Cargando...
Cuento de viaje en el tiempo 9/10 años Lectura 18 min.

El puente de las dos fechas y la máquina del ahora y antes

Un grupo de niños descubre una máquina del tiempo que conecta un puente en dos épocas y deben aprender a ayudar sin alterar el pasado, enfrentando decisiones que ponen a prueba su responsabilidad y amistad.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Hay cuatro niños de 10 años: Tomás, niño de cabello castaño despeinado, chaqueta de denim gastada, arrodillado en el centro del puente con una pequeña brújula antigua y una caja de herramientas, mirada decidida hacia la línea de luz; Inés, niña de pelo negro en coleta y mochila roja, manos en la cadera a la izquierda de Tomás, observando al niño del pasado; Leo, niño rubio con camiseta de rayas y sonrisa traviesa, agachado a la derecha fingiendo lanzar una piedra; Sara, niña de castaño claro con bufanda verde, tomada de la mano de Tomás y medio escondida tras un arbusto a la izquierda, preocupada pero valiente. El puente de piedra antiguo está dividido por una fina línea de luz azul y plateada que separa dos épocas: la mitad derecha está envejecida con musgo y grietas, la izquierda clara y nueva; una barandilla de madera torcida y un río brillante debajo reflejan la luz. Los niños del presente ayudan discretamente a un niño del pasado sobre la mitad derecha—se ve un pequeño tornillo brillante sobre la línea y el momento en que empujan una rama para sostener una tabla tambaleante—ambientación de aventura y complicidad, iluminación cálida y contrastada, estilo cartoon 3D cel-shading, colores vivos y texturas nítidas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La máquina del “Ahora y Antes”

Tomás era de los que recogían tornillos del suelo como si fueran tesoros. Tenía diez años, un destornillador pequeño en el bolsillo y una costumbre: ayudar a todo el mundo, incluso a las cosas. Si una silla cojeaba, la curaba. Si una radio tosía, la consolaba.

Esa tarde, en el garaje de su abuela, reunió a su grupo: Inés, que era rápida con las ideas; Leo, que siempre encontraba el chiste perfecto; y Sara, que sabía escuchar hasta a los cables.

Sobre una mesa había una caja rara hecha con una tostadora vieja, un reloj despertador y una brújula que nunca dejaba de temblar.

—No me digas que eso es… —Inés abrió los ojos.

—Una máquina del tiempo —dijo Tomás, bajando la voz como si las palabras pudieran escaparse por la ventana—. Pero no como en las películas. Es más… educada.

Leo levantó una ceja.

—¿Educada? ¿Dice “por favor” antes de viajar?

Tomás sonrió.

—Casi. Solo funciona si respetas las reglas. No puedes cambiar cosas grandes. Y siempre te trae de vuelta.

Sara pasó la mano por la tostadora.

—¿Y cómo viaja?

Tomás señaló el reloj pegado a un lado.

—Este reloj marca dos horas a la vez. La de ahora y la de antes. Cuando coinciden… abre un “puente”.

—¿Un puente? —preguntó Inés.

Tomás sacó un papel doblado. Era un dibujo de un puente de piedra sobre un río, con dos fechas escritas como si fueran carteles: “Ayer” y “Hace mucho”.

—Encontré esto en una caja de la abuela. Un mapa… del Puente de las Dos Fechas. Dice que conecta dos momentos del mismo lugar. Como si el tiempo se estirara y se diera la mano.

Leo chasqueó la lengua.

—Me encanta cuando el tiempo hace amigos.

Tomás apretó un botón. El reloj hizo “tic-tac” como si estuviera aclarando la garganta. La brújula giró loca. La tostadora soltó un “clonc” orgulloso.

Entonces, en el aire, apareció una línea brillante, como la cremallera de una chaqueta invisible.

—¿Listos? —preguntó Tomás.

Inés se ajustó la mochila.

—Listísima.

Sara respiró hondo.

—Si algo sale mal, nos damos la mano.

Leo se puso serio por un segundo.

—Y si sale bien, también. Pero por celebración.

Tomás miró a sus amigos y sintió ese cosquilleo especial: el de estar a punto de descubrir algo enorme… y hacerlo acompañado.

—Vamos —dijo.

Cruzaron la línea brillante, y el mundo hizo “¡plop!” como una burbuja que se rompe sin hacer daño.

Capítulo 2: El puente que une dos “cuándos”

El aire olía distinto, como a tierra mojada y hojas nuevas. Delante de ellos estaba el puente del dibujo: de piedra vieja, con musgo en las grietas, y un río que corría cantando bajito.

Pero lo más raro era el propio puente. La mitad izquierda parecía recién construida: piedras claras, bordes firmes. La mitad derecha estaba más gastada, con grietas y una barandilla torcida, como si hubiera vivido mil lluvias.

En el centro, una línea finísima cruzaba el suelo. No era pintura. Era como una costura de luz.

—Ahí está la frontera —susurró Sara.

En un poste de madera, colgaba un cartel doble. De un lado decía: “HOY”. Del otro: “HACE 30 AÑOS”.

Leo tragó saliva.

—Treinta años es… más que mi vida tres veces.

Inés dio un paso hacia la línea de luz, pero Tomás la detuvo con una mano.

—Regla número uno: no corremos. Observamos.

—Regla número dos —añadió Sara—: no tocamos cosas importantes.

—Regla número tres —dijo Leo—: si vemos a alguien con bigote sospechoso… nos hacemos los turistas.

Tomás no se rió, pero le temblaban las comisuras. La emoción le hacía cosquillas por dentro.

Se acercaron al centro. Desde “HOY”, oían el rumor de una carretera cercana, un coche a lo lejos. Desde “HACE 30 AÑOS”, el silencio era más grande, y se escuchaban pájaros diferentes.

Tomás sacó una tiza de su bolsillo y dibujó una flecha en el suelo del lado de “HOY”.

—Para recordar por dónde volvemos.

En ese momento, algo brilló en el agua. Una moneda, atrapada entre piedras, relucía como si guiñara un ojo.

Leo se agachó.

—¡Miren! ¡Una moneda de la suerte!

—No —dijeron Tomás y Sara a la vez.

Leo se quedó congelado con la mano en el aire.

—¿Qué? Solo un poquito de suerte…

Tomás señaló la línea.

—Cualquier cosa pequeña puede hacer una cadena grande. Una moneda que falta puede cambiar un bolsillo, una compra, una decisión.

Inés miró la moneda y luego a Tomás.

—Entonces… si no tocamos, ¿qué hacemos aquí?

Tomás miró el puente con cariño, como si fuera un libro abierto.

—Aprender. Y ayudar si se puede sin romper nada. La máquina responde a eso.

Como si lo hubiera escuchado, el reloj en la mochila de Tomás hizo un “tic” más fuerte. La costura de luz vibró. Y de repente, del lado de “HACE 30 AÑOS”, apareció una figura: un chico de unos diez años, con el pelo revuelto y una caja de herramientas en las manos.

El chico se acercaba corriendo hacia el puente, mirando atrás como si lo persiguiera el tiempo.

—¡Eh! —susurró Inés—. ¡Es… como tú, Tomás!

Tomás sintió que el corazón le daba un salto. El chico tropezó en la barandilla torcida del lado viejo. La caja se abrió. Tornillos y tuercas rodaron hacia la línea de luz.

Y uno de esos tornillos cruzó… y cayó del lado de “HOY”.

—Oh no —murmuró Sara—. Eso sí que es una cadena.

Tomás se agachó y recogió el tornillo como si fuera una pieza de dominó a punto de caer.

—Tenemos que devolverlo —dijo—. Pero sin que nos vea… y sin cruzar demasiado.

El chico del pasado se arrodilló, buscando desesperado.

—¡No, no, no! ¡Me falta el tornillo del soporte! —se quejó en voz alta.

Leo susurró:

—Vale, confirmo: en el pasado también dramatizamos.

Tomás miró el tornillo en su palma. Era pequeño, pero pesaba como una decisión.

Capítulo 3: Un tornillo y un pequeño paradoja traviesa

Tomás respiró hondo. La línea de luz parecía una cuerda floja.

—Si lo devolvemos, evitamos que cambie su puente… y evitamos que cambie nuestro hoy —dijo.

Inés señaló el lado viejo.

—Pero si cruzas, el chico puede verte. Y si te ve…

—Puede pensar que hay magia —dijo Sara— y hacer algo raro. O seguirnos. O contarle a alguien.

Leo levantó un dedo.

—O pedirnos deberes de matemáticas del futuro.

Tomás negó con la cabeza, pero sonrió.

—No podemos dejar que falte. Haré una cosa: lo deslizo con la tiza.

Tomás se arrodilló, puso el tornillo en el suelo del lado de “HOY” y, con la tiza, lo empujó suave, milímetro a milímetro, hasta la costura. Cuando tocó la línea, el tornillo vibró, como si dudara.

—Vamos… —susurró Tomás.

El tornillo pasó al otro lado con un “tic” casi musical. Rodó por la piedra vieja y se detuvo cerca del chico.

El chico lo vio y soltó un suspiro tan grande que pareció mover una hoja.

—¡Ahí estás! —dijo, y lo metió en el bolsillo con una sonrisa.

Tomás sintió alivio. Pero duró poco.

Porque el chico miró hacia la línea de luz, frunció el ceño y dio un paso hacia el centro del puente.

—¿Qué es esa raya? —preguntó, hablando solo.

—Uy —susurró Leo—. A la gente curiosa hay que ponerle cartelitos de “No tocar”.

El chico se acercó más. La costura de luz le iluminó la cara, y por un segundo pareció verlos, aunque estaban del otro lado. Entrecerró los ojos.

—¿Hay alguien…? —dijo.

Sara agarró la mano de Tomás.

—Si nos ve, se rompe la regla.

Inés miró alrededor, rápida.

—¡Distraigámoslo!

Leo señaló el río.

—¿Con qué? ¿Le lanzamos un pez?

Tomás vio una rama larga en el suelo del lado de “HOY”. La tomó y, sin cruzar, golpeó suavemente una piedra en el río. “Ploc”. El agua salpicó.

El chico del pasado se giró enseguida.

—¿Qué fue eso?

Otro “ploc”, un poco más lejos. El chico siguió el sonido, alejándose del centro del puente.

—Funciona —susurró Inés.

Pero entonces ocurrió lo travieso: el reloj de la máquina, en la mochila de Tomás, empezó a sonar como un despertador con prisa.

—¡Riiiing, riiiiing! —chilló.

Leo se tapó los oídos.

—¡La máquina tiene sentido del drama!

La costura de luz se ensanchó un poco, como si el puente quisiera bostezar. Y algo cambió en el aire: una corriente empujó hacia el centro, suave pero firme.

—¡Nos está llamando! —dijo Sara—. ¡Está abriendo más el puente!

Tomás intentó retroceder, pero el aire lo empujaba como una mano invisible. Inés y Leo se agarraron a él. Los cuatro resbalaron sobre la piedra.

—¡No, no, no! —dijo Tomás—. ¡No es el momento!

La línea de luz los tocó como una ola tibia. Durante un segundo, el mundo fue una mezcla: el río de hoy, el río de antes, y el puente en dos edades a la vez.

Y entonces… cayeron del lado de “HACE 30 AÑOS”.

Se levantaron rápido. El silencio era distinto, más limpio. No se oía la carretera. Se oía el viento.

Leo miró sus zapatillas.

—Confirmo: siguen siendo las mismas. Menos mal.

Inés señaló el camino que salía del puente.

—Tenemos que escondernos. El chico puede volver.

Tomás apretó los dientes. Habían cruzado sin querer. Y eso no era solo una aventura: era una responsabilidad.

Capítulo 4: La barandilla floja y el susto suave

Se metieron detrás de un arbusto grande. Desde allí vieron al chico volver al puente con su caja de herramientas. Tarareaba, feliz por haber encontrado el tornillo. Se arrodilló junto a la barandilla torcida y empezó a arreglarla.

—Está reparando el puente —susurró Sara—. Si no lo hace, quizá en nuestro hoy estaría peor.

Tomás asintió, orgulloso y nervioso a la vez.

El chico apretó el tornillo que habían devuelto. La barandilla dejó de temblar.

—Bien —murmuró el chico—. Así mamá no se enfada.

Leo le susurró a Inés:

“Mamá no se enfada” es el motor secreto del universo.

Inés se aguantó la risa.

En ese momento, una tabla vieja del puente crujió cerca del centro. No era la barandilla; era una pieza suelta. El chico se puso de pie y caminó hacia ella.

—¡No vayas ahí! —susurró Tomás sin poder evitarlo.

Demasiado tarde. La tabla se hundió un poco bajo el pie del chico. No cayó, pero se tambaleó y soltó un “¡uy!” que sonó como un pájaro asustado.

Tomás se levantó de golpe.

—Tengo que ayudarlo.

Sara le agarró la manga.

—Tomás, si te ve…

—Si se cae, se hace daño. Y eso sí que cambia cosas grandes —dijo Tomás, con los ojos fijos en la tabla floja.

Inés pensó rápido.

—Podemos ayudar sin mostrar la cara. Como antes con el tornillo.

Leo buscó alrededor y levantó otra rama, más gruesa.

—Plan “palo salvador”.

Se acercaron por detrás, pegados al arbusto. Tomás, muy despacio, empujó la rama hacia la tabla floja, como si fuera un dedo largo. La colocó justo debajo, haciendo de soporte.

El chico volvió a pisar. Esta vez no se hundió.

—¡Ah! —dijo el chico—. ¡Era eso! ¡Una piedra suelta!

Tomás apretó la rama contra el suelo. Los brazos le temblaron.

—Resiste… —susurró.

El chico se agachó y metió una piedra más firme debajo, arreglando la tabla. Luego dio dos saltitos de prueba.

—¡Perfecto! —exclamó.

Tomás soltó el aire. El susto había sido como una ola: grande, pero ya se había ido.

El chico recogió su caja y se marchó por el camino, feliz.

Cuando ya no se oían sus pasos, Sara dijo:

—Ayudar sin ser visto… es más difícil de lo que parece.

Leo se miró las manos, llenas de tierra.

—Pero queda épico. Y un poco asqueroso.

Inés miró el puente, pensativa.

—Ahora tenemos otro problema: volver. La máquina está en tu mochila, pero… ¿cómo abrimos el “HOY”?

Tomás sacó el reloj. Sus agujas temblaban como si tuvieran frío.

—Necesita una cosa: gratitud. Suena raro, pero… la máquina responde cuando hacemos algo bueno y lo reconocemos. Como si el tiempo se calmara cuando somos agradecidos.

Leo frunció el ceño.

—¿El tiempo necesita mimos?

—No mimos —dijo Sara—. Necesita orden. Y quizá… que recordemos lo que vale lo que tenemos.

Tomás miró el puente arreglado. Pensó en su abuela, en el garaje, en las tardes tranquilas. En sus amigos, que no se habían soltado ni cuando el mundo hizo “plop”.

—Vale —dijo—. Probemos.

Capítulo 5: El regreso al presente y el regalo invisible

Se colocaron en el centro del puente, cerca de la costura de luz, pero sin tocarla. Tomás sostuvo el reloj con las dos manos.

—Cerrad los ojos un segundo —pidió—. Pensemos en algo de hoy… y demos gracias de verdad. Sin prisa.

Cerraron los ojos. El río sonó como una canción suave.

Tomás pensó: “Gracias por mis amigos. Gracias por la abuela y su garaje. Gracias por tener un hoy al que volver.” Sintió el pecho calentito, como cuando te tapan bien en invierno.

Inés pensó en su madre esperándola con merienda, aunque a veces la regañara. Sara pensó en que siempre tenía alguien que la escuchaba. Leo, después de unos segundos, murmuró:

—Gracias por mis zapatillas… que han sobrevivido a treinta años sin quejarse.

Tomás se rió bajito, y esa risa pareció encajar algo en el aire.

El reloj hizo “tic-tac” más claro. La brújula dejó de temblar y apuntó, por primera vez, a un lugar exacto: la palabra “HOY” del cartel.

La costura de luz se encendió, fina y brillante, como una puerta que se abre con cuidado.

—Funciona —susurró Sara.

—Regla final —dijo Tomás—: cruzamos juntos. Sin correr.

Se dieron la mano. Un paso. La luz los rodeó como una bufanda. El puente mezcló sus dos edades por un instante, y luego…

Estaban de vuelta en “HOY”.

El aire tenía el ruido lejano de un coche. Una botella de plástico flotaba río abajo. Y la barandilla del puente, la de su presente, estaba firme y recta, como recién cuidada.

Inés la tocó con un dedo.

—Lo arregló. El chico… lo arregló.

Tomás sintió un nudo en la garganta, pero era un nudo feliz.

—Y nosotros solo devolvimos un tornillo —dijo.

Leo señaló la piedra bajo la tabla, ahora bien colocada también en el presente.

—Y sostuvimos una tabla con un palo. El palo héroe.

Sara miró el agua, donde la moneda seguía brillando, tranquila, en su sitio.

—Y no tocamos lo que no debíamos.

Volvieron al garaje de la abuela cuando el sol empezaba a bajar. La línea brillante se cerró con un “zip” suave, como una cremallera que se guarda.

Tomás dejó la máquina sobre la mesa. La tostadora parecía orgullosa.

La abuela asomó la cabeza por la puerta.

—¿Qué hacen, mis inventores?

Tomás miró a sus amigos. Tenía ganas de contarlo todo, pero también sabía que algunas aventuras viven mejor en un grupo pequeño.

—Nada, abuela —dijo Leo rápido—. Solo… ciencia.

La abuela sonrió como si entendiera más de lo que decía.

—Pues a lavarse las manos. Y a merendar.

Mientras se lavaban, Tomás pensó en el puente, en el chico del pasado y en cómo un tornillo podía ser importante. Miró a sus amigos y dijo:

—Gracias por no soltarme.

Inés le dio un golpecito en el hombro.

—Gracias por construir una máquina que nos trae de vuelta.

Sara añadió:

—Gracias por querer ayudar, incluso cuando da miedo… pero del miedo suave.

Leo se encogió de hombros, fingiendo ser muy serio.

—Gracias por invitarme. El tiempo sin mí sería… menos divertido.

Se rieron. Y Tomás entendió algo que no venía en ningún mapa: viajar en el tiempo era increíble, sí… pero lo mejor era volver al presente y mirarlo como si fuera un regalo recién abierto.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Destornillador
Herramienta con punta que sirve para apretar o aflojar tornillos.
Garaje
Lugar cubierto donde se guardan coches o herramientas de la casa.
Brújula
Objeto que indica la dirección norte y ayuda a orientarse.
Tostadora
Aparato que calienta y dora rebanadas de pan.
Costura de luz
Línea brillante que parece coser dos partes del puente o del tiempo.
Musgo
Planta pequeña y suave que crece en piedras húmedas y sombreadas.
Barandilla
Barrera o pasamanos al lado de un puente o escalera para sujetarse.
Grietas
Pequeñas roturas o hendiduras en una superficie dura.
Paradoja
Situación que parece contradecirse o ser difícil de entender.
Gratitud
Sentimiento de agradecimiento por algo bueno que recibes.
Arbusto
Planta con varias ramas y menos alta que un árbol.
Tarareaba
Cantar en voz baja una melodía sin usar palabras claras.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos de viajes en el tiempo para 9/10 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.