Parte 1: La pista brillante
Lola tenía cinco años y una lupa de plástico que brillaba como un caramelo. Le gustaba ayudar. Decía: “Soy detective… pero de cosas pequeñitas”.
Esa tarde, en casa, escuchó un grito suave desde el pasillo.
—¡Mi llavero! —dijo papá—. ¡El del cohete! No está.
Papá enseñó su bolsillo vacío. Sin el llavero, las llaves parecían tristes.
Lola puso cara seria, pero sus ojos estaban contentos.
—No te preocupes. Vamos a investigar.
Mamá se agachó a su lado.
—¿Qué hace una buena detective primero?
Lola levantó un dedo.
—Primero… respirar. Y mirar.
Lola sacó una libreta pequeña con pegatinas.
—Regla número uno: no correr como un tren. Regla número dos: hacer preguntas.
Se acercó a papá.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
Papá pensó.
—Esta mañana. Fui a la cocina, al baño… y luego al salón.
—Bien —dijo Lola—. Tenemos lugares.
En el suelo, junto al zapatero, algo brilló. Lola se agachó despacio.
—¡Una pista!
Era un porta-llaves pequeño, pero no era el del cohete. Era un aro plateado con una figurita de gato amarillo. Tenía una manchita de jabón.
—Mmm —dijo Lola—. Un gato con jabón. ¿Qué te dice eso?
Miró a mamá.
—¿Dónde hay jabón?
—En el baño —respondió mamá.
Lola asintió, muy seria.
—Entonces, el misterio nos llama… al baño.
Parte 2: El caso del baño espumoso
El baño olía a pasta de dientes y a toalla limpia. La luz era blanca, como la de una nube.
Lola se subió a un banquito para ver mejor el lavabo.
—No tocamos sin mirar —dijo, como si fuera una jefa.
En el borde del lavabo había una gotita seca de agua.
—Pista de agua —susurró.
Abrió el armario de abajo, donde estaban los rollos de papel y el champú.
—Aquí hay muchas botellas… pero ninguna llaves.
De pronto, escuchó un “cloc” pequeñito.
Lola se quedó quieta.
—¿Oíste eso?
Papá y mamá escucharon también. Venía de la bañera.
Lola se acercó a la cortina. La cortina tenía patitos azules.
—Patitos, no se asusten. Solo vengo a preguntar —dijo Lola, y apartó un poco la tela.
Dentro de la bañera no había agua. Solo juguetes: un barco, un vaso y un pulpo de goma.
Pero en un rincón, había algo más: una espuma pegada, como una nube chiquita.
Lola tocó la espuma con un dedo.
—Está seca. Entonces pasó hace rato.
Miró alrededor. En el suelo, cerca del cesto de ropa, vio dos cosas: una toallita húmeda y un calcetín enrollado como caracol.
—Esto es un lío —dijo papá, rascándose la cabeza.
Lola no se asustó. Sonrió.
—Los líos son mapas. Solo hay que leerlos.
Se arrodilló.
—A ver, lector detective: ayúdame. Si ves una mancha de jabón, ¿quién pudo estar aquí?
Mamá señaló el dispensador de jabón.
—Todos nos lavamos las manos.
—Sí —dijo Lola—. Pero el gato con jabón… no es nuestro. ¿De quién es ese llavero de gato?
Papá abrió los ojos.
—¡Es de la abuela! A veces lo pone en la mesa cuando viene.
Lola juntó las pistas en su cabeza, como si fueran piezas de un rompecabezas.
—Entonces la abuela estuvo aquí… o sus llaves estuvieron aquí.
En el espejo, Lola vio algo que antes no había visto: una huella pequeña, como de manos mojadas, en el borde del espejo.
—¡Manos pequeñitas! —dijo Lola.
Mamá se rió bajito.
—Eso parece de… alguien de tu tamaño, Lola.
Lola se puso roja.
—Yo me lavo mucho. Soy una campeona del jabón.
Papá miró la bañera.
—¿Y el “cloc” que oímos?
Lola levantó su lupa.
—Vamos a buscar de dónde viene ese sonido. Cuando algo hace “cloc”, a veces se esconde.
Lola apretó la esponja del pulpo. No sonó.
Golpeó el vaso. Sonó “toc”.
Movió el barco. Nada.
Entonces, vio el desagüe. Tenía una rejilla con agujeritos.
Lola acercó el oído.
—Shhh… baño, cuéntame un secreto.
No se oía nada. Pero Lola vio algo oscuro entre dos agujeros, como si algo estuviera atascado.
—Papá —dijo con voz calmada—. No metemos dedos. Usamos método.
Buscó una pinza de ropa en un cajón (porque mamá guardaba pinzas “por si acaso”). Lola la tomó como herramienta de detective.
—Herramienta número uno: la pinza.
Con mucho cuidado, agarró lo oscuro y tiró despacio.
—Uno… dos… tres…
¡Cloc!
Salió un cordón, y al final… un llavero.
Pero no era el cohete. Era un llavero con una flor rosa y el mismo aro del gato amarillo.
—¡El aro! —dijo Lola—. ¡Se juntaron!
Papá aplaudió suave.
—¡Lola, eres increíble! Pero… ¿dónde está el cohete?
Lola miró el llavero de flor y el aro del gato.
—Esto me dice algo: las llaves estuvieron en el baño. Y alguien las metió en un lugar con agujeritos.
Mamá levantó las cejas.
—¿Alguien pequeño?
Lola pensó en la huella del espejo. En la espuma seca. En el “cloc”.
Luego miró su reflejo y se puso muy seria.
—Detective Lola tiene una sospecha… sobre Detective Lola.
Parte 3: La verdad del cohete y las risas
Lola respiró hondo.
—Voy a contar lo que creo que pasó. Y tú me dices si tiene sentido, lector detective.
Se sentó en el borde de la alfombra del baño.
—Esta mañana, papá vino al baño con sus llaves. Se lavó las manos. Quizá dejó las llaves un momento en el lavabo.
Papá asintió.
—Sí, puede ser.
—Luego —continuó Lola— yo entré porque vi el llavero del cohete y me gustó. Brillaba. Y yo… yo quería jugar a “cohete en el espacio”.
Mamá sonrió.
—¿Y qué pasó en el espacio?
Lola bajó la voz.
—El cohete hizo “¡fiuuu!” y aterrizó… en la bañera. Yo lo puse en el barco, y el barco chocó con el desagüe. Y… plop.
Papá abrió la boca.
—¿Se cayó dentro?
Lola levantó las manos.
—No quise. Me asusté. Intenté sacarlo con el dedo… y dejé la huella en el espejo porque mis manos estaban mojadas. Luego puse la cortina y dije: “Nada pasó”. Pero el baño… sí habla.
Hubo un silencio cortito. Luego papá se agachó y la abrazó.
—Gracias por decir la verdad. Eso también es ser detective.
Mamá le dio un beso en la frente.
—Y ahora hacemos método para arreglarlo.
Papá trajo una linterna pequeña y miraron el desagüe con cuidado.
—El cohete puede estar más abajo —dijo papá—. Pero no te preocupes. Vamos a sacarlo de forma segura.
Entre los tres, siguieron pasos simples:
1) Poner una toalla en el suelo.
2) Quitar la rejilla con una herramienta, despacio.
3) Mirar con la linterna.
4) Sacar lo que esté allí con una pinza larga.
Lola sostenía la linterna como una profesional.
—No temblar —se decía—. La luz es amiga.
Y entonces, dentro, brilló algo rojo.
—¡Lo veo! —gritó Lola—. ¡El cohete está ahí!
Papá lo sacó con cuidado. El llavero del cohete apareció mojado, pero contento, como si acabara de nadar.
Lola aplaudió.
—¡Caso resuelto!
Papá lo sacudió un poquito y se rió.
—Este cohete hizo un viaje por el “planeta Desagüe”.
Mamá rió también.
—Y volvió a casa.
Lola miró el llavero de gato y el de flor.
—Y también encontramos las llaves de la abuela. Seguro las dejó aquí cuando vino ayer. Se le cayó el aro, y por eso estaba en el pasillo.
Papá se puso el llavero del cohete en la mano y dijo con voz de robot:
—Detective Lola, misión cumplida.
Lola se sintió grande, aunque era pequeña.
—Aprendí algo —dijo—. Si hago un error, puedo decirlo. Y si sigo pasos, puedo arreglarlo.
Mamá levantó un dedo.
—Y una regla nueva: las llaves no van al espacio.
Lola se tapó la boca para no reír… pero se le escapó una carcajada.
Papá hizo sonar el llavero como una campanita.
—¡Clin clin! ¡El cohete se ríe!
Los tres terminaron riendo en el baño, con el pulpo mirando desde la bañera, como si también entendiera el chiste.
Y Lola, la detective generosa, guardó su lupa y dijo:
—Cuando quieran, resolvemos otro misterio. Pero primero… nos lavamos las manos. Sin huellas en el espejo.