Capítulo 1
El pequeño lobo caminaba despacio entre helechos altos y hojas brillantes. Le gustaban las historias de las selvas tropicales. Cerraba los ojos y podía oler la tierra húmeda, escuchar insectos que piaban y sentir el aire tibio en su cara. Se llamaba Luno y tenía el pelaje suave como la niebla de la mañana.
Luno tenía un cuaderno donde dibujaba árboles gigantes y animales coloridos. Esa tarde, junto a la ventana de su casa, decidió escribir una historia especial. Quería que la Tierra hablara. "Si la Tierra hablara, ¿qué me diría?", se preguntó Luno. Abrió su lápiz y escribió con letra grande y cariñosa.
Mientras escribía, su amiga la rana Rita llamó desde el jardín. —Luno, ven a ver el río —croó—. Hay papeles y botellas. —Voy enseguida —respondió Luno, con el corazón apretado. Cerró su cuaderno y corrió hacia el sonido del agua.
Capítulo 2
El río estaba cerca. Su cantar era antes claro como campanillas, pero ahora tenía partes turbias y espuma blanca. Luno se arrodilló y metió las manos en el agua fría. Notó el olor raro de la basura y una ligera tristeza que parecía latir en la corriente.
—No está bien —dijo Rita, sentada en una piedra—. Ayer encontré un pez atrapado en una bolsa. —Luno miró al pez nadar libre al esconderse entre las juncias. —Podemos ayudar —dijo él con voz suave—. Pequeños gestos ayudan mucho.
Luno pensó en su historia donde la Tierra hablaba. Volvió a su cuaderno y escribió unas palabras que luego leyó en voz baja, como si ellas fueran la Tierra: "Hola, soy la Tierra. Me gusta cuando cuidas mis ríos. Un poquito de cuidado hace brillar mi sonrisa." Sus palabras sonaron dulces y reconfortantes.
Rita y Luno limpiaron el borde del río. Recogieron botellas, papeles y una pelota vieja. Trabajaron con cuidado y con canciones. Cada vez que recogían algo, Luno imaginaba que la Tierra suspiraba aliviada. Pasó una señora del barrio que llevaba una bolsa de tela para comprar. Sonrió al verlos. —Gracias por cuidar del río —dijo—. Si quieren, puedo traer más bolsas reutilizables mañana. —¡Sí, por favor! —exclamó Luno.
Capítulo 3
Al día siguiente, Luno decidió seguir aprendiendo. Leyó sobre las selvas tropicales y cómo muchas plantas y animales viven en ellas. Pensó en los ríos que nacen lejos, entre árboles altos, y llevan vida al mundo. Escribió otra parte de su historia: "Yo soy un árbol en la selva. Mis raíces beben agua. Cuando están limpias, doy frutas y sombra."
Luno y Rita organizaron una pequeña patrulla de amigos. Vinieron la tortuga Tuga, la mariposa Mira y dos conejos curiosos. Llevaban guantes, bolsas y ganas de ayudar. Juntos, plantaron unos arbustos nuevos en la orilla. Cavaron con paciencia. La tierra olía a musgo y a lluvia lejana. Cada planta que ponían parecía prometer algo: un nido nuevo, una sombra para los peces, una flor para la abeja.
Mientras trabajaban, un niño del barrio los miraba desde su ventana. Su nombre era Nico. Tenía miedo de ensuciarse, pero su madre le dijo: —Ven, Nico. Ellos necesitan manos pequeñas. Nico bajó con sus zapatillas y una sonrisa tímida. Luno le ofreció una pala. —Tú puedes —dijo con ternura. Nico empezó a ayudar y pronto su sonrisa se hizo menos tímida.
Capítulo 4
Una tarde, Luno decidió leerles a todos la historia que había escrito con la voz de la Tierra. Se sentaron junto al río, con la luz del atardecer pintando las hojas de naranja y oro. Luno abrió su cuaderno y leyó: "Gracias por respirar conmigo. Cuando eliges una botella reutilizable, me das un regalo. Cuando plantas un árbol, me das un abrazo."
Las palabras flotaron en el aire. Los amigos cerraron los ojos y escucharon. La señora del barrio llegó con sus bolsas reutilizables y Nico trajo una caja de semillas. La mariposa Mira posó sobre la página como si quisiera leer también.
En ese momento, algo pequeño y bonito sucedió. Un pez salió a la superficie y dio un salto alegre. La corriente parecía más clara. No todo estaba perfecto, pero el río cantó un poquito más fuerte. Luno sonrió. No era una sonrisa orgullosa; era una sonrisa que crecía, tímida al principio y luego abierta, como una flor que se atreve a abrirse al sol.
—¿Crees que la Tierra nos entendió? —preguntó Tuga. —Creo que sí —respondió Luno—. Y si seguimos cuidándola, su canto será más claro cada día.
Antes de dormir, Luno escribió el final de su historia. Escribió que la Tierra habló con voz dulce y agradecida, y que los pequeños gestos, como llevar bolsas reutilizables, reciclar y plantar en la orilla del río, hacen que la Tierra sonría.
Esa noche, Luno miró la luna desde su cama. Pensó en las selvas tropicales y en su cuaderno lleno de dibujos. Pensó en Nico, que ya no tenía miedo de ensuciarse. Pensó en Rita, Tuga, Mira y en la señora que trajo bolsas. Su sonrisa, que había comenzado tímida durante el día, ahora era clara y feliz.
Antes de cerrar los ojos, Luno murmuró: —Gracias, Tierra. Buenas noches. —Un leve viento rozó su piel, como si la Tierra respondiera con un beso. Luno se durmió con el corazón ligero, sabiendo que cada pequeño gesto cuenta y que juntos, pueden cuidar su río y todas las selvas del mundo.