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Cuento de Halloween 11/12 años Lectura 17 min.

El tesoro arcoíris del Lobito Fantasma en Halloween

Lupo, un lobito con capa, debe reunir y ordenar caramelos por colores en la noche de Halloween y, al seguir un mapa misterioso, vive una aventura junto a animales disfrazados que pondrá a prueba su valentía y amabilidad.

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Un pequeño lobo antropomorfo gris claro, orejas grandes y capucha-sombrero negra demasiado larga, ojos brillantes y sonrisa traviesa, sostiene un cubo metálico compartimentado mostrando caramelos ordenados por color; una pequeña mofeta detective (blanco y negro), ojos curiosos y sonrisa cómplice, con lupa de madera y gorra, señala un mapa arrugado que sale de un caramelo blanco; un gran oso disfrazado de bebé murciélago, pelaje marrón y babero de encaje, tímido pero feliz, empuja un cofre de madera abierto lleno de bolsas de caramelos ordenadas; todo ello en un claro nocturno rodeado de árboles de hojas naranjas, calabazas talladas iluminadas en fila, guirnaldas de luces cálidas, piedras musgosas y suelo cubierto de hojas secas y pequeñas linternas; la escena muestra el descubrimiento y reparto del tesoro de caramelos, colores vivos contrastando con una noche azul profunda, composición centrada, formas sencillas y aplastadas y ambiente cálido y festivo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La misión de los caramelos

La luna parecía una uña de plata colgada sobre el Bosque de las Calabazas. Las hojas secas crujían como galletas bajo las patas de Lupo, un lobito pequeño de orejas grandes y mirada chispeante. Llevaba una capa negra que le quedaba un poco larga y, cada vez que corría, la capa intentaba comerse su cola.

—¡Soy el Lobo Fantasma! —susurró, tratando de sonar aterrador.

El resultado fue más bien un estornudo elegante.

En la plaza del claro, las calabazas talladas guiñaban con velas dentro, y el aire olía a canela y a algo misterioso… quizá a chiste a medio contar. Esa noche era Halloween y todos los animales del bosque iban disfrazados: ardillas con sombreros de bruja, tejones con bigotes postizos, búhos con capas de vampiro que se enredaban en las ramas.

La Abuela Loba, que no era vieja de cuerpo pero sí de experiencia, le colocó a Lupo un cubo enorme con un asa reforzada.

—Tu misión es importante —dijo con voz solemne—. Cuando vuelvas de pedir dulces, tendrás que ordenarlos por colores para la fiesta. Si mezclamos los rojos con los verdes, el punch sale… raro.

—¿Raro como… pepinillo con mermelada? —preguntó Lupo.

—Exacto. Y nadie quiere eso en Halloween.

Lupo se puso firme, como un soldadito peludo.

—¡Ordenaré los caramelos por color como el mejor lobo del bosque!

—Y recuerda —añadió Abuela Loba—: esta noche verás disfraces de todo tipo. No te rías de nadie. Cada cual se asusta a su manera.

Lupo asintió. Era travieso, sí, pero no cruel. Le gustaba gastar bromas, no pinchar corazones.

Con su cubo vacío y su capa hambrienta, se lanzó a la noche iluminada por calabazas y luciérnagas, con un escalofrío suave en el lomo que no daba miedo… daba ganas de seguir caminando.

Capítulo 2: Disfraces y dulces de todos los colores

La primera parada fue la casa hueca del viejo roble, donde vivía una familia de ratones panaderos. La puerta era una cáscara de nuez, y encima colgaba un letrero: “TOQUE Y NO MUERDA”.

Lupo tocó con una garrita.

—¿Truco o trato?

Se abrió una rendija y apareció una ratoncita con bigotes pintados de azul y una corona de papel.

—Soy la Reina Ratonil del Inframundo —anunció muy seria.

Lupo se mordió la lengua para no reírse. La corona se le caía hacia un lado como si estuviera cansada.

—Majestad, vengo en son de… caramelos.

La ratoncita le echó al cubo tres caramelos violetas y uno amarillo brillante.

—Los violetas saben a uva valiente —dijo—. El amarillo… bueno, el amarillo cree que es limón, pero en realidad es plátano.

—Como yo cuando intento aullar como un lobo adulto —confesó Lupo—. Sueno a tetera.

La ratoncita soltó una risita y le hizo una reverencia.

Siguió hasta la madriguera de los conejos, decorada con telarañas de lana. En la entrada, un conejo alto vestido de esqueleto movía las patas como si fueran huesos sueltos.

—¡Buuu! —dijo el conejo, pero estornudó al mismo tiempo.

—¡Buu… achís! —repitió, avergonzado.

—Eso sí da miedo —bromeó Lupo—. ¡Un estornudo fantasma!

El conejo, aliviado, le dio un puñado de caramelos rojos y verdes. Lupo miró los colores y, por primera vez, sintió el peso de su misión: rojos con rojos, verdes con verdes… ¡y no confundirse!

Más adelante, junto al arroyo, se encontró con un zorro disfrazado de hada. Sí, un zorro con alas de hojas y una varita de ramita. Tenía brillantina en el hocico.

Lupo parpadeó. No era el disfraz que esperaba.

—Hola —dijo el zorro, levantando la barbilla—. ¿Algún problema?

Lupo recordó las palabras de Abuela Loba. Respiró y sonrió.

—Ninguno. Solo… me preguntaba si tu varita también sirve para espantar mosquitos.

El zorro soltó una carcajada.

—Sirve para espantar malas caras. Toma, Lobito Fantasma.

Le dio caramelos naranjas como pequeñas lunas. Lupo se sintió contento, como si el bosque le hubiera guiñado un ojo.

Cuando el cubo ya estaba medio lleno, una ráfaga de viento apagó varias calabazas del camino. La noche se volvió un poco más oscura, y el escalofrío en el lomo de Lupo cambió: seguía siendo suave, pero ahora tenía curiosidad.

Algo, en algún lugar, crujió como si alguien pisara una carta secreta.

Capítulo 3: El mapa que no quería ser leído

Lupo siguió el crujido hasta un seto de espinos decorado con cintas negras. En el suelo, entre hojas secas, vio un caramelo extraño: era completamente blanco, sin envoltorio de colores, y tenía forma de luna.

—¿Quién deja un caramelo desnudo en Halloween? —murmuró.

Lo recogió con cuidado. Estaba frío, como si hubiera dormido en la sombra toda la tarde. En cuanto lo sostuvo, el caramelo se partió solo, sin romperse en migas, como si se abriera en dos mitades perfectas.

Dentro había un papel doblado. Un papel diminuto.

—¡Ajá! —susurró Lupo, encantado—. ¡Un caramelo espía!

Desdobló el papel. Era un mapa dibujado con tinta oscura: el claro, el arroyo, una roca con forma de nariz… y una X cerca del Cementerio de Calabazas Viejas, un lugar que daba escalofríos… pero de los que hacen cosquillas.

En la esquina, una nota: “TESORO PARA QUIEN SEPA ORDENAR LA NOCHE”.

—Eso suena a mí —dijo Lupo, inflando el pecho.

Pero el mapa parecía… tímido. Cada vez que Lupo lo miraba, la tinta se movía un poquito, como si quisiera esconderse.

—Oye, mapa, no te preocupes —le dijo en voz baja—. No voy a comerte. Solo… voy a seguirte.

Guardó el mapa en el bolsillo interior de la capa, junto a un caramelo azul que olía a menta y a travesura. Entonces recordó su misión principal: ordenar los dulces por color. Si se iba de aventura, ¿cómo lo haría?

Se le ocurrió una idea. Sacó del cubo varios envoltorios vacíos que había guardado “por si acaso” (Abuela Loba decía que Lupo guardaba “por si acaso” hasta las sombras). Con ellos hizo separadores dentro del cubo: una esquina para rojos, otra para verdes, otra para amarillos… y así.

—Esto es como tener un arcoíris en un cubo —se dijo, orgulloso—. Un arcoíris comestible.

El viento volvió a soplar, y una risa lejana resonó entre los árboles. No era una risa malvada; sonaba como la de alguien que cuenta un secreto gracioso.

Lupo tragó saliva. Le temblaron un poco las orejas, pero sus patas siguieron adelante.

—Vale, Halloween —susurró—. Vamos a jugar.

Capítulo 4: El Cementerio de Calabazas Viejas

El Cementerio de Calabazas Viejas no tenía tumbas ni huesos, solo calabazas pasadas del año anterior, apiladas como si durmieran. Algunas estaban medio hundidas en la tierra, otras tenían caras talladas que ya no daban miedo, sino pena… como si hubieran contado chistes todo el otoño y ahora estuvieran cansadas.

Lupo caminó despacio, para no pisar ninguna. La niebla se arrastraba por el suelo como un gato blanco.

—Si yo fuera un tesoro, ¿dónde me escondería? —susurró.

—¡En el lugar más obvio! —respondió una voz.

Lupo dio un salto tan alto que casi se le cae el cubo. De detrás de una calabaza apareció una mofeta con un disfraz de detective: llevaba una lupa hecha con una gota de resina transparente y una gorra ladeada.

—Soy Menta, detective nocturna —dijo la mofeta—. Y tú estás pisando una pista.

Lupo bajó la pata lentamente. Debajo había una hoja marcada con tinta en forma de flecha.

—¿Tú también encontraste un mapa? —preguntó Lupo.

—Encontré tres mapas —respondió Menta—. Pero los mapas no se ponen de acuerdo. Uno dice “izquierda”, otro “derecha” y el tercero… solo dibuja una patata.

—Tal vez el tercero tiene hambre —dijo Lupo.

Menta lo miró un segundo y luego soltó una carcajada discreta, como una tos contenta.

—¿Qué haces aquí, Lobito Fantasma?

—Tengo que ordenar caramelos por color —explicó Lupo, levantando el cubo como si fuera un trofeo—. Y… encontré un mapa dentro de un caramelo blanco.

Menta olfateó el aire.

—Mmm. Los caramelos blancos no aparecen porque sí. Alguien quiere que sigas la pista. Pero este lugar tiene trucos.

Como si el bosque escuchara, una calabaza cercana se encendió sola con una luz verdosa. Otra se encendió en azul. Luego otra en rojo. Parecía un semáforo loco.

—¡Eh! —dijo Lupo—. Eso es… eso es como mi cubo.

Menta se agachó y examinó el suelo.

—Las calabazas están marcando un patrón. Verde, azul, rojo… Mira, allí hay una calabaza amarilla apagada. ¿Y si el camino correcto es el orden de colores?

Lupo abrió su cubo y comparó. Tenía más rojos que azules. Más verdes que amarillos.

—Si el bosque quiere que ordene colores… —murmuró— entonces el tesoro no es solo cavar. Es pensar.

De pronto, una sombra grande se movió entre los montones de calabazas. Lupo se pegó a Menta.

—¿Eso era un monstruo? —susurró.

La sombra se detuvo. Luego estornudó.

—¡Aachís! —retumbó.

Y apareció… un oso enorme disfrazado de bebé murciélago, con un babero de telaraña y orejas puntiagudas cosidas torpemente.

—Perdón —dijo el oso, sonrojándose bajo el pelaje—. Me asusto con la niebla. Me hace cosquillas en la nariz.

Lupo lo miró. Menta lo miró. Y los dos soltaron una risa tan tranquila que la niebla pareció menos espesa.

—No pasa nada —dijo Lupo—. Tu disfraz es… impresionante.

—¿De verdad? —preguntó el oso, esperanzado.

—Claro —dijo Menta—. Da miedo… pero del tipo que dan ganas de abrazar una almohada.

El oso se enderezó, orgulloso.

—Yo también encontré algo —dijo, y sacó un caramelo blanco idéntico—. Pero me dio respeto abrirlo.

Lupo lo abrió con cuidado. Dentro había otra parte del mapa, con una frase: “SOLO QUIEN MEZCLE AMABILIDAD CON VALENTÍA ENCUENTRA LA X”.

Lupo guardó el papel junto al suyo.

—Entonces vamos en grupo —decidió—. Un detective, un murciélago-bebé gigante y un lobo con capa que intenta comerse mi cola.

—¡Acepto! —dijo el oso, alzando una patota.

—Acepto —dijo Menta, ajustándose la gorra—. Pero yo mando en las pistas.

Caminaron entre calabazas que parpadeaban. Cada luz parecía guiarlos con un código de colores. Lupo, mientras avanzaba, iba ordenando caramelos en su cubo sin detenerse, como si sus patas supieran dónde iba cada tono.

—Rojo aquí. Verde allá. Azul… ¡ay, azul siempre se escapa! —murmuró.

—Como algunos secretos —comentó Menta.

Capítulo 5: La puerta bajo la roca Nariz

La roca con forma de nariz era imposible de confundir: sobresalía del suelo como un hocico petrificado, apuntando hacia el cielo. En el mapa, allí empezaba el tramo final.

Bajo la roca, encontraron una rendija cubierta por hojas secas. El oso apartó las hojas con cuidado, como si fueran mantas. Apareció una puerta pequeña de madera, con un pomo hecho de bellota.

—No me digas que el tesoro está en una casa de hormigas —susurró Lupo.

Menta se agachó y leyó unas palabras grabadas: “ENTRA QUIEN VEA LOS COLORES EN TODOS”.

—¿Qué significa eso? —preguntó el oso.

Lupo pensó en el zorro hada, en la ratoncita reina, en el conejo esqueleto con estornudo. Diferentes, raros, divertidos… y todos estaban celebrando lo mismo.

—Creo que significa… que aunque parezcamos distintos, todos traemos algo brillante dentro —dijo Lupo—. Como los caramelos. Por fuera son colores, por dentro… dulce.

Menta asintió.

—Bien dicho, Lobito Fantasma.

La puerta tenía cuatro ranuras, como bocas estrechas. Encima, símbolos: un círculo rojo, una hoja verde, una estrella amarilla y una gota azul.

—¡Un candado de colores! —exclamó Lupo.

—Y tú tienes un cubo arcoíris —señaló Menta.

Lupo se arrodilló y sacó un caramelo de cada color, bien elegido. Los sostuvo como si fueran llaves.

—Rojo… verde… amarillo… azul.

Los metió en las ranuras correspondientes. Se oyó un “clic” suave, como cuando se cierra un libro al terminar un capítulo emocionante.

La puerta se abrió apenas, dejando escapar un aire tibio que olía a cacao. No era un olor de peligro; era un olor de cocina nocturna.

—Si esto es una trampa, es la trampa más deliciosa del mundo —dijo el oso.

Bajaron por un túnel corto. Las paredes estaban decoradas con piedritas que brillaban como confites. Al fondo, una sala pequeña con un cofre de madera. Encima del cofre, una calabaza encendida con luz dorada, como una lámpara de hogar.

Lupo se acercó despacio. Su corazón latía rápido, pero no por miedo: por emoción.

—¿Lo abrimos juntos? —preguntó.

—Juntos —dijeron Menta y el oso a la vez.

Capítulo 6: El tesoro y la fiesta luminosa

Lupo levantó la tapa del cofre. Dentro no había oro ni coronas… sino bolsas de caramelos organizadas en columnas perfectas por colores. Rojos, verdes, amarillos, azules, naranjas, violetas. Y, en el centro, un pequeño saco de caramelos blancos.

Había también una nota escrita con letra cuidadosa: “TESORO PARA LA FIESTA. LOS COLORES SON MÁS BONITOS CUANDO COMPARTEN LA MISMA MESA”.

Menta silbó bajito.

—El tesoro era… justo tu misión.

Lupo se rascó una oreja, confundido y encantado.

—O sea que alguien lo escondió para que yo aprendiera a ordenar… y a no ir solo.

El oso señaló el saco blanco.

—¿Y esos?

Lupo lo abrió. Dentro había unas chapitas redondas, no para comer: eran pequeñas medallas de madera pintada. En cada una, un símbolo distinto: una varita, una corona, un huesito, una lupa, una capa… disfraces.

—Para repartir —dijo Menta, leyendo otra frase pequeñita en el saco—: “PARA QUIENES HACEN LUGAR A LOS DEMÁS”.

Lupo sintió un calor suave en el pecho, como si hubiera bebido chocolate.

Regresaron al claro con el cofre entre los tres. Las calabazas del camino se encendían a su paso, como si el bosque aplaudiera sin hacer ruido.

En la plaza, los animales ya estaban reunidos alrededor de mesas de madera. Había música de grillos y un coro de búhos afinando. La Abuela Loba los vio llegar y abrió los ojos.

—¡Lupo! —exclamó—. ¿Dónde te metiste? Ya iba a mandar a los cuervos mensajeros.

Lupo dejó el cofre en el suelo, con ceremonia.

—Misión cumplida… y con extras —dijo, y le guiñó un ojo.

Entre todos, repartieron los caramelos por colores en cuencos grandes. Los rojos parecían rubíes; los verdes, hojas mojadas; los amarillos, lunas pequeñas. Cada cuenco era un pedazo de arcoíris.

El zorro hada apareció, agitando sus alas de hojas.

—¿Qué es esa medalla? —preguntó, curioso.

Lupo le dio una con una varita pintada.

—Para ti. Por espantar malas caras.

El conejo esqueleto recibió una con un huesito y estornudó de emoción. La ratoncita reina recibió una corona diminuta. El oso murciélago-bebé recibió una capa. Menta se quedó con la lupa, orgullosa.

Nadie se rió del disfraz de nadie. Si alguien tenía miedo, otro le ofrecía un caramelo del color que más le gustaba.

Abuela Loba observó la mesa llena y a Lupo con su cubo vacío.

—Así que encontraste un tesoro —dijo.

—Sí —respondió Lupo—. Y resulta que el tesoro… era para todos.

Abuela Loba le acarició la cabeza.

—Eso es lo que hace que brille.

Esa noche, el Bosque de las Calabazas fue más cálido que nunca. Lupo miró los cuencos de colores, el cofre ya abierto y las medallas repartidas. Sintió un escalofrío dulce, como el primer mordisco de un caramelo.

—Halloween da sustos —susurró—, pero también da luz.

Y mientras las calabazas guiñaban y la luna sonreía como una uña de plata, el lobito supo que había encontrado algo mejor que un cofre: un lugar donde cabían todos los colores.

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