Capítulo 1. La niebla que olvidaba los nombres
Gael había aprendido a trazar caminos con tinta antes de aprender a recordar canciones. Su padre, que fue cartógrafo de los caminos de lana y sal, repetía: —Un mapa es un juramento contra el olvido, muchacho. Si sabes dónde empiezan las sendas, sabrás regresar.
El pueblo de Gael, Risco de Avellana, trepaba por una ladera como una cabra tranquila, con techos de teja roja y chimeneas que olían a pan. Aquella madrugada, el aire avanzó como una manta gris. No era niebla de río ni de mañana. Era una niebla más honda, más silenciosa. A la gente se le caían los nombres de la lengua como hojas secas. La señora Tilde miró su propia puerta y dijo con voz pequeña: —¿Cómo se llama esto que cierro por las noches? Y no halló la palabra puerta.
Gael sintió un escalofrío en el brazo derecho, donde llevaba atada una brújula de bronce que había sido de su padre. La brújula giró, giró, y al fin dio vueltas como si no hubiera norte. Al centro del pueblo, la Campana del Amanecer, vieja y agrietada, se asomaba desde la torre del monasterio. Llevaba años muda. Su cuerda se había deshecho en un invierno cruel, y nadie supo encontrar otra capaz de soportar su peso.
En la plaza, el Consejo resoplaba palabras que se deshacían. El escriba olvidó su pluma. El herrero miraba el martillo como si fuera un pez. La alambrera se tocó la cabeza y dijo: —Me llamo... me llamo...
—Nieves —susurró Gael, porque había crecido bajo esas voces y esas manos, y el olvido le dolía como un golpe.
Entonces, un mensajero del castillo llegó con la capa mojada de niebla. Traía una tablilla con el sello del Rey de las Colinas Oscuras. —¡Se pide a todo aquel que pueda…! —empezó, pero dudó—. ¡Se… se reclutan…! —Las palabras se le resbalaban.
La vieja monja del monasterio, sor Alnada, alzó la voz. Parecía que su voz tenía una cuerda propia que no se rompía. —La Campana del Amanecer puede cortar esta niebla —dijo—. Pero necesita una cuerda de viento, la última que queda. Solo una cuerda así puede despertar el bronce sin romperlo. Y la cuerda está donde siempre estuvo: en el Paso del Espejo, guardada por el Vigía de Granito.
Gael tragó saliva. Había oído ese nombre en las historias junto al fuego. Un coloso que custodiaba cosas que no son cosas. Viento que no es cuerda. Luz que no es aceite.
—¿Quién irá? —preguntó alguien.
Hubo un silencio embarrado. A Gael le tembló el pulso en la muñeca. Miró la brújula que giraba como un pájaro encerrado.
—Yo iré —dijo. La voz no le salió muy alta, pero fue clara.
Sor Alnada lo miró con esos ojos que sabían oler el valor. —Eres joven, hombre —dijo—. ¿Qué te lleva a ofrecer el pecho?
—Mi padre me enseñó a no perder el camino —contestó Gael—. Si la niebla lo borra todo, nadie sabrá volver a casa.
La vieja monja sonrió con tristeza. —Te guiará lo que recuerdas —dijo—. Llévate esto. —Le colgó del cuello una medalla de hierro con una espiga grabada—. Aquí dentro va escrita una oración vieja. No se lee con los ojos.
La madre de Gael, que llevaba las manos siempre tibias, le apretó la cara entre los dedos. —Cuando el viento sea demasiado, canta en voz baja —le susurró—. Las canciones son cuerdas.
Gael preparó su bolsa con agua, pan duro, una piel de cabra, y la pluma más afilada. Guardó sus mapas arropados como si fueran pollos. La niebla lamía las piedras. Al cruzar el arco de la plaza, se le pegó al pecho una cosa pequeña y transparente, con ojos como gotitas.
—¡Ajá! —chilló esa cosa—. ¿A dónde vas con esa cara de pan, humano?
Gael parpadeó. —¿Quién… qué eres?
—Soy Brisa —dijo la cosa, que era un espíritu del aire, chiquito como un puño, con rizos hechos de viento—. Y te has puesto tan serio que me aburro. ¿Puedo ir contigo a donde sea que vayas o te vas a negar a una dama?
—No sé si serías de ayuda…
—Yo soplo, yo silbo, yo me cuelo entre piedras. Soy la reina de las rendijas. Además, sé hasta tres canciones diferentes del mercado de nieves. Y no me callo cuando hay silencio. ¿Vas al Paso del Espejo, ya sabes?
Gael se rió sin ganas, pero se rió. Era un buen signo poder reír. —Está bien, Brisa. Ven conmigo.
Y juntos, el hombre con su brújula inquieta y el espíritu con su risa de campanilla, cogieron el sendero que se volvía camino.
Capítulo 2. El bosque de las Voces
El primer día caminaron entre encinas y piedras cobardes que se escondían tras otras piedras. El segundo día, el bosque se cerró. Gael entró en el Bosque de las Voces, un lugar donde los troncos corrugados guardaban susurros de siglos. Brisa colgaba de su oreja, como un pendiente travieso.
—Huelen a humo viejo —dijo Brisa, arrugando su naricilla de aire—. Aquí hablan los muertos que se fueron y los vivos que no saben callar.
—Yo escucho a mi padre cuando caliento el té —murmuró Gael—. No me asusta oírlo en un roble.
El sendero desaparecía, reaparecía, como si jugara con él. Entonces, al borde de una charca verde, una voz dijo: —Gael.
No era Brisa. Era la voz de su madre. Gael giró. No vio a nadie, solo un tamiz de hojas.
—Ven por aquí, hijo —volvió a sonar—. Por aquí hay pan caliente.
El aroma de pan le llenó la lengua. Brisa le tiró del lóbulo. —No te fíes, Gael. Las Voces te cantan aquello que más te gusta. Tú quieres pan y quieres volver a casa. Yo también. Pero si seguimos la voz, nos perdemos en círculos hasta que nos quedamos sin suelas. Y sin suelas a mí no me afectan, pero a ti sí, humano caminante.
—Lo sé —susurró Gael, apretando la medalla que colgaba de su cuello.
La voz cambió, se hizo más profunda. —Hijo, aún no te perdono —dijo otra voz, vieja, como piedra. Parecía la del padre ausente.
Gael se tensó. Aquello dolía. Su padre había desaparecido en los caminos cuando Gael bordaba la adolescencia. Nunca supo por qué. Gael respiró hondo, como le había enseñado su madre: entra aire, sale miedo. —No vine al bosque para pelear con voces —dijo—. Vine a buscar una cuerda hecha de viento. No me detendrán los ecos.
Caminaron. Las Voces se volvieron más sucias. Se burlaban, traían memorias, ofrecían atajos. Brisa se ponía seria y le daba golpecitos en la mejilla. —Mírame a mí —ordenaba—. Así, mírame. ¿Ves mi nariz? Es chiquita y perfecta. Si ves mi nariz, ves aquí y ahora.
—La tienes algo torcida —se atrevió Gael.
—¡Mentiroso! —rió Brisa, y la risa espantó un susurro.
En una curva del camino, apareció una figura montada en una mula vieja. Llevaba armadura abollada, y sobre el casco, en vez de pluma, colgaba una ramita de romero. La figura saludó con la mano y la mula suspiró como una tetera.
—Buen día, si queda algún día sin olvidar —dijo el hombre—. Soy sir Nicanor de las Llanas y los Pozos, guardián retirado de los brocales y bebedor activo de agua fresca. ¿Y vosotros?
—Gael, un hombre que busca cuerda para una campana —dijo Gael con una reverencia que hizo sonreír al viejo caballero.
—Yo soy Brisa, dueña de las cosquillas —anunció el espíritu—. Y si dices otra vez bebedor activo te voy a soplar la nariz.
Sir Nicanor retrocedió un poquito dentro de su armadura. —¡Ah! Un espritillo de aire. Es bueno tener uno. En mi juventud tuve una salamandra que encendía hogueras con las orejas. Era útil, excepto en bibliotecas.
—La salamandra no tenía nariz pequeña y perfecta, supongo —murmuró Brisa, pero sin malicia.
Sir Nicanor les ofreció acompañarles. —Se dice que el Bosque de las Voces es más amable con aquellos que cantan juntos —explicó—. Y aunque mi voz suena como un carro pasado por piedras, sé seguir las melodías.
Caminaron al son de una canción que hablaba de lluvia que limpia techos. Las Voces se replegaron, despeinadas. En un claro, encontraron un círculo de piedras cubiertas de musgo, y sobre una de ellas, un arco colgado del aire. Era un arco bien hecho, de madera clara, con una cuerda roja.
—Ese arco no es de nadie —dijo Brisa con ojos grandes.
—Es de quien lo ve y sabe cuidarlo —corrigió otra voz, que no venía de árbol ni de agua. De entre los helechos salió una joven mujer de ojos color ámbar y piel morena. Llevaba un caracol de hueso en el cuello y un carcaj a la espalda. —Soy Yara de las Colinas de Hierba. Este arco me pertenece, pero no lo toco si no tengo que tocarlo. Y me parece que lo tocaré, porque la niebla ha empezado a tragarse mi valle.
Gael saludó. —Vamos a buscar la cuerda de viento. ¿Nos acompañas?
Yara meditó un segundo, atando una trenza. —Solo si prometes que no me harás preguntas que no quieras responder tú. Y si tu amigo de metal —señaló a sir Nicanor— me deja su mula cuando me cansen los pies.
—La mula tiene su carácter —repuso el caballero, acariciando las orejas del animal—. Pero si te ganas su respeto, te llevará donde vayas. Le gusta que le canten cosas sobre manzanas.
Partieron los cuatro: el hombre de mapas, el espíritu de aire, el caballero con su mula suspirona y la arquera de ojos ámbar. El Bosque de las Voces quedó atrás como un sueño que se olvida a medias.
Capítulo 3. El Paso del Espejo
El Paso del Espejo se abría entre montañas cortadas como hogazas. La piedra reflejaba la luz de una forma rara, como si copiara no solo lo que tenía delante, sino lo que recordaba que estuvo allí. A veces veían un río en la roca seca; a veces, un rebaño que no existía. Brisa se apretó contra el cuello de Gael. —No me gusta cuando la piedra hace de espejo —susurró—. Siempre me peina para el lado equivocado.
En la entrada del Paso, un arco natural de granito se alzaba como un lomo de ballena. Allí esperó el Vigía de Granito: un gigante tallado en la misma piedra, con los ojos profundos y la boca como una grieta. No caminaba, pero su presencia cortaba el aire.
—¿Quién viene? —gruñó. Su voz parecía haber olvidado también palabras y aun así encontraba voz.
—Gael, sir Nicanor, Yara —enumeró Gael—. Y ella es Brisa.
—¿A qué venís?
—A pedir —dijo Yara—. A pedir una cuerda que no es cuerda. A pedir viento tejido. Necesitamos la cuerda de viento para despertar la campana que espantará la niebla.
El Vigía los observó como si los juzgara por el peso de sus sombras. —Aquí no mando yo. Manda la Prueba —dijo al fin—. Si queréis una cuerda de viento, cada uno debe ofrecer una cosa que no se ata, pero sostiene. Si no sabéis ofrecerla, no podéis pasar.
Sir Nicanor se bajó de la mula, que soltó un bufido de protesta. —Yo ofrezco mi promesa —dijo el caballero, y su voz se hizo férrea de repente—. Prometo que, mientras me quede aliento, no dejaré a un compañero en el suelo. Esta promesa sostenida por años ya sostiene mi corazón.
El granito pareció asentir. —La promesa es buena cuerda para un alma —dijo el Vigía.
Yara se descolgó el caracol de hueso del cuello. —Yo ofrezco mi silencio cuando la flecha vuela —susurró—. No hablar, no temblar, no dudar. Ese silencio sostiene la puntería.
El Vigía curvó los labios lo suficiente para que una piedrecita rodara. —El silencio es un puente.
Brisa, temblando apenas, dijo con voz que no hacía cosquillas: —Yo ofrezco mi risa —declaró—. Cuando la tarde se desarma y el miedo hace sombra larga, yo río. Y a veces, cuando río, la sombra se encoge. La risa sostiene.
—La risa sostiene —repitió el Vigía, con una torpeza dulce.
Gael tragó saliva. ¿Qué ofrecer que no fuera objeto? ¿Qué tenía que sostuviera? Cerró los ojos y vio el rostro de su madre, el humo del pan, la espalda de su padre inclinada sobre un mapa, las manos de sor Alnada, la plaza. Vio también la niebla tragándose los nombres. Y dijo:
—Ofrezco mis mapas. No son papel y tinta solamente. Son lo que dibujo con la cabeza cuando todo se nubla. Son las líneas que me digo por dentro para no perderme: el olor del río, la curva del cerro, la piedra con musgo, el vuelo de un milano. Esas líneas sostienen mi paso. Los mapas invisibles que hago cuando tengo miedo. Los ofrezco.
El Vigía inclinó la frente, y una sombra de polvo cayó como una bendición. —Pasad.
Ellos cruzaron el arco. Adentro, el Paso del Espejo los probó con reflejos que confundían. Una vez, Gael vio a su padre a lo lejos, en el borde del farallón. —¡Padre! —gritó. Y el eco le devolvió una palabra que no entendió. Brisa le tiró del pelo. —No corras hacia espejos —advirtió.
Otra vez, sir Nicanor oyó cascos de un ejército en carrera, y se plantó con la espada en alto, pero solo eran rocas rodando. Yara disparó una flecha contra una sombra, y la flecha volvió, clavándose en su bota sin herirla, porque había aprendido a caminar sin hacer ruido.
Al fin, llegaron a una cueva donde el aire cantaba como flautas por mil agujeros. En el centro, colgaban tiras de viento visible, que se movían como cintas de agua clara. Eran las cuerdas. Cada una brillaba con un tono distinto: azules como cielo, pálidas como leche, verdes como el musgo en sombra.
—¿Cuál es la cuerda de la Campana del Amanecer? —preguntó Gael.
Del fondo de la cueva salió algo que no era animal ni planta. Era un remolino con ojos antiguos. —La campana pide la cuerda que no rompe voces —dijo. —Cada campana es amiga de una cuerda distinta. La del Amanecer no se despierta con gritos. Se despierta con memoria.
—¿Memoria? —repitió Yara.
—La cuerda que busca se teje con un recuerdo compartido —susurró el remolino—. Debéis atar vuestra cuerda con una historia que sea de los cuatro. Solo así no se romperá cuando el bronce grite.
Gael sintió el peso del camino. ¿Qué historia compartían los cuatro, tan distintos? Miró a Brisa, a Yara, a sir Nicanor, y a sí mismo. Y empezó a contar.
—Hace dos noches, en el Bosque de las Voces, una mula suspiró como una tetera. Una arquera cantó a una manzana una melodía que no conocemos, y un caballero prometió con una mano en la madera. Un espritillo me pellizcó la oreja para que no siguiera una mentira que olía a pan. Y yo imaginé en mi cabeza un mapa que no existía, y aun así nos sacó del enredo. Eso es lo que tenemos, ahora, juntos: un suspiro de mula, una canción de manzana, una promesa y un pellizco. Es poco y es todo.
Brisa aplaudió con aire y se le escapó una risa. —¡Y mi nariz perfecta! —añadió.
—Y tu nariz no torcida —dijo Gael.
El remolino se aquietó, y de las cintas de viento una se acercó. Era como el color que aparece cuando el día cambia de noche a mañana, ese momento que no es ni uno ni otro. Brillaba con un suave dorado. —Esta es la cuerda de vuestra historia —dijo el remolino—. Atadla con cuidado. No se deja tocar por dedos apresurados.
Gael extendió los brazos. La cuerda de viento le rozó la piel como una frase amiga. La recogió con respeto, y sintió cómo su corazón latía al compás. Yara miraba fascinada. Sir Nicanor se puso la mano en el pecho y murmuró algo que parecía una oración por las cosas bien hechas. Brisa rodó en el aire como un gato invisible.
—Gracias —dijo Gael al remolino. El remolino no dijo nada. Pero el aire sonrió.
Capítulo 4. Las Sombras de Hojanoche
La vuelta fue otro camino. Siempre lo es. Salieron del Paso cuando el sol se inclinaba hacia el valle. Fue entonces cuando la niebla se hizo más espesa. No era la niebla de la mañana. Era una niebla parda, con bordes como hojas. De ella salieron figuras planas, que se movían solo de perfil: eran Sombras de Hojanoche, recortes del bosque que habían olvidado su árbol y se pegaban a lo que encontraban para recordar cobijo.
—No son monstruos —dijo sir Nicanor, bajando la espada—. Son tristezas con forma. Pero pueden arrastrarte si te les pegas.
—¡Cuidado! —avisó Yara, y disparó una flecha que, en lugar de atravesar, cosió una sombra a una roca, donde se quedó quieta, como un dibujo colgado.
Brisa sopló con fuerza, y las hojas oscuras vacilaron. —No me gustan las cosas que no tienen nariz —protestó.
Gael sintió la cuerda de viento vibrar en sus manos. La cuerda estaba viva, como un animal pequeño. —No la sueltes —susurró para sí.
Avanzaron despacio, con pasos cortos. Las Sombras se acercaban, teatrales y finas. Una se pegó a la pantorrilla de Gael. Él sintió frío. Y vio, de pronto, su casa vacía. La niebla no solo bebía nombres. Bebía ganas.
—¡No! —gruñó, y se frotó la pierna con la medalla de sor Alnada. La medalla dejó una marca de calor. La sombra se desprendió y cayó al suelo como un recorte triste.
Un gran ruido, como un saco de piedras cayendo, los detuvo. Sir Nicanor había resbalado en una raíz. La mula, Sabina, trató de no pisarlo. Yara le ofreció la mano. Una sombra se le coló por la manga a la arquera, y ella se puso pálida.
—¡Arriba! —clamó el caballero—. ¡No me dejéis decorar el suelo!
Gael miró la torre del monasterio, que ya asomaba a lo lejos, como un dedo que señala hacia el cielo. La niebla se espesaba al rededor. Las Sombras cantaban con un sonido que era semejante a una hoja de papel rasgándose. Debían llegar. Si sonaba la campana, el canto se cortaría.
—Yo iré por delante con la cuerda —dijo Gael—. Sir Nicanor, Yara, defended el camino. Brisa, ven conmigo.
—Ni lo dudes —canturreó Brisa, enroscándose a la cuerda como una pulsera de viento.
—¡Ah! —gritó Yara mientras sacudía el brazo—. Esta cosa fría no me gusta. ¡Vete, sombra!
—Promesa —murmuró sir Nicanor, poniéndose de pie—. Prometí. Y aquí estoy. —Se plantó, espada en mano—. ¡Vamos, recortes de mal talante! ¡Probad el canto de mi acero!
Yara, con la sombra aún arrugada en su manga, disparó a un ritmo que era casi baile. Clavaba flechas a sombrones y los dejaba quietos, asaetados al suelo, sin dolor.
Gael corrió. Las piedras se le antojaban bocas. La torre crecía conforme su aliento se hacía breve. Brisa silbaba como si quisiera empujarle las piernas.
—Más rápido no puedo —dijo Gael sin aliento.
—Sí puedes, cuando la memoria te empuja —respondió Brisa—. En tu cabeza hay un camino para cada paso. ¡Usa ese mapa que no dibujaste!
Gael vio el mapa invisible: tres piedras grandes, luego el tronco caído, luego la raíz con forma de mano, luego la curva donde la hierba se hace azul —es musgo, es musgo—, luego la cuesta y la torre. Subió.
A sus espaldas, oyó a Yara reír con rabia, y a sir Nicanor recitar una lista de nombres de pozos, quizá para no olvidarlos. Sabina, la mula, relinchaba como una olla. Las Sombras de Hojanoche se pegaban a los troncos, se extendían como manteles negros. El sol se había convertido en un disco sin sabor. Gael alcanzó la puerta del monasterio y empujó. Las bisagras chirriaron y el chirrido cortó un pedazo de niebla. Subió las escaleras de caracol. La cuerda de viento parecía más liviana cuanto más alto subía, como si el aire la llamara por su nombre.
—Estoy contigo —dijo Brisa, aunque no hacía falta. Se notaba.
Capítulo 5. La campana y el Olvido
La sala de la campana estaba abierta al cielo. La Campana del Amanecer colgaba inmensa, con grietas finas como venas. Al tocarla con los dedos, Gael sintió un frío antiguo, ese frío que tienen las cosas que han visto demasiados inviernos y aún esperan.
La cuerda rota pendía como una lengua cansada. Gael ató con cuidado la cuerda de viento. No sabía bien cómo se ata un viento. Pero sus manos se movieron como si se acordaran de un gesto que no había aprendido. Brisa sujetó la cuerda con su cuerpo de brisa, como una madre sostiene una tela. —No la tenses de golpe —dijo—. Los vientos se ofenden.
—Lo haré suave —susurró Gael.
Entonces oyó abajo, al pie de la torre, un grito que fue no solo un grito. Fue la promesa de sir Nicanor llamando, cumpliéndose. Gael se asomó. Una sombra más grande que las otras, una hoja enorme, había atrapado al caballero por la espalda. Yara tiraba de él, pero su pie estaba enredado. Sabina tiraba hacia adelante con un valor de mula épica, orejas como banderas.
—¡Gael! —gritó Yara—. ¡Ve! ¡No mires!
—¡No bajéis la vista! —tronó sir Nicanor, con la voz de pozo hondo—. ¡Haced lo que vinisteis a hacer! ¡Prometí que no me quedaría en el suelo!
Gael sintió el corazón golpeando en la garganta. El aire vibró alrededor. La cuerda de viento palpitó en su mano. Si bajaba, quizá salvaba al caballero. Si dudaba, la niebla seguiría tragando nombres, pueblos, risas. Las cadenas del bronce crujieron como ramas viejas.
Brisa le pellizcó la mejilla. —Tu madre te dijo que las canciones son cuerdas —le recordó—. Canta. A veces, cantar es ayudar abajo sin bajar.
Gael cerró los ojos. En su pecho había una canción vieja que olía a pan y a leña. Una tonada que su madre cantaba cuando el viento de invierno golpeaba las rendijas. Empezó a cantarla en voz baja, para no ofender al viento de la cuerda.
—Sobre la mesa, pan y sal… —murmuró—. Por el camino, vuelve el que va…
La canción no era fuerte. Pero en su voz venía la promesa de sir Nicanor, el suspiro de Sabina, la risa de Brisa, la puntería de Yara. La cuerda de viento se tensó. Gael tiró. La campana, perezosa, resistió. Brisa sopló, Yara gritó con un filo que cortó una sombra, sir Nicanor se hirió la rodilla contra la realidad y maldijo con palabras antiguas que nadie entendía. Gael tiró otra vez.
La Campana del Amanecer se movió lo suficiente como para recordar que sabía moverse. Sonó.
No fue un sonido cualquiera. Fue una ola que empujó la niebla hacia los bordes del valle. Fue una luz que no era luz, una especie de claridad. Fue también una lista de cosas que volvían a tener nombre: puerta, cuchara, gato, trigal, matrimonio, pozo, bota, Amparo, Martiniano, Sabina.
Las Sombras de Hojanoche se aplanaron y se desprendieron de cuerpos y árboles como si fueran anuncios viejos. Yara se sacudió la manga. Sir Nicanor se liberó de su hoja impertinente. Sabina estornudó.
Gael sonrió, con lágrimas que eran sal y no niebla. Volvió a tirar. La campana sonó de nuevo. Y, entonces, algo más se levantó. No la niebla. No la sombra. Algo silencioso y blanco como harina en el aire: el Olvido mismo, en forma de río que no suena. Subió por la torre como humo invertido, y se arremolinó alrededor de la campana.
—Muchachos… —dijo sor Alnada, que había subido sin que nadie la oyera—. No habíamos contado con él. El Olvido no se va porque alguien le grite. Se va si lo nombras.
Gael apretó los dientes. El Olvido no tenía ojos. No tenía nariz. Era un frío que no dolía como el hielo. Dolía como el vacío. El Olvido no odiaba. Solo borraba.
—¿Cómo se le nombra a aquello que olvida los nombres? —preguntó Yara, con el arco en la mano, inútil.
Sor Alnada puso una mano en el hombro de Gael. —Di lo que eres, uno por uno. Di qué te sostiene. Dílo como si lo escucharas por primera vez —susurró.
Gael miró al cielo, que ahora se veía. Tomó aire. —Soy Gael, hijo de pan y rutas —dijo—. Mis mapas son cuerdas. Mi madre se llama Elena. Mi padre se llama Tomás. —La voz le tembló al pronunciar ese nombre—. Me duele no saber dónde está. Pero lo digo, porque es verdad: Tomás. Mi casa huele a madera húmeda. Yo soy el que ata líneas cuando nada se ve.
Brisa flotó hacia arriba, valiente como una pluma terca. —Soy Brisa, espritillo de las rendijas —cantó—. Mi risa sostiene. Mi nariz es perfecta y no está torcida. Me gustan las tardes de torbellino pequeño. Me escondo detrás de oídos y de jarras. Yo soy un viento que quiere quedarse con los nombres un poquito más.
Yara clavó el arco en el suelo. —Soy Yara de las Colinas de Hierba —dijo—. Mis manos no dudan cuando es tiempo de callar. Mi padre se llama Ismael, mi madre, Ruth. No dejo que nadie me diga quién soy si yo no lo digo primero. Me gustan las manzanas y las canciones que no reconozco.
Sir Nicanor, con la armadura chasqueando, levantó los brazos al cielo. —Soy Nicanor de las Llanas y los Pozos —tronó—. Prometí y prometo. No dejo a los compañeros en el suelo. He olvidado alguna batalla y eso me duele. He olvidado un nombre y eso me pesa. Pero no he olvidado que el agua se da aunque no se pida. Y hoy la doy a quien lo necesite.
Sor Alnada no hizo discurso. Solo narró con voz de cuna. —Yo soy Alnada de los libros gastados —murmuró—. Doy yos que valen para todos.
El Olvido vaciló. No tenía pies, pero se movió como si se tropezara. La campana vibró bajo la cuerda de viento, que relucía como si amaneciera dentro de ella. Gael tiró de nuevo, con la fuerza limpia de quien dice su nombre sin vergüenza. La campana sonó por tercera vez.
El Olvido se dobló sobre sí mismo. No gritó. Hizo algo peor: lo que era liso se volvió rugoso, como si aparecieran montañas en un papel antes plano. Lo que no estaba ya estaba. El Olvido retrocedió, incapaz de borrar lo que ahora tenía nombre. La luz entró en los rincones. El valle recuperó su pulso. La niebla se hizo agua, y el agua, lluvia. Llovió sobre el techo del monasterio. Llovió sobre el arco del Paso del Espejo. Llovió, y la lluvia tuvo su palabra.
Gael se recostó contra la campana, respirando como una cuerda fatigada. Brisa se posó en su mejilla, y su contacto fue fresco y seco a la vez. Yara miró el horizonte con un brillo nuevo. Sir Nicanor se sentó en un escalón y se quitó una bota para sacudir una sombra bien aplastada que aún se le pegaba a la suela. Sabina, abajo, comía pasto con derecho.
—No nos olvidamos —dijo Gael, en voz baja, terca, feliz.
Capítulo 6. Caminos que siguen
El sol salió de verdad al día siguiente, como si alguien lo hubiera sacado del horno. La gente en la plaza se saludaba por su nombre, algunos con lágrimas, otros con una risa torpe al descubrir que su perro se llamaba Trapo y no Felpudo, como habían creído por unas horas. La Campana del Amanecer se calló, satisfecha, con esa forma que tienen las cosas grandes de guardar silencio.
Gael caminó por el pueblo. La madre de Gael lo abrazó hasta crujirle las costillas. —Te dije que cantaras —susurró.
—Canté —dijo él, y no dijo que también lloró, porque no hacía falta.
Sor Alnada repartió panes frescos que olían a trigo y a perdón. Yara probó el pan con la prudencia de quien se acostumbra a estar siempre alerta, y luego sonrió. Sir Nicanor jugó con unos niños a empujar sombras con los pies, y les enseñó que el truco para que no te arrastre algo plano es no extenderte como alfombra.
Brisa sopló sobre las jarras para que los vasos se llenaran un poco más rápido y se reía cuando alguien estornudaba. —Soy de aquí, por ahora —declaró—. Hasta que me aburra. Me aburriré mañana. O pasado. O nunca. No lo sé. ¿Ves? Tengo derecho a no saber.
Esa tarde, Gael subió a la torre otra vez. La cuerda de viento dormía tranquila, atada a la campana. El aire olía a piedra lavada. Se sentó y sacó sus mapas. Estaban bien, pero les faltaban cosas nuevas: un claro donde habían colgado sombras como dibujos, un puente hecho de silencio, un arco que se canta. Y, por supuesto, la cueva de las cuerdas de viento, con su remolino con ojos.
Yara subió la escalera, apoyando el arco en el hombro. —Vamos a seguir hacia las colinas mañana —dijo—. Quiero ver si mis manzanos recuerdan que son míos.
—Os acompañaré hasta el cruce del río —propuso sir Nicanor, que también subía, lento pero obstinado—. Después tomaré el camino hacia las Llanas. Quiero comprobar que mis pozos no se han llenado de excusas.
Brisa rodó entre los dos. —Yo me iré y volveré sin avisar, como es costumbre —anunció—. Aquí y allá, allá y aquí. Soy viento, chicos. No me caséis con una chimenea.
Gael los escuchó. El mundo parecía más grande. No solo porque se había ido la niebla, sino porque ahora sabía que siempre habría niebla en algún lugar, y campanas, y cuerdas que atar, y nombres que decir. Guardó los mapas. Y tomó una decisión que crujió como pan recién partido.
—No regresaré a ser solo el que dibuja rutas para otros —dijo—. Quiero ser el que las abre. Quiero llevar mapas a donde no hay, y traer historias desde donde nadie mira. Quiero… —Buscó la palabra—. Quiero seguir.
Su madre, que había subido sin hacer ruido —así son las madres cuando necesitan aparecer—, lo miró con una mezcla de orgullo y cosquilla de pena. —Ven cuando el pan se ponga duro —dijo—. Y escribe. No quiero olvidarte en los caminos.
—No me olvidaré de mí —prometió Gael—. Y si me olvido, me llamaré en voz alta.
Esa noche, la plaza se llenó de música. Un anciano sacó una zanfona, alguien tocó una flauta, alguien golpeó ollas. Las canciones tenían más gusto. Hablaban de viajes y de regresos, de promesas y de risas, de sombras que se cuelgan como cuadros y de campanas que sueñan con la mañana. Brisa danzó con las chispas encima del fuego, sin quemarse. Yara enseñó a los niños que una flecha también sirve para señalar estrellas. Sir Nicanor contó una historia de cuando se hizo amigo de una salamandra que bostezaba fuego y quemó la punta de un libro, y cómo tuvo que leer el final inventado por él mismo, para no amargarse.
Cuando el cielo se puso negro de limpieza, Gael se apartó un poco. Miró hacia el norte. Más allá de las colinas, más allá del Paso del Espejo, había montañas con nombres de metal: Cumbre Azafrán, Gorga de Lápiz, Fila de Cobre. Y más allá, bosques sin nombre. El viento llevaba rumores que parecían palabras: río de piedra, isla que se mueve, ciudad bajo el trigo. Sonrió. Era el idioma de los caminos.
Al amanecer, hicieron bultos. Yara ató el arco en su espalda. Sir Nicanor revisó los remaches como si fueran semillas. La madre de Gael metió dos panes, un saquito de sal y una manzana roja en su bolsa. —Para cuando creas que no te queda nada —dijo—. Y para cuando te quede mucho y se te olvide que debes compartir.
—Gracias —dijo Gael.
Sor Alnada bendijo con la mano y con la espiga de su medalla. —Que no se te borren los nombres —le deseó.
—Que no se me rompan las cuerdas —respondió él, tocando la campana con los dedos.
Brisa se adelantó, haciendo sonar campanillas en sitios donde no había campanas. —¡En marcha, humanos! ¡Que el mundo se haga un poquito más ancho con nuestros pies!
Salieron al camino. El río hablaba consigo mismo, las piedras calentaban despacio el vientre de la tierra. Sabina caminaba con una dignidad humilde. Yara, Gael y sir Nicanor avanzaban con ese paso que no es rápido ni lento, el paso que dura.
Cuando cruzaron el puente, Gael miró atrás una vez. Risco de Avellana era una colección de tejados que se encendían, una torre quieta y una campana nueva en silencio. Se llevó la mano al pecho, tocó la medalla con la espiga, y se sintió liviano.
—Gael —llamó Yara—. ¿Tienes un mapa para esto?
Gael se rió. —Todavía no —contestó—. Hoy lo dibujamos.
Y caminó, dejando que su brújula oliera el viento. Cada paso era una línea. Cada mirada, un nombre. Y la cuerda que habían tejido entre cuatro —promesa, silencio, risa y mapa— latía en su memoria como un amanecer que no se cansaba. Porque hay historias que, cuando se cuentan bien, se vuelven campanas. Y hay campanas que, cuando suenan, se vuelven caminos. Y hay caminos que, cuando los sigues, te recuerdan quién eres. Y Gael, hombre de rutas, sonrió. Era un buen día para seguir llamando a cada cosa por su nombre.