Capítulo 1: El muelle más tranquilo del mundo
En un muelle muy, muy tranquilo, donde solo se oía el chapoteo del agua y el crujido suave de la madera, vivía Nico, un aprendiz de mago de seis años.
No vivía en una casa normal. Vivía en una barquita azul con lunares amarillos, atada siempre al mismo poste del muelle. Dentro de la barca tenía una escoba que no sabía barrer, un sombrero puntiagudo que le quedaba un poco grande y una montaña de libros de magia.
Esos libros se llamaban grimorios. Eran muy viejos, pero también muy bromistas. Cuando Nico se despistaba, cambiaban de sitio, se escondían debajo del balde o se apilaban para parecer más altos que él.
A Nico no le importaba. Reía cada vez que los encontraba en un lugar distinto. Aquel día, el muelle estaba todavía más callado que siempre. El cielo era tan azul que parecía pintado con un lápiz de color. Solo se veía una nube pequeña en forma de patata.
Nico bostezó. Tenía ganas de hacer algo especial. Miró el agua tranquila, miró las gaviotas que planeaban perezosas y, de repente, tuvo una idea brillante.
Quería adornar el muelle. Quería que, cuando llegara la noche, todo brillara como un cielo nuevo.
Abrió su mochila de tela, llena de papeles de colores. Sacó hojas amarillas, plateadas, azules y rosa. Empezó a doblar y recortar. Sabía hacer estrellas de papel muy bonitas, con puntas perfectas.
Pronto, el suelo del muelle se llenó de pequeñas estrellitas recortadas. Algunas eran torcidas, otras redondas, otras tenían agujeritos. A Nico le gustaban todas. Parecían un ejército de lucecitas dormidas.
Pero todavía no brillaban.
Nico se rascó la cabeza debajo del sombrero. Pensó en voz baja:
—Si cuelgo las estrellas en las cuerdas del muelle… y en las barcas… y en los postes… por la noche parecerá que el cielo ha bajado hasta el agua.
La idea le encantó tanto que dio un pequeño salto. Corrió a buscar un trozo de cuerda vieja. Encontró muchas: finas, gordas, enredadas, casi todas con olor a mar.
Estaba listo para empezar su gran decoración del muelle más tranquilo del mundo.
Capítulo 2: Los grimorios revoltosos
Antes de colgar la primera estrella de papel, Nico decidió mirar un momento sus libros de magia. Quizá encontraba un hechizo para que brillaran de verdad, como estrellitas auténticas.
Se agachó en la barca azul y tiró de un grimorio gordo, de tapas verdes. El libro se deslizó, pero de pronto se movió solo y se colocó boca abajo, como si hiciera una voltereta.
Nico frunció el ceño. Luego sonrió. Aquel grimorio era el más bromista de todos. Tenía una lengua dibujada en la primera página y, si pasabas muy rápido las hojas, parecía que la lengua se movía.
Abrió el libro por la mitad. Las letras bailaban un poco, como si tuvieran cosquillas. Nico buscó un hechizo para dar luz a las cosas. Encontró uno muy raro, con pocas palabras y un dibujo de una estrella con gafas.
Le pareció suficiente.
Dejó las estrellas de papel bien ordenadas en el muelle, en hileras de colores, como si fueran peces en fila. También sacó otros dos grimorios, uno azul y otro rojo, y los puso abiertos para que “miraran” la escena.
Los tres libros parecían atentos. Las páginas se movían con la brisa del mar, como si fueran manos chiquitas saludando.
Nico levantó su varita torcida. Tenía un poco de arena pegada, pero aún funcionaba. Pronunció el hechizo, despacio, para no equivocarse:
—Estrellitas de papel, luz de atardecer. ¡Brillad un poquito… y no os dejéis caer!
El muelle se quedó quieto, como esperando. Luego, pasó algo.
Las estrellas no solo empezaron a brillar. También comenzaron a moverse.
Primero, una estrellita plateada dio un pequeño saltito. Después, otra amarilla giró sobre sí misma. Luego, todas, absolutamente todas, se levantaron del suelo y empezaron a flotar sobre el muelle como globos traviesos.
Las estrellas de papel giraban, subían, bajaban, se escapaban por encima del agua, se colgaban solas de los postes, se enganchaban en las cuerdas de las barcas. Algunas se escondían detrás de las gaviotas, que no entendían nada.
Los grimorios se reían. No tenían boca, pero las letras de sus páginas se colocaban formando sonrisas.
Nico abrió mucho los ojos. No esperaba tanto lío.
Una estrella rosa se pegó a su sombrero. Otra azul se quedó sobre su nariz, cosquilleándole. Una dorada se metió en su barca y empezó a brillar bajo la escoba.
El muelle tranquilo ya no estaba tan tranquilo. El agua reflejaba cientos de lucecitas que subían y bajaban. Parecía una fiesta de luciérnagas de papel.
Nico sintió una mezcla rara de alegría y preocupación. Era muy bonito, pero también un poco desordenado. No quería que ninguna estrella de papel cayera al agua y ensuciara el mar. Tampoco quería que se fueran volando hasta la ciudad sin que nadie las cuidara.
Miró a sus grimorios, que seguían moviendo las páginas con risitas invisibles. Comprendió que ellos también tenían parte de culpa en aquel enredo mágico.
Suspiró y se sentó en el borde del muelle para pensar qué hacer.
Capítulo 3: Todos a ayudar
Nico se quedó mirando el agua brillante. Veía el reflejo de las estrellas, de su barca de lunares y de su propio sombrero con una estrella pegada. El aire olía a sal y a papel recién recortado.
No quería deshacer la magia. Era demasiado bonita. Pero tampoco podía dejar que todo quedara en un caos de papel volador.
Pensó en los demás.
Pensó en la señora que siempre venía a pescar al muelle y que necesitaba sitio para su cubo. Pensó en el marinero con bigote que odiaba tropezar con cosas en el suelo. Pensó en los peces, que no tenían culpa de nada y podían confundirse si caía papel al agua.
Comprendió que la magia no era solo suya. Lo que hacía en el muelle también afectaba a todos los que pasaban por allí, incluso a los animales.
Se levantó despacio, decidido a arreglarlo.
Primero, habló con las estrellas de papel. Sabía que podían entenderle un poquito, porque seguían su varita.
—Estrellitas —dijo con voz suave—, vamos a jugar, pero con orden. El muelle es de todos, el mar es de todos. No podemos molestar ni ensuciar.
Las estrellas se detuvieron un segundo, como si lo pensaran. Después, algunas bajaron un poquito, curiosas.
Entonces Nico miró a los grimorios.
—Y vosotros, basta de bromas locas —añadió—. Si me ayudáis, haremos el muelle más bonito del mundo, sin líos.
El grimorio verde, el más revoltoso, hizo que una de sus páginas se doblara sola, como si levantara la mano. Luego, una palabra se movió desde el centro del libro hasta el borde: “AYUDA”.
El grimorio azul dejó caer del cielo un hilito de luz muy fino, que flotó sobre las estrellas de papel. El grimorio rojo lanzó chispitas en forma de lazo.
Entre los tres libros y la varita de Nico, apareció una magia nueva: una especie de corriente suave que empujaba las estrellas hacia donde él señalaba.
Nico se puso manos a la obra.
Ayudado por la magia, empezó a organizar todo. Colgó las estrellas de papel con cuidado en las cuerdas que iban de poste a poste. Cada vez que colgaba una, la estrella sonreía con un brillo especial.
Puso algunas encima de las barcas, pero solo unas pocas, para no tapar las velas ni los remos. Clavó otras con cintas en los pilares del muelle. Ninguna cayó al agua. Si alguna se acercaba demasiado, el hilito de luz la devolvía arriba.
Las gaviotas se posaron en los postes, curiosas, mirando cómo el muelle se llenaba de pequeñas luces de colores. El agua reflejaba todo, tranquila, feliz.
Al cabo de un buen rato, todo estaba colocado.
El muelle ya no era solo tranquilo. Ahora también era precioso. Sobre sus tablas de madera, las estrellas de papel brillaban suaves, sin moverse demasiado. Parecían lámparas pequeñas hechas a mano, colgadas con cariño.
Nico se sentó otra vez al borde, cansado pero contento. Sus grimorios, ahora obedientes, se cerraron despacio, satisfechos con el resultado. Habían ayudado de verdad.
El sol comenzó a ponerse. El cielo se tiñó de naranja y morado. La única nube en forma de patata se volvió rosada. Poco a poco, las estrellas de verdad empezaron a aparecer allá arriba, muy lejos.
En aquel momento, el muelle parecía tener dos cielos: uno arriba, con estrellas de verdad, y otro abajo, con estrellas de papel.
La señora de la caña llegó y, al ver todo adornado, sonrió. El marinero del bigote pasó y levantó el sombrero en señal de aprobación. Parecían contentos. El muelle seguía siendo de todos, solo que ahora era más alegre.
Nico sintió un calorcito en el pecho. Había usado su magia para compartir belleza, no solo para divertirse él. También había aprendido que, cuando algo es de todos, hay que cuidarlo entre todos.
Miró la primera estrella que había colgado, una muy pequeña y un poco torcida, de color amarillo pálido. Brillaba tímida, pero constante.
Cerró los ojos un momento y, sin decirlo muy alto, pidió un deseo sencillo:
—Que nunca olvide que mi magia también cuida de los demás.
El mar respondió con un chapoteo suave contra las maderas del muelle. El viento movió apenas una estrella de papel, como si asentiera.
Y así, bajo dos cielos llenos de puntitos brillantes, Nico, el aprendiz de mago de seis años, se acomodó en su barca de lunares, rodeado de sus grimorios traviesos pero ahora tranquilos, y supo que aquella noche el muelle más tranquilo del mundo también sería el más luminoso y el más querido por todos.