Capítulo 1
Había una vez un niño de cinco años llamado Mateo. Era verano. El sol brillaba suave y la brisa olía a hierba y mar. Mateo estaba de vacaciones con su familia en un pueblo pequeño. Le gustaba que alguien le guiara. Le gustaba tomarse de la mano de su mamá o escuchar las indicaciones de su abuelo.
Un día, la mañana empezó con luz dorada. Mateo se puso su gorra azul y sus zapatillas. Salieron a caminar por un sendero junto al campo. El camino crujía bajo sus pies. Las flores silvestres bailaban con el viento. Había margaritas, amapolas y pequeñas flores moradas que parecían estrellas.
—Vamos a recoger algunas flores —dijo la mamá—, pero con cuidado, ¿de acuerdo?
Mateo asintió con los ojos grandes. Le gustaba la palabra “cuidado”. Significaba que todo podía seguir bonito.
Su abuelo le mostró cómo acercar la mano despacio. Le explicó que no todas las flores se podían arrancar. Algunas eran la casa de insectos. Otras ayudaban a las abejas a beber néctar. Mateo miró una flor amarilla y pensó en una casita. Abrió la mano muy lenta y solo recogió tres flores que estaban un poco apartadas y que su abuelo dijo que podían ser cortadas sin hacer daño al campo.
El sol calentaba la piel de Mateo. El perfume de las flores llenaba el aire. Se sentía feliz y tranquilo. Guardó las flores en un pequeño frasco de vidrio que su mamá llevaba. Le gustaba ver las flores moverse como pequeños barcos en el frasco.
Capítulo 2
Después de caminar, llegaron a la estación de tren del pueblo. La estación era antigua, pero esa semana la habían pintado otra vez. La sala de espera estaba fresca y nueva. Las paredes tenían un color azul claro, como el cielo de verano. Había bancos de madera y un reloj que hacía tic tac suave.
—Escucha el silencio de la sala —dijo el abuelo—. Es un buen lugar para esperar y aprender.
Mateo se sentó en un banco. Miró las flores en el frasco. El viento que entraba por la ventana movía las cortinas blancas. Todo olía a pintura nueva y a verano. Había un olor a fresco que hizo que Mateo respirara más despacio.
Mientras esperaba el tren, una señora con una guitarra llegó y tocó una canción bajito. Su voz era suave como algodón. Un vendedor ofrecía helados cerca del andén. Un perro dormía al lado de su dueño. Mateo observaba cada cosa con atención. Le encantaba que alguien le dijera cuándo era el momento de mirar y cuándo era el momento de escuchar.
Un niño mayor jugaba con un coche de juguete en el suelo. Se le cayó una pieza. Mateo la levantó y se la dio. El niño sonrió. Era un gesto pequeño, pero a Mateo le gustó ayudar. Se dio cuenta de que la espera no era aburrida. Tenía colores, sonidos y personas a su alrededor.
La mamá abrió el frasco y le dejó oler las flores. Eran dulces. Mateo cerró los ojos y respiró muy despacio. Su abuelo le explicó que esperar es como oler una flor con calma: si te apresuras, no sientes todo el olor.
Capítulo 3
El tren llegó con un suave sonido. Mateo y su familia subieron. El viaje fue corto y el paisaje pasó como una película lenta. Vieron campos verdes, vacas dormidas y una colina donde unos niños corrían. Mateo miraba por la ventana y pensaba en las flores y en la sala de espera azul.
Llegaron a la casa de la abuela. La casa tenía un jardín grande lleno de plantas. Mateo dejó las flores en un jarrón y las colocó junto a una ventana. La luz entraba y las flores hacían pequeñas sombras en la pared. La abuela le agradeció con una sonrisa. Le dijo que su gesto de recoger solo unas pocas flores y cuidarlas era muy bonito.
Por la tarde, fueron a la playa. Mateo construyó un castillo pequeño con la ayuda de su mamá. Hicieron una torre y un puente. Cuando las olas llegaron, Mateo sintió un poco de pena. Miró el castillo deshacerse. Su mamá le tomó la mano y le dijo:
—Es normal. A veces hay que esperar y ver cómo cambian las cosas.
Mateo respiró y observó las olas. Vio que nuevas cosas podían aparecer. Reunió conchas y una pequeña flor que el mar dejó en la orilla. La puso junto a las flores en el jarrón al volver a casa.
La noche llegó con luciérnagas en el jardín. Mateo se tumbó en la cama con su gorra cerca. Pensó en el día: el sendero, la estación azul, el tren y la playa. Sintió orgullo. Había aprendido a esperar sin prisa. Había recogido flores con respeto. Había escuchado con atención.
Capítulo 4
Al día siguiente, antes de dormir, Mateo contó su día en voz baja a su abuelo. El abuelo lo escuchó con paciencia. Le preguntó qué le había gustado más. Mateo dijo que le había gustado la sala de espera azul porque todo parecía más claro allí. También le gustó cuando ayudó al niño del coche y cuando vio el castillo deshacerse.
Su abuelo le puso la mano en la cabeza y dijo:
—Escuchar y esperar son regalos. Te ayudan a ver lo bueno.
Mateo cerró los ojos. Sintió el calor de la mano de su abuelo y el pulso tranquilo. Aquella noche soñó con flores que flotaban como nubes.
Al despertar, Mateo supo que las vacaciones eran para aprender con calma. Iba a seguir pidiendo guía cuando la necesitara. Iba a seguir cuidando las flores y la naturaleza. Iba a seguir escuchando con atención.
La última mañana, antes de irse del pueblo, Mateo fue al campo otra vez. Caminó despacio. Recogió una pequeña flor que encontró caída en la hierba. La dejó en el frasco, pero esta vez sin arrancarla del todo: la sostuvo con cariño para que el pétalo no sufriera. Miró el camino, miró al cielo y sonrió. La paciencia le había enseñado a disfrutar más. Se sintió grande y tranquilo, como el verano que parecía durar para siempre.