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Cuento de pequeños investigadores 5/6 años Lectura 10 min.

El misterio de la llave dorada y las gotitas de frambuesa

Lilo y sus amigos siguen un rastro de mermelada para encontrar la llave dorada del pabellón, descubriendo secretos, decisiones difíciles y la importancia de pedir ayuda antes de tomar lo que no es suyo.

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Lilo, una pequeña criatura con escamas verdes y grandes ojos azules, sonriente y aliviada, arrodillada sosteniendo una llave dorada brillante; Rizo, un mapache pequeño de máscara negra y pelaje gris, con dedos pegajosos de mermelada roja, avergonzado y de pie detrás de un banco de madera; Tina, una ardilla pelirroja con bufanda amarilla, vivaz y entusiasta, señalando la llave mientras salta junto a Lilo; escenario: jardín de adoquines musgosos, flores redondeadas y coloridas, un cobertizo con puerta verde entreabierta, un banco con una manta a rayas y una casita para pájaros en un árbol, luz dorada de final de tarde; escena principal: descubrimiento alegre de la llave encontrada bajo la manta, unas gotas rojas de mermelada en las piedras y ambiente de pequeña investigación y reparación entre amigos. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: El ruido en el pabellón

En el borde del Bosque Menta había un pabellón pequeño, con paredes color crema y una puerta verde que hacía “ñiiiic” al abrirse. Allí vivía Lilo, un ser con escamas suaves como hojas mojadas y unos bigotes finos que se movían cuando pensaba. Sus ojos brillaban como dos canicas azules. Lilo era curioso, y tenía un olfato buenísimo para encontrar cosas… y misterios.

Aquella mañana, Lilo estaba preparando galletas de bellota. Las puso en una bandeja y cantó bajito:

—Uno, dos, tres… ¡y al horno!

Entonces oyó un sonido raro: “plin… plin… plin”.

Venía del pasillo.

Lilo salió despacito. El pabellón olía a madera calentita y a azúcar. En el suelo, había un rastro: pequeñas gotitas de mermelada roja, como puntitos de rubí.

—Mmm… esto es una pista —dijo Lilo, y sus bigotes temblaron—. ¿Quién trae mermelada al pasillo?

Se agachó y tocó una gotita.

—Pegajosa. Y dulce. Frambuesa, seguro.

En ese momento apareció Tina la ardilla, saltando con una bufanda amarilla.

—¡Hola, Lilo! ¿Qué haces en el suelo?

—Investigo —susurró Lilo con voz seria, pero amable—. Hay un rastro de mermelada. Algo… o alguien… pasó por aquí.

Tina abrió mucho los ojos.

—¿Se perdió algo?

Lilo miró alrededor. La mesa del recibidor estaba vacía.

—¡La llave dorada del pabellón! —exclamó—. Siempre está aquí, en su platito. Y ahora no está.

Tina se llevó las patitas a la boca.

—¡Oh, no! ¿Y si alguien la escondió por broma?

—No vamos a asustarnos —dijo Lilo—. Vamos a usar la cabeza. ¿Me ayudas?

Tina asintió con fuerza.

—¡Soy buena buscando cosas en lugares raros!

Lilo señaló el rastro de mermelada.

—Primera pregunta para ti, detective: ¿hacia dónde va el rastro?

Mira con tus ojos de lince… Bueno, con los míos también.

Las gotitas iban desde el pasillo hasta la sala, y luego… hacia la puerta del jardín, que estaba entornada.

—Al jardín —dijo Tina.

—Exacto —sonrió Lilo—. Segunda pregunta: ¿qué cosas dejan mermelada? Un tarro, una cuchara… o una pata manchada.

Los dos se miraron, emocionados. El misterio empezaba.

Parte 2: Tres sospechosos y un rastro dulce

Fuera, el jardín del pabellón estaba lleno de flores redondas y piedras lisas. Había una hamaca y un árbol con una casita para pájaros. El rastro de mermelada seguía sobre las losas, como un caminito de puntos.

—Vamos despacio —dijo Lilo—. Un buen detective observa antes de correr.

Primero encontraron a Pompón, el conejo panadero, junto a una cesta de panecillos.

Pompón tenía harina en la nariz y una sonrisa enorme.

—¡Buenos días! ¿Quieren un panecillo?

Lilo habló con tacto, como siempre.

—Buenos días, Pompón. Tenemos una pequeña pregunta. ¿Has visto la llave dorada del pabellón?

Pompón parpadeó.

—¿La llave? No… Yo solo vine a dejar pan. Pero… —miró al suelo— veo mermelada. ¡Qué desperdicio!

Lilo olfateó cerca de la cesta.

—Hueles a pan, no a frambuesa. Gracias, Pompón.

—¡Suerte, detectives! —dijo el conejo, saludando con una oreja.

Siguieron el rastro hasta el estanque pequeñito. Allí estaba Glu-Glu, un patito verde con un sombrero de hojas.

Glu-Glu chapoteaba y cantaba:

—¡Cuac-cuac, agua va!

Lilo se acercó.

—Hola, Glu-Glu. ¿Has visto una llave dorada?

Glu-Glu dejó de cantar.

—¿Dorada? Yo solo veo cosas… ¡brillantes! —y sacó del agua una cucharita—. Mira, encontré esto.

Tina se rió.

—¡Esa es de la cocina!

Lilo miró las patas del patito.

—Están mojadas, no pegajosas. Y no huele a frambuesa. Gracias, Glu-Glu.

—¡Cuac! Si veo una llave, la saco con mi pico —prometió el patito.

El rastro continuaba… pero ahora había algo nuevo: una hojita pegada a una gota.

Lilo la levantó con cuidado.

—Es una hoja de zarza —dijo—. Las zarzas están al lado del cobertizo.

Al llegar al cobertizo, oyeron un “ñam, ñam” muy bajito. Detrás de unas macetas, asomaba una colita peluda y oscura.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Tina, intentando sonar valiente.

Salió Rizo, un mapache con una mochila llena de cosas: cuerdas, tapitas, un botón gigante… y un tarro de mermelada medio abierto.

Rizo se congeló.

—Eh… hola. Yo… yo no hice nada malo.

Lilo se agachó para estar a su altura.

—No estamos aquí para regañar —dijo suave—. Solo queremos entender. La llave dorada desapareció, y hay un rastro de frambuesa.

Rizo miró su tarro y luego sus dedos manchados.

—Yo… sí, tomé mermelada. Tenía hambre. Pero la llave… —tragó saliva—. La vi. Estaba en el platito. La cogí un momento.

Tina abrió los ojos.

—¿La cogiste?

Rizo bajó la cabeza.

—Quería… arreglar algo.

Lilo parpadeó.

—¿Arreglar? Eso suena importante. ¿Qué querías reparar?

Rizo señaló el cobertizo. En una esquina, había una cometa rota, con el hilo enredado y un palo partido.

—Esa cometa era de mi amigo Bobo el búho —dijo Rizo—. La vi caer ayer. Me dio pena. Quise arreglarla y colgarla bien en el árbol, para que cuando Bobo la vea… se ponga contento.

Tina sonrió un poquito.

—Eso es bonito.

—Pero… —Rizo se retorció las manos— necesitaba abrir el baúl del pabellón. Dentro hay cinta y herramientas pequeñas. Y el baúl se abre con la llave dorada. La tomé sin pedirla. Y luego… la dejé en algún lugar para no mancharla con mermelada. Y ahora no la encuentro.

Lilo respiró hondo, como un detective que entiende el corazón de alguien.

—Gracias por decir la verdad, Rizo. Vamos a buscarla juntos. Reparar es una buena idea. Pero siempre es mejor pedir permiso.

Rizo asintió, con orejas caídas.

—Lo sé.

Parte 3: La deducción de Lilo y la promesa

Lilo miró alrededor del cobertizo. Había macetas, una regadera, una caja de semillas y… un banco de madera con una manta encima.

—Vamos a pensar —dijo Lilo—. Si yo tuviera una llave brillante en la mano, y dedos pegajosos… ¿dónde la pondría para no ensuciarla?

Tina levantó una pata.

—¡En algo limpio! Como… la manta.

Rizo señaló otra cosa.

—O en una maceta… pero eso la ensuciaría.

Lilo olfateó el aire, siguiendo un aroma metálico muy suave, como cuando tocas una cuchara.

Se acercó al banco y levantó la manta despacito.

—¡Aquí! —gritó Tina.

Debajo estaba la llave dorada, reluciente, con una manchita roja muy pequeña en un borde.

Rizo soltó un suspiro tan grande que casi voló una hoja.

—¡Gracias! De verdad.

Lilo limpió la manchita con una hoja grande y un poquito de agua de la regadera.

—Listo. Como nueva.

Volvieron al pabellón. La puerta verde hizo “ñiiiic” otra vez, como si también quisiera escuchar el final del caso. Lilo colocó la llave en su platito y dijo:

—Caso resuelto: la llave no fue robada por maldad. Fue tomada para intentar reparar algo, pero se perdió por un despiste… y por dedos de mermelada.

Tina se rió.

—¡Dedos de mermelada es un buen nombre para un misterio!

Rizo miró a Lilo, nervioso.

—Lo siento, Lilo. Debí pedirla. ¿Puedo… reparar el error?

Lilo asintió.

—Sí. Primero, vamos a hablar con Bobo el búho y contarle lo de la cometa. Luego, tú y yo la arreglamos juntos con calma. Y después… tú ayudas a limpiar el rastro de mermelada del jardín. Eso es reparar también.

Rizo sonrió, aliviado.

—¡Lo haré! Y… también traeré un tarro nuevo de mermelada. Sin gotitas.

Tina levantó la bufanda como una bandera.

—¡Equipo de detectives y reparadores!

Al atardecer, la cometa quedó firme y bonita, con cinta azul y un nudo fuerte. Bobo el búho dio un giro feliz en el aire.

—¡Qué detalle tan amable! —dijo—. Gracias por arreglarla.

Rizo, con una escoba pequeña, limpiaba las losas del jardín.

—Plin, plin… adiós gotitas —canturreó, y se rió de sí mismo.

Lilo miró el pabellón, tranquilo. El misterio había terminado con amistad, verdad y reparación.

Antes de dormir, Lilo puso una nota al lado del platito de la llave. Decía: “Si necesitas algo, pide ayuda”.

Tina preguntó:

—¿Y qué promesa hacemos, detective?

Lilo se acomodó en su cama, con los bigotes quietos.

—Prometemos esto: si algo se rompe, lo arreglamos juntos. Y si necesitamos una llave… la pedimos primero.

—¡Prometido! —dijeron Tina y Rizo al mismo tiempo.

Y el pabellón, con su puerta verde, pareció sonreír en silencio.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Pabellón
Una casita o habitación pequeña dentro del bosque o jardín, donde vive alguien.
Escamas
Placas finas y duras en la piel de algunos animales, como peces o dragones.
Bigotes
Pelitos largos junto a la boca que ayudan a sentir cosas cerca.
Frambuesa
Una fruta roja y dulce, pequeña y con muchos puntitos comestibles.
Platito
Un plato muy pequeño donde se pone una cosa como una llave o comida.
Cobertizo
Una casita pequeña en el jardín para guardar herramientas y cosas.
Regadera
Recipiente con pico para echar agua a las plantas y regarlas.
Cometa
Juguete de papel o tela que vuela en el cielo con un hilo largo.
Atardecer
Momento del día cuando el sol baja y el cielo se pone de colores.
Macetas
Recipientes donde se plantan flores o plantas y se les pone tierra.
Rastro
Señales que quedan en el suelo que muestran por dónde pasó alguien.
Detective
Persona que busca pistas y resuelve misterios o cosas escondidas.

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