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Cuento de viaje en el tiempo 5/6 años Lectura 9 min.

El taller de los tiempos

Marta descubre un taller secreto del tiempo donde, al escuchar y explorar, viaja al pasado de su barrio y aprende sobre objetos temporales y la importancia de no tomar lo que no es suyo.

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Niña de 6 años, Marta, rostro redondo con pecas suaves, cabello castaño en pequeña coleta suelta, ojos grandes y asombrados, expresión alegre y curiosa; sostiene una pequeña llave en forma de luna y la extiende hacia un enorme reloj flotante. Un hombre adulto, el “relojerodeltiempo” de unos 60 años, cabello blanco alborotado, gafas redondas y sonrisa benevolente, está detrás de un banco de trabajo con un destornillador observando orgulloso. Un pequeño robot-lámpara llamado Pulso, forma de bombilla verde luminosa con rostro de campana, flota cerca de las agujas y emite halos de luz. Taller subterráneo y acogedor con muros de piedra iluminados por lámparas amarillas, estantes de madera llenos de engranajes dorados, relojes antiguos flotando, un gran panel con botones estrellados y una trampilla abierta que muestra una escalera en espiral. Marta activa la llave-luna ante un enorme reloj cuyas agujas parecen brazos; pequeños engranajes flotan alrededor, luces doradas y polvo brillante en el aire, atmósfera mágica y segura, tonos cálidos y contrastes marcados. Estilo visual: 3D cartoon en cel-shading, colores vivos, texturas sencillas, contornos nítidos, expresiones infantiles legibles, luz suave y centelleante, composición centrada en Marta y el reloj. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: El tic-tac en el jardín

Marta tenía seis años y una coleta que siempre se le escapaba. Una tarde, mientras recogía flores azules en el jardín, escuchó un tic-tac muy distinto. No venía del reloj de la cocina. Venía de debajo de la vieja mesa de herramientas.

—¿Oís eso? —preguntó a su peluche, Rulo, un ratón de tela con ojos brillantes.

El sonido era como un susurro de reloj mezclado con un zumbido de abejas. Marta se asomó y encontró una trampilla pequeña. Cuando la abrió, un resplandor dorado iluminó una escalera en espiral.

—¡Vamos! —dijo Marta, con la voz que usan los valientes pequeños.

Bajó con cuidado. Abajo había un taller lleno de relojes que flotaban en el aire, engranajes que giraban sin tocarse y un gran tablero con botones que parecían estrellas. Un hombre con gafas redondas y pelo de plata, sonriente, la esperaba.

—Bienvenida al taller de relojería cuántica —dijo—. Soy el relojero del tiempo. ¿Cómo te llamas?

—Marta —contestó ella—. Vine por el tic-tac.

El relojero inclinó la cabeza y le ofreció un delantal con bolsillos. En uno de los bolsillos brilló una llave pequeña, en forma de luna.

—Esta llave te ayudará a escuchar. En este taller escuchamos los tiempos, no solo los ruidos. ¿Quieres probar?

Marta asintió. Se puso la llave en la palma como si fuera una moneda mágica. Al tocarla, oyó voces lejanas: risas de niños de otras épocas, el cloqueo de una pluma escribiendo y un coro de campanas.

—Nota en tu cuaderno —dijo el relojero—. "Hoy escuché tiempos." Eso nos ayudará cuando viajemos.

Marta sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y escribió: Hoy escuché tiempos. Sus letras estaban temblorosas y alegres.

Parte 2: La máquina que no para de parpadear

El relojero empujó un gran botón azul. Un reloj enorme, con agujas como brazos, empezó a parpadear. Una pequeña luz verde se acercó y dijo con voz de campana:

—Soy Pulso. Vigilo los momentos. ¿A qué momento quieres ir?

Marta miró a Rulo, que la miró de vuelta.

—Quiero ver cómo era mi barrio cuando mi abuela era niña —dijo—. Y volver antes de cenar.

Pulso susurró: —Regla del taller: siempre escuchamos antes de tocar. ¿Estás lista para escuchar primero?

Marta cerró los ojos y escuchó. Primero oyó pasos sobre hojas secas; luego, el chirrido de una bicicleta y un acordeón que tocaba una canción lenta. Mientras escuchaba, su corazón se calmó. Sabía que no era peligroso escuchar.

—Ahora toca —dijo el relojero—. Pon la llave en la ranura.

La llave encajó con un clic que sonó como una carcajada. La habitación giró suave y la luz los envolvió. Cuando Marta abrió los ojos, estaban en la misma calle del barrio, pero las casas eran más pequeñas y las farolas tenían bombillas de color rosa.

Un niño subía a una bici sin frenos y cantaba:

—¡Hola! ¿De dónde vienes?

—Soy Marta —respondió ella—. ¿Y tú?

—Me llamo Tomás. Mi abuelo arregla radios. ¿Quieres ver mi caja de herramientas?

Marta y Tomás jugaron a buscar piezas brillantes. Marta escuchó cómo Tomás hablaba de una máquina que guardaba momentos en botellas. Le contó que una vez encontró una botella con una tarde de lluvia y dentro olía a pan recién hecho.

Mientras jugaban, Marta empezó a preocuparse: ¿cómo volverían? Recordó la regla: escuchar antes de tocar. Así que le preguntó a Tomás:

—¿Hay algún lugar donde se guarden llaves del tiempo?

Tomás señaló una tienda con un letrero que decía "Recuerdos y Relojes". Dentro, una señora con pelo en moño guardaba una caja fuerte.

—Mi abuela me dijo que las historias también son llaves —murmuró Tomás.

Marta escuchó y anotó en su cuaderno: Las historias son llaves. Era una lección simple. Escuchar le dio una idea: las palabras pueden abrir puertas, no solo las llaves.

De repente, un pequeño problema: la llave de Marta empezó a parpadear en su bolsillo. No tenía batería, pero la luz parpadeaba como si quisiera contar algo.

—No te preocupes —dijo el relojero apareciendo como por arte de magia—. Es un recordatorio. A veces las cosas del tiempo se pierden y hay que devolverlas a su lugar.

Marta recordó la caja fuerte de la tienda. ¿Podría ser que alguna cosa perdida perteneciera ahí? Decidieron buscar.

Parte 3: El pequeño rebote temporal

Dentro de la tienda de "Recuerdos y Relojes" había estantes llenos de objetos: una bufanda con olor a manzana, una brújula que apuntaba a la memoria y una pelota que sonreía. En la caja fuerte, Rita, la dueña, les mostró una pequeña esfera de cristal.

—Esto vino sin etiqueta —dijo—. Hace eco cuando alguien recuerda mal una historia.

La esfera tintineó y en su interior se veía un fragmento de la tarde que Marta había traído: su jardín, la mesa de herramientas, la trampilla. Marta comprendió que la esfera era un pedacito de su ahora. Si se quedaba fuera de lugar, alguien podía perder su presente.

Marta dijo con firmeza:

—Creo que esta esfera es mía. La tocaré al mismo tiempo que la llave.

Tomás se acercó y tocó la cerradura. La llave en la mano de Marta brilló fuerte. Hubo un pequeño rebote, como un eco de juego. Por un instante, Marta vio dos jardines a la vez: uno con flores azules y otro con farolas rosas. Sintió un mareo dulce, luego la imagen se calmó.

—Nota en el cuaderno: No tomar sin preguntar —escribió rápido.

Rita sonrió y bajó la caja fuerte. —Las cosas temporales necesitan su lugar. Gracias por escuchar. Nos ayudas a cuidar el tiempo.

El relojero asintió. Pulso zumbó contento.

—Regla del taller número dos —dijo—: siempre devolvemos lo que no es nuestro.

Marta puso la esfera en la caja fuerte. El tic-tac del taller se sincronizó y todas las luces parpadearon en un ritmo cómodo, como cuando alguien canta una nana.

Parte 4: El regreso y la despedida

Era hora de volver. El relojero llevó a Marta a la gran máquina. Pulso hizo un guiño.

—¿Qué aprendiste hoy? —preguntó.

Marta pensó. Había corrido, escuchado canciones antiguas, jugado con Tomás y leído historias en un cuaderno. Había entendido que escuchar ayuda a entender el lugar de las cosas.

—Que hay que escuchar antes de tocar —dijo—. Y que las historias abren puertas.

El relojero le devolvió la llave-luna. —Y una cosa más: las llaves vuelven a donde pertenecen. Si guardas este momento con cuidado, siempre recordarás cómo volver a escuchar.

Marta abrazó a Rulo y se despidió de Tomás y Rita. El niño le lanzó un adiós con la mano. La luz envolvió a Marta. Esta vez, el viaje fue suave como deslizarse por una manta.

Cuando abrió los ojos, estaba en su jardín. La trampilla estaba cerrada y el sol caía como miel. En su bolsillo, el cuaderno y la llave brillaban con una luz tranquila.

Marta corrió a la cocina donde su madre colgaba un delantal.

—¿Dónde estabas? —preguntó su madre.

—Escuché el tiempo —dijo Marta y enseñó el cuaderno. —Hoy escuché tiempos. Y devolví una esfera que no era mía.

Su madre sonrió y la besó en la frente. —Me alegra que hayas vuelto.

Antes de cenar, Marta bajó a la trampilla. Abrió la tapa y, por costumbre, puso la llave en el pequeño gancho que había dentro del cajón de herramientas. La llave encajó y dejó de parpadear. Todo estaba en su lugar.

Marta escribió la última nota en su cuaderno: Devolví la esfera. Escuchar estaba bien. Volví a casa.

Esa noche, mientras las estrellas contaban su propio tic-tac, Marta soñó con farolas rosas y bicicletas sin frenos. Soñó también con el taller donde las voces se guardaban con cuidado. Supo, con una certeza suave, que escuchar ayuda a poner las cosas en su sitio y a cuidar el tiempo.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Trampilla
Una puerta pequeña en el suelo que se abre hacia abajo.
Resplandor dorado
Luz brillante de color amarillo como el oro.
Escalera en espiral
Escalera que sube o baja formando círculos como una caracola.
Engranajes
Ruedas con dientes que se unen y hacen mover máquinas.
Taller de relojería cuántica
Lugar donde arreglan o imaginan relojes y tiempos especiales.
Ranura
Abertura estrecha donde encaja algo, como una llave.
Caja fuerte
Armario seguro que guarda objetos importantes y cerrados con llave.
Esfera de cristal
Bola hecha de vidrio que muestra imágenes dentro.
Parpadear
Abrir y cerrar la luz o los ojos muchas veces seguidas.
Sincronizó
Hacer que dos cosas se muevan o suenen al mismo tiempo.

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