeña aventura que pone a prueba su ingenio y responsabilidad.

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Luna, niña de 10 años, emocionada y concentrada, cabello castaño en coleta, camiseta a rayas azul y amarillo, de rodillas en la silla, intentando teclear una larga frase en el smartphone sobre la mesa; Tomás, niño de ~11 años, expresión traviesa y atenta, cabello corto negro, sudadera verde, de pie junto a ella mirando por encima del hombro, patineta apoyada en la pared; la madre, adulta, cabello húmedo en turbante de toalla, sonrisa suave y mirada orgullosa, al fondo junto al fregadero escuchando sin intervenir; cocina cálida y algo desordenada, mesa de madera clara con tostadas, smartphone encendido, tablero de corcho con post-its en la pared, balcón con macetas mojadas y gotas de lluvia en la ventana; escena principal: momento tenso y reconfortante mientras la niña introduce la contraseña larga, la luz de la pantalla ilumina sus rostros y la cerradura digital está a punto de abrirse, ambiente lluvioso y de complicidad. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El papelito desaparecido

Luna tenía diez años y una curiosidad que parecía tener patitas. Saltaba de idea en idea como una rana en un charco. Aquella tarde, en la cocina, olía a tostadas y a lluvia reciente.

Su mamá dejó el móvil sobre la mesa y dijo:

—Voy a ducharme. No toques nada importante, ¿sí?

—¡Sí, sí! —respondió Luna, tan sincera que casi se le notaba en la frente.

Pero cuando su mamá se fue, el móvil hizo “pling” y la pantalla se encendió. Apareció un dibujo de un candado y una frase: “Introduce la contraseña”.

Luna tragó saliva. No era por cotillear. Era por ayudar. En el móvil estaban las fotos del cumpleaños de su abuela y su mamá llevaba dos días diciendo que no lograba entrar a una carpeta.

Luna miró alrededor como si la cocina fuera un bosque lleno de pistas. En la nevera había imanes, una lista de la compra y un papelito doblado con cinta adhesiva.

Luna lo abrió con cuidado. Ponía: “Contraseña: ______”.

Estaba en blanco.

—¡¿En blanco?! —susurró, indignada, como si el papelito le hubiera gastado una broma.

En ese momento entró su vecino y amigo, Tomás, con su patinete bajo el brazo. Tenía once años y siempre parecía que sabía algo útil, aunque a veces solo era “útil para reír”.

—¿Qué cara es esa? —preguntó.

—La cara de una misión —dijo Luna—. Hay una contraseña perdida. Y yo… la voy a encontrar.

Tomás abrió los ojos.

—¿Como un detective?

—Como una exploradora en mi propia casa.

Luna se ató el pelo con una goma. Se sentía como si fuera a entrar en una selva, pero la selva era el pasillo.

—Regla número uno —dijo—: no romper nada.

—Regla número dos —añadió Tomás—: si hay galletas, se comparten.

Luna sonrió. La aventura acababa de empezar.

Capítulo 2: El mapa de las pistas

Luna sacó una libreta y dibujó un mapa rápido: cocina, salón, pasillo, habitación, balcón. Le puso flechas y un símbolo secreto: una estrella para cada pista.

—Necesitamos pensar como tu mamá —dijo Tomás, apoyando el patinete contra la pared—. ¿Dónde guardaría una contraseña?

Luna se cruzó de brazos.

—En un lugar “seguro”. Pero también donde la vea.

Se miraron. Luego miraron el tablero de corcho del salón, lleno de notas y dibujos.

Luna se acercó como si el corcho fuera un cofre. Había un calendario con un gato dibujado en cada día. En el día de hoy, el gato tenía bigotes extra.

—Eso lo hice yo —confesó Luna—. No es pista.

—Podría ser una pista si el gato fuera un espía —dijo Tomás muy serio.

Luna soltó una risita y siguió. Encontró un post-it amarillo: “No olvidar: plantas”.

Otro: “Llamar a la tía”.

Y uno doblado en cuatro, escondido detrás de una foto.

Lo abrió. Decía: “Pista 1: donde se guarda lo que brilla”.

—¿Lo que brilla? —repitió Tomás—. ¿Un tesoro?

—En esta casa, lo que más brilla es… —Luna pensó—. ¡Las cucharas!

Corrieron a la cocina y abrieron el cajón de los cubiertos. Sonó como un pequeño concierto de metal.

Dentro, entre tenedores, había un sobrecito. Luna lo sacó. Estaba cerrado con una pegatina de estrella.

Luna lo abrió despacio, como si dentro hubiera un hechizo. Encontró una tira de papel: “Pista 2: mira donde duerme el sol”.

Tomás frunció el ceño.

—El sol no duerme.

—Sí duerme… por el oeste —dijo Luna—. Y el oeste en mi casa es… el balcón.

Fueron al balcón. Las macetas estaban mojadas. Una gota cayó desde una hoja y le hizo cosquillas a Luna en la nariz.

—¡Achís! —estornudó—. El sol duerme aquí al atardecer.

Buscaron detrás de la regadera, debajo de una maceta, dentro de la caja de pinzas. Tomás levantó una alfombra pequeña y gritó:

—¡Aquí!

Había un lápiz envuelto en papel. Luna lo desenrolló y leyó: “Pista 3: el lugar de las historias”.

—Eso es mi habitación —dijo Luna sin dudar—. Mis libros.

Y allí fueron, con el corazón trotando como un caballo alegre.

Capítulo 3: La biblioteca secreta

La habitación de Luna olía a lápiz y a sábana limpia. En una estantería tenía cuentos, cómics y un diccionario que parecía un ladrillo.

—El lugar de las historias… —Luna pasó el dedo por los lomos—. ¿Dónde escondería mi mamá una contraseña?

Tomás sacó un libro al azar.

—Este se llama “Dragones y mermelada”. Suena importante.

—Ese lo escribí yo en clase —dijo Luna—. Los dragones no guardan contraseñas, guardan galletas.

Rebuscaron con paciencia. Luna no tiraba nada al suelo. Lo movía, lo miraba y lo dejaba como estaba. Se sentía mayor. Autónoma. Como si su orden fuera una linterna.

En el diccionario, Tomás encontró un separador de papel con un dibujo de una llave.

—¡Mira! —dijo.

Luna lo tomó. Al reverso había una frase: “La contraseña no es una palabra, es una frase. Y empieza con ‘Gracias'”.

—¿Gracias? —repitió Luna, sorprendida—. Eso suena bonito.

Tomás se encogió de hombros.

—Tu mamá es de esas personas.

Luna se sentó en la cama y pensó. Si empieza con “Gracias”, ¿qué podría ser? “Gracias por ayudar”. “Gracias abuela”. “Gracias, Luna”.

En ese momento, desde el pasillo se oyó el agua de la ducha apagándose. Tenían poco tiempo.

—Necesitamos más pistas —dijo Luna—. La frase está en algún sitio.

Tomás miró alrededor.

—¿Y si la frase está… en un cuento?

Luna abrió “Dragones y mermelada” por la primera página. Allí, en letras torcidas, se leía: “Gracias por leer, valiente”.

Luna se quedó quieta.

—Valiente…

Se levantó de un salto y revisó otros libros. En uno de aventuras, había una dedicatoria de su abuela: “Gracias por ser mi exploradora”.

En un cómic, su papá había escrito: “Gracias por reírte conmigo”.

Luna juntó las frases en su cabeza como piezas de un rompecabezas. Todas empezaban con “Gracias por…”.

—¡Ya sé! —dijo de pronto—. Mi mamá siempre dice una frase antes de dormir.

Tomás sonrió.

—La frase secreta de la noche.

—Sí. Y la dice completa, como si fuera una manta.

Luna corrió al salón. En la pared, junto al sofá, había un cuadro con letras bonitas. Luna nunca lo miraba. Era “decoración de adultos”. Pero ahora lo vio como un mapa.

El cuadro decía: “Gracias por hoy, por lo pequeño y por lo grande”.

Luna lo leyó en voz alta, despacito.

“Gracias por hoy, por lo pequeño y por lo grande”.

Tomás silbó bajito.

—Eso suena a contraseña de súper héroes tranquilos.

Luna respiró hondo. Tenía la frase. Pero aún faltaba algo: ¿con espacios? ¿Con mayúsculas? ¿Con puntos?

—Vamos a probar con calma —dijo Luna—. Sin tocar cosas raras.

La aventura seguía, pero ahora el tesoro estaba al alcance.

Capítulo 4: El candado y la lluvia

Volvieron a la cocina. El móvil seguía en la mesa, como un guardián dormido. Afuera, la lluvia golpeaba la ventana con dedos suaves.

Luna se sentó. Tomás se quedó a su lado, como un ayudante serio.

—Es mi misión —dijo Luna—. Pero necesito tu cabeza fría.

Tomás puso cara de pingüino sabio.

—Mi cabeza está a temperatura perfecta.

Luna tocó la pantalla. Apareció el cuadro para escribir. Sus dedos temblaron un poco.

—Primero, la frase tal cual —dijo.

Escribió: “Gracias por hoy, por lo pequeño y por lo grande”.

No funcionó. El móvil vibró, como diciendo “no”.

Luna no se enfadó. Se mordió el labio y pensó.

—Las contraseñas no suelen llevar comas.

Tomás asintió.

—Las comas son muy educadas, pero a los móviles les da igual.

Luna borró y escribió sin comas: “Gracias por hoy por lo pequeño y por lo grande”.

No funcionó.

—Tal vez sin espacios —sugirió Tomás—. Como un tren.

Luna probó: “Graciasporhoyporlopequeñoyporlogrande”.

Nada.

Luna cerró los ojos un segundo. No quería rendirse. La resiliencia era eso: respirar y volver a intentar, sin romperse por dentro.

Entonces recordó el papelito de la nevera: “Contraseña: ______”. En blanco. Quizá su mamá aún no la había escrito porque… porque era una frase que ya estaba en el cuadro. No necesitaba papel.

—¿Y si está en minúsculas? —dijo Luna.

Tomás levantó un dedo.

—Y sin tildes. A veces los móviles son perezosos con las tildes.

Luna sonrió. Eso sonaba muy posible.

Escribió despacio: “graciasporhoyporlopequenoyporlogrande”.

La pantalla se quedó quieta un instante. Luna sintió que el mundo se estiraba como chicle.

Luego el candado se abrió.

—¡Sí! —susurró Luna, como si no quisiera asustar al móvil.

Tomás levantó los brazos en silencio, celebrando como si estuviera bajo el agua.

En el móvil, Luna encontró la carpeta de fotos. Allí estaban: la abuela soplando velas, el perro con un gorro, Luna con crema en la nariz.

—No vamos a mirar más —dijo Luna rápido—. Solo lo necesario.

Tomás la miró con respeto.

—Eso es ser valiente de verdad.

Luna tomó una hoja y un lápiz. Escribió la contraseña correcta para su mamá, con letras grandes: “graciasporhoyporlopequenoyporlogrande”.

Y añadió un dibujo de una estrella, porque las aventuras lo merecen.

Capítulo 5: El final del misterio

Su mamá volvió con el pelo mojado y una toalla en la cabeza, como si llevara un turbante de reina cansada.

—¿Todo bien? —preguntó.

Luna se levantó de golpe, sincera hasta los calcetines.

—Mamá… hice una cosa. Pero fue para ayudar y sin tocar nada peligroso.

Tomás tosió, como si también quisiera parecer muy responsable.

La mamá arqueó una ceja.

—A ver.

Luna le dio el papel con la contraseña. Sus manos estaban un poco sudorosas, pero su mirada era firme.

—Encontré pistas. En el corcho, en los cubiertos, en el balcón y en mis libros. Y el cuadro… era la clave. Probé varias veces hasta que funcionó.

La mamá miró el papel, luego a Luna, y luego a Tomás. Sus ojos se suavizaron.

—¿Abriste mi móvil?

Luna tragó saliva.

—Sí… pero solo para comprobar la carpeta de fotos. No miré nada más. Lo prometo.

Hubo un segundo de silencio. Afuera, la lluvia sonó más bajita, como si escuchara.

La mamá suspiró y se agachó para quedar a la altura de Luna.

—Gracias por decírmelo. Y gracias por intentar ayudar. La próxima vez, me lo pides antes. ¿De acuerdo?

Luna asintió, aliviada.

—De acuerdo.

La mamá sonrió.

—Lo que hiciste fue ingenioso. Y me gusta que hayas sido cuidadosa. Eso es autonomía… con responsabilidad.

Tomás murmuró:

—Yo solo fui el pingüino sabio.

La mamá rió.

—Entonces gracias, pingüino sabio.

Luna abrió la carpeta de fotos junto a su mamá. Esta vez, con permiso. Las imágenes del cumpleaños llenaron la pantalla de luz.

En ese momento entró el papá con una bolsa de pan y la abuela llamó por videollamada.

—¡Miren! —dijo la mamá—. Ya podemos ver las fotos.

Luna contó la aventura completa. El corcho, las pistas, el balcón mojado, los intentos fallidos, el candado abriéndose como una puerta secreta. Todos escucharon y rieron en el momento exacto, como si la historia fuera una canción.

Al final, la abuela dijo:

—Mi exploradora, estoy orgullosa.

Luna miró a Tomás, luego a su familia, y sintió algo calentito en el pecho. No era solo haber encontrado una contraseña. Era haber crecido un poquito.

La mamá levantó el móvil como si brindara con él.

—Gracias por hoy, por lo pequeño y por lo grande.

Y todos, en la cocina que olía a tostadas y a lluvia, dijeron a la vez:

—Gracias.

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Exploradora
Persona que busca pistas y descubre lugares nuevos con valentía y cuidado.
Cofre
Caja fuerte o recipiente donde se guarda un tesoro o cosas valiosas.
Regadera
Recipiente con pico que se usa para echar agua a las plantas.
Pegatina
Etiqueta adhesiva que se pega en objetos para decorar o cerrar cosas.
Dedicatoria
Palabras escritas en un libro o carta para alguien especial.
Linterna
Objeto que da luz cuando está oscuro para ver mejor.
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Capacidad de seguir adelante y recuperar la calma tras un problema.

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