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Cuento de ciudad futurista 11/12 años Lectura 17 min.

Ciudad Almendra y el plan de reserva sin electricidad

En Ciudad Almendra, Leo y sus vecinos enfrentan un fallo energético y una nube de microfibras, y con creatividad y soluciones simples buscan ayudar a las personas afectadas y devolver la luz a su barrio.

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Un chico de 12 años, Leo, decidido y alegre, pelo corto castaño despeinado, camiseta verde con polvo, limpia un panel solar con una manga telescópica; una niña de 12 años, Naya, con moño sujeto con un clip hecho de una caja reciclada, tensa una cuerda para estabilizar una lona detrás de Leo; una mujer mayor, Suri, de unos 60 años, delgada, pelo gris recogido, muestra un plano a los vecinos desde el borde del tejado; un hombre mayor, Tomás, de unos 75 años, con arrugas y gafas redondas, apoyado en su bastón junto a una trampilla, observa agradecido; escenario: tejado plano con paneles solares parcialmente oscurecidos por microfibrillas, jardineras verticales con menta y hiedra, cielo violeta al crepúsculo y luces de calle verdes abajo; situación: vecinos ensamblan una lona filtrante y limpian los paneles con gestos calmados y herramientas y materiales reciclados; estilo: tinta coloreada con trazos nítidos y texturas acuareladas, paleta de verdes menta, violetas suaves y ocres, polvo oscuro en los paneles y reflejos dorados del sol poniente. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La ciudad de los pasos suaves

En Ciudad Almendra no había coches. Ni bocinazos. Ni ese olor a gasolina que, según decía el abuelo, “se quedaba pegado a la ropa como un chicle viejo”.

Aquí se escuchaban otras cosas: el roce de las suelas en las baldosas blandas, el zumbido educado de los drones mensajeros y, a veces, el tintineo de las bicicletas plegables al abrirse como abanicos.

Leo tenía once años y una manera de mirar el mundo como si cada esquina escondiera un truco. Era de los que, cuando el ascensor se detenía un segundo de más, pensaba: “Seguro que alguien está inventando una mejora”.

Aquella tarde, la luz del atardecer se reflejaba en los edificios de vidrio mate, que cambiaban de color según el calor. Leo caminaba por la avenida principal, una cinta ancha de material esponjoso que amortiguaba cada paso. En los laterales, jardines verticales goteaban agua reciclada y olían a menta.

—Hoy toca “solución simple” —dijo Leo, ajustándose la mochila.

En Ciudad Almendra, todos los días, a las seis, el barrio proponía una mejora pequeña: algo que se pudiera hacer con lo que ya había, sin derrochar, sin comprar de más, sin complicarse. “Menos cosas, mejor usadas”, repetía la profe Mara.

Leo entró en el Centro de Ideas del barrio, una construcción redonda con paredes de arcilla impresa y techo de paneles solares como escamas.

En la pizarra comunitaria se leía el reto del día:

“AHORRAR ENERGÍA EN LA NOCHE SIN APAGARLO TODO”.

—Fácil —murmuró Leo—. O eso creo.

Entonces, la luz del techo parpadeó. Una sola vez, como un guiño nervioso. Y el zumbido de los drones fuera se apagó, uno tras otro, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Capítulo 2: El apagón que no daba miedo

No fue un apagón total. Ciudad Almendra no se quedaba a oscuras así como así; era demasiado orgullosa para eso. Las farolas guardaron una lucecita mínima, del color de una luciérnaga. Las pantallas de información se pusieron en modo ahorro y mostraron un mensaje sencillo:

“FALLO EN LA RED PRINCIPAL. MODO SOBRIO ACTIVADO”.

—¿Modo sobrio? —preguntó Naya, la vecina de Leo, que siempre llevaba el pelo recogido con un clip hecho de una lata vieja.

—Es cuando la ciudad se pone… austera —respondió Leo, intentando sonar experto—. Usa lo imprescindible.

En el Centro de Ideas, la gente no gritó ni corrió. Se miraron, sí, como cuando falta un ingrediente en una receta. Luego alguien dijo:

—Vale. ¿Qué hacemos con lo que tenemos?

La coordinadora del barrio, una señora alta llamada Suri, levantó la mano.

—Primero: calma. Segundo: soluciones pequeñas. Tercero: nadie desperdicia batería en tonterías.

Leo sintió una chispa de emoción. Los grandes problemas, pensó, a veces se arreglan con cosas pequeñas.

El problema apareció rápido: los ascensores del sector oeste se habían detenido. Eso significaba que muchas personas mayores o con muletas no podrían subir a sus casas. Y sin coches, no había un plan “de emergencia” típico.

—Podemos usar las rampas exteriores —propuso Naya.

—Son largas —dijo un señor con bastón—. Yo no llego.

Leo miró alrededor. Vio cajas de transporte apiladas, tablas de bambú reciclado, cuerdas de fibra vegetal, y un carrito de reparto con ruedas grandes, de esos que se empujan sin motor.

—Podemos hacer una silla-carrito —dijo, casi sin pensar.

Suri lo miró con interés.

—Explícalo, Leo.

Leo tragó saliva. Ser optimista no era lo mismo que tener un plan. Pero en su cabeza ya se dibujaba algo, como líneas que buscan unirse.

—Necesitamos un “sube-gente” —dijo—. Sin electricidad. Con ruedas y freno. Algo simple.

—¿Y quién lo diseña? —preguntó Naya, con una sonrisa.

Leo metió la mano en su mochila y sacó su cuaderno de dibujo. Era viejo, con páginas manchadas de grafito y esquinas dobladas. Lo abrió como quien abre una puerta.

—Yo hago un plan de reserva —anunció—. Uno que funcione aunque todo falle.

Capítulo 3: El plan de reserva en papel

Se sentaron en el suelo, sobre la baldosa blanda, y la gente formó un círculo. Afuera, la ciudad seguía viva, pero en voz baja.

Leo dibujó rápido. Un carrito de reparto como base. Encima, una plataforma hecha con tablas. A los lados, dos barras para agarrarse. Y lo más importante: un sistema de freno con una cuerda enrollada en un palo, como los antiguos cabrestantes que había visto en un museo escolar.

—Si tiras de aquí, frena —explicó—. Si sueltas, vuelve a rodar. Y podemos poner una lona para que no haga frío.

—¿Eso es seguro? —preguntó el señor del bastón.

—Más seguro que improvisar sin pensar —dijo Naya—. Leo está haciendo un plano, no magia.

Suri señaló el dibujo.

—Me gusta porque usa cosas del barrio. Nada de pedir piezas raras. Nada de gastar energía en imprimir metal nuevo.

—Sobriedad —murmuró Leo, orgulloso de usar esa palabra.

Trabajaron en equipo. Un chico mayor, Iker, trajo herramientas manuales: llaves, una sierra pequeña, un taladro de manivela que parecía de película antigua pero funcionaba perfecto. Alguien más ofreció una rueda de repuesto de su bici plegable.

Mientras montaban la estructura, Leo se fijó en algo raro: desde los tejados, algunos paneles solares estaban cubiertos por una sombra fina, como polvo oscuro.

—¿Eso estaba antes? —preguntó.

Naya entrecerró los ojos.

—No. Ayer brillaban.

Suri frunció el ceño.

—Podría ser hollín… pero aquí no hay coches. No debería haber.

Leo miró hacia arriba. El viento traía una especie de ceniza ligera que se pegaba a los paneles y los volvía mates.

—Si los paneles no captan luz, la red se debilita —dijo Leo, más para sí mismo que para los demás—. Y el modo sobrio se activa.

Iker levantó la vista también.

—¿Y de dónde sale esa ceniza?

En ese momento, un dron de barrio, de los pequeñitos, apareció tambaleándose, como si le pesaran las hélices. Se posó en el borde de una fuente y proyectó un mensaje corto, con voz metálica pero amable:

—ATENCIÓN. NUBE DE MICROFIBRAS EN ALTURA MEDIA. ORIGEN: ZONA INDUSTRIAL RECICLADA. RECOMENDACIÓN: LIMPIEZA MANUAL DE PANELES. CONSUMO CERO.

Leo apretó el lápiz. Tenían dos tareas: ayudar a la gente a subir y, además, devolverle la luz a la ciudad. Y todo con soluciones simples.

—Vale —dijo—. Una cosa cada vez. Terminemos el carrito. Luego, a limpiar.

Capítulo 4: La subida sin ascensor

El primer viaje del “sube-gente” fue para el señor del bastón, que se llamaba Tomás. Tomás se sentó despacio, probó las barras laterales y soltó una carcajada.

—¡Esto parece una nave espacial sin botones!

—Es mejor —dijo Leo—. Así no te equivocas de botón.

Naya empujó desde atrás. Iker guiaba desde delante, controlando el freno con la cuerda. La rampa exterior, que rodeaba el edificio como una cinta, se volvió menos pesada con aquel invento.

La gente en la calle se apartaba con cuidado, porque en Ciudad Almendra todos caminaban, y los pasos suaves también servían para eso: para recordar que nadie tiene prisa por encima de los demás.

A mitad de camino, Tomás levantó un dedo.

—Escuchad.

Se oía un sonido lejano, como lluvia diminuta golpeando vidrio.

—Son las microfibras —dijo Leo—. Están cayendo.

—¿Micro qué? —preguntó Tomás.

—Basura muy pequeña —explicó Naya—. Polvo que no debería estar ahí.

Llegaron al piso de Tomás y lo dejaron en su puerta. Él les dio las gracias con un saludo solemne, como si fueran pilotos.

—No gastéis fuerza de más —les aconsejó—. La sobriedad también es eso: dosificar.

Volvieron a bajar con el carrito vacío, que pesaba mucho menos. Ya tenían un sistema. Y otros vecinos, al verlo, empezaron a construir copias con sus propios materiales. No se necesitaba permiso especial; la ciudad funcionaba así: si era útil, se compartía.

Cuando el grupo regresó al Centro de Ideas, el cielo estaba más gris.

—Ahora, los paneles —dijo Suri—. Si se ensucian, la ciudad se queda en “modo luciérnaga” toda la noche.

Leo levantó la mano.

—Podemos limpiarlos con agua reciclada y paños, pero en los tejados es peligroso.

Iker chasqueó los dedos.

—Las pasarelas de mantenimiento. Están ahí para eso.

Naya sonrió.

—Y yo tengo una escoba telescópica. La hice con tubos de una tienda que cerró. Cero compras.

Leo sintió que el corazón le latía rápido, no de miedo, sino de ganas.

—Vamos —dijo—. Y llevemos el plan de reserva también. En papel no se queda sin batería.

Capítulo 5: Tejados con olor a menta

Subieron por escaleras de emergencia, que en Ciudad Almendra eran amplias y con paredes cubiertas de plantas. A cada tramo, alguien había puesto una lámpara de manivela que se cargaba al girarla. Luz justa, sin derroche.

En el tejado, el aire era más fresco y olía a menta de los jardines verticales. Pero los paneles solares estaban salpicados de puntitos oscuros, como si el cielo hubiera estornudado.

—Qué asco —dijo Iker, tocando la superficie con un guante—. Se pega.

Leo observó la nube. No era humo, no tenía olor fuerte. Era como una neblina de fibras finísimas, casi invisibles.

—Si son microfibras, vienen de ropa o de plásticos —dijo Leo, recordando una clase—. ¿Zona industrial reciclada…? Allí limpian y trituran materiales.

Suri asintió.

—Y si el filtro de sus chimeneas falló, esto se esparce.

Naya extendió la escoba telescópica y le ató un paño.

—A limpiar, equipo. Movimientos suaves. Como si acariciáramos un gato que no conocemos.

Leo se rió.

—Un gato solar.

Limpiaron en filas, con cuidado de no desperdiciar agua. Usaban un pulverizador manual: dos apretones, una pasada, y listo. No era perfecto, pero cada panel que volvía a brillar parecía devolver un poco de energía a la ciudad.

De pronto, el dron pequeño volvió, esta vez con la voz entrecortada.

—ALERTA… FILTRO… ZONA INDUSTRIAL… NO RESPONDE… SEÑAL DÉBIL…

La comunicación se perdió con un chasquido.

—Si no responden, la nube seguirá —dijo Iker.

Leo miró su cuaderno. Su plan de reserva del carrito había funcionado. Ahora necesitaban otro: uno aún más simple, para detener las microfibras sin esperar a que “alguien” lo arreglara.

—Podemos poner barreras temporales —dijo Leo—. Redes en los puntos de salida. Como coladores gigantes.

Suri lo miró con gravedad tranquila.

—Eso suena bien. ¿Con qué?

Naya señaló las lonas de sombra que se usaban en verano.

—Con esas. Y con mallas de jardinería.

Leo empezó a dibujar de nuevo, apoyado en una caja de herramientas. Líneas claras: postes, lonas, tensores. Un filtro enorme, casero, instalado frente a los conductos de ventilación de la zona industrial reciclada.

—No es elegante —admitió—. Pero detendrá parte de la nube. Lo suficiente para que los paneles respiren.

Iker soltó una risita.

—En esta ciudad, lo elegante es que funcione.

Capítulo 6: La solución simple que corre de mano en mano

Bajaron del tejado con el dibujo y lo compartieron en el Centro de Ideas. Pero como las pantallas estaban en modo ahorro, no podían mandar planos a toda la ciudad. Así que hicieron lo que hacía la gente desde antes de los satélites: copiar a mano.

Leo dibujó diez veces el mismo esquema, rápido, con flechas y notas.

—Poste aquí. Lona aquí. Tensar así. Revisar cada dos horas. Reutilizar agua para limpiar la malla —explicaba.

Naya y otros vecinos se llevaron copias. Algunos las fotografiaron con dispositivos en modo mínimo. Otros las memorizaban como si fueran letras de una canción.

—Vamos a la zona industrial —dijo Suri—. A pie, claro.

El camino era largo, pero Ciudad Almendra estaba hecha para caminar. Pasaron por pasillos verdes, puentes peatonales con suelo de corcho, plazas donde las fuentes funcionaban con presión natural.

En el trayecto, Leo vio más señales del “modo sobrio”: escaparates apagados, pantallas sin anuncios, solo información útil. La ciudad parecía más silenciosa y, de algún modo, más honesta.

—No está mal —dijo Leo.

—¿Qué cosa? —preguntó Naya.

—Que cuando falta energía, la ciudad no se pone nerviosa. Se pone… inteligente.

Naya lo miró de reojo.

—Eso porque la gente decide no gastar en tonterías. La tecnología ayuda, sí. Pero la sobriedad es una elección.

Al llegar a la zona industrial reciclada, vieron las torres de filtrado. No echaban humo, pero sí esa neblina de fibras. Un operario con chaleco reflectante les hizo señas desde una puerta lateral.

—¡Menos mal! —gritó—. El filtro automático se atascó y el sistema quiere reiniciarse, pero no hay suficiente energía para el ciclo completo.

Suri levantó el plano de Leo.

—Traemos un plan de reserva. Cero reinicios. Solo malla y lona.

El operario lo miró, sorprendido.

—¿Eso… puede funcionar?

Leo se encogió de hombros.

—No detendrá todo. Pero será como poner una mano delante de un ventilador lleno de polvo: atrapas algo. Y lo limpias. Una y otra vez.

Se pusieron manos a la obra. Colocaron postes con bases pesadas de materiales reutilizados. Tensaron lonas y mallas frente a las salidas de aire. El viento empezó a dejar fibras pegadas a la trama como si fuera una telaraña.

—¡Mira! —dijo Iker—. Está atrapando.

El operario soltó un suspiro enorme.

—Esto nos da tiempo. Tiempo para arreglar el filtro de verdad… sin que la ciudad se apague del todo.

Leo, con las manos manchadas de polvo oscuro, sonrió.

—Una solución simple por día —dijo—. Hoy, dos.

Capítulo 7: La radio en vela

Cuando regresaron, el cielo ya era violeta. Las farolas luciérnaga seguían encendidas, pero algunas pantallas parpadearon y recuperaron un poco más de brillo. Los drones volvieron a zumbar, despacio, como si también se estuvieran dosificando.

En el barrio, los vecinos contaban las novedades sin exagerar. El “sube-gente” había hecho diez viajes. Las copias del plano de las lonas habían llegado a otros distritos. En varios tejados, grupos limpiaban paneles con cuidado, sin gastar ni una gota de más.

Leo se lavó las manos en un lavamanos comunitario que reutilizaba el agua para regar plantas. El reflejo de su cara en el metal era el de un niño cansado y contento.

—Lo hiciste bien —dijo Suri, acercándose.

—No yo —corrigió Leo—. Todos.

Suri asintió, seria y amable.

—Eso es lo que se olvida cuando todo va perfecto: que la ciudad no son solo edificios y redes. Es gente que decide ayudar.

Leo caminó hasta su casa. En el pasillo, su madre estaba sentada junto a una radio pequeña, antigua, con una manivela lateral y una antena corta.

—¿Funciona? —preguntó Leo.

—Está en vela —dijo ella—. No gasta casi nada. Solo escucha.

Leo se sentó a su lado. La radio emitía un murmullo suave, y de vez en cuando una voz clara daba información:

“Red principal estable al setenta por ciento. Limpieza ciudadana en curso. Gracias por mantener el modo sobrio. Buenas noches.”

Leo apoyó la cabeza en la pared. A través de la ventana, la ciudad parecía un bosque de luces pequeñas y firmes.

—Mañana habrá otro reto —susurró.

—Y otra solución simple —respondió su madre.

La radio siguió allí, encendida lo justo, vigilando en silencio, como un ojo amable que no duerme del todo. Y Leo, antes de cerrar los ojos, pensó que en Ciudad Almendra el futuro no era una cosa enorme y lejana, sino un montón de decisiones pequeñas, hechas a pie, con pasos suaves.

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Gasolina
Líquido que usan algunos motores para funcionar y que huele fuerte.
Drones mensajeros
Aparatos voladores pequeños que llevan objetos o mensajes de un sitio a otro.
Paneles solares
Placas que transforman la luz del sol en energía eléctrica para usarla en casas.
Arcilla impresa
Barro que se ha dado forma o moldeado con una máquina para construir paredes.
Modo ahorro
Estado en que se usa muy poca energía para no gastar electricidad.
Modo sobrio
Estado en que la ciudad usa solo lo imprescindible para funcionar mejor.
Microfibras
Hilos o partículas muy pequeñas que vienen de ropa o plástico.
Zona industrial reciclada
Lugar donde se arreglan o transforman materiales viejos para volver a usarlos.
Filtro
Objeto que retiene suciedad o partículas para que no pasen al aire o al agua.
Cabrestantes
Herramienta con cuerda enrollada que ayuda a subir o bajar cosas tirando.
Sobriedad
Actitud de gastar poco y usar solo lo necesario en las cosas.
Tensores
Piezas que se usan para tirar y dejar firme una cuerda o una lona.
Luciérnaga
Insecto que brilla por la noche con una luz pequeña y amarilla.

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