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Cuento de San Valentín 11/12 años Lectura 19 min.

El rincón de la dulzura y el buzón de los mensajes que abrigan

Iván organiza un "rincón dulzura" en la biblioteca escolar para que nadie se sienta solo, reuniendo a compañeros con creatividad y solidaridad.

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Un niño de 12 años, Iván, sonriente y concentrado, rostro redondo con ligeras pecas y pelo castaño despeinado, agachado junto a una mesa sosteniendo una gran caja de cartón convertida en buzón decorado; una niña de 12 años, Nora, con pelo negro en coleta alta y mirada traviesa pero amable, arregla la ranura del buzón con cinta colorida, ligeramente inclinada hacia Iván; un niño de 12 años, Dani, castaño y tímido pero concentrado, sentado trenzando pequeñas pulseras de hilo junto a una pila de tarjetas; la señora Elvira, de unos 60 años, con el pelo gris recogido y gafas redondas, los observa con orgullo desde el fondo; lugar: biblioteca escolar cálida con estanterías de madera clara, luz suave de una gran ventana, alfombra azul con estrellas y guirnaldas de corazones; situación: preparan un rincón de dulzura para San Valentín con decoraciones rojas y rosas, buzón con cascabel, tarjetas apiladas y pulseras, en un ambiente colaborativo y esperanzador. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un plan con olor a cacao

A Iván le gustaba la víspera de San Valentín por una razón muy simple: en el cole aparecían más colores que en una caja de lápices nueva. Corazones de papel en las ventanas, cintas rojas en las barandillas y notas secretas que pasaban de mano en mano como si fueran mensajes de espías.

Ese año, sin embargo, Iván tenía una misión propia.

—Voy a montar un “rincón dulzura” —anunció en la cocina, mientras untaba mermelada con la seriedad de un científico—. Un sitio para que la gente se sienta… mejor.

Su madre levantó una ceja, divertida.

—¿Mejor con azúcar?

—Mejor con detalles —corrigió él, aunque miró la tostada como si fuera un argumento poderoso—. Y un poco de azúcar, sí. No vamos a negar la realidad.

En su mochila llevaba un cuaderno con ideas: guirnaldas, cartas, una caja de “cosas pequeñas” para regalar, y una lista de amigos a los que quería sorprender. No era un plan gigantesco. Era un plan de bolsillo. De esos que caben entre los libros de Lengua y Matemáticas.

En el patio, el aire estaba frío y olía a tierra húmeda. Iván vio a Nora junto a la verja, con su bufanda enrollada como una serpiente amable.

—¿Qué es esa cara de “voy a hacer algo” ? —preguntó ella.

Iván sonrió.

—Voy a hacer algo.

—Ah, fantástico. Eso siempre termina con pegamento en el pelo de alguien.

—Esta vez no. O al menos… lo intentaré.

Caminaron hacia la entrada. Dentro, el cole sonaba a pasos y risas. Por los pasillos, colgaban carteles hechos a mano: “Día de la Amistad”, “Pequeños gestos, grandes sonrisas”.

Iván se detuvo frente al tablón de anuncios. En un rincón, una hoja arrugada decía: “Se buscan voluntarios para decorar la biblioteca”.

Le brillaron los ojos.

—Ahí —dijo, señalando—. Ese será el lugar.

—¿La biblioteca? —Nora abrió la boca, sorprendida—. ¿Tu rincón dulzura entre libros?

—Claro. Los libros ya son dulces. Solo les falta… cobertura.

Nora se rió.

—Eres imposible.

—Soy… creativo —respondió Iván, poniendo voz solemne—. Y ligeramente peligroso.

Capítulo 2: La biblioteca se convierte en un secreto

La bibliotecaria, la señora Elvira, tenía un moño tan firme que parecía sujetar el edificio entero. Cuando Iván y Nora se acercaron con su propuesta, ella los miró como se mira a dos gatitos que quieren organizar un concierto.

—¿Un rincón dulzura? —repitió, ajustándose las gafas—. Explícate, Iván.

Iván tragó saliva. De pronto, su plan ya no era tan pequeño.

—Un lugar tranquilo —dijo—. Con tarjetas para escribir cosas bonitas, una mesa con chocolatinas… y un buzón para mensajes anónimos. Para… ya sabe. Para que nadie se sienta solo.

La señora Elvira no sonrió, pero sus ojos sí cambiaron, como si se encendiera una lamparita.

—Nada de migas entre las páginas —advirtió—. Y nada de pegamento en los libros.

Nora levantó la mano, como en clase.

—Yo puedo vigilar lo de las migas. Tengo experiencia con mi hermano pequeño.

La bibliotecaria asintió.

—Bien. Tenéis permiso. Pero con responsabilidad. La dulzura también se ordena.

Cuando salieron, Iván respiró como si acabara de aprobar un examen sorpresa.

—¡Nos ha dicho que sí! —susurró.

—Te dije que tenías cara de “voy a hacer algo” —respondió Nora—. Ahora toca lo difícil.

Iván abrió su cuaderno y empezó a hacer una lista nueva en el pasillo, apoyado contra la pared.

—Guirnalda de corazones, cinta, cartulinas, rotuladores, una manta suave, una caja de “toma uno”, una planta… —murmuraba.

—¿Una planta?

—Para que parezca un rincón serio. Las plantas dan confianza.

Nora señaló a un grupo que pasaba corriendo.

—¿Y quién va a ayudar? Porque tú solo… bueno, tú solo acabas con pegamento en el pelo.

Iván cerró el cuaderno con determinación.

—Voy a pedir ayuda. A todos.

Como si el cole fuera un tablero de juego, Iván empezó a moverse por casillas: la clase de Plástica, el aula de Música, el recreo. Iba recogiendo cosas y promesas.

En Plástica, Leo le dio retales de papel brillante.

—Esto sobra del mural de Navidad —explicó—. Está un poco arrugado, pero el amor también se arruga.

—Poeta —dijo Iván, impresionado.

En Música, Sofía le ofreció una cajita con cascabeles pequeños.

—Para que suene bonito cuando alguien deje un mensaje.

—¿Y si suena demasiado? —preguntó Nora.

—Entonces será alegría, no ruido —contestó Sofía, muy seria.

Iván apuntó todo. Cada “sí” era como una pegatina en el corazón.

Capítulo 3: El problema de Dani y la caja vacía

Al mediodía, cuando Iván pensaba que su plan avanzaba sin tropiezos, vio a Dani sentado en un banco, solo, con la capucha subida. Dani era de su clase y casi siempre hacía chistes, pero ese día no tenía cara de chiste. Tenía cara de “no me mires”.

Iván se acercó despacio.

—Oye —dijo—. ¿Te has tragado un limón?

Dani soltó una risa corta, pero sin ganas.

—Más o menos.

Iván se sentó a su lado. El banco estaba frío y el metal se colaba por el pantalón.

—Mañana montamos un rincón dulzura en la biblioteca —contó Iván—. Para San Valentín. Para la amistad, ya sabes.

—Ajá —respondió Dani, mirando el suelo.

—¿Quieres ayudar? —preguntó Iván—. Necesitamos… gente que sea rápida con las manos.

Dani levantó la vista, desconfiado.

—¿Rápida para qué?

Iván se encogió de hombros.

—Para recortar, para doblar, para… lo que salga. Además, tú haces nudos perfectos. Lo vi cuando ataste la cuerda en Educación Física.

Dani apretó los labios. Luego soltó el aire.

—No tengo nada para dar —dijo, de golpe—. Mi padre se quedó sin trabajo y… en casa no vamos a comprar chorradas de San Valentín.

La palabra “chorradas” sonó como una piedra lanzada a un charco.

Iván se quedó quieto. Notó que el plan de cartulinas y chocolatinas era fácil. Lo difícil era esto: lo que no se veía.

—No hace falta comprar nada —dijo Iván con calma—. En serio. En el rincón dulzura lo más importante son los mensajes. Una frase puede ser mejor que una caja entera.

Dani frunció el ceño.

—Eso lo dices porque tú puedes traer chocolatinas.

Iván abrió la boca para protestar, pero se detuvo. No quería ganar una discusión. Quería arreglar algo.

—Mira —dijo—. Te propongo un trato. Tú haces algo que no cueste dinero: un “nudo de la suerte” con cuerda. O una pulsera con hilo. O lo que se te dé bien. Y yo… yo me encargo de que nadie se sienta raro por no traer cosas.

Dani lo miró como si intentara adivinar si era verdad.

—¿Y si se ríen?

Iván puso cara de “esto es muy serio”.

—Entonces se las verán con el encargado oficial del rincón dulzura.

—¿Y quién es ese?

Iván señaló su propio pecho.

—Yo. Y, si hace falta, Nora, que da miedo cuando se enfada.

Dani soltó una risa de verdad. Pequeña, pero real.

—Vale —dijo—. Puedo hacer pulseras. Mi abuela me enseñó. No son perfectas, pero…

—Perfecto —interrumpió Iván—. En San Valentín, lo imperfecto tiene encanto.

Nora apareció justo en ese momento, con un montón de cartulinas bajo el brazo.

—¿Qué tramas? —preguntó.

—Solidaridad —dijo Iván, como si fuese el nombre de una película.

Nora miró a Dani.

—¿Te unes?

Dani se encogió de hombros, pero esta vez no era un “me da igual”. Era un “puede ser”.

—Me uno —dijo—. Pero si me toca cortar corazones, me sale uno que parece una patata.

—Las patatas son nutritivas —respondió Nora—. Ya veremos cómo lo convertimos en arte.

Capítulo 4: Guirnaldas, risas y un poco de desastre

Esa tarde, la biblioteca se transformó en un taller secreto. La señora Elvira les dejó una mesa grande cerca de la ventana, donde entraba una luz pálida, como de leche.

Iván extendió una manta que había traído de casa. Era azul con estrellas amarillas.

—Para que parezca un cielo —explicó.

—O para que parezca que se te ha caído la cama aquí —se burló Nora.

—Cielo-cama —dijo Iván—. Dos por uno.

Leo llegó con el papel brillante. Sofía trajo los cascabeles. Dani apareció con un ovillo de hilo y cara de “no sé si esto es buena idea”, pero se sentó de todos modos.

—Bien —anunció Iván—. Reglas del rincón dulzura: uno, se habla bajito. Dos, nada de burlas. Tres, si alguien necesita un descanso… se lo damos.

La señora Elvira carraspeó desde su escritorio.

—Y cuatro —añadió—: nada de pegamento cerca de los libros.

—¡Prometido! —dijeron todos a la vez.

Empezaron a trabajar. El sonido de las tijeras era como el de una lluvia pequeña. Los rotuladores olían fuerte. Las cartulinas se apilaban como un pastel de capas.

Nora recortaba corazones perfectos. Leo hacía cadenas de papel que parecían serpientes de colores. Sofía probaba los cascabeles y sonaban como una risa metálica.

Dani, concentrado, trenzaba pulseras. Sus dedos iban rápido, como si estuvieran contando una historia sin palabras.

Iván, en cambio, estaba con lo más complicado: el buzón de mensajes. Había conseguido una caja de zapatos y quería hacer una ranura elegante.

—Si lo cortas así, se rompe —advirtió Nora.

—No se rompe. Se… abre a la emoción —dijo Iván, metiendo la tijera con valentía.

La caja crujió como una galleta mal horneada.

—Se ha abierto a la emoción demasiado —comentó Leo.

Iván miró el desastre: una ranura enorme, torcida, como la boca de un monstruo hambriento.

—Está bien —dijo, intentando sonar tranquilo—. Es un buzón… muy expresivo.

Nora le quitó la caja con suavidad.

—Déjame. Antes de que la caja pida auxilio.

Con cinta adhesiva y paciencia, Nora arregló la ranura y pegó un cartel: “Mensajes que abrigan”.

Iván se quedó mirándola.

—Eres como una superheroína de la papelería.

—Y tú eres como un villano de las tijeras —respondió ella, pero sonrió.

Cuando terminaron, el rincón dulzura estaba listo: una silla cómoda, la manta de estrellas, una mesa con tarjetas en blanco, un tarro de rotuladores, una cajita con pulseras, y el buzón con cascabeles. También pusieron un cartel escrito por Dani, con letra algo torcida pero clara: “Si hoy no te sientes bien, aquí puedes dejarlo un ratito”.

La señora Elvira se acercó y lo leyó.

—Eso… está muy bien —dijo, y por fin su boca se permitió una sonrisa pequeñísima—. Muy bien.

Iván sintió un cosquilleo en el pecho. No era azúcar. Era otra cosa.

Capítulo 5: San Valentín y el buzón que sonaba a esperanza

El día de San Valentín amaneció con un cielo claro y frío. En el cole, la gente llevaba prendas rojas como si hubiera una conspiración secreta de tomates.

Iván llegó temprano a la biblioteca. Tocó la manta, colocó las tarjetas, alineó los rotuladores como soldados de colores. Cuando colgó la guirnalda, los corazones brillaron con la luz de la ventana.

—Hoy no puede fallar —murmuró.

—Si falla, lo convertimos en plan B —dijo Nora, entrando con una bolsita de galletas caseras—. Sin migas, lo juro.

Dani llegó después, con más pulseras y una bolsa de hilos.

—He hecho de todos los tamaños —dijo—. Por si alguien tiene muñeca de gigante.

—O de dinosaurio —añadió Leo, que apareció detrás.

A media mañana, los primeros alumnos entraron a curiosear. Al principio, se acercaban con cuidado, como si el rincón dulzura fuera un animal desconocido.

Una chica de primero dejó un mensaje y los cascabeles sonaron: tin-tin. Ella se ruborizó y salió corriendo.

Un chico alto cogió una pulsera, se la puso y sonrió como si le quedara un secreto en la muñeca.

Iván observaba desde cerca, pero sin invadir. Como un guardián invisible.

Entonces vio a Paula, de su clase, entrar con los ojos hinchados. Se quedó parada frente al buzón, apretando una tarjeta entre los dedos.

Iván se acercó despacio.

—Hola —dijo—. Si quieres, puedes sentarte.

Paula se sentó en la silla, con los hombros encogidos.

—Es que… —empezó, y se le rompió la voz—. Mis amigas están enfadadas conmigo por una tontería. Y yo… yo no sé arreglarlo.

Iván se quedó un segundo en silencio. Pensó en lo fácil que era decir algo sin querer y lo difícil que era deshacerlo.

—¿Quieres escribirles algo? —preguntó—. Algo simple.

Paula asintió.

Iván le ofreció un rotulador azul.

—Azul es buen color para pedir perdón —dijo—. Parece serio pero no triste.

Paula soltó una risita, mínima.

Escribió durante un rato. Cuando metió la tarjeta en el buzón, los cascabeles sonaron suave. Tin-tin.

—Gracias —susurró.

—De nada —respondió Iván—. El rincón dulzura hace su trabajo. Yo solo… evito que el monstruo del buzón se coma la biblioteca.

Paula sonrió de verdad y se marchó.

Más tarde, entró un grupo haciendo ruido. Uno de ellos, Sergio, miró las pulseras y soltó una risita.

—Vaya cursilada —dijo.

Dani se puso rígido.

Iván respiró hondo y se adelantó, sin levantar la voz.

—Puedes pensar lo que quieras —dijo—. Pero aquí dentro no se pinchan los globos de nadie. Si no te gusta, no pasa nada. Si te quedas, respeta.

Sergio lo miró, sorprendido por el tono tranquilo. Miró alrededor: gente escribiendo en silencio, otros leyendo mensajes.

Al final, se encogió de hombros.

—Vale, vale —murmuró.

Y, sin que nadie lo comentara, cogió una tarjeta y se sentó en un rincón. Escribió algo rápido, como si tuviera prisa por no parecer blando.

Cuando dejó el mensaje, los cascabeles sonaron. Tin-tin.

Nora le susurró a Iván:

—Tu voz de “encargado oficial” funciona.

Iván susurró de vuelta:

—Es mi superpoder. No se lo digas a nadie.

A última hora, la señora Elvira abrió el buzón con cuidado. Dentro había decenas de tarjetas. Algunas con dibujos, otras con letras grandes y torcidas. La bibliotecaria las mezcló y las colocó en una bandeja con el cartel: “Llévate una si necesitas un empujón”.

La gente empezó a cogerlas.

Iván vio a Dani leer una. Dani frunció el ceño, luego se lo limpió con la manga, disimulando.

—¿Qué pone? —preguntó Iván, sin invadir.

Dani le enseñó la tarjeta. Decía: “Gracias por hacer cosas con tus manos. Se nota cuando alguien pone cariño.”

Dani se aclaró la garganta.

—Una tontería —dijo, pero se tocó la pulsera como si fuera un tesoro.

Iván notó que el rincón dulzura no era una mesa con cosas. Era un puente.

Capítulo 6: El último mensaje y un sueño tranquilo

Cuando terminó el día, el cole se quedó más silencioso, como si se hubiera cansado de sonreír tanto. En la biblioteca, solo quedaban ellos cuatro y la señora Elvira.

Recogieron despacio. Guardaron los rotuladores, doblaron la manta de estrellas, despegaron la guirnalda con cuidado. Nora metió las galletas que sobraban en una bolsa cerrada, como si fueran pruebas de un crimen delicioso.

—Misión cumplida —dijo Leo, estirándose—. Nadie ha muerto por exceso de ternura.

—Aún —añadió Nora.

Dani miró la caja del buzón.

—¿Y qué hacemos con los mensajes que quedan?

La señora Elvira levantó una mano.

—Los guardaré —dijo—. Para quien lo necesite otro día. La solidaridad no dura solo veinticuatro horas.

Iván sintió una calma tibia. Estaba cansado, sí, pero era un cansancio agradable, como después de jugar un partido y reírte aunque hayas perdido.

Antes de irse, Iván vio una tarjeta en blanco olvidada sobre la mesa. La cogió y, con el rotulador azul, escribió un mensaje rápido. Lo dobló y se lo dio a la señora Elvira.

—Para el rincón —dijo.

Ella lo miró, curiosa, pero no lo abrió. Solo lo guardó con los demás, con respeto.

En casa, Iván se duchó, cenó y se puso el pijama. Su madre lo observó mientras él se metía en la cama.

—Tienes cara de haber hecho algo importante —dijo ella.

Iván pensó en Paula, en Sergio, en Dani, en los cascabeles sonando como pequeñas campanas de ánimo. Pensó en la biblioteca, tan tranquila y tan viva.

—He montado un rincón dulzura —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Y ha funcionado.

Su madre se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo.

—Entonces el mundo es un poquito mejor hoy.

Iván asintió, ya medio dormido.

En la oscuridad, recordó lo que había escrito en la tarjeta para el rincón: “Si hoy te sientes invisible, te vemos. Si hoy te falta fuerza, aquí hay un poco. Compartir no quita, multiplica.”

Cerró los ojos. El silencio de su habitación parecía una manta suave, parecida a la de estrellas, pero más cálida.

Y se durmió con un sueño tranquilo, como si los cascabeles del buzón hubieran quedado sonando muy lejos, tin-tin, en algún lugar donde los gestos pequeños hacen grandes las noches.

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El día antes de un evento importante, como la noche anterior.
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Peinado donde se recoge el cabello formando una bola o nudo en la cabeza.
Carraspeó
Hacer un sonido con la garganta para llamar la atención o aclarar la voz.
Ranura
Abertura estrecha y alargada donde se puede meter algo, como una carta.
Cascabeles
Pequeños objetos que hacen sonido cuando se mueven, como campanillas.
Solidaridad
Actuar con apoyo y ayuda hacia otras personas que lo necesitan.
Responsabilidad
Cumplir con deberes y cuidar lo que se te confía.
Ovillo
Bola de hilo enrollado que se usa para tejer o hacer pulseras.
Trenzaba
Unir partes de algo, como el pelo o hilos, entrelazándolos en tiras.
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Acción de empujar con fuerza a algo o a alguien para moverlo.

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