El encargo de Halloween
Al caer la tarde de Halloween, el viento rascaba las ventanas del colegio. Las hojas rodaban por el patio como pequeñas brujas con capa. Martín, Leo y Sami empujaron la puerta de la sala de arte. Olía a témpera, a madera húmeda y a mandarinas que alguien había dejado en un vaso.
—Tenemos una misión —dijo Martín, con la mochila llena de pinceles—. Pintar el cartel para la fiesta del colegio. Grande, misterioso y con buen rollo.
—Y con murciélagos que no muerdan —añadió Leo, riéndose—. Bueno, solo un poquito.
Sami encendió las luces. Parpadearon. Una, dos, tres veces. Zas. Quedaron fijas, amarillas y suaves.
—Esto da un poco de yuyu —admitió, ajustándose las gafas—. Pero si nos organizamos, sale rápido. Fondo morado, letras naranjas. ¿Trato?
El papel enorme ya estaba en la mesa. Crac. La cinta adhesiva sonó al pegarlo. Afuera, el cielo se oscurecía como tinta derramada. Dentro, el reloj de pared hacía tic… tac… tic… tac.
—Primero boceto —dijo Martín—. Luego color. Luego brillos.
—Y luego chocolate —añadió Leo—. Para el artista. Y para sus humildes ayudantes.
Sami sonrió. Juntos, afilaron lápices. El grafito rozó el papel. Una calabaza con sonrisa pícara empezó a nacer. Un gato arqueó el lomo en un rincón. Un sendero de hojas llevaba a una puerta abierta. Una flecha señalaba: Fiesta.
La nota en el baúl
Cerca de la ventana había un baúl viejo. Tenía una cerradura oxidada y pegatinas borrosas: estrellas, fantasmas simpáticos, sonrisas pintadas a mano. A Martín le picó la curiosidad.
—¿Y si ahí guardan pinturas mágicas? —susurró.
—O arañas con doctorado —dijo Leo.
Sami sopló el polvo. Puf. Una nube gris subió y se deshizo como niebla.
—Abrimos y ya —dijo—. Rápido. Con respeto.
La tapa cedió con un suspiro, como si el baúl hubiera estado esperando. Dentro, frascos de colores brillaron, incluso con la luz tenue. Había un frasco negro que parecía noche líquida. Y un pincel delgado, con el pelo plateado como una luna en hilo.
—Uy —dijo Leo—. Esto sí tiene pinta de magia. ¿Qué es esto?
En el fondo, una tarjeta doblada. Sami la desdobló. La letra era fina y apretada, escrita con tinta azul.
“Pinta con corazón, y la noche pintará contigo. Pinta con curiosidad, y no habrá susto que no sea brisa.”
Se miraron. Las luces parpadearon. Tic… tac… dijo el reloj, un poco más fuerte.
—Yo voto por usarlo —dijo Martín, con una sonrisa nerviosa—. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
—¿Que la calabaza nos hable? —rió Leo—. Me cae bien la gente con dientes.
—Vale, pero con cuidado —dijo Sami—. Si pasa algo raro, paramos. Y no manchamos el suelo. Por favor.
El pincel lunar
Martín mojó el pincel en el negro-noche. Un brillo discreto encendió las cerdas. Zas. Un destello diminuto. Nada más. Dibujó un murciélago. El papel bebió el color con un sonido casi imperceptible, como un sorbo. El murciélago quedó suave, limpio, vivo.
—Guau —murmuró—. Se desliza solo.
Leo probó un naranja cálido. La calabaza tomó color. Sus ojos, dos almendras encendidas. Su sonrisa, una media luna con hoyuelos. Sami añadió sombras moradas. La puerta invitaba, sin empujar.
—Está quedando… —Sami buscó la palabra—. Aterradoramente acogedor.
Algo raspó en el suelo. Ras. Ras. Los tres se giraron. Una huella diminuta de pintura apareció, como si un gatito invisible hubiera pasado por ahí. Otra. Y otra. Tres huellas pequeñas, negras, cruzaron la sala hasta el borde del papel.
—No he sido yo —dijo Leo, levantando las manos—. Hoy no soy gato.
—Ni yo —dijo Martín, con los ojos brillantes.
—A lo mejor se escapó una gota del pincel —intentó Sami.
Entonces, el pincel se inclinó solo. Dio un suave toque en el papel, justo donde el sendero de hojas. Plic. Quedó perfecto. Un toque de sombra. Después, se quedó quieto.
—Esto es raro —sonrió Leo—. Pero mola.
Se oyó un “miau” lejano, como si el viento maullara. O como si alguien, invisible, sonriera desde una esquina.
—Sigamos —dijo Martín—. Con curiosidad. Pero sigamos.
Pintaron estrellas que titilaban. Vapor azul salía de la calabaza como un chiste en secreto. Letras grandes: Noche de Halloween. Juega. Ríe. Ven si te atreves.
El fantasma cortés
Algo más cambió el aire. Un olor a jabón de limón se mezcló con el de la témpera. El reloj hizo tic… tac y, por un segundo, pareció decir: tic… ¡hola!
De la pared, cerca del armario, se dibujó una figura. Era un señor alto, translúcido, con chaleco y pajarita. Llevaba un trapo sobre el hombro y una escoba en la mano. Sus ojos eran claritos, como vidrio limpio.
—Buenas noches —dijo con voz suave, que no asustaba, solo hacía cosquillas—. No os asustéis. Soy el encargado… de que todo quede bonito.
Leo tragó saliva. Sonrió. Alzó la mano.
—Hola, señor… ¿Fantasma? ¿Cómo se limpia un susto?
El ser cortés inclinó la cabeza.
—Con una buena risa y un poco de orden. Y con preguntas, como las tuyas. La curiosidad pone luz donde hay sombras.
Sami, que siempre quería saber, dio un paso al frente.
—¿Usted dejó la tarjeta?
—Yo cuido los baúles —asintió la figura—. Y cuido la sala. Aquí siempre hubo manos que pintaron con ganas. Y yo, que barrí después. Si vais a usar el pincel lunar, hay una regla: terminad antes de medianoche y dejad este lugar más limpio de como lo encontrasteis. La magia agradece la casa ordenada.
Martín se pasó la mano por el pelo.
—Trato hecho.
El fantasma sonrió. No daba frío. Más bien un poquito de calma.
—Entonces, trabajemos. Yo sostengo el papel cuando tiemble la mesa. Y aviso si el color pide respiro.
Ay, cómo ayudó. Cuando el viento empujó la ventana, él sujetó el pliego. Cuando una gota quiso caer, la atrapó con un pañuelo. Cuando Leo intentó dibujar una araña y le salió una aceituna con patas, el fantasma dijo:
—Ponle sombrero. Nadie teme a una aceituna con sombrero.
Se rieron los tres, y la araña-aceituna se volvió la mascota del cartel.
Carrera contra las sombras
La lluvia comenzó a golpear los cristales. Tap, tap, tap. El reloj aceleró, o eso parecía. Tic-tac-tic-tac. La calabaza pedía brillos, el gato pedía cola, las letras pedían sombra. El pincel lunar corría como patinador.
—Más morado —dijo Martín.
—Sombra aquí —dijo Sami.
—Purpurina leve —dijo Leo, y estornudó—. ¡Achís! Sabe a azúcar.
Un frasco tropezó. Glup. El negro-noche se derramó como lago pequeño. Se extendió, lento. Hacia el borde de la mesa. Hacia el suelo.
—¡No! —gritó Sami, buscando trapos—. ¡El suelo!
El fantasma cortés levantó la escoba.
—Tranquilos. La prisa no limpia. La prisa mancha. Pensad.
Martín miró alrededor. La curiosidad le pinchó como un pezón de frío.
—¿Cómo limpiaban antes la tinta? —preguntó.
El fantasma sonrió. Señaló un saco en una esquina: serrín para los charcos. Y periódicos viejos.
—Absorber —dijo.
Trabajaron como una coreografía. Serrín sobre la mancha. Papel por encima. Presión firme. Esperar. Levantar. La noche líquida se transformó en manchas dóciles. Un par de pasadas, y el suelo volvió a respirar.
—Genial —dijo Leo, aliviado. Se miró las zapatillas—. Uy. Creo que dejé un rastro.
Plof, plof. Unos pasos negros cruzaban la sala como pies de monstruo amable. En vez de enfadarse, Martín sonrió.
—No lo borres —dijo—. ¡Úsalo! Que el cartel tenga huellas que te llevan hasta la puerta de la fiesta.
Así lo hicieron. Tomaron las huellas de Leo con una esponja y las convirtieron en camino: huellas que subían al papel, giraban, y entraban por la puerta dibujada. El gato pintado olía el rastro. La calabaza guiñaba un ojo.
—Queda media hora —avisó Sami, mirando el reloj—. Terminemos las letras.
—Y los brillos de las estrellas —dijo Martín—. Pequeños, como sal.
—Y el sombrero de la aceituna —dijo Leo, muy serio.
Pintaron en silencio un minuto largo. Solo se oía el roce del pincel y el respirito de la sala. El fantasma, con sus manos de aire, acomodaba botes, apretaba tapones, y ponía derecho lo que se torcía.
—Listo —dijo Martín, cuando el último punto de luz quedó en su sitio—. Me tiembla el corazón.
—A mí la barriga —dijo Leo—. Señal de hambre o de arte.
Sami apartó el pincel lunar y lo limpió con agua hasta que el agua quedó clara. Glup. Glup. Claro como cristal.
La sala reluciente
Medianoche estaba cerca. Quedaba un trabajo. No de color, sino de cuidado. El fantasma apoyó la escoba en una esquina, como quien entrega un trofeo.
—Os toca a vosotros —dijo—. Yo miro. Y sonrío.
Empezaron por las mesas. Paños húmedos. Un olor a limón se abrió paso. El serrín volvió al saco. Los periódicos a reciclar. Tapones cerrados. Pinceles peinados hasta quedar suaves. Paletas limpias como luna pequeña.
—Esto brilla —dijo Leo—. Jamás vi un fregadero tan contento.
Sami barrió con precisión. Bajo las sillas. Junto a la puerta. Rizo de polvo, a la bolsa. Martín recogió las gotas rebeldes. Una, dos, tres. Fuera.
Las luces dejaron de parpadear, como si también se relajaran. La lluvia bajó el volumen. Tap… tap. El reloj sonó suave. Toc. Toc. Doce.
El fantasma cortés se acercó al cartel. Lo miró con orgullo de abuelo.
—Habéis pintado una invitación que no asusta, que abraza —dijo—. Y habéis preguntado cuando hicisteis falta. Eso le gusta a la magia. Y a mí, que dejo el suelo sin huellas.
—¿Vendrá usted a la fiesta? —preguntó Leo.
—Yo estoy en todas las fiestas que tienen risas y escobas sin polvo —guiñó—. Y si me veis, será porque me miráis con curiosidad.
Martín colgó el cartel en el corcho. Las huellas llevaban a la puerta dibujada. La puerta abría a estrellas. Las letras decían: Noche de Halloween. Ven si te atreves… a reír.
El fantasma tocó la pared con la palma. Se volvió más transparente. El pincel lunar, limpio, brilló una vez, mínima, como un mosquito de luz. Se quedó quieto en el borde del baúl.
—Gracias —dijo Sami—. Por enseñarnos. Por no asustarnos. Por el truco del serrín.
—Gracias a vosotros —contestó él—. Por barrer el miedo con preguntas.
Y se fue como llegó. Sin ruido. Dejó la sala con una calma nueva. En la mesa, un caramelo de limón para cada uno. Leo lo olió, por si acaso.
—Sabe a magia buena —dijo, y se lo metió al bolsillo.
Apagaron las luces. La ventana reflejó el cartel un segundo: calabaza, gato, huellas, puerta. El pasillo olía a limpio. Sus pasos, secos y contentos. En la puerta de la sala, Sami miró atrás. Todo en su sitio. Todo reluciente.
—Misión cumplida —dijo Martín.
—Y sin sustos que no fueran brisa —añadió Leo.
Cerraron. El clic fue suave. Detrás, la sala quedó limpia, limpia, como una luna recién lavada. Afuera, el viento movió las hojas. Adentro, el arte y la curiosidad se quedaron a dormir.