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Fantasía heroica 11/12 años Lectura 28 min.

El viento celoso y la primera llama de Valdoria

Lorian, un maestro de postas de Valdoria, debe enfrentarse a un viento celoso que roba cartas para evitar que estalle un conflicto entre dos barrios, y junto a una guardiana de bruma y un chico emprende un viaje para negociar un pacto que pueda calmarlo.

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Lorian, hombre de rostro marcado, barba corta y mirada serena y decidida, con capa gastada y bolsa de cuero, sopla un pequeño silbato de cobre para guiar el viento hacia la primera farola; junto a él Naro, un niño de unos 10 años de cabello rizado, ojos abiertos y sonrisa maravillada, aplaude sosteniendo una manzana mordida y mira la llama. Brisado, el viento personificado, se muestra como un remolino translúcido de hojas y polvo con cuerpo filiforme y ojos de niebla que envuelve la llama sin apagarla, flotando sobre las farolas. En el Campanario de las Farolas, en el centro de una plaza empedrada al crepúsculo, piedras grises texturadas, balcones de forja y filas de farolas frente a un cielo naranja y azul y siluetas de casas de tejados inclinados. Escena: Lorian y Naro encienden la primera lámpara mientras Brisado transporta delicadamente la chispa a lo largo de las farolas; atmósfera heroica y serena, luces cálidas en contraste con el aire fresco y las largas sombras. Estilo visual: trazos de tinta visibles, tramas de puntos, colores deslavados pero contrastados y texturas de papel de periódico, composición centrada en la llama y el trío. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El maestro de postas y la ciudad partida

En Valdoria, la capital de las torres azules, las calles no se saludaban: se miraban de reojo. El Barrio del Yunque olía a hierro caliente y orgullo, y el Barrio de la Seda olía a perfume caro y secretos. Entre ambos, como una aguja clavada en el cielo, se alzaba el Gran Donjón, tan alto que por la mañana parecía estar bebiéndose las nubes.

Lorian Álcora, maestro de postas itinerante, conocía cada esquina de esa ciudad rival como quien conoce los pliegues de su capa. Su oficio era sencillo en palabras y difícil en el cuerpo: llevar mensajes, mapas, sellos y promesas de un sitio a otro sin perderlos, sin romperlos y, si podía, sin meterse en problemas.

Aquella tarde, sin embargo, los problemas vinieron a buscarlo con botas de viento.

La puerta de la Casa de Postas tembló, y una ráfaga se coló por el umbral como un ladrón invisible. Las velas se inclinaron, el tintero derramó una lágrima negra y los sobres apilados empezaron a susurrar, nerviosos, como si tuvieran frío.

—Otra vez no… —murmuró Lorian, sujetando con una mano el montón de cartas y con la otra su gorra de cuero.

El viento giró alrededor de la sala, haciendo bailar plumas y cintas. No era un viento cualquiera: tenía carácter. Era celoso, quisquilloso, y desde hacía semanas perseguía los mensajes más dulces, arrancando palabras de amor de los pergaminos y esparciéndolas por los tejados como confeti.

La jefa de la Casa de Postas, doña Merial, apareció en el pasillo con los brazos cruzados. Tenía mirada de halcón y un moño apretado como un nudo marinero.

—Lorian —dijo—, el Viento Celoso ha vuelto a robar una misiva del Consejo. Si los barrios se enteran de que la carta no llega, se acusarán entre ellos. Ya están deseando una excusa para pelear.

—¿Qué carta?

—Una invitación al Pacto de las Farolas. Una sola noche en la que Yunque y Seda compartirán calle sin insultarse. Una noche, Lorian. —Merial bajó la voz—. Y el viento la quiere solo para él, como todo lo que brilla.

Lorian respiró hondo. No era guerrero, pero en su oficio el valor no se medía por espadas sino por pasos dados cuando a uno le temblaban las rodillas.

—¿Y qué puedo hacer yo? No se puede arrestar al aire.

—No. Pero se puede hablar con él. —Merial le tendió un tubo de cuero con un sello dorado—. Esto es un mensaje para el Donjón. El Guardián de la Altura sabe cosas antiguas sobre vientos con sentimientos. Ve y vuelve antes de que anochezca.

El viento, como si entendiera su nombre, golpeó los cristales.

Lorian se ciñó la capa, ajustó la correa de su bolsa de correos y salió a la calle. Valdoria lo recibió con su ruido habitual: herreros discutiendo, mercaderes cantando precios, niños corriendo entre charcos. Pero por encima de todo, como una risa demasiado fuerte, soplaba el Viento Celoso.

Y Lorian, que siempre había entregado mensajes entre personas, se preparó para entregar uno al cielo.

Capítulo 2: El Donjón y la verdad en una escalera

El camino al Gran Donjón cruzaba una plaza donde se encontraban, sin querer, los dos barrios rivales. Allí, los del Yunque llevaban brazaletes de cuero, y los de la Seda lucían guantes finos. Se miraban con una cortesía tensa, como gatos en un tejado estrecho.

Al pasar, Lorian oyó un comentario venenoso:

—Seguro que la carta la escondieron los del Yunque, con esas manos llenas de hollín —dijo una mujer perfumada.

—¡Y ustedes la habrán convertido en abanico! —respondió un herrero, sin soltar su martillo.

Lorian apretó el paso. No tenía tiempo para discusiones, pero se guardó las palabras en el pecho como quien guarda leña: podrían hacer falta para encender calma.

El Donjón lo esperaba con su puerta de roble y sus clavos negros. Dentro, el aire era más frío y olía a piedra mojada. Una escalera en espiral subía tanto que parecía un pensamiento interminable.

Un guardia con casco le detuvo.

—¿Motivo?

Lorian levantó el tubo sellado.

—Correo urgente para el Guardián de la Altura.

El guardia lo miró como si dudara que un hombre con botas gastadas pudiera hablar con alguien tan importante. Aun así, lo dejó pasar.

Subir fue una aventura sin dragones, pero con otro enemigo: el cansancio. Las piernas de Lorian protestaron. El viento se colaba por rendijas, silbando burlón, como si se riera de su esfuerzo.

—Sí, sí, ya te oí —resopló Lorian—. Tú no subes escaleras. Tú solo presumes.

En la cima, una sala circular se abría al cielo por ventanas altas. Allí estaba el Guardián de la Altura: un anciano de barba blanca y ojos tan claros como agua de montaña. No llevaba corona ni armadura, solo una capa gris y un bastón nudoso.

—Maestro de postas —saludó—. El oficio que sostiene el mundo con hilo de tinta.

Lorian se inclinó y entregó el tubo. El Guardián rompió el sello, leyó en silencio y asintió como quien escucha un tambor lejano.

—El Viento Celoso… —murmuró—. Hace mucho que no se enfadaba así. No es malvado. Es… hambriento.

—¿Hambriento de qué?

—De atención. De ser el primero en tocar todo lo que importa. —El anciano caminó hacia una ventana, y el viento, afuera, pareció acercarse, curioso—. Antes, los vientos eran mensajeros. Llevaban canciones, polen, rumores. Ahora los llamamos “tiempo” y solo los culpamos cuando llueve.

Lorian frunció el ceño.

—¿Entonces por qué roba cartas?

—Porque las cartas son un tipo de magia pequeña. Dentro hay nombres, promesas, disculpas. Y el viento cree que si se las queda… alguien lo recordará.

Lorian sintió una punzada. Él vivía entregando recuerdos de mano en mano. ¿Y si el viento solo quería ser parte de esa cadena?

—¿Cómo lo apaciguo? —preguntó.

El Guardián levantó el bastón y señaló el horizonte, donde se extendían campos y caminos.

—Hay una cosa que los vientos respetan: los juramentos antiguos. Ve al Puente de los Tres Suspiros, fuera de la ciudad. Bajo su arco vive una criatura llamada Bruma, guardiana de los pactos del aire. Ella conoce la palabra exacta, la que calma y no humilla.

—¿Y por qué yo?

El Guardián sonrió, y sus ojos brillaron.

—Porque tú no te burlas de lo que no entiendes. Y porque un maestro de postas sabe algo que ni los reyes comprenden: que un mensaje no es solo papel. Es un puente. Y hoy, Valdoria necesita puentes.

Lorian tragó saliva, como quien se prepara para una caída y decide convertirla en salto.

—Entonces iré.

—Lleva esto. —El anciano le tendió un pequeño cilindro de cobre—. Un silbato de calma. No ordena al viento… le invita.

Lorian lo guardó en su bolsillo interno, junto al corazón.

Al bajar, el sonido de la ciudad le pareció más frágil, como si estuviera hecho de cristal. Afuera, el Viento Celoso sopló fuerte, arrancándole un “¡eh!” de la garganta y desordenándole el pelo con descaro.

—Está bien —dijo Lorian, mirando al cielo—. Si quieres jugar, jugaremos. Pero al final, tendrás que escuchar.

Capítulo 3: El camino y la tormenta con risa

Lorian salió por la Puerta del Oeste antes de que el sol se inclinara demasiado. El camino serpenteaba entre trigales y encinas. A cada paso, su bolsa de correos golpeaba su cadera con un ritmo familiar, como si le diera ánimos.

No viajó solo por mucho tiempo.

Un chico de pelo rizado apareció desde un seto, con una vara en la mano y un morral lleno de manzanas.

—¡Señor! —gritó—. ¿Usted es el que lleva cartas a las nubes?

Lorian parpadeó.

—¿Quién te lo dijo?

—Mi abuela. Dice que cuando el viento está de malas, solo un mensajero valiente puede regañarlo sin que se ofenda. —El chico le mostró una manzana—. ¿Quiere una? Son de las que crujen como escudo.

Lorian dudó. No tenía órdenes de llevar compañía, pero el camino era largo y el viento, imprevisible.

—¿Cómo te llamas?

—Naro.

—Yo soy Lorian. Y no voy a regañar al viento. Voy a… —buscó la palabra— …negociar.

—Negociar suena a que vas a ganar sin pegar. Me gusta. —Naro caminó a su lado como si fuera lo más natural—. Además, si el viento se enfada, yo sé esconderme detrás de usted.

—Gracias por tu confianza —dijo Lorian, seco—. Me consuela muchísimo.

Siguieron avanzando. El aire empezó a ponerse raro, como si tuviera cosquillas. Las hojas giraban sin razón, y los pájaros volaban bajo, nerviosos.

—Huele a tormenta —susurró Naro.

—No es tormenta —respondió Lorian, tocándose el bolsillo donde estaba el silbato—. Es… drama.

De pronto, una ráfaga les cortó el paso. El polvo se levantó formando una figura casi humana: un remolino con hombros, un rostro hecho de hojas y un “cabello” de hierba arrancada.

La voz llegó como un silbido que aprendió a hablar.

—¿A dónde llevan mis palabras?

Naro se escondió detrás de Lorian, fiel a su plan.

Lorian levantó las manos, despacio.

—No te llevo palabras. Quiero devolvértelas… bien puestas.

El remolino giró con irritación, y una lluvia de letras sueltas se esparció por el aire: “A”, “M”, “O”, “R”, “P”, “E”, “R”, “D”… Algunas se pegaron a la frente de Naro, que cruzó los ojos para mirarlas.

—Tengo una P en la nariz —dijo, con voz ahogada.

—No te muevas —ordenó Lorian—. (O muévete, pero con dignidad.)

El Viento Celoso sopló con fuerza, y el camino se convirtió en un pequeño campo de batalla: ramas volando como flechas, piedras saltando, capas tironeadas. Lorian plantó los pies como si fueran estacas.

—¡Basta! —gritó—. Si quieres ser escuchado, no tapes todas las voces.

El remolino se detuvo un instante, como sorprendido por el tono. No era un desafío, sino una verdad.

—Ellos se escriben —susurró el viento—. Ellos se prometen. Yo llevo sus promesas y luego… me olvidan.

Lorian sintió, por primera vez, el dolor detrás del ruido.

—Nadie olvida el aire —dijo—. Lo respiran. Lo necesitan. Pero si quieres que te nombren… tendrás que dejar que las cartas lleguen. Las cartas también necesitan viajar.

El viento volvió a girar, indeciso. Entonces Lorian sacó el silbato de cobre, lo sostuvo al aire y sopló.

El sonido no fue fuerte; fue suave, como agua cayendo en un cuenco. El remolino se deshizo un poco, como si le hubieran soltado un nudo.

—Puente de los Tres Suspiros —dijo Lorian—. Allí hablaremos de pactos. Y de cómo ser parte de ellos sin romperlos.

El viento respondió con un soplo que no era golpe, sino empujón: les abrió el camino, aunque con mala gana.

Naro salió de detrás de Lorian.

—Creo que acabas de invitar a un huracán a una conversación —dijo.

—Eso, o he ofendido al aire y ahora me perseguirá hasta viejo.

—Suena divertido.

—Naro…

—Sí, señor.

—No digas eso nunca más.

Caminaron de nuevo. Sobre ellos, el Viento Celoso los seguía, no como enemigo, sino como una sombra curiosa que aún no decide si abraza o empuja.

Capítulo 4: El Puente de los Tres Suspiros y la guardiana Bruma

El Puente de los Tres Suspiros apareció al atardecer, de piedra gris y arcos elegantes. Se decía que quien lo cruzaba dejaba escapar tres suspiros: uno por lo que fue, otro por lo que es, y otro por lo que aún no se atreve a ser.

Bajo el arco central, el río corría con una calma sospechosa. El aire allí era distinto: no corría, flotaba. Como si esperara.

—Aquí —dijo Lorian.

Naro se asomó al borde.

—Si el río fuera sopa, este sería el lugar donde se enfría.

—No metas la mano —advirtió Lorian.

—No iba a…

Una neblina se levantó del agua, formando una silueta delgada y ondulante. Era como una persona hecha de mañana: pálida, translúcida, con ojos que parecían dos gotas de plata.

—Soy Bruma —dijo la figura, con voz que sonaba a tela al rozar—. ¿Quién llama a los pactos del aire?

Lorian se inclinó.

—Lorian Álcora, maestro de postas. Valdoria está en peligro por un viento celoso. Busco la palabra que lo calme.

Bruma miró a Naro.

—Y tú, pequeño, ¿qué traes?

Naro sacó otra manzana, como si fuera su espada.

—Provisiones.

Bruma soltó una risa ligera. El Viento Celoso, que rondaba fuera del puente, sopló con un bufido, como si se sintiera excluido.

—Él está aquí —dijo Bruma, sin mirar—. Lo oigo rascar en el cielo. Viento de nombre antiguo… ¿Por qué tiemblas, Viento Celoso?

La ráfaga se coló bajo el puente y agitó la neblina de Bruma.

—¡Porque todos se escriben menos a mí! —silbó—. Nadie me dedica nada. Solo me usan.

Bruma alzó una mano, y el aire se aquietó, obligado a escuchar.

—No se “usa” al viento. Se convive con él. Pero tú has mordido lo que debías llevar. Has roto palabras.

—¡Porque eran bonitas! —protestó el viento—. Brillaban. Y yo… yo solo quería tocarlas primero.

Lorian dio un paso adelante.

—En Valdoria, los barrios están igual. Cada uno quiere ser el primero. Y por quererlo, se empujan hasta sangrar. Tú haces lo mismo, pero en el aire.

El viento se retorció, avergonzado y furioso.

Bruma miró a Lorian con seriedad.

—Para apaciguarlo, no basta con decirle “no”. Los vientos no entienden de prohibiciones; entienden de rutas. Dale una ruta donde pueda ser importante sin robar.

—¿Una ruta? —repitió Lorian, pensando en caminos, en postas, en estaciones—. Una… entrega.

Bruma asintió.

—El Juramento del Aire se sella con tres cosas: un nombre, un destino y un gesto.

Naro alzó la mano, como en una clase.

—¿Y si el gesto es una reverencia muy elegante?

Bruma lo miró, divertida.

—Puede ser, si es sincera.

El Viento Celoso sopló, escéptico.

—¿Qué destino?

Bruma señaló hacia el oeste, donde el sol se hundía como una moneda roja.

—El destino es el Campanario de las Farolas, en el centro de Valdoria. Mañana, cuando se enciendan las luces del Pacto, el viento llevará la primera llama. No una carta. Una luz.

Lorian sintió un escalofrío. Eso era grande: convertir al viento en mensajero de algo que todos verían.

—¿Y el nombre?

Bruma extendió su mano de niebla, y en ella aparecieron letras de agua.

—Si lo sigues llamando “celoso”, seguirá siendo eso. Dale un nombre que lo eleve.

El viento se quedó quieto, atento como un animal al que han ofrecido comida sin trampa.

Lorian pensó en el sonido que hacía cuando no atacaba, cuando solo rozaba hojas y peinaba campos.

—Te llamarás Brisado —dijo al fin—. Porque sabes ser brisa y también vendaval, pero hoy eliges ser puente.

El aire tembló, como si el viento hubiera tragado algo caliente.

—Brisado… —repitió, probándose el nombre—. No suena a burla.

—No lo es —dijo Lorian—. Es un encargo.

Bruma levantó ambas manos.

—Y el gesto, maestro de postas.

Lorian miró a Naro. El chico, por una vez, no bromeó; solo observó con ojos grandes, entendiendo que aquel momento era serio.

Lorian se llevó la mano al pecho, sacó un pequeño sello de lacre de su bolsa —el símbolo de la Casa de Postas— y lo sostuvo hacia el viento.

—Te ofrezco el sello del camino. No para que lo tengas siempre, sino para que lo lleves mañana y lo devuelvas. Es confianza prestada.

El viento se acercó, despacio. La ráfaga envolvió el sello sin arrebatárselo; lo tocó como quien toca una cosa frágil.

—¿Y si… si fallo? —susurró.

—Entonces lo intentas otra vez —dijo Lorian—. Así hacemos todos.

Bruma asintió, satisfecha.

—El pacto está dicho. Ahora falta cumplirlo. Pero el viento es caprichoso y Valdoria, orgullosa. Habrá quienes intenten romper esto.

Como si el puente oyera esas palabras, un ruido de cascos resonó en el camino. Antorchas. Hombres armados.

Naro tragó saliva.

—Creo que la parte difícil acaba de llegar.

Capítulo 5: La emboscada de los barrios y la carta sin tinta

Los jinetes se detuvieron al borde del puente. Llevaban colores mezclados: algunos brazaletes de cuero del Yunque, otros cintas brillantes de la Seda. Pero en sus ojos había el mismo brillo: el de quien busca pelea por costumbre.

El que parecía líder bajó del caballo. Tenía barba corta y una cicatriz que le partía la ceja.

—¡Ahí está! —señaló a Lorian—. El mensajero del Consejo. Seguro que él esconde la carta.

Una mujer de guantes finos se adelantó.

—O la vendió al mejor postor —dijo—. Los correos siempre oyen demasiado.

Lorian levantó la voz, firme como una campana.

—No he escondido nada. Y ustedes no han venido por una carta. Han venido por una excusa.

El murmullo subió como espuma. Alguien desenvainó una espada. Otro levantó una maza. El puente, que había visto juramentos y despedidas, se tensó bajo tantas ganas de romper.

Naro se pegó a la pierna de Lorian.

—Ahora sí me esconderé detrás de usted —susurró—. Por si acaso.

Lorian inspiró. No era un héroe de canciones, pero había aprendido que la valentía también era saber hablar cuando otros solo sabían gritar.

—Escuchen —dijo—. Mañana habrá un Pacto de Farolas. Una noche sin insultos. ¿De verdad van a estropearlo hoy?

—¡Ese pacto es una trampa! —rugió alguien del Yunque—. La Seda quiere humillarnos.

—¡Yunque quiere romperlo todo! —respondió una voz del otro lado.

Bruma, bajo el puente, se disolvió un poco, como si no quisiera ser vista por ojos demasiado humanos. El viento, Brisado, giró alrededor de Lorian, inquieto. Se notaba su deseo antiguo: tomar, arrancar, huir. Pero también la promesa nueva, brillante como un hilo.

Lorian sacó de su bolsa un pergamino en blanco.

—¿Ven esto? No tiene tinta. Es una carta sin palabras. Y aun así, es poderosa.

Los jinetes se quedaron confundidos, lo justo para que el silencio abriera una rendija.

—Porque en Valdoria ustedes ya escriben con actos —continuó Lorian—. Cuando un herrero no vende un clavo a un sastre, está escribiendo odio. Cuando una costurera escupe al pasar junto a una fragua, escribe desprecio. ¿Qué quieren escribir mañana? ¿Más de lo mismo?

La mujer de guantes apretó los labios.

—¿Y qué propone, correo?

Lorian miró al viento. Brisado dio una vuelta lenta, como si esperara su turno.

—Propongo que hoy nadie cruce este puente con armas levantadas. Si quieren pelear, peleen contra lo que de verdad los está empujando: el miedo a que el otro los olvide.

El líder de la cicatriz rió, áspero.

—Bonitas palabras. Pero el Consejo necesita una carta para el pacto.

—La carta llegará —dijo Lorian—. Yo me encargo.

Una flecha silbó de pronto, disparada por alguien impaciente. No iba a Lorian: iba al pergamino en blanco, como si quisiera atravesar su idea.

Pero la flecha no llegó.

Brisado, el viento, se lanzó con rapidez. No arrancó nada; no robó. Solo desvió la flecha con una ráfaga precisa, y esta cayó al río con un “plop” ridículo.

Naro soltó un “¡ja!” involuntario.

Los jinetes retrocedieron un paso. No por miedo a un hombre, sino por respeto a una fuerza que, por primera vez, parecía tener propósito.

Lorian levantó el sello de lacre.

—Mañana —dijo—, Brisado llevará la primera llama al Campanario. Si ustedes lo atacan hoy, si rompen el puente, solo demostrarán que tienen menos paciencia que el aire.

El insulto, curioso, funcionó. Nadie quería ser “menos paciente que el aire”.

La mujer de guantes guardó su daga.

—Si nos engañas, correo, te buscaremos.

—Eso hacen siempre —respondió Lorian—. Por eso mis botas están gastadas.

El líder chasqueó la lengua, y poco a poco los jinetes se retiraron, dejando atrás antorchas y un olor a pelea mal apagada.

Cuando se fueron, Naro se dejó caer sentado.

—Creo que acabo de ver al viento hacer de escudo.

Lorian exhaló, como si hubiera estado sosteniendo el mundo con los hombros.

—Yo también.

Bruma reapareció bajo el arco.

—El pacto tiembla, pero no se ha roto. Ahora vuelvan. Mañana será el día.

El viento, Brisado, sopló suave sobre el puente. No era una caricia perfecta, pero era un intento.

Y a veces, los intentos son la forma más valiente de la magia.

Capítulo 6: La primera llama y el viento que aprendió a compartir

Regresaron a Valdoria al amanecer. La ciudad, vista desde lejos, parecía tranquila, pero Lorian sabía que dentro se cocinaban rumores como sopa demasiado caliente.

En el centro, el Campanario de las Farolas se alzaba sobre una plaza redonda. De sus balcones colgaban lámparas sin encender, como frutos esperando madurar. Alrededor, el Consejo había colocado guardias, y representantes del Yunque y la Seda se mantenían separados, con la distancia exacta para no chocar… ni reconciliarse.

Doña Merial encontró a Lorian entre la gente, con cara de quien no ha dormido.

—¿Estás vivo? —preguntó, como si fuera una queja.

—Aún. —Lorian le mostró el sello—. Y tengo un acuerdo.

Merial miró al cielo.

—¿Con quién?

El aire respondió por él: una corriente suave, casi educada, pasó entre las lámparas, sin tironearlas.

La hora llegó. El sol se escondía, y el Pacto de las Farolas debía comenzar con una ceremonia simple: encender la primera luz y dejar que el resto siguiera, como una idea que se contagia.

El maestro de ceremonias alzó una antorcha. Pero justo entonces, una ráfaga antigua, la del viejo Viento Celoso, quiso morder el fuego y llevárselo, como antes.

Lorian dio un paso al frente, sosteniendo el silbato de cobre.

—Brisado —dijo en voz baja—. Es tu ruta.

Sopló una sola nota.

El viento se detuvo. No fue un freno perfecto: tembló, dudó, como un caballo que aprende a no encabritarse. Luego, en vez de arrebatar, rodeó la antorcha con cuidado. La llama se estiró, no para huir, sino para saltar.

Una chispa voló como una luciérnaga decidida y encendió la primera farola del campanario. La luz dorada se abrió como una flor en la oscuridad.

La plaza guardó silencio. Y en ese silencio, algo cambió: los del Yunque y los de la Seda levantaron la vista al mismo punto. Por primera vez en mucho tiempo, miraron lo mismo sin buscar culpa.

Brisado siguió, llevando chispas de una lámpara a otra, con una precisión sorprendente. No era un ladrón. Era un mensajero de luz.

Naro, entre la multitud, aplaudió con fuerza. Luego se dio cuenta de que todos lo miraban y bajó las manos, rojo.

—Lo siento —susurró—. Es que… es bonito.

Lorian sonrió. Se permitió una sonrisa pequeña, pero verdadera.

Cuando la última farola se encendió, la plaza quedó iluminada como si una constelación hubiera bajado a descansar entre la gente. El maestro de ceremonias tragó saliva.

—Que… que comience el Pacto —anunció, con voz menos segura de lo que quería parecer.

Doña Merial se acercó a Lorian.

—Has hecho que el viento trabaje para la paz. Eso no lo logra ni el Consejo con tres sellos.

—No lo he obligado —dijo Lorian—. Le di una entrega.

Merial lo miró con ojos nuevos, y no dijo nada más.

Brisado descendió hasta rozar el borde de la capa de Lorian. No arrancó. No empujó. Solo tocó, como quien pide permiso.

—¿Me… recordarán ahora? —susurró el viento.

Lorian levantó la vista hacia las farolas encendidas, hacia los rostros iluminados. Vio a un herrero ofrecer agua a una mujer de guantes. Vio a dos niños de barrios distintos reírse del mismo chiste tonto sobre una P en la nariz. Vio la ciudad, al fin, respirando sin apretar los dientes.

—Te recordarán —dijo—. Pero más importante: te sentirán. Y tú sentirás que no estás solo.

El viento sopló, y entre las lámparas sonó como una canción sin palabras.

Esa noche, Valdoria no se convirtió de repente en un cuento perfecto. Hubo miradas difíciles, hubo orgullo tragado a medias. Pero las farolas siguieron encendidas, una tras otra, y cada luz parecía decir: “Podemos intentarlo”.

Más tarde, cuando el pacto ya era rumor feliz y las calles olían a pan y a calma, Naro alcanzó a Lorian.

—Señor Lorian —dijo—, ¿y ahora qué hace un maestro de postas que ya entregó un mensaje al viento?

Lorian ajustó la correa de su bolsa.

—Mañana —respondió—, volveré a hacer lo de siempre. Llevar palabras donde hacen falta.

Naro mordió su manzana con un crujido orgulloso.

—¿Y el viento?

Brisado pasó por encima de ellos, suave, levantando apenas un borde de la capa, como un saludo.

—El viento —dijo Lorian— ha aprendido que las cosas más bonitas no se guardan. Se llevan.

Y Valdoria, bajo su Donjón alto y sus barrios rivales, escuchó esa lección en cada respiración.

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Maestro de postas
Persona que lleva mensajes y paquetes de un lugar a otro en trayectos largos.
Tintero
Recipiente donde se guarda la tinta para escribir con pluma.
Misiva
Otra palabra para carta; un mensaje escrito que se envía a alguien.
Pergamino
Hoja de material antiguo, más resistente que el papel, para escribir.
Juramento del Aire
Un acuerdo antiguo relacionado con los vientos y cómo deben comportarse.
Neblina
Niebla ligera que forma una capa baja y húmeda en el aire.
Ráfaga
Soplo de viento fuerte y corto que llega de repente.
Emboscada
Ataque sorpresa preparado por personas que se ocultan.
Sello de lacre
Cierre de cera caliente que se pone en cartas para cerrarlas y firmarlas.
Caprichoso
Que cambia de opinión o conducta sin razón clara, de manera impredecible.

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