Cargando...
Cuento de vaquero 9/10 años Lectura 15 min.

La cerca del norte y la tormenta valiente

Tomás, junto a su perro Trasto y la hábil Clara, debe reparar una cerca sabiendo que huellas sospechosas sugieren que alguien podría estar robando el ganado; juntos enfrentan la tormenta y el misterio para proteger el rebaño.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Un vaquero de rostro cuadrado, piel bronceada y bigote fino, con sombrero marrón gastado y mirada determinada pero inquieta, clava un poste nuevo con un gran martillo, cuerpo inclinado y músculos tensos; a su derecha Clara, unos 20 años, pelo castaño recogido, rostro salpicado de lluvia y grasa, expresión concentrada y valiente, con chaqueta y guantes, sostiene una tenaza y tensa el alambre; Don Eusebio, unos 60, rostro arrugado y pelo gris, mira atento con los brazos cruzados desde el corral; el perro Trasto, de tamaño medio y pelaje claro, alerta junto a las patas de las vacas; al fondo dos jinetes enmascarados galopan lejos tras unas rocas, sombras amenazantes entre la lluvia; lugar: pradera embarrada con hierba alta, rocas a la derecha, un arroyo a la izquierda y cielo gris con lluvia diagonal; situación: reparación urgente de una cerca bajo lluvia intensa, tensión en el ambiente mientras el vaquero y la joven trabajan y el perro vigila el ganado. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El chasquido de la cerca

El sol despertaba despacio sobre la pradera, pintando de naranja las colinas y haciendo brillar el polvo como si fuera azúcar. Tomás Rivas, vaquero de sombrero ladeado y sonrisa rápida, cabalgaba sobre Canelo, su caballo color canela que parecía hecho para correr.

—Hoy toca revisar la cerca del norte —dijo Tomás, ajustándose el pañuelo al cuello—. Si está bien, volvemos temprano y… ¡pan de maíz!

Canelo resopló, como si estuviera de acuerdo.

Pero no habían avanzado mucho cuando el viento trajo un sonido raro: un “¡crac!” seco, como una rama rompiéndose. Luego, un mugido largo y quejumbroso.

Tomás apretó las piernas y Canelo aceleró. Al llegar a la loma, vio el problema: la cerca de alambre estaba abierta como una boca sin dientes. Un poste había caído y el alambre colgaba flojo. Y, detrás, una parte del rebaño se desparramaba hacia un arroyo, felices de tener un camino libre.

—¡No, no, no! —Tomás se llevó la mano al sombrero—. Si se escapan más, don Eusebio me hará contar vacas hasta el próximo invierno.

Silbó fuerte, un silbido que cortó el aire. Su perro, Trasto, apareció como una flecha, orejas al viento.

—Trasto, ¡a la izquierda! ¡Corta el paso! —ordenó Tomás.

El perro salió disparado. Tomás se lanzó al trote, usando su cuerda para hacer una lazada amplia en el aire.

—¡Eh, bonitas! ¡Por aquí no! —gritó con voz firme, pero sin enfadarse.

Entre él y Trasto fueron guiando a las vacas de vuelta hacia el lado seguro. Una ternera pequeña, con cara de susto, se quedó a medio camino, temblando.

—Tranquila, pequeña. No te voy a comer —murmuró Tomás, bajando del caballo.

Se acercó despacio, como cuando uno intenta atrapar una pluma sin que vuele. Le acarició el lomo y la empujó con suavidad hacia el grupo.

Cuando por fin el rebaño volvió a estar junto, Tomás miró la abertura en la cerca y tragó saliva.

—Bien, Tomás —se dijo—. Ahora viene lo difícil: arreglar esto antes de que vuelvan a intentarlo.

El viento sopló más fuerte, y el alambre suelto cantó un “¡tinnn!” triste, como si se riera de él.

Capítulo 2: El misterio del poste caído

Tomás se arrodilló junto al poste caído. Estaba astillado en la base, como si alguien lo hubiera mordido con dientes de hierro.

—Esto no lo hizo el viento —dijo en voz baja.

Trasto olfateó alrededor y soltó un gruñido pequeño.

—¿Qué has encontrado, compañero?

En el barro, junto al poste, había huellas: no eran de vaca. Eran más finas, como de… caballo. Y, un poco más allá, marcas largas de algo arrastrado.

Tomás frunció el ceño.

—Alguien pasó por aquí de noche. Y no venía a mirar flores.

El corazón le dio un golpe. Podía ser un ladrón de ganado. En el Oeste, las historias viajaban rápido: gente que cortaba cercas para llevarse animales y desaparecer como humo.

Tomás se levantó y miró alrededor. La pradera parecía tranquila, pero el silencio tenía un filo raro. A lo lejos, unas rocas formaban una especie de puerta oscura.

—No voy a dejar que se lleven ni una vaca —dijo, apretando los puños—. Pero tampoco voy a jugar al héroe tonto.

Hizo un plan rápido en su cabeza. Primero: asegurar el rebaño. Segundo: pedir ayuda. Tercero: reparar la cerca.

Silbó y Trasto entendió. El perro se colocó detrás del grupo de vacas, vigilante, como un guardia con cola.

Tomás sacó de su alforja un martillo, unos clavos y un rollo de alambre extra. Pero al intentar levantar el poste, notó que estaba pesado y mal partido: no aguantaría.

—Necesito uno nuevo —murmuró—. Y rápido.

Miró hacia el rancho, que quedaba a media hora. Podía ir solo… o podía buscar a alguien que supiera de madera y de problemas.

Entonces recordó a Clara, la hija de la cocinera del rancho vecino. Clara no era vaquera, pero sabía reparar de todo: puertas, ruedas, hasta el molino cuando se enfadaba y dejaba de girar.

Tomás montó de un salto.

—Trasto, quédate con ellas. Si una se mueve, le enseñas tus dientes… pero sin morder, ¿eh?

Trasto ladró una vez, como diciendo: “Yo mando aquí”.

Tomás clavó la mirada en las huellas otra vez.

—Y tú, quien sea que cortó la cerca… no vas a tener el día fácil.

Capítulo 3: Una carrera contra el polvo

El camino hacia el rancho vecino era una cinta marrón entre hierba alta. Tomás y Canelo volaron sobre el terreno. El polvo se levantaba detrás como una cola de cometa.

Al llegar, encontró a Clara en el patio, con un cubo en una mano y una llave inglesa en la otra. Tenía la cara manchada de grasa y una expresión de “esto ya lo arreglo yo”.

—Tomás —dijo ella, alzando una ceja—. Si vienes a pedirme pan de maíz, te aviso que hoy no hay.

—Ojalá fuera por eso —respondió él, sin perder el humor—. Me han roto la cerca del norte. Poste partido y alambre suelto. Y creo que no fue un coyote con ganas de decorar.

Clara dejó el cubo en el suelo con un “plof”.

—¿Huellas?

—De caballo. Y marcas de arrastre.

Clara silbó bajito.

—Entonces necesitas un poste nuevo y ojos extra. Te ayudo, pero con una condición.

—Dime.

—Que no te hagas el valiente solo. La valentía sin cabeza es como un sombrero sin cuerda: se lo lleva el viento.

Tomás sonrió.

—Trato hecho.

Clara corrió a una pila de madera y eligió un poste recto, fuerte, casi tan alto como ella. Luego trajo una sierra pequeña, cuerda, y una cantimplora.

—Si vamos a sudar, al menos que sea con agua —dijo.

Tomás cargó el poste sobre su caballo y ajustó bien la cuerda.

—Canelo, hoy te toca llevar un árbol entero —bromeó.

Canelo soltó un relincho que sonó a protesta.

Emprendieron el regreso. A medio camino, el cielo cambió. Un grupo de nubes oscuras se juntó como si estuvieran conspirando.

—Tormenta —dijo Clara, mirando el horizonte.

—Perfecto —respondió Tomás—. Además de ladrones, ahora el cielo quiere participar.

El viento creció y la pradera empezó a ondular. Una primera gota cayó en la punta de la nariz de Tomás.

—¡Acelera, Canelo!

Llegaron a la loma y vieron al rebaño. Trasto seguía allí, firme, pero estaba inquieto. Y algo más: en el barro, las huellas de caballo eran más recientes.

—Han vuelto —susurró Tomás.

Clara agarró una piedra del suelo.

—No vamos a pelear si no hace falta —dijo, decidida—. Pero tampoco vamos a regalarles el camino.

Tomás asintió.

—Primero, reparamos. Y mientras, ojos bien abiertos.

Capítulo 4: Manos unidas, corazón firme

La lluvia empezó como un tambor suave y luego se volvió una cortina. El alambre mojado brillaba y resbalaba. Tomás clavó el poste nuevo en el suelo con golpes secos del martillo.

—¡Uno, dos… tres! —contaba Clara, empujando con fuerza para mantenerlo recto.

Un relámpago iluminó las rocas lejanas. Por un segundo, Tomás vio una silueta a caballo cerca del arroyo. Luego, nada.

—¿Lo viste? —preguntó, sin dejar de trabajar.

—Sí —respondió Clara—. Y si cree que la lluvia lo hace invisible, es que nunca ha visto a una gallina esconderse detrás de una ramita.

Tomás soltó una risa corta, aunque el estómago le apretaba.

Tensaron el alambre entre el poste nuevo y el siguiente. Clara usó la llave inglesa para girar un tornillo y Tomás tiró con ambas manos hasta que el alambre quedó firme como una cuerda de guitarra.

—¡Cuidado con los dedos! —advirtió ella.

—Mis dedos me gustan donde están —contestó él.

Trasto ladró hacia las rocas. Tomás levantó la vista. La silueta apareció otra vez, más cerca. Esta vez eran dos.

Tomás respiró hondo. No tenía ganas de pelear, pero tampoco podía dejar pasar a nadie.

—Clara, ve despacio hacia el rebaño —dijo, en voz baja—. Quédate entre las vacas y la cerca. Si intentan pasar, las vacas se asustan y corren. Tenemos que mantenerlas tranquilas.

—¿Y tú?

—Yo haré ruido.

Tomás se subió a una roca baja y lanzó un silbido fuerte, como un halcón enojado. Luego agitó su sombrero.

—¡Eh! ¡Esta tierra tiene dueño! —gritó—. ¡Den la vuelta!

Las siluetas se detuvieron. A través de la lluvia, Tomás vio que llevaban pañuelos cubriéndoles la cara.

Uno de ellos levantó una mano, como para decir algo. Pero el trueno habló por él: un “¡BOOM!” que hizo temblar el suelo. Los caballos de los desconocidos se asustaron y dieron un salto.

Tomás aprovechó el momento. Cogió una lata vacía que había en el suelo (nadie sabía por qué estaba allí, pero en el Oeste las cosas aparecían) y la pateó contra una piedra. El ruido metálico fue agudo, molesto.

Trasto ladró con más fuerza, corriendo hacia la cerca como un torbellino.

Clara, sin perder la calma, empezó a hablarle al rebaño como si contara un cuento.

—Tranquilas, bonitas… miren qué lluvia tan educada, cae derechita…

Las vacas, que no entendían las palabras pero sí el tono, se quedaron más quietas.

Los dos desconocidos se miraron entre sí. Uno chasqueó la lengua, molesto. Luego, como si el viento les diera una orden, giraron y se alejaron al galope, desapareciendo detrás de las rocas.

Tomás bajó de la roca con las piernas temblando un poco.

—No se han llevado nada —dijo, intentando sonar tranquilo.

—Porque no estábamos solos —respondió Clara, limpiándose la lluvia de la frente—. Y porque trabajamos rápido.

Tomás miró la cerca. El alambre estaba tenso, los postes firmes. Una línea recta que decía: “Aquí se cuida lo que importa”.

—Gracias, Clara —dijo él—. No lo habría logrado a tiempo sin ti.

Clara se encogió de hombros.

—La ayuda es como el café: cuando la compartes, calienta más.

Tomás soltó una carcajada.

—Eso lo voy a recordar.

Capítulo 5: La historia junto al fuego

Cuando la tormenta se cansó, el cielo quedó limpio y olía a tierra nueva. El sol volvió a salir, y el agua en la hierba brilló como miles de monedas pequeñas.

Tomás y Clara guiaron el rebaño de vuelta hacia el rancho. Trasto iba delante, orgulloso, como si hubiera ganado una medalla invisible.

Don Eusebio los esperaba en el corral, con brazos cruzados y cara seria. Tomás tragó saliva.

—La cerca… —empezó Tomás.

Pero don Eusebio levantó una mano.

—Ya vi el poste nuevo desde la loma —dijo—. Y vi también las huellas cerca del arroyo. Hiciste bien en pedir ayuda.

Tomás parpadeó. No era la respuesta que esperaba.

—Gracias, señor.

Don Eusebio miró a Clara y asintió con respeto.

—En este lugar, quien ayuda, cuenta como familia.

Esa noche, en la cocina del rancho, el fuego crepitaba y olía a frijoles y pan de maíz de verdad. Tomás se sentó en una silla que siempre cojeaba un poco. Clara estaba frente a él, con una taza caliente en las manos. Trasto dormía cerca del fuego, patas al aire, como si el día hubiera sido una gran aventura divertida.

Don Eusebio dijo:

—Tomás, hoy te ganaste el derecho de contar una historia. Una buena, de esas que espantan el miedo y dejan el corazón tranquilo.

Tomás se rascó la nuca, pensando. Luego miró la llama y empezó:

—Había una vez una cerca que se creía muy importante. Decía: “Yo separo el peligro de lo seguro”. Un día, un poste se cayó y la cerca se sintió inútil. “Ya no sirvo”, pensó. Pero entonces llegó un caballo fuerte, un perro valiente y dos personas con manos rápidas. La cerca aprendió que no era importante por estar perfecta, sino porque todos la cuidaban juntos. Y cuando el viento quiso burlarse, la cerca respondió con una canción de alambre tenso: “Tin, tan, estoy de pie”.

Clara rió.

—Esa cerca tiene sentido del ritmo.

Tomás siguió, con voz más suave:

—Y los ladrones, al ver que la cerca no estaba sola, se fueron a buscar problemas a otro sitio. Porque hay algo que asusta más que un trueno: ver a la gente ayudándose.

Don Eusebio se quedó callado un momento, como si guardara la historia en el bolsillo.

—Mañana —dijo al fin— revisaremos el resto de la línea. Pero hoy… hoy comemos.

Tomás levantó su taza.

—Por las cercas reparadas —dijo.

Clara chocó su taza con la de él.

—Y por no jugar al héroe tonto.

Trasto abrió un ojo, soltó un “guau” flojito, y volvió a dormir.

Afuera, el Oeste era enorme y frío en la noche, pero dentro del rancho había luz, calor y una idea clara: cuando el camino se rompe, se arregla mejor con más de un par de manos.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Pradera
Terreno grande cubierto de hierba donde pueden comer los animales.
Alambre
Hilo de metal fino y fuerte que se usa para construir cercas.
Rebaño
Grupo de animales, como vacas o ovejas, que van juntos.
Ternera
Vaca joven, pequeña y todavía no adulta.
Alforja
Bolsa que se cuelga en el costado de un caballo para llevar cosas.
Cantimplora
Recipiente para llevar agua cuando se viaja o se trabaja fuera.
Silueta
Sombra o forma oscura de una persona o animal vista de lejos.
Galope
Paso muy rápido de un caballo, más rápido que el trote.
Arrastrado
Que ha sido tirado por algo o alguien sobre el suelo.
Martillo
Herramienta con cabeza pesada que se usa para clavar o golpear.
Huellas
Marcas que dejan pies o patas en la tierra o el barro.
Poste
Palo fuerte y vertical que sirve para sostener la cerca.
Corral
Lugar cercado donde se guardan los animales del rancho.
Relámpago
Luz muy brillante que aparece en el cielo durante una tormenta.
Trueno
Ruido fuerte en el cielo después del relámpago, cuando truena.
Tormenta
Tiempo con mucha lluvia, viento y a veces relámpagos y truenos.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.