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Cuento de Navidad 5/6 años Lectura 12 min.

El brindis de Lía: un brillo de amistad en Navidad

Lía, una niña de cinco años, decide organizar un brindis por la amistad durante la Navidad y, con la ayuda de su familia y amigos, busca un "brillo de amistad" que haga especial su celebración. A través de sus aventuras, descubre la importancia de compartir, pedir ayuda y mantener la esperanza.

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Una niña de 6 años, Lía, con cabello castaño rizado y ojos brillantes de alegría, está sentada en el suelo sosteniendo una pequeña campanita dorada en su mano. Lleva un suéter rojo con motivos de copos de nieve y pantalones de terciopelo verde. Sonríe con asombro. Junto a ella, un niño de 7 años, Martín, con cabello rubio despeinado y un suéter azul a rayas, ríe alegremente mientras sostiene un vaso de chocolate caliente. Está sentado en una alfombra mullida cerca de Lía. La escena se desarrolla en una sala acogedora, decorada para Navidad, con un gran árbol iluminado con guirnaldas centelleantes y bolas de colores. Una chimenea crepita suavemente al fondo, proyectando una luz suave y danzante. La situación principal muestra a Lía y Martín preparando un momento de compartir y alegría, rodeados de una atmósfera festiva y amigable. reportar un problema con esta imagen

El plan de Lía

En la casa olía a canela y a naranja, como si la cocina estuviera cantando villancicos. Afuera, el invierno hacía dibujos de niebla en la ventana. Lía, que tenía cinco años y una calma de relojito, estaba sentada en el suelo con una libreta pequeña.

—Uno, dos, tres… —murmuró, contando con el dedo—. Lista de Navidad.

A Lía le gustaban los planes. Le gustaba saber dónde iban los adornos, cuándo se encendían las luces y cuántas galletas se dejaban en el plato. Su manta era suave, su lápiz era rojo, y su idea era grande: quería brindar por la amistad.

Porque eso era lo más brillante que conocía, más que cualquier bola dorada del árbol.

Su mamá pasó por el salón con una caja de adornos.

—¿Qué escribes, cariño?

Lía levantó la libreta, muy seria y muy contenta.

—Estoy organizando un brindis. Un brindis de amigos.

—¿Un brindis? —preguntó su mamá, sonriendo.

—Sí. Quiero decir “¡chin chin!” con mis amigos y desearles cosas bonitas. —Lía abrió los brazos como si abrazara el aire—. Y que la Navidad les haga cosquillas en el corazón.

Su papá se asomó desde el pasillo con un gorro de reno que se le caía a un lado.

—Eso suena importante. ¿Ya tienes copas?

Lía frunció la nariz.

—No copas de cristal. Soy pequeña. Quiero vasos de colores. Y… y necesito una cosa especial.

—¿Qué cosa? —preguntó su papá.

Lía bajó la voz como si contara un secreto.

—Un brillo de amistad. Algo que haga “¡ding!” dentro de todos.

En ese momento, la abuela llegó con un saco de tela lleno de ramitas verdes y la bufanda llena de nieve.

—Traigo muérdago, piñas y… —miró a Lía—. ¿Qué cara de detective es esa?

—Abuela, necesito un brillo de amistad para un brindis.

La abuela se quitó los guantes y guiñó un ojo.

—Entonces vamos a buscarlo. En Navidad, los brillos se esconden en los lugares más pequeños.

Lía apuntó en su lista: “Buscar brillo de amistad”. Y debajo escribió, muy ordenado: “No olvidar decir gracias”.

La ruta de las tradiciones

Al día siguiente, el barrio parecía una postal. Las farolas tenían lazos rojos, y en algunas puertas colgaban coronas con campanitas. Lía salió con su abrigo azul, su gorro con pompón y una bolsita de tela para “cosas importantes”. La abuela caminaba a su lado, con pasos tranquilos.

—Primera tradición —dijo la abuela—: visitar a los vecinos y desearles feliz Navidad.

Lía asintió con fuerza. Eso era perfecto para su plan.

Primero fueron a casa de la señora Rosa, que siempre olía a jabón y a té. En la mesa tenía una bandeja con polvorones.

—¡Feliz Navidad! —dijo Lía, y se puso recta como un soldadito amable.

—¡Feliz Navidad, pequeña estrella! —respondió la señora Rosa—. ¿Quieres un polvorón?

Lía miró a la abuela. La abuela asintió. Lía dio un mordisco y se le llenó la boca de azúcar.

—Señora Rosa —preguntó Lía con seriedad—, ¿usted tiene un brillo de amistad?

La señora Rosa se llevó la mano al pecho.

—Ay, qué pregunta más bonita. Creo que sí. Mira.

Abrió un cajón y sacó una cajita con pegatinas en forma de corazones.

—Son para compartir. Si das una, te quedas con el brillo en las manos.

Lía tomó una pegatina roja y la guardó en su bolsita.

—Gracias. Esto puede servir.

Siguieron la ruta. En la plaza, un señor tocaba un acordeón y la música saltaba como copos de nieve. Unos niños hacían un muñeco de nieve con una nariz de zanahoria torcida.

—Segunda tradición —dijo la abuela—: cantar algo, aunque sea bajito.

Lía cantó una frase inventada, muy suave:

—Na-vi-dad, Na-vi-dad, que la risa venga y se quedará.

El señor del acordeón aplaudió con los ojos.

—¡Eso sí que es una canción! —dijo.

Lía se acercó.

—Señor, busco un brillo de amistad para brindar.

El señor se tocó el bolsillo y sacó una campanita pequeña.

—Esta campanita hace “tin, tin”. Cuando la oigas, recuerda que no estás sola. La música siempre hace amigos.

Lía la guardó en su bolsita. Ya tenía pegatina y campanita. Pero todavía no sentía el “ding” grande por dentro.

Luego visitaron a Martín, el niño del piso de arriba, que tenía seis años y siempre llevaba los calcetines desparejados. Su casa olía a chocolate caliente.

—Martín —dijo Lía—, estoy preparando un brindis por la amistad. ¿Me ayudas?

—¡Sí! —Martín dio un salto—. ¿Hay galletas?

—Habrá. Pero primero… necesito un brillo.

Martín pensó, pensando tan fuerte que casi se le movieron las orejas.

—Mi brillo es… —se quedó quieto—. ¡Mi risa! Cuando me río, los demás se ríen.

Y entonces soltó una carcajada enorme, redonda, como una bola de nieve. Lía se rió también, sin querer.

—Eso sí que brilla —dijo Lía, y lo apuntó en su libreta—: “Risa compartida”.

Volvieron a casa al atardecer, con el cielo rosa y violeta. Lía tenía la bolsita llena de pistas. Pero al abrirla en el salón, pasó un mini-rebondar: la campanita no estaba.

—¡Oh no! —susurró Lía, y su calma hizo “crac” un poquito—. Se perdió.

La abuela se agachó con cuidado.

—Respira, Lía. Los brillos perdidos se encuentran con paciencia.

—Yo… yo quería que sonara en el brindis —dijo Lía, con un nudito en la garganta—. ¿Y si sin campanita no sale bien?

Su mamá puso una mano tibia en su espalda.

—Tu brindis ya está brillando, aunque falte una cosa.

Pero Lía, organizada como era, miró su lista y vio un espacio vacío. Le gustaban las cosas completas.

—Mañana la busco —decidió—. Por amistad… y por esperanza.

La campanita y el “ding” de dentro

A la mañana siguiente, la nieve era más fina, como azúcar en polvo. Lía se puso sus botas y salió con su papá, que caminaba despacio para seguir su paso pequeño.

—Volvemos por el mismo camino —dijo Lía—. Sin correr. Bien organizado.

—Capitana Lía —dijo su papá, haciendo un saludo—. A sus órdenes.

Fueron a la plaza. El muñeco de nieve seguía allí, con una bufanda verde. Lía miró alrededor: bajo el banco, junto al árbol, cerca de la farola con el lazo.

—Campanita… campanita… —llamó bajito.

Y entonces vio algo brillante cerca de un charquito helado. Era la campanita, pero estaba atrapada en una rendija del bordillo.

—¡Ahí estás! —dijo Lía, aliviada, como si el aire se hiciera más ligero.

Pero no podía sacarla con los dedos.

—Necesitamos ayuda —susurró.

En ese momento pasó la señora Rosa con una bolsa.

—¿Qué ocurre, Lía?

—Mi campanita se quedó atrapada. La necesito para un brindis por la amistad.

La señora Rosa se agachó y, con una horquilla, hizo palanca con cuidado.

—Listo. Mira qué valiente es esta campanita. No se rindió.

Lía la tomó y la sacudió: “tin, tin”.

—¡Gracias! —dijo Lía—. Usted es parte del brindis.

—Entonces yo también brindará con mi té —respondió la señora Rosa, contenta.

De vuelta a casa, Lía se sintió más alta, aunque seguía midiendo lo mismo. Porque algo dentro de ella hacía “ding”. Era esperanza: cuando algo se pierde, se puede buscar; cuando algo se complica, se puede pedir ayuda.

Esa tarde, prepararon la mesa del brindis. No era una mesa grande, pero estaba llena de calor. Había vasos de colores: uno azul para Lía, uno rojo para Martín, uno amarillo para la abuela y uno verde para mamá y papá. En el centro pusieron una bandeja con galletas en forma de estrella, y una vela que parecía una gota de luz.

Martín llegó con una tarjeta hecha por él. Había dibujado un árbol torcido y muchas caritas.

—Es para que el brindis tenga dibujo —dijo, orgulloso.

Lía pegó una pegatina de corazón en cada vaso, con cuidado, como si fueran coronas.

—Esto es el brillo de compartir —explicó.

La abuela colocó la campanita al lado de la vela.

—Y este es el sonido que llama a la amistad —dijo.

Antes de brindar, Lía se aclaró la garganta, como había visto hacer a los mayores.

—Hola —dijo, y todos la miraron—. Gracias por venir a mi brindis. Yo… yo quiero decir una cosa.

Su voz era suave, pero no tímida. Era como una lucecita.

—La Navidad trae frío afuera —continuó—, pero aquí adentro tenemos calor. Y yo deseo que la amistad sea como una manta: que abrace, que no pique y que siempre tenga un sitio para uno más.

Martín levantó su vaso de chocolate.

—¡Y que haya galletas! —añadió, y todos rieron.

Lía sonrió. Esa risa compartida brilló de verdad.

—Ahora sí —dijo Lía—. Brindamos.

La abuela tocó la campanita: “tin, tin”.

—Por la amistad —dijo mamá.

—Por la esperanza —dijo papá.

—Por las risas —dijo Martín.

Lía levantó su vaso azul y dijo, con el corazón encendido:

—Por nosotros. Y por los amigos que aún no conocemos.

Chocaron los vasos suavemente. No sonó como cristal, pero sonó a casa.

Esa noche, después de leer un cuento y de escuchar el viento cantar en la ventana, Lía se acercó al salón en puntillas. El árbol tenía luces como luciérnagas quietas. El suelo estaba calentito por la alfombra.

—Abuela —susurró Lía—, falta una tradición.

La abuela, ya con pijama, se rió bajito.

—¿Cuál?

—Dejar algo para Navidad.

Pusieron un plato con dos galletas y un vasito de leche. Lía se quedó pensando un momento, muy seria.

—Y quiero dejar… un lugar para la amistad.

Entonces tomó una bota pequeña, de esas de lana suave, y la puso cerca de la alfombra, bien derechita, como si estuviera esperando una visita.

—¿Una bota? —preguntó su papá.

—Sí —dijo Lía—. Por si la amistad quiere dejar una nota. O una chispa. O un “hola”.

Se metió en la cama con su libreta en la mesilla. Antes de cerrar los ojos, escribió su última frase del día: “La esperanza es buscar y encontrar juntos”.

Al amanecer, la casa estaba en silencio de algodón. Lía corrió al salón y se detuvo.

Allí estaba la bota, junto a la alfombra. Y dentro, asomaba un papel doblado con un dibujo: un corazón y muchas manos. No decía “quién”, pero sí decía “aquí”.

Lía lo tocó con cuidado y sintió el “ding” más grande, el que no se pierde.

—Mira —susurró—. La amistad vino.

Y en ese instante, la Navidad pareció sonreír, tibia y brillante, como una estrella que se queda cerquita.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Villancicos
Canciones que se cantan en Navidad.
Organizando
Preparando algo de manera ordenada.
Brindis
Acción de levantar el vaso para celebrar.
Muérdago
Planta que se usa en Navidad para decorar.
Polvorones
Dulces típicos de Navidad que se deshacen en la boca.
Campanita
Pequeña campana que hace un sonido suave.
Rendija
Espacio estrecho entre dos cosas.
Farolas
Luces altas en la calle.
Pegatina
Papel con pegamento que se adhiere a algo.

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