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Cuento de tesoro escondido 11/12 años Lectura 25 min.

El hilo rojo y el tesoro que guía

Dos amigos siguen un hilo rojo a través del pueblo, resolviendo acertijos y encontrando pistas que los llevan a descubrir secretos y enseñanzas de la abuela Nora.

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Hay dos personajes: Mateo, 12 años, pelo castaño despeinado, ojos curiosos, chaqueta azul marino y vaqueros, sentado a la izquierda del viejo muelle; y Luna, 12 años, pelo negro en coleta, sonrisa traviesa, sudadera roja y zapatillas gastadas, a la derecha inclinada sobre una caja. En un antiguo muelle de madera con tablas saladas y algas, al fondo un faro blanco algo desconchado sobre el mar azul verdoso y gaviotas en el cielo, los niños descubren una pequeña caja de madera decorada con una mariquita pintada que contiene una brújula antigua, un pequeño cuaderno y un hilo rojo; luz cálida de amanecer en sus rostros, asombro, aventura tranquila y amistad cómplice. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El hilo rojo en la caja de galletas

En el desván de la abuela Nora olía a madera vieja, a manzanilla y a secretos. Mateo, de doce años recién cumplidos, apartó una manta polvorienta y estornudó tan fuerte que una araña se asustó y se escondió como si también tuviera vergüenza.

—Si encuentras un fantasma, preséntamelo —bromeó Luna, su mejor amiga, casi de doce, con una linterna en la mano y una sonrisa que parecía conocer el camino.

Mateo se encogió de hombros. No venían buscando fantasmas. Venían buscando algo mejor: una historia de la abuela, de esas que empezaban con “hace mucho” y terminaban con “y no se lo digas a nadie”.

En una esquina, bajo una caja de botones y un álbum de fotos con tapas verdes, Mateo encontró una lata de galletas abollada. Al abrirla, no sonó el crujido dulce de las galletas, sino un tintineo extraño. Dentro había tres cosas: una llave oxidada, un trocito de mapa y… un hilo rojo enrollado, como un caracol de lana.

Luna arqueó una ceja.

—¿Un hilo? ¿Tu abuela guarda tesoros o hace punto?

Mateo sacó el hilo con cuidado. No era lana suave, sino algo más fuerte, como cuerda fina. En el mapa, dibujada con tinta casi desvanecida, aparecía la plaza del pueblo y, junto a una fuente, una frase:

“Si sigues el rojo, el rojo te seguirá.”

Mateo tragó saliva, emocionado.

—Es un acertijo.

—O una broma muy elaborada —dijo Luna—. Pero me encantan las bromas elaboradas.

Mateo miró la llave. Pesaba más de lo que parecía, como si guardara en el metal todas las veces que alguien la había escondido.

—Mi abuela siempre decía que las cosas importantes no gritan, susurran —murmuró.

Luna acercó la linterna al mapa. En una esquina había un símbolo: una mariquita.

—Observa —susurró ella—. ¿Ves? Una mariquita. La abuela Nora colecciona cosas con mariquitas. En la cocina tiene un imán, un mantel… y esa taza que no me deja tocar.

Mateo sonrió. La pista ya estaba hablando.

—Entonces no es una broma.

—Entonces es una aventura —corrigió Luna, guardando el mapa en su bolsillo—. Y las aventuras no esperan.

Bajaron del desván con la lata, la llave y el hilo rojo. En el último escalón, Mateo se detuvo.

—¿Y si el “tesoro” es… una carta de amor antigua o algo así?

Luna se rió.

—Los tesoros pueden ser muchas cosas. Pero si hay un mapa, una llave y un hilo rojo… yo apuesto por algo brillante.

Mateo miró el hilo. Tan simple, tan rojo. Como si fuera un camino en miniatura.

—Vale —dijo, sintiendo un cosquilleo de miedo y alegría—. Sigamos el rojo.

Capítulo 2: La fuente que no se calla

La plaza del pueblo estaba llena de sonidos: bicicletas, perros, una señora regañando a una paloma por existir. En el centro, la fuente cantaba con su chorro de agua. El sol hacía destellos y parecía que el agua guardaba pequeñas monedas de luz.

Mateo y Luna se acercaron como si fueran detectives, aunque por dentro se sentían como dos niños haciendo algo un poquito prohibido, que era lo más divertido.

Mateo desenrolló el hilo rojo. No era infinito, pero sí largo. Lo sostuvo como quien sostiene una pista viva.

—¿Y ahora qué? —preguntó, mirando alrededor.

Luna señaló el mapa.

“Junto a una fuente”. Estamos. Ahora toca… observar.

Mateo se agachó. Miró las piedras alrededor, las grietas, el borde húmedo donde crecían manchas verdes. Luna, en cambio, miró arriba, como si el cielo también tuviera letras.

—A veces las pistas están donde nadie mira porque todos miran lo mismo —dijo ella.

Mateo rodó los ojos.

—Hablas como un libro.

—Y tú como un calcetín perdido —replicó Luna—. Mira, ahí.

En el lateral de la fuente, casi escondida por un cartel de “Prohibido bañarse”, había una mariquita pintada. Pequeñísima. Tan discreta que solo alguien con paciencia la vería. Debajo, una ranura.

—¿La llave? —susurró Mateo.

Luna se inclinó.

—Antes, observa: la ranura tiene polvo limpio. Como si alguien la usara.

Mateo metió la llave. Giró con un click seco que sonó como un “por fin”. Se abrió una tapa oculta, del tamaño de una caja de zapatos. Dentro, una nota doblada y una madeja de hilo rojo más. Mateo se quedó quieto, el corazón golpeándole la garganta.

Luna tomó la nota y la leyó en voz alta:

“No corras. El tesoro no se escapa, pero tú sí puedes perderlo. Sigue el hilo rojo hasta donde el viento huele a pan. Allí, busca lo que brilla sin ser oro.”

Mateo frunció el ceño.

—¿Viento que huele a pan? Eso es… la panadería de Don Celso.

Luna sonrió con un aire de “lo sabía”.

—Vamos. Y esta vez sin correr.

Mateo guardó la nota. Un señor pasó con su perro y los miró con sospecha. Luna, rápida, fingió mirar el agua.

—Qué fuente tan… húmeda —dijo ella, exagerando.

Mateo tragó una risa. Cuando el señor se fue, Luna le dio un empujón suave.

—Courage, capitán calcetín.

—No soy capitán de nada.

—Pues ahora sí. De la misión “No nos pillen”.

Siguieron el hilo rojo como si fuera una guía invisible. Mateo lo ató a su muñeca para no soltarlo. Luna decía que parecía un lazo de regalo.

—Quizá el tesoro es para ti —bromeó—. Te queda bien el rojo.

—Si me convierte en semáforo, te culpo.

El olor a pan tostado los llamó desde la esquina, como una mano caliente.

Capítulo 3: El brillo que no era oro

La panadería de Don Celso tenía el mejor olor del universo. A mantequilla, a canela, a cosas que te hacen olvidar los problemas. Al entrar, una campanilla sonó y Don Celso levantó la vista.

—¡Mateo! ¡Luna! ¿Venís a por croissants o a por travesuras?

Luna sonrió, inocente como una gata.

—A por… observación —dijo, y Mateo casi se atraganta de la risa sin comer nada.

Mateo miró el suelo. El hilo rojo los llevaba directo a un viejo armario de madera al fondo, cerca de sacos de harina.

—No podemos ir ahí sin pedir permiso —murmuró.

Luna asintió. Su humor era travieso, pero su cabeza funcionaba.

—Don Celso, mi abuela dice que usted tiene el mejor armario del mundo para guardar… harina. ¿Podemos verlo? Es para un trabajo del cole. De… historia del pan.

Don Celso soltó una carcajada.

—Historia del pan, dice. Sois dos terremotos con uniforme invisible. Pero si no tocáis nada frágil, mirad.

Se acercaron al armario. Era antiguo, con un espejo en una puerta. El espejo estaba opaco, con manchas como nubes. El hilo rojo tembló en la mano de Mateo cuando se aproximaron.

“Busca lo que brilla sin ser oro” —susurró Luna.

Mateo apuntó con la linterna al espejo. En una esquina, cuando la luz le dio de lado, aparecieron líneas finísimas, casi invisibles. Rasguños. No, no rasguños: letras.

Luna inhaló.

—¡Está grabado!

Mateo se acercó tanto que casi pegó la nariz. Leyó despacio:

“El brillo es la verdad. Si quieres avanzar, mira donde todos se peinan.”

Luna soltó una risita.

—¿Un espejo… donde todos se peinan? El espejo del… barbero.

Mateo pensó en la barbería de la esquina, donde el señor Tomás contaba chistes malos y cortaba el pelo como si estuviera tallando una estatua.

—Pero… ¿cómo se supone que…?

Don Celso, curioso, se asomó.

—¿Qué miráis con tanta cara de misterio?

Luna, rápida, señaló la mancha del espejo.

—Tiene… una mariquita. ¿La ve? Es muy pequeña.

Don Celso se rascó la barba, divertido.

—Ah, esas mariquitas… Hace años, alguien se dedicó a pintarlas por el pueblo. Yo las dejé, me daban suerte.

Mateo y Luna se miraron. Alguien. La abuela Nora, seguramente. O alguien que jugaba a esconder caminos.

Mateo dijo, con una seriedad que le salió sin esfuerzo:

—Gracias, Don Celso. Nos ha ayudado mucho.

—Llevad un bollo —dijo Don Celso, y les guiñó un ojo—. Ninguna aventura se hace con el estómago vacío.

Salieron con un bollo envuelto en papel. En la calle, el viento movió el papel y Luna lo sujetó.

—Esto es el tesoro de hoy —dijo, dando un bocado—. Dulce y calentito.

Mateo sonrió, pero sentía la presión de la siguiente pista como un tambor.

—La barbería.

—Y “mirar donde todos se peinan” —repitió Luna—. Me encanta que el mapa nos obligue a mirar cosas normales con ojos nuevos.

Mateo ató el hilo rojo de nuevo y caminaron hacia el olor a colonia y espuma de afeitar.

Capítulo 4: Pelos, pistas y un susto con escoba

La barbería de Tomás era un lugar que siempre parecía estar a punto de contar un secreto. El espejo grande ocupaba toda una pared, y las sillas brillaban como si fueran tronos para cabezas.

Al entrar, Tomás estaba barriendo pelos. Al verlos, levantó las cejas.

—Uy, los exploradores. ¿Venís a por un corte o a por preguntas?

Mateo se tocó el pelo, algo despeinado.

—A por… mirar —dijo, y Luna le dio un codazo.

—Es para un juego —explicó Luna—. Una búsqueda del tesoro. Necesitamos observar el espejo.

Tomás se rió, y el bigote le tembló.

—Pues observad, pero no me desordenéis las toallas que luego parecen serpientes.

Mateo se acercó al espejo. El hilo rojo parecía apuntar al borde inferior, donde el espejo tocaba un cajón largo. Luna encendió la linterna y la pasó despacio.

—No busques con prisa —susurró—. Busca como si fueras una tortuga detective.

—Las tortugas no son detectives —murmuró Mateo.

—Porque nadie las contrata. Son muy lentas.

Mateo soltó una risita y siguió mirando. En el borde del espejo, una línea fina. Luna pasó el dedo con cuidado y notó una pequeña hendidura.

—Aquí hay algo —dijo.

Mateo presionó. El borde se movió: era una tapita. Dentro, un tubo de metal pequeño y una nota enrollada, tan apretada que parecía un gusano.

—¡Mateo! —exclamó Luna, emocionada—. ¡Sácala!

Mateo intentó, pero el tubo estaba atascado. Tomás se acercó.

—¿Qué hacéis, eh? —preguntó, fingiendo ser un policía—. ¡Manos arriba!

Mateo se sobresaltó tanto que casi se le cae el tubo. Luna se llevó la mano al pecho.

—¡Señor Tomás! —protestó—. Casi me roba el alma.

Tomás se rió con ganas.

—Perdonad. Es que me aburro si todo es normal.

Mateo tragó aire y usó el borde de una moneda para hacer palanca con cuidado. El tubo salió. Luna desenrolló la nota:

“Bien. El que observa, avanza. Ahora sigue el rojo hasta donde cantan las hojas. Busca la escalera que no lleva a ningún sitio.”

Mateo frunció el ceño.

—¿Hojas que cantan? Eso suena al parque, cuando el viento…

—Y “la escalera que no lleva a ningún sitio” —añadió Luna—. En el parque hay una estructura vieja, como un mirador roto. Mi padre dice que antes era un escenario.

Tomás se inclinó, curioso.

—¿Y el tesoro qué es? ¿Una montaña de peines mágicos?

Luna se encogió de hombros.

—Aún no lo sabemos. Pero ya tenemos un bollo y un susto, así que vamos bien.

Tomás les dio una escoba en la mano a Mateo.

—Para el camino. Si os sale un monstruo de polvo, le dais.

Mateo sonrió, aceptando la escoba como si fuera una espada.

—Gracias, señor Tomás.

Salieron corriendo hacia el parque. El hilo rojo se desenrollaba con un suave tirón, como si estuviera contento de que lo siguieran. El miedo de Mateo, que antes era una piedrita en el estómago, se convirtió en energía.

—¿Te das cuenta? —dijo—. Esto lo planeó alguien que conocía el pueblo al detalle.

Luna miró el hilo como si fuera un animalito.

—Y que sabía que mirar bien es una forma de valentía.

Capítulo 5: La escalera que no llevaba a ningún sitio

En el parque, los árboles se movían como si hablaran en un idioma de hojas. El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién cortada. Un grupo de niños pequeños jugaba a perseguirse, y sus gritos eran como flechas de risa.

Mateo y Luna caminaron hasta el rincón menos transitado. Allí estaba la estructura vieja: una plataforma de madera con una escalera que subía… a nada. Arriba no había tobogán ni caseta. Solo un borde y el cielo.

—Es la escalera más inútil del mundo —dijo Mateo.

—O la más sospechosa —corrigió Luna.

El hilo rojo los guiaba hasta un poste junto a la escalera. En el poste había marcas de uñas, pegatinas viejas y, casi borrada, otra mariquita.

Mateo puso la mano en la madera. Estaba rugosa, como una lija suave.

—¿Qué buscamos? —preguntó.

Luna leyó la nota de nuevo.

“Sigue el rojo… busca la escalera…”. Quizá hay algo debajo.

Mateo se agachó, pero solo vio tierra y una lata aplastada. Luna, en cambio, se quedó mirando los peldaños.

—Observa el patrón —dijo—. Este peldaño está más gastado que los otros… y no es el primero.

Mateo subió un par de peldaños. El tercero tenía una pequeña grieta. Metió la uña y notó que algo se movía.

—¡Es una tapa!

Con cuidado, levantó una tablita escondida. Debajo había una bolsita impermeable y, dentro, un pedazo de tela roja, más ancho que el hilo, como una cinta. Y una nota.

Luna la abrió con manos temblorosas de emoción:

“Si has llegado aquí, ya sabes escuchar lo pequeño. Ahora el rojo te llevará al borde del agua quieta. Cuando veas dos piedras que parecen ojos, cuenta siete pasos y mira hacia abajo.”

Mateo miró hacia el lago del parque, un estanque pequeño donde a veces nadaban patos con cara de estar siempre enfadados.

—Agua quieta. Es el estanque.

Luna guardó la cinta roja y se la anudó a la mochila.

—Me siento como en una película —dijo—, pero sin explosiones. Mejor. Las explosiones despeinan.

Caminaron hacia el estanque. El hilo rojo se extendía como un camino de migas, excepto que nadie se lo comía. Por el borde del agua, encontraron dos piedras grandes y redondas, juntas, como ojos que miraban el reflejo del cielo.

—Aquí —dijo Mateo, señalándolas.

—Cuenta siete pasos —ordenó Luna, seria como una juez.

Mateo contó en voz baja y se detuvo.

—Siete.

Luna miró hacia abajo. Entre las hierbas, había una rejilla metálica de drenaje. Mateo se arrodilló y pasó los dedos por los bordes. Notó un enganche.

—Necesitamos… fuerza —dijo.

Luna miró alrededor y vio un palo grueso caído.

—Inteligencia: palanca —dijo, orgullosa.

Usaron el palo para levantar la rejilla, poco a poco, cuidando de no hacer ruido. Cuando se abrió lo suficiente, Mateo metió la mano y sacó un pequeño frasco de cristal con tapa. Dentro, enrollado, había… un hilo rojo aún más fino, y una tarjeta.

Mateo sostuvo el frasco como si fuera un corazón de cristal.

—Estamos cerca —murmuró.

Luna leyó la tarjeta:

“No todo tesoro brilla. A veces, guía. Sigue el hilo rojo hasta la biblioteca. Busca el libro que nadie saca porque cree que está dormido. Página 27. Mira el margen.”

Mateo soltó una risa nerviosa.

—La biblioteca… La abuela Nora me llevaba allí cuando llovía.

Luna se puso de puntillas, mirando el camino.

—Entonces vamos. Antes de que el libro se despierte y se vaya caminando.

Capítulo 6: El libro dormido y la última pista

La biblioteca del pueblo era fresca y silenciosa, como si guardara el aliento para no molestar a las historias. La bibliotecaria, la señora Elvira, llevaba gafas con una cadena y miraba por encima de ellas como si pudiera ver tus pensamientos.

Mateo y Luna entraron despacio, con respeto. El hilo rojo iba recogido, pero Mateo sentía que, de algún modo, seguía tirando de él.

—Shhh —susurró Luna, exagerando, y Mateo le apretó el brazo para que no se riera.

La señora Elvira alzó un dedo.

—Aquí las palabras hablan bajito —dijo, aunque no sonaba enfadada, solo solemne.

Mateo se acercó al mostrador.

—Buscamos un libro… que nadie saca porque cree que está dormido —dijo, y se dio cuenta de lo raro que sonaba.

La señora Elvira entrecerró los ojos.

—Eso suena a “Atlas de caminos antiguos”. Está en la estantería del fondo. Y no está dormido; solo es tímido.

Luna abrió mucho los ojos.

—¡Usted lo sabe!

La señora Elvira sonrió apenas.

—En este lugar, los libros se chivan. Pero recordad: observar no es lo mismo que tocar sin permiso.

Mateo asintió, serio. Esa frase se le quedó pegada.

Encontraron el atlas: enorme, con cubierta gris y polvo fino. Mateo lo sacó con cuidado. La tapa crujió como una puerta.

En la mesa, abrieron la página 27. Había dibujos de senderos, puentes y una montaña. Luna pasó el dedo por el margen y encontró un texto escrito a lápiz, muy pequeño:

“Cuando el rojo termina, empieza el verdadero mapa. Ve al faro del viejo muelle. Lleva la llave. Mira la última piedra del camino, la que tiene una cicatriz.”

Mateo sintió un escalofrío.

—El faro… pero el faro está fuera del pueblo, en la costa. Es como… a una hora andando.

Luna sonrió, y en su sonrisa había cansancio y ganas.

—Aventura de verdad, entonces.

Mateo guardó la nota. Antes de irse, miró a la señora Elvira.

—Gracias —dijo.

Ella inclinó la cabeza.

—Solo recordad: las pistas se esconden donde hay ojos atentos, no donde hay pies rápidos.

Luna le susurró a Mateo mientras salían:

—Me cae bien. Da miedo, pero del tipo que ordena el universo.

Caminaron hacia la costa. El cielo se volvió más amplio. El aire empezó a oler a sal, y el sonido de las gaviotas les dio la bienvenida con gritos exagerados, como si fueran fans ruidosos.

Mateo, aunque tenía las piernas cansadas, no quería detenerse. El hilo rojo ya era una historia enrollada en su bolsillo, y él quería llegar al final.

—¿Te imaginas que el tesoro sea una caja de oro? —preguntó, solo por jugar.

Luna se encogió de hombros.

—Si es oro, bien. Si es otra cosa… también. Pero quiero ver el final del camino de pistas. Eso ya es un premio.

Mateo la miró. Tenía arena en la zapatilla y determinación en los ojos.

—Vale —dijo—. Última etapa.

Capítulo 7: El faro, la piedra con cicatriz y el tesoro que guía

El viejo muelle estaba casi vacío. Las tablas de madera crujían bajo sus pasos como si se quejaran por tener que trabajar. El faro se alzaba al final, blanco y algo descascarillado, pero firme. Parecía un guardián cansado que aun así no se rinde.

El viento era más fuerte allí. Luna se sujetó el pelo.

—Mis ideas se están despeinando —se quejó.

Mateo sacó la llave y el hilo rojo. El hilo, ya corto, parecía un suspiro final. La nota decía: “la última piedra del camino”.

A un lado del muelle había un senderito de piedras que llevaba hasta la puerta del faro. Contaron con la vista: muchas piedras, todas parecidas… salvo una, la última antes del escalón. Tenía una grieta larga, como una cicatriz.

—Esa —dijo Luna, segura.

Mateo se agachó. La piedra no estaba suelta, pero en la grieta había un pequeño hueco, como si algo pudiera encajar.

—La llave —susurró.

Introdujo la llave. Encajó. Giró con dificultad, como si el metal tuviera que recordar su trabajo. Sonó un clic profundo, y una parte de la piedra se levantó un poco, revelando una cavidad.

Luna se agachó junto a él.

—¡Ábrela!

Mateo levantó la tapa de piedra con cuidado. Dentro había una caja de madera pequeña, bien sellada, con una mariquita dibujada. También había un extremo de hilo rojo… el último, atado a la caja como un lacito final.

Mateo sostuvo la caja entre las manos. No pesaba mucho. Le temblaron los dedos.

—Aquí está —dijo, con voz baja.

Luna lo miró.

—Ábrela, capitán calcetín.

Mateo le sacó la lengua y abrió la caja. Dentro no había monedas ni joyas. Había un cuaderno, una brújula sencilla, un lápiz, y una carta doblada con la letra de la abuela Nora.

Mateo reconoció esa letra como se reconoce una canción.

La abrió y leyó, mientras Luna se acercaba para escuchar:

“Mateo, Luna:

Si estáis leyendo esto, habéis seguido el hilo rojo con ojos atentos. Ese era el verdadero reto. Un tesoro escondido es emocionante, pero un tesoro encontrado con observación lo es más.

La brújula no es para encontrar oro: es para no perderse cuando tengáis dudas. El cuaderno es para anotar lo que veis, porque lo maravilloso se escapa si no lo miras de verdad.

Y el hilo rojo… el hilo rojo termina aquí a propósito. Las pistas no pueden hacerlo todo. Llega un momento en que el camino lo inventáis vosotros.

Con cariño,

Nora.”

Mateo se quedó quieto. El viento movió la carta y el mar rugió suave, como aplaudiendo.

Luna parpadeó rápido.

—No es oro… —dijo, y luego sonrió—. Pero es genial. Es como… una caja para exploradores.

Mateo tocó la brújula. La aguja tembló, buscando el norte con paciencia.

—Mi abuela sabía que yo me distraigo —admitió—. Esto es… para aprender a mirar.

Luna cogió el cuaderno y lo abrió. En la primera página, había una última frase escrita:

“Primer registro: describe algo pequeño que nunca habías visto.”

Luna miró alrededor. Luego señaló el faro.

—Mira —dijo—. En la pintura descascarillada, hay formas como islas. Y esa gaviota tiene una pluma negra en la cola, solo una.

Mateo observó. Era verdad. Sonrió, sintiendo que el tesoro era una puerta que se abría hacia afuera, no hacia adentro.

Sacó el lápiz.

—Escribamos —dijo—. Antes de que se nos escape.

Se sentaron en el muelle, con el mar debajo y el faro al lado, y empezaron a llenar el cuaderno. El hilo rojo, terminado por fin, reposaba como una promesa cumplida: el camino de pistas se había acabado, pero la aventura, ahora, acababa de empezar.

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Desván
Habitación alta de la casa, cerca del tejado, donde se guardan cosas viejas.
Polvorienta
Llena de polvo; con muchas partículas finas que hacen sentir algo viejo.
Tintineo
Sonido agudo y ligero, como el de pequeñas campanas o monedas al chocar.
Madeja
Bola o rollo de hilo o lana enrollado y listo para usar.
Susurró
Habló muy bajo, casi sin que se oyera, como un secreto.
Ranura
Abertura estrecha y alargada donde se puede meter o encajar algo.
Opaco
Que no deja pasar la luz y no se puede ver a través.
Hendidura
Grieta o corte fino en una superficie.
Carcajada
Risa fuerte y sonora, cuando algo resulta muy gracioso.
Atascado
Que no se mueve porque algo lo bloquea o está muy apretado.
Grietas
Pequeñas roturas en una pared, piedra o superficie.
Manzanilla
Planta cuyo té tiene olor suave y se usa para calmar o relajar.
Discreta
Que pasa desapercibida, pequeña o hecha sin llamar la atención.
Travesuras
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