Capítulo 1: El dibujo misterioso
En la escuela de colores alegres, Mateo y Simón se sentaban juntos en el suelo de la clase, muy cerca de la ventana. Afuera, el sol doraba las hojas de los árboles y el viento hacía bailar las ramas. Mateo llevaba sus zapatillas de dinosaurio y Simón, que usaba una silla de ruedas azul, tenía pegatinas de estrellas en los radios.
—Hoy haremos algo especial —dijo la maestra Clara, con una sonrisa enorme—. Vamos a crear una gran fresca sobre la naturaleza. ¿Sabéis lo que es una fresca?
—¡Es un dibujo grande en la pared! —gritó Simón, levantando la mano.
La maestra asintió y les repartió pinceles, esponjas y colores. Mateo se acercó a Simón y le susurró:
—¿Qué vamos a dibujar primero?
—Un río azul, como el que vimos en el parque. Recuerda cómo brillaba con el sol.
Mateo asintió. Juntos, empezaron a pintar una línea azul que serpenteaba por la pared de papel. Alrededor, sus compañeros dibujaban árboles verdes, flores rojas y mariposas de mil colores.
De pronto, la maestra Clara les pidió atención:
—Vamos a pensar en cómo podemos cuidar la naturaleza. ¿Qué hacéis vosotros para ayudar a los árboles y a los animales?
Mateo levantó la mano, un poco tímido.
—Yo recojo papeles del suelo cuando voy al parque.
—¡Eso es genial! —dijo Clara—. ¿Y tú, Simón?
—En casa, apago la luz cuando salgo de la habitación. Mi mamá dice que así los animales duermen mejor.
Todos aplaudieron. Simón se sonrojó y Mateo le dio un pequeño empujón cariñoso.
Capítulo 2: Pequeños gestos, grandes amigos
La fresca crecía y crecía. Entre pinceladas y risas, Simón pintó un árbol enorme con ramas abiertas.
—Este árbol es el más grande del parque —explicó—. Nos da sombra cuando hace mucho sol.
Mateo, con los dedos manchados de verde, dibujó un nido con tres pajaritos.
—Si cuidamos el árbol, los pajaritos estarán felices —dijo, sonriendo.
La maestra Clara les sugirió añadir cosas a la fresca que ayudasen a cuidar la naturaleza. Simón pensó un poco y luego pintó un cubo de basura cerca del camino.
—Así la gente puede tirar la basura aquí y no ensucia el suelo —explicó.
Mateo se animó y pintó una regadera azul al pie del árbol.
—Para darle agua cuando tenga sed.
Todos aplaudieron otra vez. Los otros niños añadieron bicicletas en vez de coches, y flores en los balcones.
Después de un rato, Clara trajo una caja llena de tapones de colores.
—Vamos a reciclar estos tapones y crear algo bonito. ¿Qué os gustaría hacer?
Simón cogió uno rojo y otro amarillo.
—¡Podemos hacer un sol! —propuso.
Mateo lo ayudó a pegarlos alrededor de una gran bola naranja. Pronto, el mural tenía un sol radiante, creado entre todos.
Capítulo 3: El bosque del agradecimiento
Cuando terminaron la fresca, Clara apagó la luz y abrió la ventana. El aire fresco trajo el aroma de la tierra mojada y las hojas nuevas. Los niños, en silencio, miraron su obra.
—Cerrad los ojos un momento —les pidió la maestra—. Imaginad que entráis en el bosque que habéis pintado. ¿Qué oís? ¿Qué sentís?
Mateo escuchó el canto de un petirrojo, el crujir de las ramas y el rumor suave del río pintado. Simón imaginó una brisa que hacía cosquillas en la cara y el perfume de las flores.
—¿Sabéis? —dijo Clara—. Los árboles nos dan aire limpio para respirar. Nos dan sombra y frescura. Y también refugio a muchos animales.
Simón abrió los ojos, pensativo.
—¿Y nosotros qué damos a los árboles? —preguntó.
La maestra sonrió.
—Les damos cuidado. Les damos cariño. Y sobre todo, les damos las gracias.
Mateo se quedó pensando. Nunca había dicho “gracias” a un árbol. ¿Cómo se hacía?
Capítulo 4: Un día para agradecer
Ese sábado, Mateo y Simón quedaron para ir con sus padres al parque. Llevaban una merienda de frutas y zumos en una bolsa de tela. El parque era grande y los árboles parecían saludarlos moviendo las hojas.
Buscaron el árbol más grande, el que Simón había pintado en la fresca.
—¡Aquí está! —dijo Simón, señalando el tronco ancho y la copa frondosa.
Se sentaron a su sombra. Mateo sacó una manzana y le ofreció la mitad a Simón.
—¿Cómo le damos las gracias al árbol? —preguntó Mateo.
Simón miró hacia arriba, pensativo.
—Podemos abrazarlo, como cuando damos las gracias a una persona.
Mateo se levantó, rodeó el tronco con los brazos y cerró los ojos.
—Gracias por tu sombra, árbol.
Simón, con ayuda de su padre, tocó la corteza suave.
—Gracias por el aire limpio.
Los papás también se animaron y entre todos formaron una ronda alrededor del árbol. Se escuchaba el murmullo de las hojas, como si el árbol les respondiera con un susurro de alegría.
De pronto, vieron a una ardilla bajar corriendo del árbol. Los niños rieron y agitaron la mano.
—¡Gracias por ser casa de la ardilla! —dijo Mateo.
Luego vieron un pájaro saltar entre las ramas.
—¡Y por los pájaros!
Simón sacó de la bolsa una botella de agua y llenó su tapón.
—Voy a darle un poco de agua, Mateo.
Juntos, echaron agua en la base del árbol y miraron cómo la tierra la absorbía despacito.
—Cuidar la naturaleza es fácil —dijo Mateo, pensando en voz alta—. Solo hay que hacer cosas pequeñas cada día.
Capítulo 5: El mural de la gratitud
El lunes, volvieron a la escuela y encontraron la fresca cubierta con un papel blanco. La maestra Clara explicó:
—Hoy vamos a añadir algo nuevo. Cada uno va a dibujar una cosa por la que quiera dar las gracias a la naturaleza.
Mateo dibujó una nube que daba lluvia a las flores. Simón pintó una mariposa posada en una hoja. Los demás niños pintaron frutas, montañas, rayos de sol y hasta el sonido del viento.
Cuando terminaron, Clara quitó el papel blanco y todos vieron el mural lleno de colores, sonrisas y pequeños detalles.
La maestra preguntó:
—¿Cómo os sentís al ver todo esto?
—Feliz —dijo Mateo—. Porque juntos hemos hecho algo bonito.
—Y porque ayudamos a la naturaleza —añadió Simón.
Clara les miró con ternura.
—La naturaleza nos cuida, pero también necesita que la cuidemos. Cada pequeño gesto, como reciclar, apagar la luz o recoger basura, es importante. Y cuando lo hacemos juntos, es más fácil y divertido.
Los niños se miraron entre sí y sonrieron, sintiéndose parte de una gran familia verde.
Al salir al patio, Mateo y Simón buscaron el árbol del colegio. Le dieron una palmada suave al tronco y, en voz bajita, dijeron juntos:
—¡Gracias, árbol!
El viento sopló suave y algunas hojas cayeron como confeti sobre sus cabezas. Los dos amigos rieron y saltaron, felices de saber que, con pequeños gestos, estaban ayudando a cuidar el mundo.
Esa noche, Mateo pensó en el mural, en los árboles y en Simón. Cerró los ojos y soñó con bosques llenos de niños y niñas que cuidaban la naturaleza con amor y gratitud, sintiéndose valientes y capaces de cambiar el mundo, paso a paso, gesto a gesto, todos juntos.