Cargando...
Cuento de ciudad futurista 11/12 años Lectura 25 min.

El taxi burbuja de la cortesía y la caja de ideas

Nico descubre un taxi-burbuja misterioso que promueve actos de cuidado y cortesía en su ciudad-río; junto a nuevos amigos, recogen ideas sencillas para resolver problemas cotidianos y mejorar la comunidad.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Un niño de 12 años, curioso y orgulloso, rostro concentrado con ligera sonrisa, cabello castaño corto, vaqueros gastados y chaqueta ligera verde, está arrodillado al borde del muelle liberando con una pinza una pulsera brillante atrapada en una rejilla de filtración; junto a él, Lian, también de unos 12 años, sorprendido y admirativo, pelo rizado negro y ropa deportiva ligera, de pie sobre su patín de aire listo para partir; a unos pasos en el taller comunitario, una mujer de unos 60 años con gafas redondas y moño gris, bata de trabajo manchada de pintura, sonríe y anima; detrás, un taxi-burbuja transparente de cúpula esférica con luz interior suave y asientos en forma de pétalos flota a ras del suelo mostrando un mensaje de ayuda; el lugar es un muelle urbano futurista junto a un gran canal con suelo de metal pulido y lamas de madera, jardines verticales, pasarelas de vidrio, peces robots en agua cristalina, drones y paneles solares al fondo; la escena, calmada y heroica, muestra a Nico restaurando el flujo de agua mientras Lian espera y el taxi observa, iluminación suave, composición dinámica en plano medio y colores vivos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

En la Gran Cité del Río, el cielo no tenía humo. Tenía cometas solares, finas como hojas, que atrapaban la luz y la devolvían en destellos suaves. Los edificios eran altos, sí, pero no amenazaban: sus fachadas estaban cubiertas de jardines verticales y placas que brillaban como escamas. Entre las torres corrían puentes de cristal reciclado y, abajo, el río-ciudad latía con un murmullo constante.

Nico, doce años, caminaba por el muelle inteligente con una mochila ligera y una cabeza rápida. Tenía esa manera de mirar las cosas como si fueran acertijos esperando a ser resueltos.

—Buenos días, Nico —dijo el muelle.

La voz salía de una línea de luz en el borde, justo donde el suelo se encontraba con el agua. El muelle hablaba con calma, como un adulto amable.

—Buenos días, Muelle 7 —respondió Nico—. ¿Cómo está el río hoy?

Unas ondas luminosas recorrieron el borde.

—Nivel perfecto. Corriente amable. Dos barcos autónomos acercándose. Y… —la voz bajó como si contara un secreto— he detectado un objeto curioso en la zona de espera.

Nico se detuvo. La “zona de espera” era un espacio circular donde se estacionaban cápsulas de transporte: bicicletas magnéticas, patines de aire y, a veces, taxis-burbuja.

—¿Curioso cómo? —preguntó Nico, ya con los ojos brillantes.

—Curioso como “no debería estar aquí y, sin embargo, está”—contestó el muelle—. Además, se ha detenido solo.

Nico soltó una risa breve.

—A mí también me pasa cuando veo un puesto de empanadillas.

—Este objeto no huele a empanadillas —dijo el muelle con dignidad—. Huele a… electricidad limpia.

Nico echó a correr. El suelo bajo sus zapatillas parecía ayudarle: el muelle ajustaba su textura para que no resbalara. A un lado, el agua era tan clara que se veían peces robot, pequeños, limpiando algas de las piedras. Al otro, una fila de árboles plantados en terrazas sostenía nidos de pájaros.

En el círculo de espera, allí estaba: una esfera transparente, del tamaño de un coche pequeño, con una puerta ovalada. Un taxi-burbuja. Flotaba a un palmo del suelo, como si no quisiera ensuciarse. En su interior, los asientos parecían pétalos y el panel de control era una banda luminosa sin botones.

Y lo más raro: no había nadie. Ni conductor, ni pasajero. Y el taxi estaba… quieto. En una ciudad donde todo se movía con precisión, aquello era como ver una nube detenida en un pasillo.

Nico dio una vuelta alrededor, sin tocar.

—Vale —murmuró—. ¿Quién te dejó aquí, burbuja?

La burbuja respondió con un “plim” suave, como una gota cayendo en un vaso.

En el vidrio apareció un texto: “PARADA DE CORTESÍA ACTIVADA”.

—¿Cortesía? —Nico ladeó la cabeza—. ¿Para quién?

El muelle habló a su espalda.

—No está registrada en la red de taxis oficiales. Pero su batería está llena y su sistema de navegación… está despierto.

Nico sintió una cosquilla de emoción en el estómago, esa que aparecía cuando una historia iba a empezar.

—¿Puedo…? —preguntó, sin terminar la frase.

—No puedo darte permiso —respondió el muelle—. Pero puedo mantener el suelo estable y avisar si hay peligro.

Nico respiró hondo. Miró el río, que parecía observarlo también. Y entonces, con cuidado, acercó la palma a la puerta ovalada.

La puerta se abrió como una sonrisa.

Capítulo 2

Dentro olía a lluvia reciente. No a lluvia sucia, sino a agua sobre hojas. Nico se sentó en uno de los asientos-pétalo. Al tocarlo, el material se adaptó a su espalda como si lo conociera desde siempre.

—Hola —dijo Nico, por si acaso.

En el panel luminoso apareció una línea ondulada, luego palabras:

“BIENVENIDO. ¿DESTINO?”

—Eso es lo raro —susurró Nico—. No sé si tengo destino o si el destino me tiene a mí.

El taxi-burbuja emitió un sonido que podría ser una risa electrónica: “plim-plim”.

En la pared interna se encendió un mapa de la ciudad-río. Los canales azules eran calles líquidas; las pasarelas, líneas plateadas. Había puntos verdes donde se cuidaban los suelos con huertos urbanos y filtros subterráneos.

Nico señaló al azar un muelle más lejos, en la zona donde los barcos autónomos se cruzaban como peces grandes.

—Llévame a… Muelle 12.

El panel parpadeó.

“RUTA SUAVE. ACTIVANDO PARADA DE CORTESÍA.”

—¿Otra vez cortesía? —Nico frunció el ceño—. ¿Qué significa eso?

La burbuja no contestó con palabras. Simplemente se elevó un poco y salió del círculo de espera. No avanzó rápido; se deslizó como una pompa de jabón, respetando el aire. En el exterior, la gente miraba y seguía con su vida. En una ciudad acostumbrada a tecnología asombrosa, una burbuja más no era un escándalo… pero a Nico le parecía un secreto.

Por el vidrio veía el muelle, los jardines, y el río, siempre el río. Pasaron cerca de un barco autónomo de carga, silencioso, con contenedores de bambú prensado. Un dron-pájaro voló sobre ellos y cantó una melodía corta, como comprobando que todo estaba bien.

El taxi se detuvo de golpe.

—¿Eh? —Nico se agarró al asiento, aunque no hubo sacudida. Solo una pausa total, como si el mundo contuviera la respiración.

En el panel apareció: “PARADA DE CORTESÍA. OBSERVAR.”

Nico miró afuera. Estaban junto a un tramo de canal donde el agua cambiaba de color, apenas, como si una sombra se hubiera mezclado con el azul.

En el borde, una rejilla de filtración parpadeaba en rojo.

—Eso no es normal —murmuró Nico.

La burbuja proyectó un zoom en el vidrio: una imagen ampliada de la rejilla. Se veía una masa de hojas, plástico antiguo y… una pulsera brillante atrapada, bloqueando el paso del agua hacia el filtro.

—¡Ajá! —Nico sintió que su cerebro se encendía—. Si esa rejilla se atasca, el agua se ensucia. Y aquí todo el mundo presume de río limpio.

“CORTESÍA: AYUDAR”, escribió el taxi.

—¿Me estás pidiendo que lo arregle?

“CORTESÍA: INVITAR.”

Nico tragó saliva. No era peligroso, pensó. La orilla tenía barandilla y el muelle era estable. Además, el filtro estaba justo ahí.

—Vale. Pero con cuidado.

La puerta ovalada se abrió. Una corriente de aire fresco le rozó la cara. Nico bajó y se acercó a la rejilla. La luz roja le guiñó como un ojo enfadado.

—Tranquila, ya voy —le dijo Nico al filtro, como si fuera un animalito.

Se agachó. Con una pinza extensible que llevaba en su mochila (porque en la escuela les enseñaban “pequeñas reparaciones urbanas”), atrapó la pulsera y tiró despacio. La masa se soltó con un sonido húmedo. El agua volvió a fluir con un suspiro.

La rejilla cambió de rojo a verde.

—Listo —dijo Nico, sonriendo.

El muelle cercano habló desde sus luces.

—Buen trabajo, Nico. Has evitado una acumulación que habría afectado a tres canales.

Nico se sintió un poco más alto. Y, sin querer, pensó en su madre, que siempre le decía: “Cuando algo funciona bien, agradece. Alguien lo cuidó”.

Volvió al taxi-burbuja. En el panel apareció: “GRACIAS REGISTRADAS”.

—¿Registradas? —Nico se rascó la nuca—. ¿Tú guardas las gracias?

“CORTESÍA: RECOLECTAR IDEAS Y GRATITUD.”

Nico se quedó quieto un segundo. Ideas y gratitud. Sonaba… raro y bonito.

—Entonces, burbuja, ¿qué estás haciendo en la ciudad?

La burbuja respondió con una flecha en el mapa. No hacia el Muelle 12, sino hacia un lugar marcado con un icono de caja.

“BÚSQUEDA: CAJA DE IDEAS.”

Capítulo 3

El taxi-burbuja avanzó por encima del muelle como si patinara. Nico, dentro, no podía dejar de mirar los detalles: los sensores del suelo que se encendían al paso de la gente para ahorrar energía; las paredes que cambiaban de color según el calor del día; los recolectores de agua del aire, como grandes flores metálicas, que dejaban caer gotitas en depósitos transparentes.

—Esto parece magia —dijo Nico en voz alta.

“TECNOLOGÍA + CUIDADO”, apareció en el panel.

—Sí, ya… y un montón de personas pensando para que no sea un desastre —añadió Nico—. Vale, lo admito: hoy estoy agradecido de no vivir en una ciudad que huela a tubo de escape.

El taxi hizo “plim” aprobador.

Se acercaron a una zona donde el río se ensanchaba. Allí, los barcos autónomos eran más variados: algunos llevaban pasajeros en cabinas con ventanas grandes; otros transportaban compost para los huertos; uno, más pequeño, parecía un barquito escuela con niños saludando.

Nico vio a un chico de su edad en una pasarela, agitando los brazos.

—¡Eh! ¡Taxi! —gritaba— ¡Se ha parado mi patín de aire!

El taxi-burbuja frenó solo otra vez.

—No me digas… —murmuró Nico.

“PARADA DE CORTESÍA.”

La puerta se abrió sin que Nico la tocara. Afuera, el chico tenía el pelo rizado y una cara de “esto no estaba en mi plan”.

—¿Tú eres el conductor? —preguntó el chico, mirando a Nico dentro de la esfera.

—No… soy… pasajero accidental —contestó Nico—. ¿Qué pasó?

—Mi patín se quedó sin empuje. Y tengo que llegar al Muelle 15. Si me retraso, mi abuela se preocupa y luego me da un sermón de veinte minutos.

Nico sonrió. Los sermones de abuela eran universales.

—A ver el patín —dijo Nico, saliendo.

El patín era una tabla delgada con dos mini-turbinas. En el lateral, un indicador parpadeaba en amarillo.

Nico se agachó y olió.

—Huele a filtro sucio —dictaminó con la seguridad de quien ha visto tutoriales en clase—. ¿Lo usaste cerca de los jardines?

—Sí, pasé por la zona de polen… —admitió el chico.

Nico abrió la tapa del filtro. Estaba lleno de pelusilla de semillas. Con la misma pinza y un pequeño cepillo, lo limpió. Luego sopló con cuidado.

—Prueba ahora.

El chico encendió el patín. Las turbinas ronronearon suave, felices.

—¡Funciona! —El chico soltó una carcajada—. Gracias, en serio. Me llamo Lian.

—Nico. —Se dieron un choque de puños torpe pero perfecto—. Oye… ¿has visto alguna vez un taxi-burbuja que se pare solo para ayudar?

Lian miró la esfera, fascinado.

—No. Pero… mola. Y da un poco de miedo, como si te estuviera vigilando.

Desde el muelle, una pantalla pública mostró un mensaje: “REPARACIÓN COMPLETADA. AGRADECIMIENTOS ENVIADOS.”

Lian abrió mucho los ojos.

—¿Eso lo ha puesto el… muelle?

—Aquí todo se entera de todo —dijo Nico—, pero para bien. Así nadie deja que los problemas crezcan.

El taxi-burbuja proyectó una frase: “CORTESÍA: CONTAGIAR.”

Lian se rió.

—¿Contagiar qué?

Nico lo entendió antes de decirlo.

—Contagiar ganas de cuidar.

Lian se subió a su patín.

—Te debo una. O mejor… —se señaló la cabeza— una idea.

—¿Una idea?

—Sí. En mi barrio hay una caja de sugerencias, pero siempre está vacía porque la gente cree que no sirve. Si esa burbuja busca una caja de ideas, yo sé dónde podríamos llenarla. Cerca del Muelle Central hay un taller comunitario. La gente ahí sí propone cosas.

Nico sintió que el mapa en su mente encajaba.

—Entonces vamos al Muelle Central.

“RUTA ACTUALIZADA”, confirmó el taxi.

Lian señaló la burbuja con admiración.

—¿Puedo seguirlos?

Nico miró el panel, como pidiendo permiso.

El taxi mostró: “CORTESÍA: ACOMPAÑAR.”

—Parece que sí —dijo Nico.

Y así, la burbuja y el patín de aire avanzaron juntos, uno flotando y el otro deslizándose, entre reflejos de agua y sombras de jardines.

Capítulo 4

El Muelle Central era el corazón de la ciudad-río. Los muelles allí no eran solo bordes: eran plazas flotantes conectadas por pasarelas. Había puestos de frutas cultivadas en terrazas, pantallas que enseñaban el estado del agua y, sobre todo, gente: estudiantes, técnicos, abuelos con sombreros de tela reciclada.

El taxi-burbuja se detuvo frente a un edificio bajo, redondo, con paredes de barro tecnológico y techo cubierto de plantas. Un cartel decía: “Taller Común: Repara, Aprende, Comparte”.

—Aquí —dijo Lian—. Aquí la gente arregla cosas en lugar de tirarlas.

Nico sintió un pinchazo de orgullo por su ciudad. En el aire olía a madera, a metal limpio, a sopa de verduras.

Dentro, una mujer mayor con gafas grandes estaba enseñando a dos niños a soldar un cable.

—¿Buscáis algo? —preguntó al ver a Nico y Lian, y luego miró la burbuja flotando en la entrada—. Bueno… eso sí que es nuevo.

—Creo que busca una caja de ideas —dijo Nico, y se sintió raro diciendo algo tan serio.

La mujer arqueó una ceja.

—Aquí tenemos una. Pero está… deprimida. —Señaló una caja transparente con ranura. Dentro había dos papeles solitarios, como peces en un acuario enorme.

El taxi-burbuja entró despacio. No tocó nada, pero su luz interna se intensificó. En el panel apareció: “OBJETIVO: LLENAR.”

—¿Por qué? —preguntó Nico al aire, sin saber si hablaba con el taxi o consigo mismo—. ¿Para qué quiere llenar una caja de ideas?

La mujer mayor se cruzó de brazos.

—Las ideas son como semillas —dijo—. Si no las plantas, no crece nada. Y si no agradeces lo que ya tienes, tampoco lo cuidas.

Nico miró a Lian. Lian asintió, como si esa frase le hubiera dado justo en el pecho.

En el interior de la burbuja, el mapa mostró varios puntos rojos: pequeñas alertas en la ciudad. Nada grave, pero sí cosas que podían empeorar: una zona donde la gente dejaba bicicletas mal aparcadas bloqueando un paso; un jardín vertical con sensores descalibrados; un muelle que gastaba más energía de la necesaria por luces encendidas sin razón.

—Son… problemas pequeños —dijo Nico.

“PROBLEMAS PEQUEÑOS = GRANDES SI SE OLVIDAN”, escribió el taxi.

Lian se rascó la mejilla.

—Entonces la burbuja para y empuja a la gente a arreglar cosas antes de que sean un lío.

—Y encima guarda “gracias” —añadió Nico.

La mujer se rio.

—Me gusta. Un taxi que no solo transporta cuerpos, sino también buenas costumbres.

Nico se inclinó hacia la caja transparente.

—Vale. Vamos a llenarla. Pero no con ideas imposibles. Con cosas que se puedan hacer de verdad.

Lian levantó un dedo.

—Primera idea: en los muelles, poner una señal luminosa que diga “Deja paso” cuando alguien aparque mal. Sin regañar, solo recordando.

La mujer asintió.

—Sencillo y útil. Escribidlo.

Nico tomó una hoja reciclada y escribió con letra apretada. La dobló y la metió en la caja. Sonó un “clic” alegre, como si la caja hubiera despertado.

El taxi-burbuja mostró: “1 IDEA. 1 GRATITUD.”

—¿Gratitud por qué? —preguntó Nico.

“POR EL PASO LIBRE”, respondió el panel.

Nico sonrió.

—Vale, me gusta cómo piensas, burbuja.

Entonces el muelle central, a través de una pantalla, anunció: “BARCO AUTÓNOMO ESCOLAR DETENIDO. CAUSA: SENSOR DE PROFUNDIDAD CONFUNDIDO POR SOMBRA.”

Lian abrió la boca.

—¡Ese barco lleva niños!

Nico se puso de pie.

—Vamos.

El taxi-burbuja ya se estaba moviendo, como si hubiera oído la urgencia antes que ellos.

Capítulo 5

El barco escolar estaba a pocos metros, quieto en el agua como un pato despistado. Los niños dentro miraban por las ventanas, algunos riendo, otros preocupados. Un altavoz repetía: “Pausa de seguridad. Por favor, permanezcan tranquilos.”

Nico y Lian llegaron por la pasarela. El muelle inteligente les abrió un carril con luces verdes.

—El sensor cree que hay poca profundidad —explicó el muelle—, pero es una sombra proyectada por un puente nuevo. El barco no arriesga.

Nico miró el agua. Era transparente. Se veía el fondo, piedras claras. La sombra del puente, sin embargo, era tan oscura que parecía una mancha.

—Si el sensor se guía por luz, se confunde —dijo Nico—. Necesita otra referencia.

Lian señaló unos reflectores apagados bajo la pasarela.

—Esos focos subacuáticos se usan para inspección. Si los encendemos suave, la sombra desaparece para el sensor.

El muelle dudó un segundo. Sus luces parpadearon.

—Los focos están programados para técnicos.

Nico se acercó al panel público de mantenimiento. En la escuela les habían enseñado que casi todo tenía modo comunitario, con autorización del muelle.

—Muelle 3 —dijo Nico con voz clara—, solicitud de encendido temporal de focos subacuáticos. Razón: liberar barco escolar detenido por lectura errónea.

Hubo un silencio breve. Luego, una luz azul recorrió el borde.

—Solicitud aceptada. Duración: tres minutos. Consumo mínimo.

Bajo el agua se encendieron puntos de luz, como luciérnagas acuáticas. La sombra perdió fuerza. En el barco, una pantalla cambió de “Pausa” a “Ruta segura”.

El barco emitió un sonido suave y empezó a moverse de nuevo.

Desde dentro, una niña pegó la cara al cristal y levantó el pulgar.

Lian exhaló.

—Eso ha sido… bastante épico para algo tan pequeño.

—Eso es lo bueno —dijo Nico—. No hace falta salvar galaxias. A veces basta con encender tres luces.

El taxi-burbuja hizo “plim-plim-plim”, como aplausos.

En su panel apareció: “IDEA: FOCOS AUTOMÁTICOS EN SOMBRAS NUEVAS.”

Nico abrió mucho los ojos.

—¡Claro! Cuando construyan un puente, que el sistema revise sombras y ajuste sensores.

Lian ya tenía un bolígrafo.

—Volvamos a la caja.

Antes de irse, Nico miró el río, que seguía limpio y tranquilo, y sintió algo cálido: no solo orgullo, también agradecimiento.

—Gracias —dijo en voz baja, sin saber a quién se lo decía exactamente. ¿Al muelle? ¿Al barco? ¿A la ciudad?

El muelle, como si lo hubiera oído, respondió:

—Gratitud recibida. Continúa.

Nico se rió.

—Hasta los muelles son educados.

—Porque alguien los programó así —dijo Lian—. Y porque alguien los mantiene.

Caminaron de vuelta al Taller Común con el taxi-burbuja flotando a su lado como un perro enorme y transparente. En el camino, vieron a una señora recoger una bolsa que el viento había arrastrado hacia el canal y depositarla en un contenedor de reciclaje. Un dron de limpieza le proyectó una palabra en el suelo: “GRACIAS”.

La señora se llevó una mano al pecho, sorprendida, y sonrió.

Nico pensó: “Si la gratitud se viera, sería una luz pequeña que hace que la gente no se sienta sola.”

Capítulo 6

La caja de ideas, en el Taller Común, ya no parecía deprimida. Tenía cuatro papeles dentro y espacio para muchos más. La mujer de gafas grandes llamó a otras personas del taller: un chico con manos manchadas de pintura ecológica, una ingeniera joven con una tableta, un abuelo que arreglaba radios antiguas por diversión.

—Tenemos misión —anunció Lian con teatralidad—: llenar la caja.

Nico añadió:

—Con ideas simples, útiles y cuidadosas. Y con agradecimientos, porque… parece que eso también cuenta.

El taxi-burbuja proyectó en su vidrio una frase grande: “IDEAS + GRACIAS = CIUDAD MEJOR.”

El abuelo soltó una carcajada.

—¡Eso debería estar en la entrada de todas las casas!

Nico escribió la idea de los focos automáticos y la metió en la caja. “Clic”.

La ingeniera joven se inclinó.

—Yo propongo algo: que las pantallas del muelle no solo muestren problemas, sino también “lo que funciona bien hoy”. Para que la gente lo valore.

—¡Sí! —dijo Nico—. Como “Hoy el agua está cristalina gracias a…” y listar acciones.

Escribieron esa idea.

El chico de pintura ecológica levantó la mano.

—En mi calle, la gente pisa sin querer los parterres. Si hubiera una línea de luz suave que marque el borde, no lo harían. Nada de vallas feas.

Otra idea.

La mujer mayor aportó otra:

—En las escuelas, un “minuto de gratitud” antes de salir. No para ponerse cursi. Solo para recordar una cosa que alguien hizo por ti.

Nico se quedó pensando. Recordó a su madre preparando el desayuno, al muelle avisándole de peligros, a Lian proponiendo soluciones.

—Me gusta —dijo—. Y yo añadiría que ese minuto termine con una acción: recoger un papel del suelo, ajustar una luz, ayudar a alguien con su patín.

Lian escribió rápido.

La caja empezó a llenarse. Papeles doblados como pequeñas velas. Cada vez que uno caía dentro, el taxi-burbuja emitía un “plim” distinto, como si compusiera una melodía con las ideas.

—¿De dónde vienes? —preguntó Nico al taxi, mientras metía otro papel—. ¿Eres oficial?

El panel tardó en responder, como si buscara palabras.

“PROTOTIPO. AÑO 2089. PROYECTO: CORTESÍA URBANA.”

—¿2089? —repitió Lian—. Pues sí que estamos en el futuro… aunque mi abuela dice que siempre estamos en el futuro de alguien.

Nico soltó una risa.

—¿Y por qué apareciste justo conmigo?

“DETECCIÓN: CURIOSIDAD + CAPACIDAD DE ARREGLO + RESPETO.”

Nico se quedó rojo.

—Bueno… gracias. Pero no soy un héroe.

“CORTESÍA: NADIE NECESITA SER HÉROE.”

La mujer mayor aplaudió suavemente.

—Ese taxi sabe cosas importantes.

La caja ya tenía tantas ideas que los papeles se apretaban. Algunos estaban escritos con dibujos: un muelle con carita feliz, un puente con luces, un barco con un corazón.

Nico metió el último papel que tenía y se quedó mirando el conjunto: una caja transparente repleta de pequeñas posibilidades.

—Está llena —dijo, satisfecho y un poco asombrado—. De verdad llena.

El taxi-burbuja bajó su luz, como si suspirara de alivio.

“OBJETIVO CUMPLIDO.”

Lian se apoyó en la caja.

—¿Y ahora qué? ¿Se va?

Nico miró la burbuja. Por un segundo, le dio pena imaginarla sola, flotando por ahí, buscando cortesías.

El panel mostró: “SIGUIENTE FASE: COMPARTIR.”

En el taller, la ingeniera joven ya estaba escaneando las ideas para enviarlas a la red de la ciudad.

—No se quedarán aquí —dijo—. Llegarán a los muelles, a los puentes, a los talleres. Y a los que deciden cosas.

Nico sintió un orgullo tranquilo. No era un orgullo ruidoso. Era como el río: constante.

Se volvió hacia Lian.

—Gracias por venir. Si no, quizá solo habría arreglado una rejilla y ya.

Lian sonrió.

—Gracias a ti por no hacerte el interesante y ayudar. Y gracias a la burbuja por… por pararnos.

Nico miró el taxi-burbuja y dijo con claridad, como si fuera una promesa:

—Gracias, ciudad. Por el cielo limpio, por el agua clara, por el suelo vivo… y por dejarme cuidarte un poco.

El muelle central, desde afuera, encendió una franja de luz que entró por la puerta del taller como un rayo amable.

—Gratitud recibida —dijo.

El taxi-burbuja hizo un último “plim”, suave, y se elevó apenas, como saludando. Luego se quedó quieto, no porque estuviera perdido, sino porque, por primera vez, parecía que no tenía prisa.

En la caja transparente, las ideas descansaban apretadas, listas para convertirse en cosas reales. Y Nico, con doce años y la mente despierta, comprendió que el futuro no era una fecha: era una costumbre compartida.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Cometas solares
Objetos que recogen luz del sol para producir energía o brillar en el cielo.
Fachadas
La parte exterior de un edificio que se ve desde la calle.
Jardines verticales
Plantas colocadas en paredes para decorar y limpiar el aire.
Cápsulas de transporte
Vehículos pequeños y cerrados usados para mover personas por la ciudad.
Panel de control
Superficie con luces o imágenes que muestra y permite manejar máquinas.
Sistema de navegación
Conjunto de herramientas que guían un vehículo para llegar a su destino.
Zona de espera
Espacio donde la gente o vehículos paran y esperan turno.
Rejilla de filtración
Estructura con agujeros que retiene basura y deja pasar el agua limpia.
Barcos autónomos
Embarcaciones que se mueven solas usando programas y sensores.
Sensor de profundidad
Aparato que mide qué tan profundo está el agua debajo del barco.
Recolectores de agua del aire
Máquinas que capturan humedad del aire para usarla después.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.