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Cuento del Ramadán 7/8 años Lectura 15 min.

El reloj de papel y la carrera de la amabilidad

Lina crea un reloj de papel para medir momentos de amabilidad y, mientras corre y espera, descubre cómo pequeños gestos y la paciencia transforman su barrio.

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Lina, niña de 8 años, sonriente y concentrada, pelo castaño trenzado y vestido amarillo de lunares, arrodillada junto a un gatito gris mientras le ofrece un cuenco de agua; Leo, niño de 8 años, entusiasta, pelo corto y pelirrojo, de pie junto a un banco sosteniendo una cometa roja reparada; Sami, adolescente de 14 años, tímido pero orgulloso, con camiseta azul, detrás del banco ayudando a llevar una pequeña jardinera; la señora Carmen, mujer de unos 60 años, amable y de figura redondeada con vestido de flores, riega una planta desde el lado derecho del patio; el señor Nabil, hombre de unos 40 años, robusto y con camisa verde, sostiene una pequeña escalera apoyada en un árbol; todo ocurre en un luminoso patio de edificio con suelo empedrado, dos rosales rojos, una fuente baja de piedra, macetas de menta y una ventana con cortina a cuadros, con luz suave de final de la tarde, en una atmósfera cálida de pequeños gestos y sonrisas compartidas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un reloj de papel que hace “tic” bajito

A Lina le gustaba correr. No para ganar medallas ni para hacer récords, sino porque al correr el aire le hacía cosquillas en las mejillas y el mundo parecía decirle “hola” más deprisa.

Aquella tarde, en la mesa de la cocina, extendió una hoja grande, tijeras de punta redonda y un puñado de colores. Su mamá estaba preparando la sopa, y la casa olía a comino y a pan calentito.

“Voy a fabricar un reloj”, anunció Lina con voz importante.

Su papá levantó una ceja y sonrió. “¿Un reloj de verdad?”

“De papel, pero muy serio”, dijo ella, y pegó un círculo recortado sobre un cartón. Dibujó números grandes, como si fueran casas para que los minutos no se perdieran. Luego recortó dos agujas: una larga y una corta. Para sujetarlas usó un broche mariposa que encontró en una caja de botones.

Cuando lo terminó, lo levantó frente a sus ojos. El reloj no hacía “tic-tac” fuerte, claro. Pero Lina pegó la oreja y susurró: “Yo te escucho”.

En casa era el mes de Ramadán, y Lina estaba aprendiendo muchas cosas pequeñas: esperar, ayudar, escuchar. No lo vivía como una carrera. Más bien como caminar descalza sobre una alfombra suave.

“¿Para qué lo necesitas?”, preguntó su mamá, secándose las manos.

“Para seguir el tiempo”, dijo Lina, girando la aguja larga con cuidado. “Así sé cuándo falta poco para la cena. Y también para saber cuándo es hora de hacer cosas buenas”.

Su papá soltó una risita. “¿El reloj mide las cosas buenas?”

“Claro. Mira”, Lina señaló un dibujo de una estrellita al lado del número tres. “A esta hora puedo llevar agua a la abuela. Y aquí”, puso un corazoncito cerca del seis, “puedo ayudar a poner la mesa. Y aquí”, dibujó una nube sonriente, “puedo respirar hondo si me pongo impaciente”.

Su hermano mayor, Sami, pasó por la cocina comiéndose una aceituna. “¿Y a qué hora está permitido correr como un cohete?”

“Todo el día”, respondió Lina sin dudar. “Pero con amabilidad. Si empujas, el reloj se pone triste”.

Sami miró el reloj como si fuera una criatura pequeñita. “Perdón, señor reloj”, dijo con voz grave, y Lina se rió.

Más tarde, antes de que el cielo se pusiera del color de la mandarina, Lina se puso sus zapatillas. Colgó su reloj de papel en la puerta de su habitación con cinta adhesiva, como si fuera un guardián de minutos. Luego salió al pasillo, dio dos saltitos y dijo:

“Hoy corro, pero también espero. Porque la paciencia es como estirar antes de correr: si no lo haces, te tropiezas contigo misma”.

Capítulo 2: La carrera de las sonrisas

En el patio del edificio, Lina empezó a correr alrededor del jardín pequeño donde crecían dos rosales y una planta de menta. Corría despacio, contando sus pasos: uno, dos, tres… y su corazón hacía una música tranquila.

En una esquina vio a la señora Carmen, la vecina del segundo, luchando con dos bolsas que parecían llenas de piedras.

Lina frenó como un patito en el agua: poco a poco para no resbalar. “¿Le ayudo?”

La señora Carmen parpadeó, sorprendida. “¿Tú solita?”

“Mis brazos son pequeños, pero mis ganas son grandes”, dijo Lina, y agarró una bolsa por el asa.

La bolsa era pesada, sí, pero Lina apretó los dientes como cuando subes una cuesta. Caminó hasta el ascensor con la señora Carmen.

“Eres muy amable”, dijo la vecina.

Lina pensó en su reloj de papel. En su cabeza, la aguja larga avanzó un poquito. “Es que estoy entrenando”, explicó.

“¿Entrenando para qué?”

“Para ser paciente… y para repartir amabilidad. Mi mamá dice que cuando das un poquito, vuelve en forma de sonrisa”.

La señora Carmen soltó una carcajada chiquita. “Pues toma”, dijo, y le regaló una sonrisa grande, de esas que calientan como una manta.

Cuando Lina volvió al patio, vio a su amigo Leo sentado en un banco, con cara de nube gris.

“¿Qué pasa?”, preguntó Lina.

“Mi cometa se quedó atrapada en el árbol”, respondió Leo, señalando una rama alta. La cometa roja colgaba como un pañuelo triste.

Lina miró el árbol. No era altísimo, pero sí lo bastante como para que a Leo le diera pereza intentarlo. Lina no quería que nadie se asustara ni se hiciera daño, así que pensó rápido.

“Podemos pedir ayuda a un adulto”, dijo. “O podemos hacer un plan suave”.

“¿Un plan suave?”, repitió Leo, rascándose la cabeza.

“Sí. Nada de escalar como monos locos”, dijo Lina, y eso hizo que Leo sonriera un poco.

Fueron hasta el conserje, el señor Nabil, que estaba regando las plantas. Lina le explicó con palabras claras y ojos brillantes.

“Una cometa en el árbol… Eso tiene solución”, dijo el señor Nabil. Trajo una escalera pequeña y, con calma, desenganchó la cometa. Se la entregó a Leo como si fuera un tesoro.

Leo apretó la cometa contra su pecho. “Gracias. Gracias de verdad”.

Lina sintió algo raro y bonito, como burbujas de refresco en la barriga. “De nada. Hoy mi reloj está contento”.

Leo ladeó la cabeza. “¿Qué reloj?”

Lina le contó lo del reloj de papel y las estrellitas.

Leo abrió los ojos. “Yo quiero uno. Pero el mío tendrá un dibujo de un bocadillo gigante”.

“Eso es muy serio”, bromeó Lina.

Siguieron caminando por el patio, y Lina notó una cosa: después de ayudar, la gente hablaba más suave, miraba más amable, como si la bondad se les pegara en los dedos. Era como cuando una canción se queda en la cabeza y, sin darte cuenta, la tarareas.

“Leo”, susurró Lina, “creo que la gentileza es contagiosa”.

Leo se miró las manos. “¿Tengo gentileza aquí?”

“Un poquito”, dijo Lina. “Y si la usas, sale más”.

Leo se levantó del banco de un salto. “Entonces voy a contagiar a alguien”. Y fue corriendo hacia la fuente para recoger un papel que el viento llevaba de paseo.

Lina lo observó y sonrió. “Funciona”, se dijo. “Funciona de verdad”.

Capítulo 3: La paciencia sabe a sopa y a luz

En casa, el reloj de papel seguía en la puerta, con sus números como casas ordenadas. Lina lo miró. Todavía faltaba para la cena, y su barriga empezó a hacer un pequeño tambor: bum, bum.

“Cuando espero, mi barriga canta”, le dijo a su mamá.

Su mamá le guiñó un ojo. “Que cante bajito. Podemos distraerla con algo”.

Lina pensó en correr otra vuelta por el pasillo, pero su mamá le propuso otra cosa: “¿Me ayudas a cortar pan?”

Lina se lavó las manos y se puso seria. Cortó rebanadas con cuidado, como si fueran páginas de un libro. Luego puso vasos en la mesa. Cada vaso era un pequeño farol transparente.

Sami apareció y olfateó el aire. “Huele a ‘ya-casi'”.

“Falta un poco”, dijo Lina mirando el reloj de papel. La aguja larga parecía una nariz apuntando el futuro.

Sami se dejó caer en una silla. “Esperar es difícil”.

Lina recordó la nube sonriente que había dibujado. “Podemos hacer el truco de la nube”, dijo.

“¿Qué truco?”

“Respirar hondo”, explicó Lina. “Como si inflaras un globo invisible. Mira: uno… dos… tres…”

Sami la imitó, y su cara se relajó, como si alguien le hubiera planchado las cejas.

En ese momento sonó el timbre. Era la señora Carmen, con un platito cubierto con papel de aluminio.

“Perdonad que interrumpa”, dijo, “pero me sobró un poco de pastel de sémola. Y pensé… Lina me ayudó con las bolsas. Quería devolver el gesto”.

Lina se quedó quieta, sorprendida. Su mamá la miró con ternura.

“Gracias, Carmen”, dijo su mamá. “Qué detalle tan bonito”.

La señora Carmen se inclinó hacia Lina. “Parece que tu amabilidad volvió… en forma de postre”.

Lina se tapó la boca para no reír demasiado fuerte. “¡Lo sabía! Es contagiosa”.

Cuando Carmen se fue, Sami susurró: “Si sigo respirando hondo, ¿aparecen más postres?”

“No”, respondió Lina muy seria, y luego se le escapó una risita. “Pero se te hace más fácil esperar”.

La tarde siguió con sonidos tranquilos: una cuchara en la olla, el agua del grifo, pasos suaves. Lina ayudó a su papá a llevar platos. También dibujó una estrellita nueva en su reloj de papel: “Compartir”.

Al rato, Leo llamó por videollamada. En la pantalla, enseñó algo redondo.

“¡Mira! Hice mi reloj de papel”, dijo orgulloso. “Tiene un bocadillo gigante… y también un dibujo de una cometa”.

Lina aplaudió. “¡Te quedó genial!”

“Y hoy ayudé a mi hermana a recoger sus lápices. Me dijo ‘gracias' y me dio un abrazo. Creo que me contagié”, confesó Leo.

Lina se acercó a la pantalla. “Te lo dije. Es una enfermedad buenísima”.

“¿Y se cura?”, preguntó Leo, fingiendo preocupación.

“No”, respondió Lina con voz dramática. “Se queda para siempre”.

Los dos rieron. La risa era como una lucecita que saltaba de casa en casa.

Cuando por fin llegó el momento de sentarse a la mesa, la familia se reunió. Había sopa, pan, dátiles y el pastel de la señora Carmen. Lina miró el reloj de papel en la puerta, como si pudiera verlo desde la mesa.

“Lo logramos”, dijo bajito, más para ella que para los demás. “Esperamos con calma”.

Su mamá le apretó la mano. “Estoy orgullosa de ti”.

Y Lina sintió que la paciencia, al final, sabía a sopa caliente y a cariño.

Capítulo 4: Un brillo compartido

Al día siguiente, Lina salió temprano al patio con su energía de corredor. El cielo estaba claro, y el aire olía a pan recién hecho de la panadería de la esquina.

Llevaba su reloj de papel en la mano, con cuidado de que no se doblara. Leo ya la esperaba con el suyo. Y también estaba la señora Carmen, que había bajado a regar una maceta.

El señor Nabil pasó con su regadera, silbando una melodía. Al ver a Lina, levantó la mano. “Buenos días, campeona de las soluciones suaves”.

Lina se rió. “Buenos días”.

Se sentaron en el banco. Lina explicó su idea: “Podemos hacer una pequeña carrera… pero no de velocidad. Una carrera de gestos amables”.

Leo abrió la boca. “¿Cómo se gana?”

“Ganamos todos”, dijo Lina, como si fuera lo más lógico del mundo. “Cada uno hace una cosa amable y luego lo cuenta”.

La señora Carmen se acercó, curiosa. “¿Puedo participar? Aunque no corra mucho”.

“Claro”, dijo Lina. “Aquí correr es con el corazón”.

Sami apareció también, medio dormido, pero interesado. “¿Hay puntos?”

Lina señaló su reloj. “Hay estrellitas”.

Entonces empezó la carrera. No hubo pistola de salida, solo una frase.

“Listos… amables… ¡ya!”

Leo fue primero a recoger unas hojas secas para que el camino quedara limpio. Sami ayudó al señor Nabil a mover una maceta pesada sin que se le cayera agua. La señora Carmen saludó a una niña nueva del edificio y le ofreció un trocito de tiza para dibujar.

Lina miró alrededor buscando su gesto. Vio a un gatito asomado detrás de un arbusto, maullando bajito. No parecía asustado, solo un poco perdido. Lina se agachó despacio.

“Hola, bigotes”, susurró. “No pasa nada”.

El gatito olfateó su zapatilla y se quedó cerca. Lina llamó a su papá, que estaba en casa, y en un momento bajó con una cajita de cartón y un platito con agua. Pusieron el agua en un rincón tranquilo. El gatito bebió y luego se sentó como si hubiera encontrado una silla invisible.

“Ves”, dijo su papá, “con calma, todo sale mejor”.

Lina asentó. En su pecho había un brillo suave, como una luciérnaga que no se apaga.

Cuando todos volvieron al banco, contaron lo que habían hecho. Nadie habló fuerte. Era como si las palabras fueran regalos frágiles.

“Yo ayudé con la maceta”, dijo Sami, rascándose la nuca. “Y… no me quejé. Mucho”.

“Eso vale doble”, bromeó Leo.

La señora Carmen se llevó una mano al pecho. “Yo hice sonreír a una niña nueva. Y me sonrió de vuelta. Fue como… como una pelota que rebota”.

Lina levantó su reloj de papel. En el círculo había nuevas estrellitas dibujadas a lápiz. “Hoy mi reloj está lleno”, dijo. “Y yo también”.

En ese momento, desde una ventana, alguien les llamó: era la mamá de la niña nueva. “¡Gracias por incluirla! Llegó feliz a casa”.

Lina sintió que el brillo se hacía más grande, pero no solo dentro de ella. Estaba en Leo, en la señora Carmen, en Sami, en el señor Nabil. Como si la bondad hubiera pasado de mano en mano, sin gastarse.

Antes de subir, Lina miró a su hermano. “¿Ves? La gentileza se pega”.

Sami fingió estornudar. “¡Achís! Me contagié otra vez”.

Todos se rieron, incluso la señora Carmen, que casi se le cae la regadera de la risa.

Esa noche, al sentarse a la mesa, Lina llevó su reloj de papel. Lo apoyó cerca del pan. Su mamá lo miró y dijo: “Este reloj no solo marca horas. Marca lo que importa”.

Lina respiró hondo, como la nube sonriente, y miró a su familia. “Estoy orgullosa”, dijo.

“Nosotros también”, respondió su papá.

Y la palabra “orgullosa” se quedó en el aire, tranquila y calentita, como una luz compartida que no hace sombra, solo compañía.

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Alfombra
Tela grande que se pone en el suelo para caminar más suave.
Conserje
Persona que cuida el edificio y hace tareas como arreglar o limpiar.
Regadera
Recipiente con pico que se usa para echar agua a las plantas.
Sémola
Polvo de cereal que se usa para hacer algunos postres y panes.
Maceta
Recipiente donde se planta una flor o una planta.
Tiza
Barrita de color que se usa para dibujar en el suelo o en la pizarra.
Cajita
Caja pequeña que sirve para guardar cosas pequeñas o frágiles.

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