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Pequeños aventureros 5/6 años Lectura 11 min.

El rompecabezas del centro y los lazos de Lucía

Lucía busca la pieza que falta de un rompecabezas en el jardín y, junto a su mamá y nuevos amigos, vive pequeñas aventuras que le enseñan paciencia y confianza.

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Una niña de 6 años, alegre y concentrada, pelo castaño en dos coletas, mejillas sonrosadas, vestida con un vestido amarillo de lunares blancos y botas azules embarradas, está arrodillada en la hierba colocando la pieza central de un gran rompecabezas colorido con mirada maravillada; detrás, su madre de unos 32 años, sonriente y benevolente, con el pelo castaño claro en un moño suelto, suéter verde y falda vaquera, sentada en un taburete observando y sosteniendo una taza de té; a su lado, un perro grande y peludo llamado Bruno, de pelaje marrón claro y lengua fuera, junto a una caja de juguetes volcada; un pequeño caracol con concha nacarada cerca del rompecabezas; en la esquina derecha una casa de muñecas abierta con juguetes de tela; ambientado en un jardín al final de la tarde con hierba, margaritas, una caja de herramientas y cajas pintadas formando un rincón tipo cueva y una ventana de cocina que filtra una luz naranja suave; escena íntima y luminosa donde la pequeña aventurera, ayudada por la madre, el perro y el caracol, coloca triunfalmente la última pieza en el centro, transmitiendo paciencia, descubrimiento y alegría con colores cálidos, toques de azul y verde, detalles acuarelados delicados y brillos blancos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La pieza que faltaba

Lucía tenía cinco años. Tenía ojos brillantes como canicas verdes y un moño rosa en el pelo. En la mesa de la cocina, sobre una servilleta con dibujos de nubes, había un rompecabezas de colores. Faltaba una pieza. Era la pieza del centro. Lucía la miró y suspiró.

—La buscaré —dijo en voz baja—. Quiero terminarlo.

Su mamá sonrió desde la estufa.

—Busca donde quieras —dijo—. Y cuida tus pasos.

Lucía se puso sus botas azules. Las botas hacían "pum-pum" en el suelo. Salió al patio. El día estaba claro. Las flores hacían cosquillas con su perfume. El jardín se volvió un bosque, el árbol un castillo y la tierra, un mapa secreto.

Lucía se agachó. Miró debajo de las hojas. No estaba. Miró dentro de la casita de juguete. No. Miró en la fuente donde nadaban las ranas. No. Cada rincón del patio era una aventura. Cada rincón ofrecía un sonido nuevo: un "tic" de una piedra, un "plop" de una hoja en el agua.

De pronto oyó un susurro.

—¿Buscas una pieza? —preguntó la voz.

Lucía miró alrededor. Era un caracol con una concha brillante. El caracol llevaba en la espalda un trocito de papel.

—Sí —dijo Lucía—. Es la del centro del rompecabezas.

El caracol se movió despacio.

—Tal vez la vi pasar —murmuró—. Las cosas pequeñas se esconden donde menos esperamos.

Lucía le ofreció su dedo. El caracol caminó con calma. Le señaló una senda de tierra que llevaba a la puerta del garaje. Lucía caminó. El garaje se volvió una cueva misteriosa. Dentro, las cajas eran montañas y las luces eran estrellas.

—Busca en las cajas viejas —aconsejó el caracol—. A veces las piezas se quedan dormidas ahí.

Lucía abrió una caja. Dentro había sombreros, calcetines que ya no tenían pareja y una caja de herramientas. En la caja de herramientas brillaba algo. Era una esquina de papel con colores. Lucía lo sacó y... no, no era la pieza. Era una pegatina con un sol.

—Casi —se dijo Lucía. No se rindió. Abrió otra caja. Encontró un pequeño botón rojo, una nota de cumpleaños, una canica que hacía música. Y, debajo de todo eso, una etiqueta con letras de crayón: "Juguetes de invierno". Lucía sonrió. Aprendió a buscar con paciencia.

Capítulo 2: La aventura de los pequeños héroes

Mientras Lucía buscaba, el cielo se puso un poco gris. No era una lluvia de verdad, solo nubes que parecían almohadas. Ella no se asustó. Descolgó una linterna de la pared. La linterna era una lupa mágica. La apuntó hacia una esquina oscura. Apareció un pequeño brillo.

—¡Ahí! —gritó Lucía—. ¡Quizá sea la pieza!

Corrió, pero la pieza estaba en lo alto, sobre una caja que se movía cuando el perro del vecindario, Bruno, decidió pasar por la puerta. Bruno era un perro grande y peludo que gustaba de olfatear cosas. Al verlo, Lucía dijo:

—Hola, Bruno. ¿Me ayudas, por favor?

Bruno meneó la cola y dio un gran salto. La caja tembló. La pieza rodó y cayó... hacia el jardín. Lucía suspiró de alivio. La pieza parecía feliz de rodar por la hierba. Corría lejos y luego se escondía entre los pétalos de una flor grande como una sombrilla.

De repente, un viento juguetón sopló. Las flores se acostaron como si durmieran. La pieza rodó otra vez y cayó dentro de la casita de muñecas del jardín. Ahí vivían pequeños amigos de tela: una muñeca con coletas, un oso con parche y una señorita ratón con gafas. Lucía se agachó y habló con ellos.

—Amigos, ¿vieron una pieza? —preguntó.

La muñeca con coletas asintió.

—La vi rodar —dijo con voz menuda—. Fue hacia la puerta de la casita.

Lucía tosió y sonrió.

—¿Me la devuelven? —suplicó.

El oso usó su pata y empujó un vaso de plástico. La pieza asomó por el borde. Lucía la tomó con cuidado. La pieza tenía una carita dibujada por un lado. Tenía colores de arcoíris. Era la pieza del centro, brillante y cálida.

—¡Lo lograste! —dijeron todos.

Lucía saltó de alegría. Pero en ese salto notó que el rompecabezas no tenía la forma correcta. Había algo más: faltaba ordenar las piezas que ya estaban colocadas. Algunas estaban al revés. Algunas no encajaban. Su deseo era solo colocar la pieza del centro, pero ahora entendió que el rompecabezas le pedía más: paciencia y orden.

Su mamá asomó la cabeza por la ventana.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó.

Lucía negó con la cabeza.

—Quiero hacerlo sola —dijo—. Pero me gustaría que vinieras para ver.

La mamá entró al patio con una taza de té. Se sentó junto a Lucía. No la hizo el trabajo; la acompañó. Juntas miraron las piezas. Algunas tenían formas de luna, otras de pez, otras de nube. Lucía probó. A veces encajaba una pieza. A veces no. A veces se enojaba porque no salía a la primera. Entonces su mamá le tomó la mano.

—Respira —dijo—. Mira los colores. Mira las formas. Tú puedes.

Lucía respiró. Tenía valor. Tenía sus ojos de siempre. Volvió a probar. Encontró una pieza azul que encajó junto a una que parecía ola. Sus dedos eran pequeñas herramientas de ingenio. Fue poniendo una pieza tras otra. Cada vez que algo no encajaba, lo intentaba de nuevo. Cada intento era una pequeña victoria.

Mientras trabajaban, el caracol volvió a pasar. Traía una hojita como capa. Se acercó y dijo:

—A veces las piezas están en silencio. Hablan cuando las escuchas.

Lucía sonrió. Empezó a escuchar el silencio. Encontró la forma de la nube. Encontró la esquina que se escondía desde el principio. Y cuando por fin puso la pieza del centro... el rompecabezas sonó como si se riera. Todas las piezas encajaron con un pequeño "clic" que parecía un aplauso.

Capítulo 3: Los cordones y los lazos

Con el rompecabezas armado, el jardín volvió a ser un jardín. Las flores saludaron. El árbol dejó caer una hoja como felicitación. Lucía miró la imagen terminada: un gran parque lleno de niños, un sol feliz y un sendero que invitaba a caminar. Se sintió orgullosa. Había hecho algo grande con paciencia y con amigos.

—Gracias, mamá —dijo—. Gracias, Bruno. Gracias, pequeño caracol.

Su mamá la abrazó.

—Gracias a ti por no rendirte —dijo—. Y gracias por confiar.

Lucía aprendió una palabra nueva: confianza. Era como un hilo que une cosas. Como cuando su mamá le pone una chaqueta y aprieta el botón. Como cuando Bruno la mira y ella sabe que él la cuida.

Mientras recogían, Lucía se dio cuenta de que sus botas estaban desatadas. Uno de sus cordones estaba enredado como si hubiera hecho una fiesta con otros cordones. Lucía frunció el ceño. No quería tropezar. Además, terminar la fiesta sin solucionar los cordones le parecía otra pequeña misión.

—¿Me ayudas con mis cordones? —pidió.

Su mamá se sentó en el escalón. Con manos suaves, tomó el cordón. Lucía miró con atención. La mamá le mostró un lazo simple: una vuelta, otra vuelta, y dos orejas de conejo que se abrazan. Lucía intentó hacerlo.

—Mamá, se me suelta —dijo.

—Prueba la técnica del nudo amigo —sugirió la mamá—. Haz una oreja, luego la otra. Cruza. Tira despacio.

Lucía lo intentó, una vez, dos veces. Sus dedos eran pequeños y el cordón parecía un hilo travieso. Ella suspiró. Bruno apoyó su cabeza en su regazo como para decir: "Puedes". Lucía volvió a intentar. Esta vez con calma. Hizo la primera oreja. Hizo la segunda. Cruzó. Tiró despacio. El lazo se sostuvo.

—¡Lo hice! —exclamó.

Su mamá aplaudió. El caracol aplaudió a su manera, moviendo su concha. Los muñecos sonrieron.

Lucía miró las botas ahora con orgullo. Sentía que cada lazo era una pequeña promesa: "Te cuidaré". Entendió que armar piezas y hacer lazos eran similares. En los dos casos, hay que mirar con atención, confiar y no tener prisa.

La tarde empezó a dorarse como pan al horno. Las sombras se alargaban y el cielo se pintó de naranja. Dentro de la casa el rompecabezas brillaba con luz cálida. Lucía recogió la servilleta con dibujos de nubes y guardó la caja del rompecabezas en su estantería. Bruno se acomodó en su cama de perro. La mamá preparó galletas.

—Mañana podemos empezar otro rompecabezas —ofreció la mamá.

—Sí —dijo Lucía—. Pero ahora voy a practicar mis lazos.

Se sentó en el suelo y miró sus botas. Con paciencia, volvió a desatar y volver a atar. Cada vez le salía mejor. Hizo una pequeña danza: un paso, otro paso, un salto. Sus movimientos eran sencillos y seguros. Sus manos aprendían a confiar en ellas.

Antes de ir a la cama, Lucía colocó el rompecabezas en el centro de la mesa. Tocó la pieza del centro con su dedo. Las piezas parecieron saludarla con un susurro.

—Gracias —murmuró Lucía.

En la penumbra, con la lámpara encendida, Lucía se acostó en su cama. Su mamá le tapó las sábanas. La noche fue suave como una almohada. Lucía cerró los ojos y soñó con jardines que eran mapas, con caracoles mensajeros y con botas que hacían música. Soñó que cada problema era una pieza. Que cada cordón era un lazo que se puede atar.

Al despertar, la primera cosa que hizo fue mirar sus botas. Estaban listas para un nuevo día. Sus cordones estaban firmes. Y con una sonrisa grande, Lucía supo que lo había hecho: el rompecabezas estaba entero y los cordones atados.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Rompecabezas
Juego de piezas que se unen para formar una imagen completa.
Servilleta
Tela o papel que se usa en la mesa para limpiarse la boca o manos.
Cosquillas
Sensación divertida que hace reír cuando alguien toca la piel.
Susurro
Palabra dicha en voz muy baja, casi como un secreto.
Concha
Parte dura y curva que tiene el caracol en su espalda.
Caracol
Animal pequeño y lento que lleva su casa en la espalda.
Paciencia
Esperar con calma y sin enfadarse cuando algo tarda.
Confianza
Sentir seguridad en alguien o en uno mismo, creer que ayuda.
Cordones
Cuerdas que están en las botas para atarlas y que no se suelten.
Lazo simple
Forma de atar los cordones con una vuelta y dos orejas que se cruzan.
Nudo amigo
Nombre de una técnica para atar los cordones y que no se suelten.
Hojita
Hoja pequeña de una planta, fina y ligera.

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