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Cuento de Navidad 5/6 años Lectura 16 min.

La bufanda verde de las estrellas y el plan para que todos encajen

Vera y sus amigas crean un plan de sala justo para la merienda de Navidad en su clase, asegurándose de que nadie se quede fuera. En su búsqueda para encontrar una bufanda navideña desaparecida, aprenden el valor de los gestos simples y la inclusión.

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Hay 4 niños: Vera, una niña de 5 años, con cabello castaño y un suéter rojo, sostiene una hoja grande de papel con un plano de sala dibujado. Está en el centro de la imagen, sonriente y concentrada. Lina, una niña de 5 años, con cabello rubio y una diadema de reno, mira por la ventana con asombro, a la izquierda de Vera. Mara, una niña de 5 años, con cabello negro en dos coletas, sostiene una galleta en su mano derecha, a la derecha de Vera, riendo alegremente. Aina, una niña de 5 años, con una bufanda larga y colorida y cabello rojo, está un poco alejada, observando la escena con curiosidad. El lugar es un aula cálida y festiva, decorada para Navidad, con un gran pizarrón al fondo con dibujos de copos de nieve, guirnaldas luminosas en el techo y un pequeño árbol de Navidad con bolas de colores en una esquina. La situación principal muestra a los niños preparando la sala para una fiesta de Navidad. Vera muestra orgullosa su plano de sala mientras los otros niños la ayudan a colocar las sillas en círculo. El ambiente es alegre y colaborativo, con una luz suave y colores vivos que evocan la magia de la Navidad. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: Nieve en la nariz y un plan en la mesa

En el barrio de las casas bajitas, la nieve caía despacito, como si el cielo sacudiera azúcar glas. Las luces de Navidad parpadeaban y parecían guiñar un ojo. En la escuela, el aula olía a mandarinas y a pegamento con purpurina.

Tres niñas de cinco años se sentaron juntas en una mesa redonda. Eran amigas y tenían mejillas rojas de tanto reír.

Lina llevaba una diadema con renos. Mara tenía dos coletas que saltaban como resortes. Y Vera, que era muy justa y siempre quería que nadie se quedara fuera, traía un lápiz azul y una idea grande.

—Hoy hacemos el plan de sala para la merienda de Navidad —anunció la profe Clara, dejando una caja de galletas en la mesa—. Debe ser cómodo y bonito.

Los ojos de Vera brillaron como una estrella pequeña.

—¡Yo puedo hacerlo! —dijo, y su lápiz azul hizo “clic” como si también estuviera emocionado.

—¿Un plan de sala? —preguntó Lina—. ¿Eso es como un mapa de tesoro?

—Casi —respondió Vera—. Pero el tesoro son las sillas. Y el premio es… ¡que todos estén contentos!

Mara se inclinó sobre el papel.

—Yo quiero estar cerca de las galletas —dijo, muy seria.

—Y yo cerca de la ventana, para ver si pasa un reno —dijo Lina.

Vera respiró hondo y empezó a dibujar. Hizo mesas, círculos, flechas y caritas sonrientes. Al lado, la profe puso una campanita dorada.

—Cada vez que hagáis un gesto amable, tocáis la campana —explicó—. Los gestos simples hacen magia.

Mara levantó una ceja.

—¿Magia de verdad?

La profe guiñó un ojo.

—Magia de corazón.

En ese momento entró un soplo de aire frío por la puerta. Con él, voló un calcetín rojo de adorno y se pegó, ¡plaf!, en la nariz de Mara.

—¡Tengo una nariz navideña! —gritó Mara, y las tres se rieron tanto que a Vera se le movió el lápiz.

Pero cuando la risa se calmó, Vera miró el papel y frunció la frente.

—Si pongo a Hugo aquí… Aina allá… ¿y Samir? —susurró—. No quiero que nadie se quede solo.

Lina apoyó su mano en la hoja.

—Podemos hacer un círculo grande. Así todos se ven.

—Y un sitio para quien llegue nuevo —añadió Mara—. Por si aparece un duende despistado.

Vera sonrió.

—Un sitio extra. Sí. Siempre.

Tocaron la campanita: “ting”.

El sonido fue pequeño, pero el aula pareció más cálida, como si una manta invisible se hubiera puesto sobre todos.

Parte 2: El misterio de las sillas que se mueven

Al día siguiente, la sala estaba aún más brillante. Había una guirnalda de papel en el techo y un árbol de cartón con bolas de colores. Vera trajo su plan de sala bien doblado, como si fuera un secreto importante.

—Hoy lo probamos —dijo la profe Clara—. Vera, tú mandas.

Vera tragó saliva, con valentía.

—Vale. Lina, tú en la mesa de la ventana. Mara, cerca de… —miró a su amiga— las galletas.

—¡Sí! —celebró Mara, dando un saltito.

Vera señaló los nombres en voz alta. Sonaba como música: “Inés, Pablo, Samir, Aina…”. Cada nombre era una campanita distinta.

Pero entonces pasó algo raro.

Cuando Vera dijo:

—Samir, aquí, al lado de Hugo…

La silla de Hugo chirrió y se movió un poquito sola. No mucho. Solo “iiii”.

—¿Ha sido un fantasma? —susurró Lina, agarrando su diadema de renos.

Mara abrió los ojos como platos.

—Si es un fantasma, que coma galletas y se calme.

Vera miró la silla. Luego miró el suelo. Había un trocito de cinta adhesiva pegado a una pata, y la silla se enganchaba al moverse.

—No es un fantasma —dijo Vera, aliviada—. Es cinta traviesa.

La despegó con cuidado, como si quitara una espinita. Tocó la campana: “ting”.

—Buen gesto —dijo la profe—. Arreglar sin enfadarse.

Continuaron. Pero justo cuando parecía que todo iba perfecto, se oyó un “¡achís!” enorme. Era Aina, con una bufanda demasiado larga que le tapaba media cara.

—Me pica —dijo Aina, intentando sonreír.

Vera la miró y pensó rápido. Aina era nueva en la clase desde hacía poco. A veces hablaba bajito. Y la bufanda la hacía parecer más pequeña.

—Aina —dijo Vera—. ¿Quieres sentarte conmigo un rato para probar el plan?

Aina parpadeó.

—¿Contigo?

—Sí. Así me ayudas a que sea justo —respondió Vera—. Tú tienes ojos de detective.

Mara aplaudió.

—¡Detective de bufanda!

Lina añadió:

—Y desde aquí puedes ver el árbol. Las bolas brillan como caramelos.

Aina soltó una risita, pequeñita pero real, como una estrella que se enciende.

—Vale —dijo—. Me gusta.

La campana sonó otra vez: “ting”.

Mientras colocaban a todos, Vera notó que Samir miraba el suelo. Tenía un gorro gris y las manos metidas en los bolsillos.

—Samir —le preguntó Vera—, ¿estás bien?

Samir se encogió de hombros.

—No sé dónde sentarme. Siempre me equivoco.

Vera sacó el plan de sala y lo puso delante de él.

—Mira. Aquí hay un lugar para ti. Y aquí hay un lugar extra. Por si alguien lo necesita.

Samir miró el “lugar extra”.

—¿Puedo sentarme primero ahí?

—Claro —dijo Vera—. Ese sitio es como un abrazo.

Lina se inclinó.

—Y si llega un duende, se sienta en mi reno. Digo… en mi mesa.

Mara le ofreció una galleta que había guardado “por emergencia”.

—Toma. Las emergencias se arreglan con galletas.

Samir la aceptó y su cara se iluminó un poquito.

La profe Clara observaba, con ojos suaves.

—¿Veis? —dijo—. Un plan de sala no es solo un dibujo. Es pensar en todos.

Vera apretó el lápiz azul con orgullo, pero también con cuidado, como si fuera una varita.

Sin embargo, al final de la mañana, una sorpresa nueva apareció: la caja de bufandas para el festival estaba abierta, y una bufanda verde con estrellas había desaparecido.

—¡Oh no! —dijo la profe—. Esa bufanda es especial. La colgamos al final del festival, como señal de que cuidamos unos de otros.

Vera sintió un cosquilleo en la barriga. Una aventura de Navidad acababa de empezar.

Parte 3: Gestos pequeños, pistas brillantes

La profe les dio permiso para buscar durante el recreo, pero con una regla clara:

—Buscad con calma y haced gestos simples. La prisa hace tropezar.

Las tres amigas salieron al pasillo. La escuela parecía un castillo de invierno: ventanas frías, suelos brillantes, dibujos de copos por todas partes.

—Yo seré la jefa de pistas —dijo Lina, levantando un dedo.

—Yo seré la probadora de puertas —dijo Mara—. A ver si alguna puerta es secreta.

Vera respiró y dijo:

—Yo seré… la que decide lo justo. Buscaremos juntas, y si alguien necesita ayuda, paramos.

Primero miraron junto al perchero. Había chaquetas como nubes, gorros como setas y guantes que parecían animalitos dormidos.

Mara encontró un botón dorado en el suelo.

—¡Pista! —susurró—. ¡De un traje de Santa!

Lina lo olió.

—Huele a chocolate.

—Eso no es una pista —dijo Vera, riendo—. Eso es que alguien desayunó rico.

Aina pasó por allí y les miró.

—¿Buscáis algo?

Vera no dudó.

—Sí. Una bufanda verde con estrellas. ¿Quieres ayudarnos?

Aina se sorprendió, pero luego asintió.

—Puedo mirar en la biblioteca. Allí siempre hay cosas escondidas… entre los cuentos.

—¡Perfecto! —dijo Vera—. Gracias, detective de verdad.

Tocaron una campanita imaginaria con los dedos. “Ting” silencioso.

Siguieron hacia la sala de música. Desde dentro salía un “pum-pum” de tambor, como un corazón gigante. Mara asomó la cabeza.

—¿Hay bufandas aquí? —preguntó.

El profe de música se rió.

—Solo tengo maracas y un sombrero que canta.

—¿Un sombrero que canta? —repitió Lina, fascinada.

El profe se lo puso y cantó muy bajito: “la-la-la”.

Las niñas se rieron, pero Vera miró alrededor con ojos atentos. En una silla vio algo verde.

—¡Ahí! —dijo, dando un paso.

Era… una servilleta verde.

—Oh —susurró Mara—. Casi.

Vera la dobló y la dejó en su sitio.

—Buen intento —dijo Lina—. La servilleta también merece respeto.

Otro gesto simple. Otra magia pequeñita.

En el pasillo, encontraron a Samir intentando colgar su abrigo, pero el gancho estaba muy alto para él. Saltaba como una pelotita, “hop, hop”, sin llegar.

Vera corrió.

—Te ayudo —dijo.

Lina sostuvo el abrigo y Mara empujó el taburete cerca.

—Equipo de rescate —anunció Mara, como si tuviera megáfono.

Samir se subió y colgó su abrigo, por fin.

—Gracias —dijo, y esta vez miró a los ojos.

—De nada —respondió Vera—. En el plan de sala y en el perchero, todos tienen lugar.

Siguieron buscando. En la esquina del pasillo, cerca del aula de arte, vieron un hilo verde con brillo asomando por debajo de una puerta.

Vera se agachó despacito.

—Eso… parece una estrella.

Lina abrió grande los ojos.

—¡La bufanda!

Mara empujó la puerta con cuidado. Dentro, el aula de arte olía a pintura y a papel mojado. En una mesa, alguien había dejado la bufanda verde con estrellas, medio escondida bajo un montón de cartulinas.

Aina llegó corriendo, con la cara roja.

—¡La encontré! —dijo, al mismo tiempo.

Vera se rió.

—¡La encontramos juntas!

Entonces vieron a Pablo, un niño de su clase, con las manos manchadas de pegamento.

—Yo la moví —confesó Pablo, con voz bajita—. Quería hacer un cometa de Navidad y necesitaba algo verde. Luego me olvidé.

Mara cruzó los brazos, pero no muy fuerte.

—El cometa no se hace con cosas prestadas sin preguntar —dijo, con tono de “abuela pequeña”.

Lina añadió:

—Puedes pedir. Pedir es más fácil que esconder.

Pablo miró la bufanda y se le humedecieron los ojos.

—Lo siento.

Vera se acercó.

—Gracias por decir la verdad —dijo—. Eso es un gesto valiente.

Luego miró la bufanda y pensó. La bufanda era especial para el festival, sí. Pero Pablo también necesitaba aprender sin sentirse malo.

—Vamos a hacer esto justo —decidió Vera—. Devolvemos la bufanda a la profe. Y si quieres, Pablo, te ayudamos a hacer un cometa con papel verde. Hay mucho.

Pablo levantó la cabeza.

—¿De verdad?

—De verdad —dijo Vera.

Aina sonrió.

—Yo sé doblar cometas.

Mara suspiró teatralmente.

—Y yo sé dar pegamento… pero solo en la cartulina, no en las cejas.

Lina se rió.

—Una vez me pegué una ceja. Parecía una oruga triste.

Todos se rieron. El aire se volvió más ligero.

Con la bufanda en brazos, volvieron hacia el aula como si llevaran un pedacito de bosque encantado.

Parte 4: La bufanda colgada y el círculo perfecto

Llegó el día de la merienda de Navidad. El aula estaba preciosa: luces suaves, dibujos de estrellas, un olor a cacao caliente que parecía abrazar la nariz.

Vera desplegó su plan de sala sobre la mesa grande. Había nombres escritos con colores, un lugar extra con un corazón al lado, y una nota que decía: “Si alguien está solo, lo sentamos cerca”.

La profe Clara aplaudió bajito.

—Vera, esto es muy justo y muy bonito.

Vera se sonrojó.

—No lo hice sola —dijo—. Lina tuvo idea del círculo. Mara vigiló las galletas… con mucha seriedad. Aina fue detective. Y todos ayudaron.

Mara levantó una galleta como si fuera una medalla.

—Prometo no esconderlas en los bolsillos. Bueno… solo una. Por emergencia de risa.

Lina miró por la ventana.

—Creo que vi un copo con cara de reno.

—Eso era tu diadema reflejada —dijo Mara.

Lina se quedó pensando.

—Entonces mi diadema es muy lista.

Se sentaron según el plan. Samir eligió el lugar extra al principio, y Vera se sentó cerca para que no se sintiera perdido. Aina se colocó donde podía ver el árbol. Pablo trajo su cometa de papel verde, hecho con ayuda de todos, y lo colgó en la pared.

—Pido perdón otra vez —dijo Pablo—. Y gracias por ayudarme.

—Gracias por aprender —respondió Vera.

La profe Clara levantó la campanita dorada.

—Antes de comer, hacemos una ronda de gestos simples —dijo—. Cada uno dice uno.

Los niños hablaron:

—Compartí mis lápices.

—Esperé mi turno.

—Ayudé a recoger.

—Dije “hola” a alguien nuevo.

Cuando le tocó a Vera, dijo:

—Hice un plan de sala para que nadie se quede fuera.

La profe sonrió.

—Eso es la magia de la inclusión —dijo despacito—. Un círculo donde todos caben.

Después comieron galletas, bebieron cacao y cantaron una canción que sonaba como campanas suaves. Afuera, la nieve seguía cayendo, y el mundo parecía lento y amable.

Al final, la profe Clara sacó la bufanda verde con estrellas.

—Esta bufanda se cuelga para recordar algo —explicó—: que el aula es un lugar cálido porque vosotros lo hacéis cálido.

Vera tomó la bufanda con cuidado. Era suave, y las estrellas brillaban como si guardaran risas dentro.

—¿La cuelgo yo? —preguntó.

—Sí —dijo la profe—. Pero con ayuda, como todo lo bonito.

Lina trajo una silla. Mara sostuvo la esquina para que no se cayera. Aina indicó el mejor lugar: cerca del árbol, donde la luz hacía bailar las estrellas. Samir sujetó la cuerda con manos firmes.

—Uno, dos, tres —dijo Vera.

Colgaron la bufanda en un gancho alto. Quedó colgando como una sonrisa verde en el aire, y sus estrellitas parecieron guiñar a todos.

En ese momento, una corriente de aire hizo que la bufanda se moviera un poco, como si saludara.

—Mira —susurró Lina—. ¡Se está despidiendo!

—O está diciendo “hola” —dijo Aina.

Mara se llevó la mano al corazón, exagerando.

—Yo creo que está diciendo: “Gracias por no pegarme en una nariz”.

Todos se rieron.

Vera miró la bufanda colgada y sintió algo calentito por dentro. No era solo orgullo. Era calma. Era saber que, con gestos simples, habían hecho un sitio donde todos podían sentarse, reír y ser parte.

La profe Clara apagó un momento las luces y dejó solo las del árbol. La bufanda verde con estrellas brilló suave, como un cielo de invierno muy bajito.

—Feliz Navidad —susurró la profe.

—Feliz Navidad —respondieron todos.

Y el aula, con su plan de sala justo y su bufanda colgada, pareció convertirse en un pequeño hogar de nieve y luz, donde siempre habría un lugar extra, por si alguien lo necesitaba.

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Purpurina
Polvo brillante que se usa para decorar.
Diadema
Cinta o adorno que se usa en la cabeza.
Campanita
Pequeña campana que suena al moverse.
Perchero
Lugar para colgar abrigos y ropa.
Bufanda
Prenda larga de tela para el cuello.
Cartulinas
Hojas de papel grueso, usadas para manualidades.
Resortes
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