Cargando...
Cuento sobre las vacaciones de verano 5/6 años Lectura 10 min.

El faro de los sueños

Lucía pasa un día en el pueblo junto al faro donde, entre juegos y pequeñas pruebas, aprende a compartir, afrontar miedos y aceptar cambios inesperados.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Una niña de 6 años, alegre y asombrada, pelo castaño rizado y ojos avellana, lleva un vestido a rayas verde y blanco y abraza una manta a rayas igual mientras mira por la gran ventana del faro; su hermano de unos 8 años, travieso y sonriente, pelo corto castaño, sostiene una manta azul con dibujos de peces detrás de ella con la mano en la barandilla; la madre (~35 años), dulce y tranquilizadora, con el pelo recogido y un cárdigan beige, le toma la mano sonriendo; el padre (~36 años), protector y orgulloso, con barba corta y camisa de cuadros, la alza ligeramente para que vea mejor la luz; el farero (~65 años), pequeño y jovial, con sombrero de paja y chaqueta azul marino, está junto a la gran linterna metálica señalando la luz; interior del faro: estancia circular de paredes blancas, grandes ventanas de cristal facetado, vieja lámpara de lente de latón al centro, cartas náuticas y fotos de barcos en la pared, suelo de madera y escalera de caracol al fondo; atardecer dorado inunda la sala, viento leve mueve las telas, la familia recoge sus mantas y contempla el horizonte marino en una atmósfera cálida y maravillada. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Verano y sueños

Lucía tenía seis años y el pelo que se enredaba con el viento del mar. Era una niña soñadora. Sus ojos se llenaban de luces cuando veía gaviotas o conchas brillantes en la arena. En las mañanas de verano, se despertaba con el rumor de las olas y el olor a sal en la ropa tendida.

Esa mañana, el sol pintaba la casa de color miel. La familia había venido al pueblo junto al faro para pasar las vacaciones. Lucía puso las manos en la ventana y cerró los ojos. Imaginó un barco de hojas que navegaba por la calle, un gato que llevaba un sombrero y una nube que servía de columpio. Sus sueños le hacían cosquillas en la nariz.

—Hoy haremos un picnic junto al faro —dijo mamá mientras preparaba bocadillos—. ¿Te apetece llevar tu manta azul?

Lucía miró la manta. Tenía dibujitos de peces y le gustaba mucho. En su imaginación, la manta era también la vela de un barco. Quiso llevarla enseguida. Pero su hermano Nico dijo:

—Yo quiero la manta azul. La usaré para hacer una tienda de explorador.

Lucía sintió un pequeño golpe en el estómago. Pensó en todos sus planes con la manta: el barco de hojas, el picnic sobre el mar de arena. Se quedó en silencio, con las manos frías. Mamá sonrió y propuso:

—Podemos llevar otra manta. Lucía, ¿te gustaría la manta de rayas?

La manta de rayas era verde y blanca. No era la de peces, pero olía a lavanda. Lucía miró a Nico. Su hermano la miró con los ojos grandes, esperando la manta.

Lucía respiró hondo. Cerró los ojos un segundo, como cuando se prepara para saltar al mar. Entonces dijo:

—Está bien. La manta azul para Nico. Yo llevaré la de rayas.

Su voz sonó tranquila. Dentro de Lucía, una pequeña fiesta empezó: había dejado que otra idea fuera elegida y no había explotado ningún sueño. Aprendió, sin darse cuenta, que a veces compartir una idea hace que la aventura cambie de color.

Capítulo 2: Cerca del faro

El faro era alto y blanco, con una luz que giraba como un reloj que nunca se cansa. Al llegar, el viento llenó la manta de rayas y la hizo ondear. El sonido de las olas era como un millón de pequeñas manos que aplaudían.

Pusieron el picnic al pie de las rocas. La arena estaba tibia, y cuando Lucía hundía los dedos, encontraba granitos que brillaban como azúcar. Todo olía a pan tostado y a mermelada de fresa. Lucía comió una galleta y luego miró al faro. Tenía ganas de llegar a lo alto para ver el mundo desde allí, como en sus sueños.

—¿Quieren subir al faro? —preguntó Lucía, animada—. ¡Desde arriba se verá el mar como una sopa gigante!

Nico se subió corriendo a las rocas. Mamá miró el cartel que decía "subida solo con cuidado". Papá cerró la caja del picnic y dijo:

—Podemos subir, pero despacio. Hay muchas escaleras.

Lucía imaginó las escaleras que giraban y giraban. Empezaron a subir. El aire olía a metal y a pintura blanca. Lucía contaba los peldaños en voz baja, como si fueran notas de una canción: uno, dos, tres... A mitad de la escalera, un sonido crujió detrás de ella. Se detuvo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó con voz temblorosa.

Papá se acercó y señaló una puerta cerrada a un lado. Había un cartel pequeño que decía "personal". Alguien había dejado un cubo de pintura apoyado. Una gota roja había caído y formaba una manchita en la escalera.

Lucía sintió un calor en las mejillas. Tenía miedo de que la mancha fuera peligrosa, o que fuera culpa de ellos. Miró a papá y luego a mamá. Papá se encogió de hombros.

—Pinta fresca —dijo—. Mejor retrocedamos un poco.

Lucía quería seguir. En su cabeza, la subida seguía siendo una aventura. Pero también sabía que si alguien decía que había que retroceder, tal vez era por una razón. Respiró y apoyó la mano en la barandilla. La madera estaba suave por tantas manos. Bajaron un tramo y se sentaron en un banco.

Mientras esperaban sentados, una señora mayor, con un sombrero de paja, se acercó.

—Es fácil asustarse de las manchas —dijo con voz dulce—. Yo también creí que rompería algo cuando era pequeña. Pero viendo con calma se entiende. ¿Queréis que les cuente una historia?

Lucía asintió. La señora contó que de niña se había equivocado al plantar flores y que, por un error, había mezclado semillas. Salieron girasoles junto a tulipanes diminutos. Al principio se había sentido triste. Luego descubrió que el jardín nuevo era más alegre. La señora sonrió.

—Equivocarse no es triste para siempre —añadió—. A veces, cambia la historia.

Lucía pensó en la mancha roja. Tal vez no era culpa suya ni de nadie. Tal vez la subida podía esperar. Empezó a sentirse más tranquila. El mar movía las algas como si fuera un lecho de plantas dormidas. El sol le acariciaba la cara como una mano tibia.

Capítulo 3: Una idea nueva y un regreso feliz

Decidieron no forzar la subida. En lugar de eso, se inventaron nuevos juegos en la arena. Hicieron castillos con conchas, dibujaron mapas de tesoros y jugaron a ser fareros y fareras que cuidaban la luz para que los barcos no se perdieran. Lucía se puso un pañuelo verde y dijo:

—Yo soy la guardiana de las estrellas. Vigilo la luz para que todos los sueños lleguen a la orilla.

Nico guardó la manta azul dentro de una caja y fingió que era su barco. Se rieron hasta que les dolió el vientre. El error de la escalera se convirtió en una pausa que les dio tiempo para inventar cosas nuevas.

Al volver junto al faro, el hombre que cuidaba la luz les llamó. Tenía ojos pequeños y una risa que olía a limón.

—¿Quieren ver la sala de luces? —ofreció—. Hoy la subida está segura.

Lucía sintió un salto en el pecho. Subir era otra vez posible. Esta vez, sin prisa ni miedo. Tomó la mano de mamá y la de papá. Nico le dio la manta azul para que la sujetara. Mientras subían, Lucía miró los dibujos en la pared: mapas, fotos de barcos y un viejo reloj que no funcionaba.

Arriba, la vista era enorme. El mar se extendía como un mantel azul. Las casas del pueblo parecían fichas diminutas. Lucía cerró los ojos un momento y respiró el aire salado. Se sintió pequeña y grande a la vez. Papá la alzó para que mirara la lámpara del faro; tenía cristales que brillaban como dulces.

—Lucía —dijo mamá—, estoy orgullosa de que aceptaras dejar la manta. Compartir fue valiente.

Lucía sonrió. Recordó el momento en que dejó la manta azul a Nico, y también la tarde en la que aceptó bajar por la escalera. Pensó en la señora, en el hombre de la risa de limón, y en la manta de rayas que olía a lavanda. Todo había cambiado un poco, y estaba bonito.

Antes de bajar, Lucía se sentó junto a la ventana del faro. Miró el horizonte y pensó en sus sueños. Había aprendido que no siempre tiene que ganar su idea. A veces, escuchar a los demás trae nuevas aventuras. A veces, esperar hace que algo mejor llegue.

De regreso a la playa, el sol comenzó a ponerse. El cielo se tiñó de naranja y fucsia. Las gaviotas volaban en fila, como letras que escribían una canción. Lucía tomó la manta de rayas y la abrió sobre la arena. Se acurrucó con la cabeza en el regazo de mamá. Nico se quedó dormido con la cara manchada de mermelada.

Mamá le acarició el pelo.

—¿Te gustó el día? —preguntó suavemente.

—Sí —respondió Lucía—. Fue como una historia con muchas páginas. A veces me equivoqué, otras veces aprendí. Pero estoy contenta.

Papá la miró y añadió:

—Y eso está muy bien. Todos nos equivocamos. Aprendemos y seguimos.

Lucía miró el faro que ya parpadeaba, su luz como un ojo protector. Sintió una alegría cálida en el pecho. Aprender a compartir, a esperar y a aceptar que otras ideas también pueden ser buenas la hacía sentir mayor y más libre. Se durmió con el rumor del mar como nana.

Esa noche soñó con un barco hecho de mantas y risas. Las olas lo mecieron sin prisa. En su sueño, todas las ideas cabían, y cada error se convertía en un color nuevo. Al despertar al día siguiente, supo que, aunque a veces se equivocara, siempre podría sonreír, pedir perdón y probar otra vez. Y esa certeza le dio ganas de correr hacia el mar y aprender más, paso a paso, con el sol en la espalda y el faro vigilando.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Enredaba
Cuando algo se enreda, se enmaraña y se queda atascado sin poder soltarse.
Rumor
Sonido suave y continuo, como el del mar o muchas voces lejanas.
Faro
Torre alta con luz que ayuda a los barcos a no perderse en la noche.
Manta
Tela grande y cálida que sirve para cubrirse o sentarse en el suelo.
Lavanda
Planta con olor suave y agradable, de flores moradas.
Barandilla
La parte que sirve de apoyo en las escaleras para agarrarse y no caerse.
Algas
Plantas que viven en el agua del mar y se mueven con las olas.
Regazo
La parte del cuerpo entre la cintura y las piernas donde alguien puede apoyar la cabeza.
Parpadeaba
Cuando una luz o un ojo se enciende y apaga muchas veces poco a poco.
Guardiana
Persona que cuida y protege algo para que nadie lo pierda o lo rompa.
Pinta fresca
Aviso que dice que algo tiene pintura nueva y aún no está seco.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Temas relacionados con este cuento :

familia imaginación exploración paciencia verano playa

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos sobre las vacaciones de verano para 5/6 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.