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Cuento de San Valentín 11/12 años Lectura 11 min.

La caja de confianza de la clase 6B

En un aula, la Caja Carmín organiza un sorteo de "Amigos Secretos" y aparece un papel misterioso que lleva a los niños a reflexionar sobre la amistad y la confianza.

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Una caja de cartón roja antropomórfica llamada Caja Carmín, con un lazo algo torcido, grandes ojos pintados y pequeñas manos de cartón, muestra una expresión orgullosa y enternecida mientras se inclina sobre su abertura para sacar un papel; Martina, niña de 10 años con coletas y chaqueta amarilla, sonríe y mira la caja con la mano en el borde del pupitre, protectora; Bruno, chico alto y torpe de pelo corto castaño, se muestra tímido pero tierno detrás de ella sosteniendo un pequeño corazón de papel; Irene, niña tranquila con gafas y suéter verde, sostiene un mensaje plegado en corazón sentada en una mesa cercana; la profesora Clara, adulta benévola con el pelo recogido y una bufanda roja, está de pie junto a la pizarra con gesto alentador; el aula, luminosa y colorida, tiene mesas de madera clara, botes de lápices, purpurina y confeti rosa en el suelo, un gran corazón a la tiza en la pizarra y una ventana con luz suave de tarde; la escena principal muestra la caja liberando un papel especial titulado Para quien necesita confianza, los niños reunidos alrededor en una atmósfera cálida y alegre, composición centrada en la caja y el papel cayendo, colores vivos, contornos nítidos y siluetas de miembros elásticos al estilo rubber hose. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Una caja con cosquillas

En el aula 6B olía a papel nuevo, a rotuladores dulces y a ese perfume raro de “hoy pasa algo”. En la pizarra, la profe Clara había dibujado un corazón enorme y, debajo, escribió: “San Valentín: detalles, amistad y buen humor”.

Encima de la mesa del profesor, una caja de cartón roja aclaró la garganta, como si tuviera migas en la voz.

—Ejem… ¿Se puede saber por qué me han pintado lunares? —murmuró, moviendo la tapa con indignación dramática.

Nadie pareció sorprenderse. En 6B, una caja que habla era casi tan normal como los deberes de mates.

La profe le dio un toque cariñoso.

—Porque hoy eres la estrella, Caja Carmín. Te toca dirigir el sorteo de los “Amigos Secretos”.

Caja Carmín se irguió todo lo que pudo. Tenía un lazo torcido que parecía una ceja levantada.

—Por fin una misión con sentido. Estoy cansada de guardar tizas rotas.

Martina, que siempre lo notaba todo, se inclinó.

—¿Y si te equivocas y sacas dos veces el mismo papel?

—¿Yo? —Caja Carmín soltó un bufido de cartón—. Soy tranquila, pero no soy despistada.

Aun así, cuando la clase empezó a pegar pegatinas de corazones por todas partes, Caja Carmín sintió unas cosquillas extrañas en el fondo. Era nervio. O quizá era confeti. Con 6B nunca se sabe.

Capítulo 2: El sorteo que parecía un truco

La profe repartió tiras de papel. Cada quien escribió su nombre con letra seria, como si firmaran un tratado de paz.

—Dobladlo bien —indicó la profe—. Que nadie pueda leerlo.

Los papeles cayeron dentro de Caja Carmín como lluvia de mariposas. Ella los sintió rebotar en sus paredes.

—Atención —anunció con voz de presentadora—. ¡Que empiece el gran sorteo!

Martina fue la primera. Metió la mano con cuidado.

—A ver… —abrió el papel—. “Nico”.

Nico sonrió como si le hubieran dado un premio invisible.

—¡Genial! —susurró—. A Nico le gustan los chistes malos. Lo tengo fácil.

Siguieron uno tras otro. Risas, codazos, miradas curiosas.

Cuando le tocó a Bruno, el más alto de la clase y el que fingía que nada le importaba, metió la mano demasiado rápido. Caja Carmín notó un tirón.

—¡Ey! —protestó—. ¡Con delicadeza, que me despeinas la tapa!

Bruno sacó un papel y lo leyó. Sus orejas se pusieron rojas, justo del tono de la caja.

—Me tocó… Irene —murmuró, como si “Irene” fuera una palabra que pesara.

Irene, que escuchó, levantó una ceja.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es… es un nombre —respondió Bruno, y la clase soltó una carcajada.

Todo iba perfecto hasta que la profe se acercó a Caja Carmín y, con una sonrisa misteriosa, dejó caer un papel más.

—¿Otro? —preguntó Caja Carmín.

—Un papel especial —dijo la profe en voz baja—. Para el sorteo final.

La caja tragó aire. Bueno, cartón. Era raro tener secretos, y más en San Valentín, cuando todo el mundo quería contarlo todo.

Capítulo 3: El papel que nadie vio

Después del recreo, llegó el momento de escribir mensajes y preparar pequeños detalles. No regalos enormes, había dicho la profe. “Gestos que digan: me importas”.

El aula parecía una fábrica de buen humor: tijeras haciendo “clic”, pegamento con olor a almendra, purpurina escapándose como polvo de estrellas.

Caja Carmín observaba desde la mesa. A ratos se sentía útil. A ratos, sospechosa.

Porque había algo: en el fondo, pegado a una esquina, notaba un papel diferente. No se movía como los otros. Se quedaba quieto, como si tuviera miedo.

—Oye —susurró la caja hacia la mesa—. ¿Tú quién eres?

El papel no respondió, claro. Era un papel. Pero Caja Carmín juraría que tembló un poquito.

Martina se acercó con un tarjetón en forma de cometa.

—Caja, ¿todo bien?

—Tengo… una sensación —admitió Caja Carmín—. Como cuando alguien se sienta encima de mí sin preguntar.

Martina metió la cabeza dentro, con cuidado de no arrugar la tapa.

—Veo un papel atascado. Está pegado. ¿Quieres que lo saque?

Caja Carmín dudó. Le gustaba hacer las cosas bien. Y le gustaba, sobre todo, ser confiable. Pero ese papel especial de la profe… ¿y si era importante?

—Todavía no —dijo al fin—. Esperemos al final. Confío en que la profe sabe lo que hace.

Martina asintió, aunque se quedó mirándola como si la caja acabara de confesar que tenía un misterio en el bolsillo.

Capítulo 4: Valentinas y valientes

Llegó la hora de entregar los detalles. La profe puso música bajita, de esa que suena a domingo feliz.

Uno por uno, los alumnos dejaron sus mensajes en una mesa larga. Había cartas en sobres con sellos dibujados, pulseras de hilo, marcapáginas con chistes, y hasta una bolsita con galletas que olían a canela.

Bruno se acercó a Irene con un papel doblado en forma de corazón imperfecto.

—No soy bueno con esto —dijo, rascándose la nuca—. Pero… me caes bien. Aunque me ganes en ajedrez.

Irene abrió el corazón. Dentro ponía: “Gracias por no reírte cuando me equivoco. Eso me da confianza para intentarlo otra vez”.

Irene lo miró, sorprendida.

—¿Tú escribiste eso?

—Sí. Y me costó más que una división con decimales —confesó Bruno.

Irene sonrió. No fue una sonrisa enorme. Fue una de esas que se quedan calentitas.

—Entonces vale el doble.

En otra esquina, Nico le entregó a Martina un marcapáginas que decía: “Si el mundo fuera un libro, tú serías el capítulo donde pasan cosas buenas”.

—Eso es cursi… —dijo Martina, y se le escapó una risa—. Me encanta.

Caja Carmín escuchaba todo y se le aflojaba el lazo. Qué raro: cuando la gente se decía cosas bonitas, el aula parecía más grande. Como si entrara más aire.

Solo que faltaba una entrega.

La profe miró la lista.

—Nos queda el último sorteo —anunció—. El papel especial.

Caja Carmín sintió el papel atascado vibrar, como un tamborcito.

Capítulo 5: El sorteo final

La profe se acercó a Caja Carmín.

—Ahora sí —dijo—. Toca sacar el papel especial. Pero esta vez… lo sacas tú, Caja.

—¿Yo? —Caja Carmín se enderezó—. Con gusto.

Martina se acercó, lista por si había que ayudar. Pero Caja Carmín quiso hacerlo sola. Era su misión. Y una misión se cumple con calma.

Respiró hondo. Imaginó que era una caja fuerte de piratas y que dentro guardaba un tesoro que debía repartir con justicia.

Movió un poco la tapa. Luego inclinó su cuerpo, suave, como quien se estira al despertarse. El papel atascado se despegó por fin, como una pegatina que se rinde.

Cayó en la mesa con un “plop”.

La profe lo tomó y lo abrió. Sus ojos se iluminaron.

—Este papel no tiene un nombre —dijo.

La clase se quedó en silencio, como si alguien hubiera apagado la música sin avisar.

—¿Cómo que no? —preguntó Nico.

—Solo dice: “Para quien hoy necesite confianza”.

Hubo un murmullo. Alguien soltó un “oh” bajito.

La profe apoyó el papel sobre la mesa.

—San Valentín no es solo para regalar a alguien concreto —explicó—. A veces es para recordar algo que todos necesitamos.

Caja Carmín sintió un calorcito dentro, en la parte donde guardaba los secretos. Había sido correcto esperar. Había sido correcto confiar.

Martina levantó la mano.

—¿Y qué hacemos con eso?

La profe sonrió.

—Lo convertimos en un detalle para el aula. Algo que quede aquí.

Entonces Irene propuso:

—Una caja de confianza.

Bruno señaló a Caja Carmín.

—Ya tenemos caja.

—¡Eh! —protestó Caja Carmín—. Yo soy caja, sí, pero no soy… un buzón triste.

—No sería triste —dijo Martina—. Sería como un lugar donde dejar mensajes para animar a alguien. Sin nombres, si quieren.

Caja Carmín se quedó quieta. Le gustaba la idea. Le daba un propósito nuevo. Uno que olía a papel limpio y a valentía.

—Acepto —declaró al fin—. Pero con una condición: nada de meter chicles usados. Lo digo por experiencia.

La clase rió, aliviada.

Capítulo 6: Un aula en orden y un corazón también

Durante los últimos minutos, todos escribieron un mensaje breve en papelitos de colores. Mensajes que no señalaban con el dedo. Mensajes que empujaban suave.

“Confío en ti aunque te pongas nervioso.”

“Tu risa mejora los lunes.”

“Si te equivocas, no pasa nada: sigues siendo tú.”

“Gracias por ser buena amiga incluso cuando estoy de malas.”

Uno por uno, los dejaron dentro de Caja Carmín. Ella se sintió llena, pero no pesada. Llena como una mochila antes de una excursión.

Luego vino la parte menos mágica y más importante: recoger.

—San Valentín también incluye ordenar —anunció la profe con tono de broma—. El amor no se lleva bien con la purpurina en el suelo.

Bruno barrió confeti como si estuviera luchando contra un ejército brillante.

—Esto no se muere nunca —se quejó.

—Es purpurina zombi —dijo Nico—. Vuelve siempre.

Martina recogió tijeras, pegamento, restos de papel. Irene alineó las sillas con una precisión que daba gusto. La profe guardó los trabajos en una carpeta. Y Caja Carmín, orgullosa, se quedó en una esquina especial del escritorio, con una etiqueta nueva escrita a mano: “Caja de Confianza”.

Al final, el aula quedó ordenada: mesas limpias, suelo despejado, ventanas cerradas. Hasta el corazón dibujado en la pizarra parecía más nítido.

La profe apagó la música y miró a la clase.

—Buen trabajo. Hoy hicisteis algo pequeño… que puede durar mucho.

Caja Carmín se aclaró la garganta otra vez, pero esta vez sonó contenta.

—Y yo —dijo— he sobrevivido a dedos impacientes, papeles traviesos y purpurina zombi. Si eso no es amor, que alguien me lo explique.

Martina le dio un golpecito suave, como quien promete algo sin decirlo en voz alta.

—Mañana seguimos confiando —susurró.

Y Caja Carmín, en silencio, guardó esa frase como su mejor papelito.

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Purpurina
Polvo o pequeñas partículas brillantes que se usan para decorar.
Tarjetón
Tarjeta grande y gruesa que se usa para escribir mensajes especiales.
Buzón
Recipiente donde se dejan cartas o mensajes para que alguien los lea.
Valentía
Coraje para afrontar miedo o situaciones difíciles sin rendirse.
Tizas
Barras de calcio que se usan para escribir en la pizarra.
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