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Cuento de vaquero 9/10 años Lectura 23 min.

La estrella rota de Clara y el misterio de la serpiente verde

Clara, una vaquera injustamente acusada de un robo en su pueblo, sigue pistas con la ayuda de Tom para descubrir una banda marcada con la serpiente y limpiar su nombre.

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Mujer adulta (Clara, ~25–30 años), rostro decidido y dulce, ojos vivos, manos con tierra, sostiene orgullosa una estrella de sheriff metálica brillante contra el pecho; niño (Tom, ~11–12 años) con expresión asombrada y empapada, cabello despeinado, sostiene una pequeña cartera y se sitúa detrás a la derecha; mujer mayor (Maribel, ~55–60 años) de figura redondeada, manos enharinadas, mirada benigna, a la izquierda junto a un mostrador de panadería de madera; hombre (Sheriff Danton, ~40–45 años) sorprendido y apenado, abrigo oscuro goteando lluvia, retrocede hacia la sombra de un pórtico; plaza del pueblo mojada tras la lluvia con adoquines embarrados, charcos reflectantes, fachadas de madera en ocre, ladrillo y azul desteñido, farol de aceite encendido y un letrero de madera tallada “Panadería”; composición centrada en Clara en tres cuartos con secundarios en semicírculo, estilo de papel recortado con capas y texturas visibles y bordes algo rasgados; colores contrastados: tonos cálidos para los habitantes (marrones, óxidos, amarillos) y fríos para el cielo (gris-azul), brillo metálico de la estrella como punto focal luminoso; ambiente de victoria serena y justicia restablecida, detalles nítidos (gotas de agua, migas de pan en el mostrador, una pequeña sacola abierta con sello bancario en el suelo). reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La estrella en el barro

El amanecer pintaba el desierto de naranja y oro. El viento olía a salvia y a tierra caliente, y hacía bailar las hierbas secas como si aplaudieran en silencio. A la entrada del pueblo de Polvareda, una vaquera llamada Clara ajustó el ala de su sombrero y apretó las riendas.

No era de las que hablaban mucho. Prefería escuchar: el crujido de las sillas de montar, el murmullo del río lejano, y ese sonido especial que hace un pueblo cuando guarda secretos.

En el bolsillo de su chaleco llevaba lo único que la mantenía despierta por las noches: una estrella de sheriff, rota por la mitad.

—No era tu culpa, Clara —le había dicho su padre antes de enfermar—. Pero el honor… el honor se cuida.

Clara cruzó la calle principal. Pasó frente a la barbería, donde un letrero torcido decía “Cortes Rápidos”, aunque nadie parecía tener prisa. El salón “La Herradura Azul” soltaba música de piano y risas. Todo parecía normal, pero Clara notaba las miradas: se pegaban a su espalda como polvo.

En la oficina del sheriff, el nuevo encargado, el sheriff Danton, levantó la vista. Era un hombre grande, con bigote afilado y ojos que parecían medirlo todo.

—Vaya, vaya —dijo—. Si es Clara Ríos. La hija del antiguo sheriff.

Clara dejó la media estrella sobre el escritorio con cuidado. Sonó como una moneda triste.

—Vengo a limpiar mi nombre —dijo ella, firme—. Esa noche, alguien robó el dinero del banco. Y todos creen que yo lo ayudé.

Danton tomó la estrella con dos dedos, como si fuera algo sucio.

—La gente cree lo que ve —respondió—. Y vio a una Ríos cerca del banco, justo cuando desaparecieron las bolsas.

Clara apretó los labios. Sí, había estado allí. Persiguiendo a un caballo suelto, nada más. Pero las palabras se volvían piedras cuando intentaba explicarlo.

—Déjeme investigar —pidió—. Encontraré quién lo hizo.

El sheriff se recostó en la silla, crujió la madera y sonrió con una calma desagradable.

—Investiga si quieres. Pero no causes problemas. Polvareda ya tiene suficientes.

Clara recogió su estrella y la guardó. Al salir, escuchó un susurro en la calle:

—Ahí va la vaquera de la estrella rota.

Le ardieron las orejas, pero no bajó la cabeza. Su yegua, Luna, la esperaba junto al poste. Clara le acarició el cuello.

—Tranquila —murmuró—. Vamos a hacer esto bien.

En ese momento, un chico flaco, con pecas y un sombrero demasiado grande, casi se chocó con ella. Llevaba una caja de manzanas y una sonrisa nerviosa.

—¡Uy! Perdón, señorita —dijo—. Soy Tom. Yo… yo no creo lo que dicen.

Clara lo miró, sorprendida.

—¿Y por qué no? —preguntó.

Tom se encogió de hombros.

—Porque mi abuela dice que la gente se equivoca mucho. Y que usted tiene cara de buena.

Clara soltó una risa pequeña, como el primer chasquido de una fogata.

—Gracias, Tom.

Tom bajó la voz.

—Escuché algo anoche, detrás del salón. Unos hombres hablando de… de una marca en forma de serpiente.

Clara se enderezó.

—¿Serpiente?

Tom asintió rápido.

—Sí. Y decían “la carga está lista”. Me dio miedo, así que me fui corriendo. Pero… pensé que tal vez le serviría.

Clara miró hacia el horizonte. El Oeste era enorme, y las mentiras podían esconderse en cualquier rincón. Pero ahora tenía un hilo del que tirar.

—Me sirve —dijo ella—. Y mucho.

Capítulo 2: Huellas hacia el cañón

El sol subió como una moneda brillante y el aire empezó a temblar de calor. Clara salió del pueblo por el camino del norte, donde el polvo se levantaba en pequeñas nubes. Tom insistió en acompañarla, aunque Clara le dijo que no era un paseo.

—Sé montar —aseguró él, subido a un burrito gris que parecía bostezar con cada paso—. Se llama Chispa.

—Chispa tiene cara de dormido —comentó Clara.

—¡Está pensando! —protestó Tom, y el burrito soltó un rebuzno como si le diera la razón.

Clara no pudo evitar sonreír. Un poco de humor hacía el camino menos pesado.

En una curva, encontraron huellas: marcas de herraduras profundas y, junto a ellas, un rastro extraño, como si arrastraran algo pesado.

Clara se agachó, tocó la tierra y sintió el calor en la palma.

—Pasaron hace poco —dijo—. Y no iban solos.

Tom tragó saliva.

—¿Y si son bandidos?

—Entonces haremos lo que se hace con los bandidos —respondió Clara—. Pensar primero, y correr solo si es necesario.

Avanzaron hasta un cañón donde las rocas rojas se alzaban como paredes de un castillo enorme. Allí el viento silbaba distinto, como si contara historias viejas.

De pronto, Luna se detuvo y movió las orejas. Clara escuchó: voces apagadas, el choque de metal, un caballo resoplando.

Se deslizaron entre unos matorrales y miraron. Abajo, en una pequeña explanada, tres hombres cargaban cajas en un carro. En una de las cajas se veía un símbolo pintado: una serpiente verde.

Tom se tapó la boca.

—¡La serpiente!

Clara observó sin parpadear. Uno de los hombres llevaba un pañuelo rojo y una pistola brillante. Otro era alto y delgado como un poste. El tercero… el tercero parecía conocido: tenía el mismo modo de levantar el mentón que el sheriff Danton.

Clara sintió un golpe en el estómago.

—¿Es…? —susurró Tom.

Clara no respondió. Solo apretó la mandíbula.

Los hombres hablaban entre risas.

—Esta vez nadie nos verá —dijo el del pañuelo—. El pueblo confía en el sheriff.

—Y si alguien pregunta, diremos que la chica Ríos volvió a las andadas —añadió el alto, y todos rieron.

Clara sintió la cara arder, pero su cabeza estaba fría. Si se lanzaba ahora, serían tres contra dos, y Tom no era un pistolero. Necesitaba inteligencia, no orgullo.

Miró alrededor y vio una cuerda vieja colgando de una roca, probablemente dejada por algún escalador o minero. También vio un nido de avispas en una grieta.

Tom siguió su mirada y abrió mucho los ojos.

—No… no vas a…

—Solo si hace falta —murmuró Clara—. Escucha. Vamos a separar al grupo. Cuando yo te diga, tira esa piedra al otro lado, lejos. Que crean que alguien viene.

Tom agarró una piedra del tamaño de su puño.

—¿Así?

—Más lejos. Piensa que quieres asustar al mismo sol.

Tom asintió, concentrado como si estuviera en un examen.

Clara esperó el momento justo. Cuando el hombre del pañuelo se alejó del carro para fumar, Clara susurró:

—Ahora.

Tom lanzó la piedra. Rebotó en la roca y cayó con un golpe seco. Abajo, los hombres se giraron.

—¿Qué fue eso? —gruñó el alto.

—Ve a ver —ordenó el que parecía Danton.

El alto subió por el lado contrario, justo hacia donde cayó la piedra. Clara se movió como sombra. Con cuidado, ató la cuerda a una roca firme y bajó un poco, hasta quedar encima del carro. Desde allí, vio que una caja estaba abierta: dentro brillaban monedas y bolsas con el sello del banco de Polvareda.

Ahí estaba la prueba.

Tom, temblando, se acercó a Clara.

—¿Y ahora?

Clara respiró hondo. Si lograba llevarse una de esas bolsas, podría demostrar la verdad. Pero debía hacerlo sin que la atraparan.

—Yo bajo y tomo una bolsa —dijo—. Tú quédate aquí. Si algo sale mal, vuelves al pueblo y le dices a mi padre… —se detuvo, recordando— No. Le dices a la señora Maribel, la dueña de la panadería. Ella no le tiene miedo al sheriff.

Tom tragó saliva.

—No quiero dejarte.

—Ser valiente no es quedarse por terquedad —respondió Clara—. Es ayudar de la forma correcta.

Tom asintió, aunque se le notaba el miedo en las rodillas.

Clara descendió con la cuerda, despacio, sintiendo el roce áspero en las manos. Cayó ligera detrás del carro, como una pluma con botas. Metió la mano en la caja abierta y agarró una bolsa.

En ese instante, un relincho la delató. Luna, inquieta, se movió.

El hombre del pañuelo giró la cabeza.

—¡Eh! —gritó—. ¡Hay alguien!

Clara salió corriendo con la bolsa apretada contra el pecho.

—¡Tom! —susurró fuerte—. ¡Corre!

Capítulo 3: La tormenta y el puente de tablones

Corrieron por el cañón como si el viento los empujara. Detrás, las botas golpeaban piedras y las voces se acercaban.

—¡Atrápenla! —rugió el del pañuelo—. ¡Es la Ríos!

Tom iba sobre Chispa, que, de pronto, demostró que no estaba dormido en absoluto: saltaba piedras como si fueran charcos. Clara iba en Luna, inclinada hacia adelante, sintiendo el aire caliente en la cara.

El cielo cambió sin aviso. Nubes negras se juntaron como ganado enfadado y un trueno sacudió el suelo. Empezó a llover, grueso y rápido. El polvo se volvió barro, y el barro quiso agarrarles las botas.

—¡Genial! —gritó Tom, empapado—. ¡Ahora el cielo también está en nuestra contra!

—El cielo solo hace lo suyo —respondió Clara—. Nosotros también.

Llegaron a un arroyo que, con la lluvia, se estaba convirtiendo en río. Un puente de tablones lo cruzaba, viejo y tembloroso. El agua rugía debajo.

Clara frenó un segundo. El puente crujió con solo mirarlo.

Tom se acercó, con los ojos grandes.

—¿Vamos a cruzar eso?

Clara miró atrás. Los hombres ya se veían entre la lluvia, como sombras malas.

—Sí —dijo—. Pero con cabeza.

Bajó de Luna, le acarició el hocico y le habló al oído.

—Despacio, chica. Como cuando pisas nieve… aunque aquí no hay nieve.

Tom soltó una risita nerviosa.

—Chispa nunca vio nieve. Se desmayaría.

Clara puso un pie en el puente. La madera estaba resbalosa. El puente se movió, quejándose.

—Uno por uno —ordenó—. Tom, tú primero. Eres más ligero.

—¿Y si me caigo?

—Entonces gritas —dijo Clara—. Yo gritaré también, para que no te sientas solo.

Tom tragó saliva y avanzó. Cada paso era un “crac” que le apretaba el corazón. Chispa lo siguió, increíblemente obediente. Llegaron al otro lado.

Clara cruzó con Luna. El viento le arrojaba lluvia a los ojos. A mitad del puente, una tabla se soltó y se hundió. Luna resbaló.

—¡Luna! —Clara tiró de las riendas con fuerza, se agachó y, con la otra mano, agarró una cuerda lateral del puente. Sus brazos temblaron. Luna bufó, luchando por recuperar el equilibrio.

—¡Vamos, chica! —dijo Clara entre dientes—. ¡Tú puedes!

Luna encontró apoyo con las patas delanteras y avanzó, temblorosa pero firme. Clara llegó al otro lado jadeando.

No tuvieron tiempo de descansar. Los bandidos entraron al puente.

—¡Se les acabó el paseo! —gritó el del pañuelo, riendo.

Clara miró las cuerdas del puente. Recordó la cuerda vieja del cañón y el nido de avispas: a veces el Oeste te daba herramientas raras. Aquí, el puente tenía un poste principal con una estaca que sostenía una de las cuerdas.

Si la aflojaba, el puente se volvería imposible de cruzar, al menos por unos minutos. Pero también podía romperse del todo, y no quería matar a nadie. Clara no buscaba venganza. Buscaba verdad.

Tom la miró, empapado y pálido.

—¿Qué hacemos?

Clara pensó rápido. Vio un lazo colgando de su silla y una roca grande cerca del poste.

—Tom, ata mi lazo a esa roca —dijo—. Rápido.

Tom lo hizo con manos temblorosas.

Clara tomó el otro extremo del lazo y lo pasó alrededor de la estaca, como si estuviera amarrando un ternero muy terco.

—Cuando te diga, tiras de la roca hacia atrás —explicó—. Solo lo suficiente para aflojar la cuerda. No para romperla.

Tom asintió.

Los hombres avanzaban por el puente. Uno se detuvo al oír el crujido más fuerte.

—Este puente no me gusta —dijo el alto.

—Calla y sigue —ordenó el del pañuelo.

Clara levantó la mano.

—¡Ahora!

Tom empujó la roca y tiró. La estaca se movió con un gemido de madera. La cuerda del puente aflojó, y el puente se inclinó un poco, lo suficiente para que los hombres se tambalearan.

—¡¿Qué…?! —gritó uno, agarrándose.

El del pañuelo resbaló y quedó colgado de una cuerda lateral, pataleando sobre el agua.

—¡Sácame! —chilló, de repente menos valiente.

Clara se asomó, empapada, pero su voz salió clara:

—¡No queremos que se caigan! ¡Vuelvan atrás!

El alto, asustado, empezó a retroceder. El tercero, el que parecía Danton, se quedó quieto, mirándola con rabia.

—Esto no termina aquí, Clara —gruñó.

—No —respondió ella—. Termina en la verdad.

Clara soltó un poco el lazo para que el puente se estabilizara lo justo. Los hombres lograron volver al lado del cañón, mojados y furiosos.

Clara y Tom no esperaron más. Se alejaron al galope bajo la tormenta, con la bolsa del banco bien guardada.

Capítulo 4: Voces en la plaza

Cuando llegaron a Polvareda, la lluvia había bajado a una llovizna fina. El pueblo olía a barro y a pan caliente. La plaza estaba casi vacía, pero en la panadería de la señora Maribel había luz.

Maribel era una mujer de brazos fuertes y mirada viva. Amasaba como si estuviera domando la harina.

—¡Santa masa! —exclamó al verlos—. ¿En qué agujero se metieron?

Clara puso la bolsa sobre el mostrador. Maribel abrió los ojos.

—Eso… eso es del banco.

—Es prueba —dijo Clara—. Los que robaron siguen moviendo el dinero. Y creo que el sheriff Danton está metido.

Tom añadió, atropellándose:

—¡Y tienen cajas con una serpiente! Y casi se cae uno al río, pero Clara no lo dejó y…

—Respira, niño —Maribel le dio una taza de leche tibia—. Una aventura no se cuenta sin aire.

Clara miró por la ventana. La gente empezaba a salir, curiosa, viendo a Clara empapada y con barro hasta las rodillas.

—Van a decir que yo robé eso —murmuró Clara.

Maribel se secó las manos y se puso seria.

—Entonces lo diremos más fuerte: que tú lo recuperaste. Y que aquí nadie se traga mentiras sin masticar.

En pocos minutos, Maribel salió con Clara y Tom a la plaza. Llamó a varios vecinos, incluido el banquero, el señor Hargrove, un hombre pequeño con bigote temblón.

—¿Qué es esta bulla? —preguntó Hargrove.

Clara levantó la bolsa.

—Esto pertenece al banco. Estaba en un carro, en el cañón, con cajas marcadas con una serpiente. Los hombres dijeron que me culparían a mí.

La plaza se llenó de murmullos. Una señora se llevó la mano al pecho.

—¡Una serpiente! —susurró—. Eso suena a la banda de Cascabel.

Tom levantó la mano como en la escuela.

—¡Sí! ¡Cascabel! Mi abuela dijo que esa banda roba y luego cambia el dinero en otro pueblo.

Clara miró a los vecinos, uno por uno.

—No les pido que me crean solo porque lo digo yo —dijo—. Les pido que miren la bolsa. Tiene el sello del banco. Y que recuerden: esa noche yo perseguía un caballo suelto. No tenía sentido que ayudara a robar a mi propio pueblo.

Hargrove tomó la bolsa con manos temblorosas, la abrió y vio el sello. Se quedó pálido.

—Es nuestra —admitió—. Sin duda.

Justo entonces, el sheriff Danton apareció bajo el toldo del salón, seco como si la lluvia lo respetara. Venía con dos ayudantes.

—¿Qué pasa aquí? —tronó.

Maribel no se achicó.

—Pasa que Clara trajo una bolsa del banco y dice que usted está metido con la banda de Cascabel.

La plaza se quedó en silencio, como si alguien hubiera apagado el mundo.

Danton soltó una risa breve.

—Una ladrona señalando a otro —dijo—. Qué conveniente.

Clara dio un paso adelante. Sentía el corazón golpeándole fuerte, pero su voz no tembló.

—Si soy la ladrona, entonces ¿por qué corrían cuando intenté acercarme? ¿Por qué el puente casi los tira al agua? ¿Y por qué usted estaba con ellos?

Un murmullo creció como una ola. Danton parpadeó. Solo una vez, pero Clara lo vio: ese pequeño fallo.

—Mentira —escupió—. No tienes pruebas de que yo estuviera allí.

Tom levantó la mano otra vez, aunque nadie se lo pidió.

—¡Yo lo vi! —dijo, y su voz se rompió un poco—. Y Chispa también lo vio… bueno, Chispa no habla, pero… ¡yo sí!

Algunos se rieron nerviosos, y el miedo se aflojó un poco.

Maribel habló con calma, como quien parte pan.

—Podemos hacer algo muy simple. Registren el almacén del sheriff. Y el establo. Si hay cajas con serpiente, aquí se acaba el cuento.

Danton apretó la mandíbula.

—Nadie registra mis cosas.

—Entonces, ¿por qué tanto miedo? —preguntó una voz. Era la abuela de Tom, una anciana con bastón y ojos brillantes—. El honor no le teme a la luz.

Clara sintió un calor en el pecho. No estaba sola.

La gente empezó a asentir. El herrero, la maestra, el conductor de la diligencia. Vecinos distintos, de lugares distintos, pero unidos por algo sencillo: ganas de justicia.

Danton dio un paso atrás, midiendo la plaza. Por primera vez, su sonrisa desapareció.

—Esto… esto es una locura —murmuró.

—No —dijo Clara—. Es un pueblo cuidándose.

Capítulo 5: La estrella completa

Al atardecer, un grupo de vecinos, con el banquero al frente, fue al almacén del sheriff. Danton intentó impedirlo, pero ya no tenía el control. La plaza entera caminó detrás, como un río.

Clara iba junto a Tom y Maribel. La lluvia había limpiado el aire, y el cielo se abría con nubes rosadas. Olía a madera mojada y a esperanza.

En el almacén encontraron lo que buscaban: cajas apiladas con el símbolo de la serpiente. Dentro, más bolsas y objetos robados. También, en un cajón, una pieza metálica: la otra mitad de la estrella de sheriff.

Clara la tomó con cuidado. Sus dedos temblaron.

—La tenía él… —susurró.

Danton, acorralado, miró a todos con rabia.

—¡No entienden! —gritó—. El Oeste es duro. Yo solo… yo solo tomé oportunidades.

—El Oeste es duro, sí —dijo Clara—. Por eso el honor es más importante. Si no, ¿qué nos queda?

Los ayudantes del sheriff bajaron la mirada. Uno de ellos dio un paso adelante y le quitó la placa del pecho.

—Se acabó, Danton —dijo—. No trabajaré para un hombre que usa su puesto para robar.

Danton intentó correr, pero el herrero y el conductor de la diligencia lo sujetaron. La gente no gritó de alegría ni pidió castigos crueles. Solo respiró, como si por fin pudiera hacerlo.

Clara unió las dos mitades de la estrella. Encajaron con un “clic” pequeño, pero para ella sonó como un trueno bueno.

Hargrove se aclaró la garganta.

—Clara Ríos… te debemos una disculpa —dijo—. Te juzgamos sin escuchar.

La maestra asintió.

—No fuimos de mente abierta —añadió—. Creímos un rumor porque era más fácil que preguntar.

Clara miró las caras: algunas avergonzadas, otras aliviadas. Había rostros nuevos también: un vaquero mexicano que trabajaba en las afueras, una familia china que tenía una lavandería, una mujer nativa que vendía cestas. Todos habían escuchado historias distintas sobre Clara. Todos estaban allí ahora, compartiendo la misma verdad.

Clara respiró hondo.

—Yo también aprendí —dijo—. Creí que debía hacerlo sola. Pero la justicia no es una carrera de uno. Es un camino que se camina con otros, aunque sean diferentes a ti.

Tom levantó su taza imaginaria, como en una fiesta.

—¡Por Clara! —gritó.

Chispa rebuznó desde afuera, como si brindara también. Algunos rieron, y esa risa fue ligera, como polvo que se va.

Esa noche, frente a la oficina del sheriff, Clara colgó la estrella completa en la pared, por un momento, solo para verla brillar bajo la lámpara. Luego se la guardó en el bolsillo.

Maribel le puso una mano en el hombro.

—Tu padre estaría orgulloso.

Clara miró el cielo. Las estrellas de verdad parecían más cercanas después de la tormenta.

En la plaza, la gente se acercó. Uno por uno, le dieron la mano. No como a una leyenda, sino como a una vecina.

Clara se quitó el sombrero y habló con voz clara, sin prisa.

—Gracias por escuchar. Gracias por cambiar de idea cuando era necesario. Y gracias por ayudarme a devolver el honor a mi familia… y al pueblo.

Luego hizo un saludo sincero, con el sombrero contra el pecho, y una inclinación suave.

—A sus órdenes, Polvareda.

Y por primera vez en mucho tiempo, Clara sintió que el Oeste, con todo su polvo y sus desafíos, también podía ser hogar.

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Amanecer
Momento del día cuando empieza a aparecer la luz del sol.
Salvia
Planta con hojas aromáticas que se usa en cocina y remedios.
Chaleco
Prenda sin mangas que se pone sobre la camisa para abrigarse.
Honor
Sentido de dignidad y respeto por hacer lo correcto.
Murmullo
Ruido suave de voces que se oyen pero no se entienden bien.
Estrella de sheriff, rota por la mitad.
Insignia metálica del oficial, aquí dañada en dos partes.
Explanada
Terreno plano y abierto, como una pequeña plaza sin edificios.
Relincho
Sonido fuerte que hace un caballo cuando está nervioso o agitado.
Serpiente
Animal largo sin patas que se desliza por el suelo.
Grieta
Abertura estrecha en una roca o pared.
Puente de tablones
Puente hecho con tablas de madera colocadas unas junto a otras.
Crujió
Sonido seco que hace la madera u otra cosa al romperse o moverse.

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