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Cuento de tesoro escondido 11/12 años Lectura 22 min.

El ojo verde: el tesoro que susurra shh

Inés y su primo Nico encuentran un antiguo mapa que los lleva al Ojo Verde, un santuario natural cuya conservación deberán proteger frente a quienes quieren explotarlo.

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Inés, niña de 12 años, tranquila y decidida, trenza castaña apretada, camisa clara, vaqueros y mochila kaki, arrodillada ante una roca cubierta de musgo con la mano sobre una pequeña pieza de madera en una ranura, rostro concentrado y ojos suaves; Nico, niño de unos 10 años, pelo despeinado, improvisa capa con una toalla azul, emocionado pero atento, a la izquierda de Inés agachado con una rama como bastón; Lara, chica de unos 14 años, gorra roja y chaqueta verde, detector metálico en el suelo junto a ella, algo retirada a la derecha observando con curiosidad y respeto; el tío, hombre de unos 40 años con botas y cinturón de herramientas, al fondo junto a un sendero con expresión sorprendida y apaciguada; lugar: pared rocosa cubierta de musgo y pequeñas helechos, tres árboles alineados proyectando sombras, una cavidad circular en la piedra muestra un cuarzo verde que emite un suave resplandor, piedras húmedas y hilos de agua brillando, luces moteadas entre las ramas; situación: Inés cierra con cuidado el mecanismo de la piedra luminosa mientras los demás la miran con respeto en una clara y tranquila atmósfera tras la aventura, paleta de verdes suaves, marrones tierra y toques de luz dorada. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El mapa que olía a lluvia

A Inés le gustaba caminar despacio, como si el mundo tuviera subtítulos. Tenía doce años, una trenza firme y una calma que desesperaba a su primo Nico, que corría incluso cuando estaba sentado.

Aquella tarde, en la casa de su abuela en el pueblo de Valdebruma, Inés buscaba una lupa en un cajón cuando encontró un cuaderno viejo. En la tapa había una hoja dibujada con tinta verde: montes, un río en forma de serpiente y un círculo marcado con una estrella. El papel olía a lluvia guardada.

—¿Qué es eso? —asomó Nico, con la nariz llena de curiosidad.

—Un mapa —dijo Inés, sin gritar, como si no quisiera despertarlo—. Y mira esto.

En el margen había un poema corto:

“Donde el agua canta sin boca

y la piedra guarda su luz,

observa tres sombras quietas,

y el tesoro te dirá: ‘Shh'.”

Nico abrió los ojos como si fueran dos linternas.

—¡Un tesoro! ¡Vamos ya!

Inés pasó el dedo por el dibujo. Había una nota pequeña, casi escondida: “Santuario del Ojo Verde. Proteger.”

—No es para llevárselo —murmuró—. Es para cuidarlo.

—¿Cuidar un tesoro? Eso suena… raro.

—No si el tesoro es natural —respondió ella—. Y si el lugar es sagrado.

La abuela entró con una bandeja de galletas.

—¿Qué tramáis, detectives? —preguntó, fingiendo severidad.

Inés le mostró el mapa. La abuela se quedó quieta, como si escuchara un recuerdo.

—Ese mapa era de tu bisabuelo, el guardabosques. Él decía que el monte tiene un corazón y que no se toca con manos sucias.

Nico se tragó una galleta entera, por si acaso el momento se ponía demasiado serio.

—¿Y qué es el Ojo Verde? —preguntó Inés.

La abuela bajó la voz.

—Un rincón donde el agua brota transparente como cristal… y a veces parece brillar. Hay gente que lo confunde con oro, y por eso es peligroso. Si vais, id con cabeza. Y con ojos.

Inés asintió, como si acabaran de nombrarla capitana de algo importante.

—Mañana al amanecer —decidió—. Observaremos. Y protegeremos.

Nico dio un salto.

—¡Aventuuuura!

La abuela sonrió.

—Y traed una sala ordenada cuando volváis —añadió—. Las aventuras no excusan el caos.

Nico hizo una mueca, como si esa fuera la parte más difícil del plan.

Capítulo 2: Tres sombras quietas

A la mañana siguiente, el monte olía a pino y a tierra húmeda. Inés llevaba una mochila con agua, una libreta, un lápiz, una linterna y una bolsa para recoger basura “por si el bosque necesita ayuda”. Nico llevaba… una brújula de juguete y una capa hecha con una toalla.

—Soy el Gran Explorador de Valdebruma —anunció.

—Perfecto —dijo Inés—. Yo seré la Gran Observadora, que suena menos ridículo.

Caminaron por un sendero estrecho donde las ramas parecían dedos intentando hacer cosquillas. El mapa los llevó hasta una zona de rocas grises. El río se escuchaba cerca, aunque no se veía.

“Donde el agua canta sin boca…” —leyó Nico.

—Eso puede ser una cascada pequeña, o agua bajo piedras —razonó Inés.

Se arrodilló y pegó la oreja al suelo. Sonaba un murmullo, como un secreto.

—Por aquí —dijo.

Siguieron el sonido y llegaron a tres árboles enormes, alineados como guardianes. Sus sombras caían inmóviles sobre un claro.

Inés sacó la libreta.

“Observa tres sombras quietas”. Son esos.

Nico miró al cielo.

—¿Quietas? Si el sol se mueve.

—Pero ahora mismo están quietas —contestó Inés—. Y el poema dice observa, no corre.

Nico suspiró, como si observar fuera una cuesta arriba.

Inés caminó alrededor de los tres árboles. Notó algo raro: en el suelo había piedras colocadas con demasiada intención. No era un montón al azar. Era un círculo incompleto, como una sonrisa sin un diente.

Se agachó y vio, entre las hojas, una piedra plana con una marca: tres líneas paralelas.

—Mira esto —dijo.

Nico se arrodilló a su lado. En la piedra había una ranura.

—¿Una llave? —preguntó, emocionado.

Inés sacó un palito y limpió la ranura. Dentro había una pieza de madera, oscura y lisa, como pulida por el agua. Tenía la misma marca de tres líneas.

—No es una llave de metal. Pero puede encajar en algo.

En ese momento, un ruido de pasos apresurados les heló el entusiasmo.

—¿Quién anda ahí? —susurró Nico, de repente muy valiente y muy nervioso a la vez.

Entre los arbustos apareció una chica un poco mayor, con gorra roja y una mochila enorme. Llevaba en la mano un detector de metales.

—¿Vosotros también buscáis el tesoro? —preguntó, sin saludar.

Nico señaló su capa con orgullo.

—Sí. Bueno, estamos… explorando.

Inés guardó la pieza de madera con calma.

—Estamos protegiendo un sitio sagrado —dijo, mirándola a los ojos.

La chica soltó una risa corta.

—Yo me llamo Lara. Mi tío dice que aquí hay algo que vale mucho. Y si vale mucho, alguien lo encontrará.

Inés notó un cosquilleo de alerta, como cuando el viento cambia.

—Si lo encuentras, ¿qué harás? —preguntó.

Lara se encogió de hombros.

—Venderlo. ¿Qué si no?

Nico tragó saliva. Inés respiró hondo. Tenía que ser valiente sin ser brusca, inteligente sin presumir.

—A veces lo que vale mucho no se vende —dijo—. Se cuida.

Lara levantó una ceja.

—Pues buena suerte cuidando. Yo tengo prisa.

Y se fue, dejando tras ella el sonido del detector, “bip… bip…”, como un corazón impaciente.

Inés apretó la libreta.

—Ahora sí que tenemos que darnos prisa —murmuró—. Pero con ojos.

Capítulo 3: El acertijo de la piedra que guarda luz

El mapa señalaba un punto más arriba, cerca de unas rocas con forma de escalones. Subieron con cuidado. El suelo estaba resbaladizo y Nico, por primera vez, no corrió.

—Resiliencia —dijo Inés, más para sí misma—: seguir aunque el camino se ponga difícil.

—¿Eso cuenta si me estoy quejando por dentro? —preguntó Nico.

—Cuenta doble.

Llegaron a una pared de roca donde el musgo formaba manchas verdes como islas. En el centro había una hendidura circular.

“La piedra guarda su luz” —leyó Nico.

Inés sacó la pieza de madera. Encajaba en la hendidura como si hubiera estado esperando siglos.

—¿La giras? —preguntó Nico.

Inés se quedó quieta.

—Primero observo.

Miró alrededor: pequeñas marcas en la roca, como flechas gastadas. Había tres, apuntando a distintos puntos: una a la izquierda, otra al suelo, otra hacia arriba, donde una grieta dejaba entrar un hilo de sol.

—Tres líneas… tres direcciones —dedujo.

Colocó la pieza, la giró un poco hacia la izquierda. Nada. La giró hacia el suelo. Nada. La giró hacia arriba… y la roca emitió un clic suave, como el cierre de una caja.

Se abrió una rendija y, dentro, apareció una piedra transparente, del tamaño de una canica grande. No era diamante ni nada de película: era cuarzo, pero parecía contener una luciérnaga dormida.

Nico se quedó con la boca abierta.

—Eso… brilla.

Inés acercó la mano, pero no la tocó.

—Es el “tesoro” que confunden con oro —susurró—. Y si alguien se lo lleva, el lugar pierde parte de su magia… o de su equilibrio. Como quitar una pieza a un puente.

Detrás de ellos sonó el “bip bip” del detector, cada vez más cerca.

—Lara —dijo Nico, pálido.

Inés pensó rápido. No podían cerrar el mecanismo sin más; la rendija estaba abierta y el cuarzo visible. Necesitaban una idea que protegiera el tesoro sin pelear.

—Nico, ¿ves ese musgo? —preguntó—. Y esas piedras sueltas…

—¿Vas a… decorar? —Nico parecía ofendido por la posibilidad de hacer manualidades en plena aventura.

—Voy a camuflar —corrigió ella.

Con manos cuidadosas, Inés colocó musgo sobre la rendija, sin apretar el cuarzo. Encajó piedras pequeñas alrededor, como si siempre hubieran estado ahí. El brillo se volvió apenas un suspiro verde.

Lara apareció entre los árboles, jadeando.

—¡Ajá! —dijo—. Os seguí. Eso era.

Nico se puso delante sin darse cuenta, como una puerta.

—Aquí no hay nada —mintió con valentía torpe.

Lara sacudió el detector.

—Mi “bip” dice que sí.

Inés dio un paso al lado.

—Hay un santuario —dijo, sincera—. No es un lugar para arrancar cosas. Si te llevas algo, lo estropeas. Y además… —miró el musgo— no sabes qué estás tocando.

Lara dudó. Por un momento, su expresión dejó de ser de prisa y se volvió de pregunta.

—¿Qué hay, entonces? —susurró.

Inés no quería enseñar el cuarzo, pero tampoco quería convertir a Lara en enemiga. A veces, la mejor protección era sumar una aliada.

—Hay un tesoro que no se guarda en bolsillos —dijo—. Se guarda aquí. Si quieres, te lo mostramos de lejos. Pero prometes respetarlo.

Nico abrió los ojos, como diciendo: “¿De verdad vas a confiar?”

Lara miró el detector, luego la roca, luego a Inés.

—Mi tío se enfadará —murmuró.

—Que se enfade con el monte —respondió Inés—. A ver quién gana.

Nico soltó una risa nerviosa.

Lara también sonrió, sin querer.

—Vale —cedió—. De lejos.

Inés levantó un poco el musgo, lo justo para que Lara viera el brillo tenue.

—Guau… —dijo Lara, casi sin voz—. Parece un ojo.

—Por eso se llama el Ojo Verde —explicó Inés—. Y un ojo… observa. Como nosotros.

Lara bajó el detector, como si de pronto le pesara.

—No sabía —admitió—. Solo pensé “tesoro igual dinero”.

—Es normal —dijo Inés—. Pero ahora ya lo viste.

Un crujido fuerte rompió el momento. No era una rama cualquiera: sonaba a algo grande.

Los tres se giraron.

Capítulo 4: La grieta que se tragó el camino

Un jabalí salió de entre los matorrales, resoplando como una locomotora enfadada. No parecía querer atacar, pero su forma de mirar decía: “Este es mi barrio”.

—No te muevas —susurró Inés.

Nico, por supuesto, se movió un centímetro… y pisó una piedra suelta. La piedra rodó, el sonido retumbó, y el jabalí dio un salto hacia adelante, asustado… y asustando.

—¡Corre! —gritó Lara.

Inés no quería correr sin pensar, pero el monte a veces decide por ti. Salieron hacia el claro, esquivando raíces. El jabalí se alejó en otra dirección, pero el susto les dejó el corazón haciendo percusión.

—¿Estamos vivos? —preguntó Nico, tocándose los brazos como si buscara agujeros.

—Sí —dijo Lara, respirando hondo—. Y mi detector casi se desmaya.

Rieron los tres, esa risa que sale cuando el miedo ya no manda.

Siguieron el mapa hacia un pequeño barranco donde el río se estrechaba. El camino estaba marcado con piedras como migas. Inés notó algo que no encajaba: había barro fresco y huellas grandes, como de botas.

—Alguien más subió hoy —dijo, seria.

—Mi tío —admitió Lara, apretando los labios—. Dijo que venía después.

Nico frunció el ceño.

—¿Y si él no es tan… respetuoso?

Inés miró el río. El agua corría rápida, golpeando las rocas con fuerza. De pronto, el suelo vibró con un ruido seco: una parte del sendero, debilitada por la humedad, se desprendió. Una grieta se abrió como una boca y se llevó un trozo de camino cuesta abajo.

—¡El paso! —exclamó Nico—. ¡Se cayó!

Inés se asomó con cuidado. El barranco era más profundo de lo que parecía. Volver por ahí sería peligroso.

—Tenemos que rodear —decidió—. Y cerrar el santuario antes de que alguien lo encuentre.

Lara miró atrás, nerviosa.

—Mi tío podría estar cerca… y ahora este derrumbe lo va a enfadar más.

—Entonces hay que ser más listos —dijo Inés—. La observación no solo sirve para ver pistas bonitas. Sirve para ver riesgos.

Caminaron bordeando el río. Encontraron un tronco caído que hacía de puente natural. Inés probó con el pie, midió la estabilidad, buscó el punto más ancho.

—Uno por uno —ordenó.

Nico cruzó con los brazos abiertos, como si fuera un equilibrista con capa. Lara lo siguió, menos teatral. Inés pasó última, controlando cada paso, sintiendo la madera húmeda bajo la suela.

Al otro lado, encontraron algo que les heló la risa: una cinta naranja atada a una rama, como las que se usan para marcar rutas… pero esa cinta tenía un nudo reciente.

—Eso no estaba en el mapa —susurró Inés.

Lara tragó saliva.

—Es la señal de mi tío. Marca donde encontró “algo”.

Inés apretó los dientes. No podían enfrentarse a un adulto a lo loco, pero tampoco podían quedarse quietos.

—Volvemos al Ojo Verde —dijo—. Y lo sellamos.

—¿Se puede? —preguntó Nico.

Inés miró la pieza de madera en su bolsillo.

—Si se abrió, se puede cerrar. Solo necesitamos tiempo… y no entrar en pánico.

Nico levantó una mano.

—Yo no prometo lo del pánico, pero puedo intentarlo con entusiasmo.

Capítulo 5: El juramento del Ojo Verde

Regresaron a la roca con el mecanismo. Inés retiró con cuidado el camuflaje. El cuarzo seguía ahí, brillando como una gota de bosque.

—Bien —dijo, intentando que su voz sonara firme—. Vamos a cerrar.

En ese momento, una voz grave se escuchó entre los árboles:

—¡Lara! ¿Dónde estás?

Los tres se congelaron.

Lara palideció.

—Es mi tío.

Un hombre apareció con botas altas y una mochila de herramientas. Tenía cara de cansancio y prisa, como si la paciencia le quedara lejos. Al ver a Inés y Nico, frunció el ceño.

—¿Y vosotros quiénes sois? —preguntó, con tono de “esto no me gusta”.

Inés dio un paso adelante, sin temblar.

—Me llamo Inés. Este es Nico. Y este lugar es un santuario. No se toca.

El hombre soltó una risa corta, poco amable.

—¿Un santuario? Es un monte. Aquí hay minerales. Eso se extrae. Se vende. Se aprovecha.

Nico susurró:

—También se respeta…

El hombre lo ignoró y miró el detector de Lara.

—¿Encontraste algo?

Lara dudó. Miró el brillo del cuarzo y luego a Inés.

—Encontré… algo bonito —dijo—. Pero no es para llevárselo.

—¿Cómo que no? —El tío avanzó hacia la roca.

Inés alzó la mano.

—Espere. Mire bien —dijo—. Observe.

—No estoy para juegos —gruñó.

Inés señaló alrededor: las piedras colocadas, las marcas antiguas, el musgo en forma de círculo, el agua que se filtraba por una grieta y alimentaba un hilo que bajaba hacia el río.

—Si saca esa piedra, rompe el sistema —explicó—. El agua dejará de pasar igual. El musgo se secará. El suelo, ya inestable, se debilitará más. ¿Vio el derrumbe del camino?

El hombre parpadeó, sorprendido por la palabra “derrumbe”.

—Fue por la lluvia —murmuró.

—Y por la raíz de todo —insistió Inés—. Este lugar está equilibrado. No es un cofre. Es un corazón.

Lara, con voz temblorosa, añadió:

—Tío, lo vi. Es como un ojo. Me dio… no sé… ganas de callarme.

Nico aprovechó:

—¡Sí! El tesoro dijo “Shh” en el poema. Los tesoros naturales no gritan “¡cómprame!”, gritan “¡cuídame!”

El hombre los miró como si fueran tres mosquitos con ideas. Pero luego su vista cayó en el borde del barranco, donde el sendero roto se veía a lo lejos.

Inés notó una pequeña grieta nueva cerca de la roca. Era fina, pero real.

—Si fuerza aquí —dijo, señalando—, puede desprenderse.

El hombre se detuvo. Por primera vez, observó de verdad: la grieta, el musgo, el agua, la tierra húmeda.

—Mi padre… —murmuró, casi para sí— decía algo de este sitio. Que estaba “bendecido”. Yo me reí.

Hubo silencio. El cuarzo brilló suave, como esperando.

Lara dio un paso y se puso al lado de Inés.

—No quiero que lo rompamos —dijo—. No por miedo. Porque está… vivo, de otra manera.

El hombre suspiró. Pareció pelear consigo mismo, como si el dinero y el recuerdo tiraran de sus mangas.

—Está bien —dijo al fin—. No lo sacaré.

Nico soltó el aire como si hubiera estado guardándolo desde el jabalí.

Inés no bajó la guardia.

—Pero hay que dejarlo seguro —dijo—. Y que nadie lo encuentre por accidente.

El hombre asintió, un poco avergonzado.

—¿Qué propones?

Inés sacó la pieza de madera.

—Cerrar el mecanismo. Camuflarlo. Y poner una señal… no llamativa, sino discreta. Algo que diga “respeta” sin decir “aquí hay un tesoro”.

El hombre se rascó la nuca.

—Puedo mover unas piedras para que parezca natural. Y quitaré mis marcas de cinta.

Lara sonrió, como si le hubieran devuelto algo.

Inés giró la pieza siguiendo las tres direcciones al revés. Se oyó el clic de cierre. La rendija desapareció. El Ojo Verde quedó oculto tras su propia roca.

Antes de cubrirlo del todo, Inés apoyó la palma en la piedra.

—Lo prometo —susurró—. Observaremos. Y protegeremos.

Nico imitó el gesto.

—Y no gritaremos en la biblioteca del bosque.

Lara hizo lo mismo, con una risa pequeña.

—Shh.

Capítulo 6: La sala ordenada

Bajaron del monte por un camino más largo, pero seguro. El tío de Lara iba delante, retirando discretamente las cintas naranjas y recogiendo cualquier resto que hubiera dejado. Nico, orgulloso, encontró una lata vieja y la guardó en la bolsa de Inés.

—El tesoro también es que no haya basura —declaró.

—Eso suena muy de abuela —se burló Lara.

—Las abuelas son sabias —respondió Nico, ajustándose la capa—. Y la mía hace croquetas.

Al llegar a casa, la abuela los esperaba en la puerta, con cejas de “a ver qué rompisteis”. Inés le contó lo justo: el mapa, el santuario, el juramento. No mencionó el jabalí hasta después, porque quería vivir un minuto sin sermones.

La abuela escuchó, y al final asintió lentamente.

—Bien —dijo—. El monte sigue teniendo su corazón.

El tío de Lara, que había acompañado a su sobrina hasta allí, se aclaró la garganta.

—Gracias —dijo, incómodo—. Inés me hizo… pensar.

La abuela lo miró como si lo pesara con una balanza invisible.

—Pensar es un buen comienzo —sentenció—. Y ahora, a casa. Todos.

Ya dentro, Nico dejó la mochila en medio del salón como si fuera un animal muerto.

—¡Estoy agotado! —anunció.

La abuela señaló el desorden con un dedo afilado.

—Una promesa es una promesa. Quiero una sala ordenada.

Nico miró a Inés, buscando salvación. Inés le devolvió una mirada tranquila, de capitana.

—Diez minutos —dijo—. Observa: si cada cosa vuelve a su sitio, luego encuentras todo más rápido. Es como un mapa.

Lara, que se había quedado un rato, se arremangó.

—Yo ayudo. Pero sin capa, por favor.

—Mi capa es parte de mi identidad —protestó Nico, aunque empezó a recoger.

Ordenaron entre risas: los zapatos alineados, los vasos a la cocina, las migas a la basura. Inés dobló una manta con precisión. Nico intentó doblar otra y terminó haciendo una especie de burrito triste.

—Eso es… moderno —dijo Lara, conteniendo la risa.

Cuando terminaron, el salón quedó limpio y tranquilo, como si también hubiera hecho “shh”. La abuela entró, miró alrededor y sonrió.

—Así se termina una aventura —dijo—. Con valor, con cabeza… y con orden.

Inés se sentó en el sofá y sacó su libreta. Escribió: “El tesoro no siempre se encuentra. A veces se protege. Y para proteger, primero hay que observar.”

Nico se dejó caer a su lado.

—¿Volveremos al Ojo Verde? —preguntó, ya medio dormido.

Inés miró por la ventana, hacia el monte que parecía un gigante acostado.

—No hace falta ir siempre —respondió—. Si lo cuidamos desde aquí, también cuenta.

Lara asintió, jugueteando con su gorra roja.

—Y si mi tío vuelve a tener prisa… le diré que observe.

La abuela apagó una lámpara.

—Shh —dijo, divertida—. El tesoro está descansando.

Y en el silencio, a Inés le pareció escuchar, muy lejos, el agua cantando sin boca.

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Subtítulos
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Guardabosques
Persona que cuida y protege un bosque y sus animales.
Santuario
Lugar protegido y respetado por su valor natural o espiritual.
Sagrado
Algo muy respetado que no se debe dañar o usar sin permiso.
Rendija
Abertura estrecha y alargada entre dos partes sólidas.
Musgo
Planta pequeña y suave que crece sobre piedras y troncos húmedos.
Camuflar
Esconder algo mezclándolo con el entorno para que no se vea.
Grieta
Raja o abertura en una roca, pared o suelo.
Resiliencia
Capacidad de seguir adelante y recuperarse tras una dificultad.
Hendidura
Corte o surco en una superficie, más profundo que una rayita.
Detector de metales
Aparato que busca objetos metálicos bajo tierra o entre hojas.
Cuarzo
Mineral duro y transparente que puede brillar como una piedra preciosa.
Equilibrio
Estado de estabilidad donde las partes están en armonía y no caen.

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