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Pequeños aventureros 5/6 años Lectura 10 min.

Lía y las guardianas del barrio

Cuatro amigas convierten un paseo por el barrio en una aventura donde Lía vela porque todas sigan las reglas, practiquen la honestidad y se ayuden entre sí mientras resuelven pequeños misterios.

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Cuatro niñas de 6 años: Lía, pelo castaño rizado con chaqueta roja y una mini-linterna amarilla, abajo de la mini-pirámide; Maya, pelo negro en coleta alta y camiseta verde manchada de pintura, de pie sobre Lía estirando el brazo; Noor, pelo castaño claro en dos trenzas y vestido azul de lunares, de puntillas alcanzando la cuerda; Sara, pelo rubio corto y chaqueta beige, junto al grupo sujetando la cuerda atada a la linterna; en una colina baja con pequeñas flores blancas y amarillas, hierba verde al viento, techos rojos al fondo y cielo naranja-rosa del atardecer; las niñas forman una torre de manos para recuperar un globo rojo atrapado en la rama de un árbol, la cuerda rodea la rama y el globo desciende lentamente, expresiones de concentración y ayuda mutua, estilo tinta coloreada con contornos finos y colores planos vivos, iluminación cálida del ocaso. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mañana del gran paseo

Era un martes con sol suave. Cuatro amigas se juntaron en el jardín de la casa de Lía. Tenían casi seis años. Lía era ardiente y siempre tenía las mejillas color coral. Maya llevaba una coleta alta y una risa que sonaba como campanas. Noor tenía ojos curiosos que miraban como telescopios. Sara guardaba siempre una cajita de lápices de colores en el bolsillo.

—Hoy vamos a explorar todo el barrio —dijo Lía, inclinando el mapa del patio hecho con tiza—. Yo voy a comprobar que todas sigan. Así nadie se pierde.

Las otras niñas aplaudieron. Era su juego favorito: convertir lo cotidiano en una gran aventura. Se pusieron sus mochilas pequeñas, cada una con una galleta y una botella de agua. Lía tomó una linterna de juguete. Parecía una misión de verdad.

Salieron por la calle con sus pasos de exploradoras. El sol pintaba las hojas de los árboles como monedas doradas. Pasaron por la panadería donde el señor Simón les ofreció una rosquilla. Lía dijo en voz alta:

—Gracias, señor Simón. ¿Sigue la regla de no correr en la acera?

—Sí, pequeñas. Buena regla —respondió el señor Simón con ojos amables.

Lía sonreía. Su trabajo era ver que todos siguieran —las reglas que cuidaban a la gente y al lugar—. No era para mandar. Era para cuidar, dijo siempre su mamá.

Capítulo 2: La calle que susurraba

Al llegar al parque, el viento jugaba con las hojas. Había un mapa dibujado en el suelo con tiza: “Gran Ruta de las Exploradoras”. Lía señaló el primer destino: el puente pequeñito sobre el arroyo.

—Caminamos de uno en uno —ordenó Lía—. Así nadie se cae.

Maya hizo una mueca divertida.

—Pero yo quiero saltar como un sapo.

—Podemos saltar después, en la hierba —propuso Noor—. Primero, por el puente uno a uno.

Sara explicó la regla con su voz suave:

—Si somos honestas y decimos la verdad, Lía confía en nosotras y nos deja explorar más.

Las niñas se tomaron de las manos y cruzaron el puente despacio. Un pequeño pájaro azul voló cerca y dejó caer una pluma blanca que aterrizó en la mochila de Noor. Todas la miraron como si fuera un tesoro.

De repente, se oyó un ruido. Un perro se escapó de un jardín y corrió por la calle. Iba tras una pelota roja. Las niñas se asustaron. Lía dió un paso adelante.

—¡Alto! —gritó en voz clara—. No corran —añadió—. Yo voy a ver que nadie se asuste.

Lía fue valiente y calmada. Caminó hacia el perro despacio, con las manos vacías. Hizo una voz tranquila, como la de su mamá cuando calma una noche con lluvia.

—Hola, amiguito —dijo—. ¿Tú estás jugando?

El perro, que olía a pan recién hecho, se sentó y miró a Lía. Su dueño apareció jadeando y sonriendo.

—Gracias —dijo el señor—. Es Paco. A veces sale con la pelota.

Lía sonrió y vagamente la euforia de la situación se convirtió en risa. Las niñas aprendieron que no siempre hay que correr cuando algo sorprende. A veces hay que respirar y mirar. Lía comprobó que todas estaban bien. Eso le dio fuerza para seguir.

Caminaron hasta la esquina donde había un misterio: una caja de madera apoyada en un arbusto. Estaba cerrada con una cuerda.

—¿Qué habrá dentro? —preguntó Maya, con ojos grandes.

—No la abramos sin preguntar —dijo Lía—. Si es de alguien, debemos ser honestas y buscar al dueño.

Noor olfateó la caja con cuidado y dijo:

—Huele a menta.

Sara sacó su cuaderno y dibujó la caja. Luego las cuatro pidieron ayuda al señor del vivero cercano. El hombre, con manos llenas de tierra, dijo que la caja era de la señora Rosa, que la había perdido ayer. Lía sonrió satisfecha: había comprobado que todas siguieran la regla de preguntar primero.

—Gracias por decir la verdad —dijo la señora Rosa cuando vino a recoger su caja—. Ustedes han sido muy honradas.

Las niñas recibieron una galleta de menta como regalo. Era un premio simple, pero su sabor sabía a victoria.

Capítulo 3: La colina de los colores

El mapa las llevó a una colina cubierta de flores pequeñas. El viento allí tenía un sonido como un coro de hojas. Lía miró a sus amigas:

—Vamos a subir la colina juntas. Yo compruebo que nadie se quede atrás.

Subir la colina fue difícil. Las flores hacían cosquillas en los tobillos. Maya tropezó con una piedra y casi se cae. Lía la sostuvo por el brazo.

—Gracias —dijo Maya, respirando—. Me asusté.

—Está bien, estamos juntas —respondió Lía—. Lo mejor es decir la verdad: “Tengo miedo.” Así podemos ayudar.

Llegaron a la cima. Desde allí se veía todo el barrio: el tejado rojo de la escuela, la plaza con la fuente, la panadería pequeña. Noor señaló un globo atrapado en una rama alta, moviéndose como una mariposa roja.

—¡El globo! —gritó Noor—. Parece triste.

Sara sugirió usar la linterna de juguete de Lía para alcanzar la rama con una cuerda que tenían en la mochila. Lía asintió con ojos brillantes.

—Primero, necesitamos un plan seguro —dijo—. Yo comprobaré que cada paso sea seguro.

Construyeron una torre de manos: Lía en el suelo, Maya en su espalda, Noor estirando el brazo. Sara, con cuidado, ató la cuerda a la linterna y empujó. La cuerda rozó la rama y el globo bajó despacio.

Cuando el globo llegó, se oyó un pequeño aplauso. Las niñas sonrieron tanto que sus dientes parecían estrellas. Lía revisó que todas respiraran y que nadie se hubiera hecho daño. Todo estaba bien.

—Somos un buen equipo —dijo Sara—. Y cuando somos honestas, el equipo funciona mejor.

—Sí —añadió Lía—. Yo siempre comprobaré. No para mandar, sino para cuidar.

Capítulo 4: El regreso con promesa

El sol comenzó a bajar y el cielo se pintó de naranja. Las cuatro exploradoras decidieron volver. Al volver, se encontraron con la señora Rosa otra vez.

—Ustedes han devuelto mi caja y actuado con honestidad —dijo la señora Rosa—. Gracias por cuidar de nuestro barrio.

El señor Simón les dio otra rosquilla y les dijo:

—Volved cuando queráis, pequeñas guardianas.

Lía miró a sus amigas. Tenía una sonrisa amplia y tierna.

—Hoy comprobé que todas seguían —dijo en voz baja—. A veces me preocupa que alguien se quede atrás. Pero hoy vi que todas miran alrededor, preguntan, dicen la verdad y ayudan.

Maya abrazó a Lía.

—Gracias por cuidarnos —susurró.

Noor añadió:

—Y gracias por confiar en nosotras.

Sara sacó su lápiz y dibujó un sol y cuatro figuras pequeñas tomadas de la mano.

Antes de despedirse, las niñas hicieron un pequeño juramento, con las manos en el centro como si fueran un equipo de exploradoras de verdad.

—Prometemos ser honestas —dijeron—. Prometemos ayudarnos. Prometemos volver.

Lía alzó la vista al cielo donde las primeras estrellas empezaban a parpadear. Sus mejillas ardían con orgullo. La promesa brilló en sus ojos como una luz cálida.

Caminaron juntas hasta la puerta del jardín de Lía. La madre de Lía las esperaba con una manta y una taza de chocolate caliente. Les dijo:

—Hoy habéis sido muy valientes. Habéis sido honestas. Estoy orgullosa.

Lía, que siempre quería comprobar que todo el mundo siguiera, sintió que su trabajo era importante. No era una orden. Era una forma de amor.

Cuando la noche cubrió el barrio, las cuatro niñas se despidieron con un abrazo largo. Lía prometió en voz baja:

—Volveré pronto. Volveré para comprobar que todo está bien y para jugar otra aventura con vosotras.

Maya, Noor y Sara sonrieron y dijeron al unísono:

—Te esperamos.

Las luces de las casas se encendieron como pequeñas linternas. Las niñas ya soñaban con nuevas rutas de tiza, con puentes de madera hechos de palos imaginarios, y con misterios que pedían ser resueltos con honestidad y cuidado.

Esa noche, Lía cerró los ojos con la sensación tibia de haber cumplido su promesa. Sabía que volvería. Y las demás también lo sabían. Las aventuras del barrio continuarían, porque estaban hechas de reglas sencillas, risas y manos que se sostienen.

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Tiza
Polvo duro que se usa para dibujar en el suelo o en pizarras.
Acera
Parte de la calle por donde caminan las personas, al lado de la carretera.
Arroyo
Pequeño río de agua que corre por el campo o el parque.
Linterna
Objeto que da luz cuando está oscuro y se puede llevar en la mano.
Arbusto
Planta baja con muchas ramas y hojas, más pequeña que un árbol.
Vivero
Lugar donde se cultivan plantas y flores para vender o plantar.
Jadeando
Respirar con dificultad y rápido, cuando alguien corre o se cansa.
Honradas
Personas que dicen la verdad y hacen lo correcto con sinceridad.
Cotidiano
Algo que pasa todos los días, en la vida normal de la casa.

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